miércoles, octubre 14, 2015

Breve historia del metro (8)

Recuerda que ya te hemos contado.

El principio de todo y las primeras tribulaciones de Delambre.

Las primeras tribulaciones de Méchain en el tramo sur del meridiano, hostión incluido.

La recuperación (parcial) de Méchain y la impaciencia de los gobernantes franceses por un proyecto que duraba ya demasiado.

El retorno al trabajo de Delambre y el día que descubrió que lo habían despedido.

Las tribulaciones de Méchain en una Cataluña en guerra, y el momento en que se dio cuenta de que la había cagado.

El descarrilamiento del proyecto del meridiano, que no fue tal.

Poco tiempo después del nombramiento de Calon, el siempre proactivo Prieur de la Coté-d'Or impulsó la aprobación por parte de la Convención Nacional de la ley de 18 Germinal III, esto es 7 de abril de 1795. Esta ley fijó la evolución del sistema métrico tal y como lo conocemos hoy en día, fijando el sistema de nombres y prefijos que conformaba dicho sistema.

La ley de 18 Germinal III también supuso algunos pasos atrás en los ardores iniciales. Por ejemplo, abandonó la división del día en diez horas. Además, se reconocía que la transición de sistemas habría de ser más prolongada de lo inicialmente calculado. Para monitorizar el proceso se creó una Agencia Temporal de Pesos y Medidas, bajo la dirección de Legendre. Se decidió asimismo que el metro sería introducido primero en París, con un plazo de transición de tres meses. El resto del país seguiría más tarde.

La nueva ley, por último, tal y como había querido Calon, lanzaba de nuevo la misión del meridiano; de hecho, se urgía a Méchain y Delambre para que reiniciasen sus trabajos lo antes posible.

Jean Baptiste Delambre abandonó París el 28 de junio de 1795, tras año y medio de interrupción en su labor. Pasaron la primera noche en d'Assy, y dos días después llegaban a Orléans, en las riberas del Loira, justo donde el astrónomo se había visto obligado a detener sus trabajos. Montaron su base de operaciones en la catedralicia ciudad de Bourges. Sin embargo, al llegar a esta ciudad, Delambre hubo de enfrentarse con el grave problema de haberse quedado sin dinero. En ese momento, la Francia revolucionaria vivía un tremendo episodio de inflación, y el crecimiento exponencial de los precios se había comido, literalmente, los recursos de la expedición. El papel moneda emitido por la Revolución, los assignants o títulos de deuda, había perdido casi todo su valor a causa de la política monetaria expansiva de los moderados que habían seguido al Terror. Como consecuencia, el presupuesto de Delambre para toda la expedición estaba consumido en apenas unas semanas, y tuvo que esperar cosa de un mes hasta que Calon fue capaz de allegarle nuevos recursos. Al menos, eso sí, les habían dado rango militar a los dos astrónomos (capitanes, para más señas); eso les daba derecho a ser alimentados.

Por si fuera poco todo esto, en la región de Sologne, que era la que ahora le tocaba triangular, Delambre se las vio y se las deseó para encontrar edificios altos desde los que poder hacer sus lecturas. Durante los tiempos más radicalizados de la Revolución, los sans coulottes locales se habían dedicado a derribarlos, puesto que, en su furor egalitario, consideraban que esos edificios altos eran un signo de soberbia, por elevarse por encima de los tejados de sus casas. A pesar de estos obstáculos generados por actuaciones que demuestran que la capacidad humana de pensar y hacer polladas es insondable, antes de empezar diciembre el astrónomo había conseguido triangular la zona, y estaba dispuesto a salir hacia Dunquerque.

¿Y Méchain? Pues su vida tampoco había sido del todo tranquila.

Habíamos dejado al otro astrónomo del proyecto meridiano en un barco camino de Génova, con sus círculos de Borda medio escarallados a causa de un rayo. No fue ésta, sin embargo, la única mala noticia del viaje. En llegando a Génova, un barco inglés interceptó la nave y la obligó a desviarse hacia Livorno, donde Méchain y su gente fueron puestos en cuarentena y sus círculos, intervenidos. Hubo de pasar, pues, diez días en el Lazareto de Livorno, sabiendo que no se podía poner en contacto con nadie que conociera en Francia; la carta, que debería cruzar un país en guerra, vendría obligada a ser más hábil que McGyver para haber podido cumplir su misión. Pensando, pensando, Méchain se dio cuenta de que sólo tenía a tiro a un conocido, que no amigo. Y le escribió. Le escribió una carta a Giuseppe Slop de Cadenburg, director del observatorio astronómico de la universidad de Pisa.

Méchain y Slop no se conocían. El francés sabía que el italiano había sido corresponsal de Lalande y que, como él, era un apasionado de los cometas; pero ahí terminaba toda su relación, porque jamás se habían visto ni escrito. Aun así, acuciado por la necesidad, Méchain le envió una carta en la que le rogó hiciese valer su influencia para que le devolviesen sus círculos. Slop cumplió su parte enviando a un asistente suyo a Livorno, que negoció todo para Méchain; y el francés, tal y como había prometido, pagó el favor dejándose caer por Pisa, donde llegó en el solsticio de verano de 1794, y se quedó tres semanas. Esta estancia en casa de Slop tiene su importancia porque en ella Méchain le confesaría a su colega las dudas que le corroían sobre sus mediciones barcelonesas.

El 11 de julio, Méchain y su gente partieron para Génova, que seguía siendo su objetivo. Llegaron a la ciudad apenas tres días antes de que lo hiciese un tal Napoleón Bonaparte, que llegó allí con la misión de allegar a los genoveses para el bando francés. Méchain esperaba con impaciencia los correos en el puerto y devoraba las noticias que llegaban (como la caída de Robespierre, que se supo en Génova diez días después de que le separasen la cabeza); pero ninguna noticia llegó sobre el asunto que interesaba al astrónomo.

Finalmente, en la segunda mitad de agosto llegaron noticias de su mujer. Le informaba de que la misión del meridiano había sido desconvocada al menos hasta la primavera siguiente. Por esos días recibió también una copia de la ley de 1 de agosto de 1793, por la cual se establecía el sistema métrico y un metro provisional equivalente a 443,44 lignes. Asimismo, le informaban de que Delambre había sido purgado de la Comisión de Pesos y Medidas, sin haber sido sustituido. Para Méchain, pues, era casi obligado llegar a la conclusión de que la misión del meridiano se había ido al carajo para siempre.

Aquella noticia, en todo caso, fue una liberación para el meticuloso astrónomo. Repentinamente, su error en Barcelona, ese error que en realidad no sabía ni dónde ni cuándo había cometido, ya no importaba. Eso sí, meticuloso y curioso como era, Méchain se impuso la tarea, ahora personal, de calcular en qué medida las diferentes mediciones hechas en Cataluña afectaban a la longitud del metro provisional.

Estaba en ésas tan desabridas y alegres cuando, la semana siguiente, llegaron noticias más frescas que le informaban de la reapertura de la misión del meridiano. Ni siquiera la noticia de que se le había nombrado jefe de cartografía naval, con un sueldo de 6.000 libras anuales del cual su esposa ya había cobrado dos meses, sirvieron para animarle. Dos meses después, llegó carta del general Calon reclamándolo lo antes posible en París.

En octubre, el embajador francés en Génova, un devoto jacobino, fue llamado a París para responder por esas aficiones repentinamente tan políticamente incorrectas; y su sustituto, un tal Villard, llegó a la ciudad italiana con dinero y pasaportes suficientes como para hacer posible el viaje del equipo astronómico a París.


Juan Bautista se quería morir.