martes, diciembre 29, 2015

El acorazado Potemkin (4)

Recuerda que ya te hemos contado cómo se montó la movida y cómo los marineros tomaron el control del acorazado. 

Después, hemos contado lo caliente que estaba Odessa antes de la llegada del Potemkin.

Retrocedamos algún tiempo. La media hora de violencia real en la cubierta del Potemkin había dejado un saldo de siete oficiales muertos, once supervivientes aunque no pocos de ellos heridos incluso de seriedad, más el capellán del barco, el padre Parmen, que se encontraba también herido al cuidado del doctor Golenko, un adjunto del infame Smirnov. Entre los oficiales “pasados” al bando revolucionario se encontraba el teniente de navío Alexeyev, a quien hemos visto denunciando al comandante de la nave, así como algunos ingenieros que fueron compelidos por Matushenko para ponerse al mando de la sala de máquinas. Se trataba del mecánico de primera clase Kovalenko y del aspirante Kalujny. Estos tres eran los únicos no-marineros que permanecían sin arresto.

Matushenko era un revolucionario profesional; y por eso mismo sabía que, tras el triunfo de una insurgencia revolucionaria, era muy fácil que las cosas cayesen en la molicie y en la anarquía. Además, compartía con otros muchos de sus camaradas futuros el gusto por las interminables arengas. La combinación de ambos hechos hace que, rápidamente, el marinero convoque a sus camaradas en el puente y les eche un largo discurso cuya tesis principal era que debían recuperar la disciplina y dejarse de coñas. Explicó Matushenko a los marineros que aquel día la revolución que toda Rusia esperaba había comenzado en aquel barco, pero que eso colocaba sobre todos ellos una enorme responsabilidad a cuya altura debían estar. En la visión de Matushenko, una vez que el resto de los barcos de la flota del Mar Negro conociesen lo que había pasado, se unirían al Potemkin, tras lo cual el momento sería llegado para comenzar acciones coordinadas con los obreros y agricultores de tierra firme. Aunque, como veremos, pronto matizará estas palabras.

Acto seguido, pasando a los elementos prácticos, Matushenko anunció la creación de un Comité Popular, con poderes absolutos, entre ellos el de detener y castigar a todo aquél que desobedeciese las órdenes emitidas. En una votación a voz en grito y mano alzada, se eligieron treinta miembros, entre ellos, por supuesto, Mathushenko, Fiodor Mikishkin y Josef Dymtchenko, los tres cabecillas comunistas. El líder de la movida también quería en el comité a Grigory Vakulinshuk, el marinero herido en los enfrentamientos. Pero no pudo cumplir su deseo, porque Vakulinshuk, gravemente herido, se convirtió, en esas primeras horas, en el primer mártir del Potemkin.

El Comité Popular se reunió en los aposentos del comandante nada más terminar la asamblea, consciente de que su obligación era prepararse para una batalla que, tarde o temprano, se produciría. Para ello, les era asimismo necesario contactar y soliviantar a los elementos revolucionarios que pudiera haber en tierra firme. Matushenko, quien como vemos tenía un espíritu muy práctico, propuso a continuación que el Comité escogiese un destino y, luego, nombrase un comandante para el barco y oficiales.

En lo tocante a lo primero, las opciones no eran muchas. En la costa había muchos puertos pequeños, fundamentalmente pesqueros; pero no ofrecían posibilidades de abastecimiento que pasaran de un día, precisamente por su modestia. Así las cosas, las opciones a mano eran: Nicolaiev, Sebastopol, Batumi y Odessa. Dado que los tres primeros tenían bases militares, y por lo tanto si la revolución no estaba extendida ofrecían el peligro de ser bombardeados, Odessa era el lugar más adecuado.

Lo que ya no fue tan fácil fue el tema de los oficiales. Y es lógico. Sicológicamente, resulta muy jodido venderle a alguien que se acaba de jugar la vida por acabar con unos oficiales que resulta que ahora debe aceptar la existencia de unos nuevos. Sin embargo, en esto hay que reconocer que el comunismo es una ideología revolucionaria que nunca se ha perdido en estas polladas, como sí les pasa a otras; siempre ha tenido muy claro que el mando y la jerarquía bolchevique (la minoría) son elementos fundamentales de toda revolución triunfante. Para la oficialidad intermedia, en todo caso, la cosa era fácil, pues todo se resumía en mantener el rango de lo que ya eran oficiales marineros. Pero, ¿quién podría ser el comandante de la nave? ¿Realmente los marineros más extremistas lo aceptarían?

El Comité, finalmente, aprobó por unanimidad una solución que recuerda un poco al montaje del ejército popular de la República durante nuestra guerra civil: los ingenieros mecánicos Kovalenko y Kalujny conservarían el mando de la sala de máquinas, mientras que Alexeyev tomaría el mando del barco bajo la supervisión del Comité, con un tal Mursak, maestro de maniobra (algo así como timonel; otras fuentes dicen que era bombero, así que la cosa no está muy clara) de segundo. Alexeyev, que da toda la impresión de ser un buen jugador ambidextro de póker, acabaría, una vez terminada la rebelión, aduciendo que aquel nombramiento le fue impuesto.

En la práctica, lo que hizo el Comité Popular fue decretar una rutina de trabajo, mandos, logística, etc., que era exactamente igual que la que vivían los marineros con anterioridad a la rebelión. No podía ser de otra manera, pues, como bien sabe cualquiera que se estudie medianamente en serio las instituciones militares, la disciplina castrense no es fruto ni de la casualidad ni del capricho. De hecho, en su primera tarde-noche al mando de su propio barco, los marineros que se habían rebelado por la mala condición de la comida recibieron una escasa ración de pan y galletas. Eso sí, porque Matushenko podía ser tonto pero no gilipollas, lo que sí se les dio fue una ración suplementaria de un cuarto de litro de vodka por persona, con la que los marineros se cogieron la cogorza y se pusieron a cantar tonadas regional-revolucionarias.

Abrochemos de nuevo los destinos del Potemkin y de Odessa. Como ya hemos dicho, fue en la tarde del 27 de junio, día bastante convulso en la ciudad, cuando tanto el acorazado como su barco de escolta llegaron a la bahía y echaron el ancla. A la mañana siguiente, una de las personas que se apercibió de la presencia de los busques fue Constantin Feldmann, como hemos dicho para entonces un estudiante de la universidad de Odessa y dirigente de la célula socialdemócrata local. La tarde del 27, Feldmann había estado en Peresyp, en la movilización obrera. A las diez de la mañana del 28, vestido con ropas de obrero que había llevado la noche anterior, deja su piso para ir al de un compañero. Tomó el bulevar Nikolaevsky hacia la famosérrima escalinata Richelieu, llamada así en honor del duque de Richelieu, que fuera gobernador de Odessa en 1803, y de hecho coronada por su estatua. En su camino observó una agitación especial en la calle que no supo explicar. Fue al llegar a casa de su amigo cuando le informaron de que había dos barcos de guerra en la bahía con la bandera roja izada.

Junto con otros muchos obreros de la ciudad, Feldmann se dirige al puerto, convencido, como escribió en sus memorias, de que “la batalla final había comenzado”. En el acorazado se tomaban las cosas con calma. El Comité Popular se tomó todo el día 27 y la noche para deliberar, y no fue hasta la mañana del 28 que alcanzó un acuerdo estratégico completo.

Esta estrategia incluía la decisión de enviar representantes a tierra para comprar víveres y carbón. Asimismo, también decidieron llevar a tierra el cuerpo de Grigory Vakulinshuk y realizar una proclamación a los obreros de Odessa. Asimismo, se publicaría un comunicado relatando los hechos sucedidos en la bahía de Tendra. El Comité también quería tomar contacto con las organizaciones socialdemócratas locales y enviar emisarios a la población de Odessa, a los cosacos y al cónsul de Francia.

En cumplimiento con estas decisiones, poco después de despuntar el alba, el Potemkin fleta una chalupa con un grupo de marineros. Sus instrucciones eran hacer las compras de forma totalmente legal, utilizando certificados legales emitidos en nombre del zar. El pago no era problema, pues se habían encontrado 24.000 rublos en el barco.

Una hora más tarde, en medio de un silencio total, los restos mortales de Grigory Vakulinshuk fueron subidos desde la enfermería y descendidos luego a una barca. Junto con el cuerpo viajaba una guardia de seguridad con la orden de custodiar el cadáver hasta que se le pudiese dar entierro. Justo después del cadáver y su guardia, otro grupo abandona el barco hacia el puerto para informar de la posibilidad de obtener carbón. Hubo suerte: a mediodía, ese grupo regresa para reportar que en el puerto hay un barco carbonero a media carga con 160 toneladas de combustible. Se envía al torpedero para que lo remolque.

La mañana del día 28 es crucial para la elevación de la moral de los marineros rebelados. Tras repasar la situación, se dan cuenta de que la potencia de fuego de que disponen no tiene competencia. El propio general Korkhanov lo sabía, lo cual lo tenía en un estado de inquietud. La artillería montada en el Potemkin había sido reforzada tras la guerra de Crimea, y en ese momento disponía de una potencia de fuego (podían lanzar obuses de 350 kilos a veinte kilómetros como máximo) difícilmente equiparable con las posibilidades de defensa.

Esta conciencia es la que explica el tono elevadamente asertivo del comunicado hecho público aquella mañana: Demandamos a los cosacos y a todos los soldados para que depongan inmediatamente sus armas, se rindan y se unan a los trabajadores de Odessa en la causa común. ¡Abajo el poder personal! Nosotros hemos vencido a nuestra última hora de sufrimiento y ahora hemos llegado para liberar a las poblaciones de Odessa y de toda Rusia. Si alguien intentase oponerse a nosotros, llamamos a todos los ciudadanos pacíficos para que abandonen la ciudad, pues no veremos en la penosa obligación de bombardearla.

En sólo una hora de acción, el Potemkin tenía la capacidad de escupir sobre Odessa más de 25 toneladas de bombas.

Algunas horas más tarde, en San Petesburgo, el zar Nicolás responde a las noticias que ya le han llegado declarando el estado de guerra.

Nada más llegar a puerto la chalupa donde iban los restos del marinero Vakulinshuk, uno de los miembros de su guardia de protección, A. Berezovsky, se aplicó a soltarle a las personas que estaban por allí un encendido mitin revolucionario. Durante toda la mañana, no dejó de afluir gente hacia el cadáver el marinero, algunos por curiosidad, otros por sincero deseo de presentarle sus respetos. Pronto, bajo un intenso calor, el primer discurso de Berezovsky se convirtió en una especie de tren de intervenciones, un mitin en toda regla, por donde fueron desfilando todos los líderes ideológicos del obrerismo de la ciudad: bundistas, grupos y grupúsculos socialdemócratas, mencheviques, judíos, anarquistas. Como todavía no había llegado Lenin y consecuentemente no se había puesto en marcha la estrategia de labrar el monopolio de una parte muy minoritaria de todos aquellos activistas por la vía de apiolarse a los demás, aquél de Odessa el 28 de junio de 1905 fue eso que solemos llamar un mitin de unidad proletaria, que es el tipo de cosas que propugna el comunismo cuando sabe que no tiene fuerza suficiente para apiolarse al resto de las tendencias. Oradores y público se escucharon unos a otros, se arengaron unos a otros, y no encontraron sustanciales diferencias entre ellos. Así pues, aquel mitin a los pies de un cadáver pronto se convirtió en una manifestación nutrida, que se aprestó a subir las famosas escaleras Richelieu.

Aquella masa de manifestantes estaba, en su inmensa mayoría, desarmada. En puridad, tampoco sabían muy bien adónde iban. Todo lo que sabían es que ahora había un acorazado en la bahía que les protegía.

Durante aquellas horas, el alcalde de Odessa había dado una muestra encomiable de valentía y compromiso con el cargo: había reaccionado a los acontecimientos tomando un tren a San Petesburgo, vía Moscú. Con dos gónadas y un palito, dejó a su equipo de gobierno la instrucción de resistir a la rebelión, y de informar al gobierno ruso de las novedades. En una estación intermedia de su recorrido envió un telegrama a los ciudadanos de Odessa, llamándolos a la calma y a no tomar parte en los desórdenes. No regresó a Odessa hasta que todo hubo terminado.

La huida del alcalde de Odessa dejaba toda la villa y sus alrededores en manos del general Korkhanov. A las nueve de la mañana del 28, éste ya había recibido los refuerzos de tropas que había solicitado a Belets, Tiraspol, Vender y Ekaterinoslav. Asimismo, había cablegrafiado ya a Sebastopol, solicitando el envío urgente a la bahía de la flota del Mar Negro. Poco tiempo después de las doce, llegó el telegrama del propio zar, comunicándole la declaración de guerra, que no era gran cosa pues Korkhanov ya había llegado bastante lejos en el ejercicio de sus poderes; pero, sobre todo, incluía una notable cesión de imperium sobre sus hombros: afirmaba el zar que le autorizaba a hacer uso de cuantos elementos considerase necesarios para evitar la guerra civil. Su principal misión, dejaba claro el monarca ruso, era no permitir que aquella mancha de aceite se extendiese.

Esta, pues, era la información que Korkhanov acababa de recibir cuando fue informado de que los primeros grupos de manifestantes estaban llegando a los últimos peldaños de la escalinata Richelieu. Ni corto ni perezoso, cursa órdenes a una sotnia de cosacos, que estaba en la plaza de la catedral, para ir allí a poner orden.

Lo que pasó de seguido es lo que quedó inmortalizado en la más famosa escena de la película de Eisenstein, la del carrito de bebé bajando por la escalinata en solitario (en puridad, la única escena de la película que habían visto muchos de los que la subrepujaban en las esquinas de las barras de tantas facultades). ¿Sabía Korkhanov lo que iba a pasar? La verdad, contestar que no sería de una inocencia digna de Bob Esponja. El jefe militar de la plaza conocía a sus cosacos, sabía lo que había pasado horas antes y estaba perfectamente informado de que aquella tropa, sobre ser de una gran acometividad y estar formada por auténticos cachoburros, además tenía cuentas pendientes con los tipos cuya manifestación tenía que sofocar.

La compañía cosaca se presentó en lo alto de la escalinata dispuesta a vengar la humillación de Peresyp; así pues, en parte hacer la paz que les demandaban, y en parte hacer la que ellos querían hacer.

La sotnia se separó en dos. Una primera se emplazó en lo alto de la escalinata y otra salió a galope para ganar el puerto por otras vías, para así poder cortocircuitar a la gran masa de manifestantes, que todavía estaba en el puerto, de los de la escalinata. Al llegar a la estatua de Richelieu, los cosacos cargaron sable en mano. Sin embargo, se encontraron con una sorpresa, pues los manifestantes, ahora que sabían que había un acorazado en la bahía que los protegía, les hicieron frente tirándole palos y piedras a los caballos. Los cosacos cargaron una segunda vez, con fuerza redoblada.

Donde el enfrentamiento adoptó formas más violentas no fue en lo alto de la escalinata, junto a la estatua de Richelieu, sino abajo. Los cosacos consiguieron lo que buscaban, esto es que la multitud que ya se encontraba arriba, presionada por la carta, bajase las escaleras a toda velocidad, encontrándose allí con la masa de los que subían, y que no podían saber qué estaba pasando ni al principio ni al final de la escalinata, generando con ello un enorme caos.

En la parte alta de la escalinata, un grupo de cosacos desmontó, se formó en pelotón, y sacó los fusiles. A la orden de su oficial, comenzaron a disparar sobre la gente. Entre disparo y disparo, bajaban tres escalones; después, de nuevo rodilla en tierra, y disparo. Pronto, la escalinata estuvo tapizada de cadáveres. Abajo, en el puerto, la otra mitad de la sotnia de cosacos hacía su trabajo, obligando a muchas personas a tirarse al mar.

Cosacos de a pie, los de arriba; y cosacos a caballo, los de abajo, se reunieron al pie de la escalinata, y juntos recorrieron el barrio del puerto. Irónicamente, respetaron al completo el pequeño templete que se había construido para el marino Vachulinshuk, colocado bajo una tienda improvisada con una tela blanca. La hucha donde se estaban recogiendo los óbolos de las gentes de Odessa que querían colaborar para pagar el entierro fue respetada.

Antes de producirse la masacre, de buena mañana, los socialdemócratas de Odessa habían intentado entrar en contacto con la tripulación del Potemkin. Entre ellos estaba Constantin Feldmann, razón por cual sabemos bastantes cosas de estos contactos. Feldmann, de hecho, estaba muy excitado, como sus camaradas, respecto de las posibilidades de convergencia con los marineros. No obstante, en cuanto llegó al acorazado, habría de verse decepcionado. Aunque él, como los revolucionarios del barco, contemplaba esa rebelión como la primera de una serie de acciones que acabaría incendiando Ucrania, se dio pronto cuenta de que la mayor parte de la marinería no lo veía así.

Cuando Feldmann, así como otros compañeros de tierra, asistieron a la sesión del Comité Popular, comprobaron con estupefacción que la mayoría de los miembros de éste recomendaban la moderación y, desde luego, descartaban el desembarco en la ciudad para unirse a su lucha. Argumentaban, y no les faltaba razón, que por mucha potencia de fuego que tuviese el Potemkin, no podía invertirla en el enfrentamiento en la ciudad, pues no había que olvidar que, en algún momento, llegarían efectivos de la flota del Mar Negro contra los que tendría que defenderse. No habría, pues, ayuda a los manifestantes de tierra en tanto en cuanto la rebelión en la flota no fuese total. El propio Matushenko estaba de acuerdo en diferir toda acción violenta por parte de los marineros a la llegada del resto de la flota.

Feldmann, asistido por otros dos dirigentes de tierra que habían llegado con él, trató de arengar al Comité. Arenga que terminó como el rosario de la aurora, porque en ese punto llegó a las cercanías del acorazado el barco carbonero que venía remolcado, y la práctica mayoría de los miembros del Comité, simplemente, se piraron para ayudar en las labores de descarga.


A mediodía, mientras en el barco se celebraba la muy importante llegada del carbón, llegó al acorazado una nueva delegación de socialdemócratas con el relato de la matanza. Exigían que el barco bombardease la ciudad.