viernes, octubre 16, 2015

Breve historia del metro (9)

Recuerda que ya te hemos contado.

El principio de todo y las primeras tribulaciones de Delambre.

Las primeras tribulaciones de Méchain en el tramo sur del meridiano, hostión incluido.

La recuperación (parcial) de Méchain y la impaciencia de los gobernantes franceses por un proyecto que duraba ya demasiado.

El retorno al trabajo de Delambre y el día que descubrió que lo habían despedido.

Las tribulaciones de Méchain en una Cataluña en guerra, y el momento en que se dio cuenta de que la había cagado.

El descarrilamiento del proyecto del meridiano, que no fue tal.

El reinicio de la misión... por parte de Delambre.

Yo creo, aunque no puedo asegurarlo, que Jean Baptiste Méchain, en efecto, a pesar de hacer público su deseo de volver a París, no tenía ningún deseo de hacer aquel viaje. Aunque hay gente que lo discute, yo creo que las trazas son bastante evidentes.


Sólo así se entiende que, días después de haber anunciado su partida, contactara con el astrónomo milanés Barbera Oriani. Méchain y Oriani se conocían personalmente (se habían visto años antes en París) y resulta muy difícil sostener que el francés no estuviese al tanto de que el italiano estaba realizando diversas triangulaciones en Italia. Lo que siguió es totalmente lógico y por lo tanto no sería extraño que Méchain lo hubiese previsto: Oriani, una vez informado por Méchain de todo lo que había hecho, propuso ardorosamente que las triangulaciones francesa e italiana fuesen puestas en contacto a través de Génova.

Si todo esto es, como yo sospecho, una movida de Méchain para quedarse en Italia, le salió bien. Escribió al general Calon para exponerle el proyecto del milanés y, probablemente para su sorpresa, se encontró con que su jefe no sólo abrazaba la idea, sino que le prometió por carta a Oriani su propio círculo de Borda en el momento en que Lenoir lo terminase. El apoyo del militar francés al proyecto probablemente tenga mucho que ver con el desarrollo bélico de la Revolución Francesa, y las sospechas más que evidentes de que Italia iba a ser uno de los teatros de la conflagración que se avecinaba; y eso significaba que disponer de mapas fiables se convertía en una necesidad. No obstante, para desgracia de Méchain, Calon seguía conminándole a ir a París, puesto que, le recordaba con diplomacia, “la misión que tiene usted pendiente es el proyecto del meridiano compartido con el señor Delambre”. En otras palabras: el ejército francés estaba encantado de tener acceso a buenos mapas de Italia; pero mucho más deseaba tenerlos de la propia Francia.

Aquello, sin embargo, no era una derrota para Méchain, sino tan sólo un traspiés. En una subsiguiente carta, el astrónomo recordó al general que la ciudad de Génova se encuentra muy cerca del paralelo 45, esto es, de la mitad de camino del meridiano entre el Polo Norte y el Ecuador. Burdeos, argumentaba, no es el único sitio adecuado para el experimento pendular que delimitaría la longitud del metro. Le solicitaba a Calon que le enviase el péndulo del observatorio parisino, de platino. Si tal hacía, él, Méchain, le ahorraría al Estado francés el traslado de un equipo de científicos a Burdeos para realizar el experimento, puesto que él mismo lo llevaría a cabo en Génova. Como se ve, pues, Méchain estaba engañando a Calon, y encima esperaba que éste le diese las gracias.

Lo más importante: se ofrecía el francés para hacer nuevas observaciones en Génova para hacer nuevas correcciones de refracción. En otras palabras: pretendía “repetir” la experiencia barcelonesa, con la intención de descubrir dónde se había equivocado. Porque todo esto va de que Méchain seguía torturado por las jodidas lecturas excéntricas de Mizar a su paso por el cielo catalán, y buscaba la manera de poder realizar nuevas mediciones.

Tuvo suerte Méchain, además, de que el embajador Villars decidiese solicitar instrucciones más precisas a París, tiempo durante el cual le negó el pasaporte al astrónomo, con lo que el culpable del retraso dejó de ser Méchain para pasar a ser el embajador. De hecho, retrasó la salida tanto que Méchain acabó pasando todo el invierno en la zona.

Durante aquel invierno, el francés no hizo ningún experimento pendular, ni tampoco colaboró con los italianos en triangulación alguna. Respecto de lo primero, el péndulo de París nunca llegó porque Calon no lo envió; y respecto de lo segundo, Lenoir no había terminado de fabricar el nuevo círculo de repetición. Ante la impaciencia de Oriani, Méchain le propuso a Calon venderle al italiano uno de sus círculos, dado que él podría quedarse con el nuevo cuando llegase. Calon, de forma relativamente sorprendente, aceptó la propuesta, y el círculo calibrado a 360 grados (el que escogió Oriani) fue vendido por 1.200 libras.

Méchain realizó algunas observaciones en las alturas de la catedral de San Lorenzo. Trataba de comprender el problema de la refracción, pero los resultados no fueron concluyentes.

Con la llegada de la primavera, tiempo de nuevo para triangular, Calon trató de nuevo de hacer a Méchain ir a París. Pero no fue hasta la ley de 18 Germinal III, o sea 7 de abril de 1795, es decir cuando la misión del meridiano fue formalmente reabierta, que aceptó Méchain hablar de regreso. No obstante lo dicho, también en este caso intentó hacerse el orejas, pero sus tácticas dilatorias habían sido tan dilatadas y descaradas que pronto tuvo que enfrentarse con la posibilidad real de ser despedido, lo cual venía a significar dejar a su mujer en la puta calle. A finales de abril, tomó el barco-correo que hacía la ruta entre Génova y Marsella, con el círculo que le quedaba y la compañía de un Tranchot con el que ya apenas se hablaba.

Al llegar a Marsella, lo lógico es pensar que Méchain iría a París, o a Perpiñán, a continuar las series de triangulaciones que le quedaban. Pero no hizo ninguna de ambas cossas. Lo que hizo fue quedarse cinco meses, que se dice pronto, en Marsella, sin motivo aparente. Perdió todo el verano en la ciudad costera, esto es el mejor momento para realizar triangulaciones. De hecho, en esa estación Delambre trianguló todo el trayecto entre Orléans y Bourges.

El inexplicable interludio marsellés puso a todo el mundo contra Méchain. Tranchot, que consideraba con justicia que lo justo y lógico es que él hubiera estado en París muchos meses, en realidad más de un año antes, se puso como el puma de Baracoa. Las cartas del general Calon fueron perdiendo paulatinamente todos sus recursos de savoir faire. Y los compañeros científicos en París tampoco se molestaron en intentar defender una actitud tan extraña. Calon, en un intento desesperado por solucionar el tema (recordemos que el general no sabía nada sobre los verdaderos motivos que llevaban a Méchain a procrastinar de aquella forma tan escandalosa) decidió enviar a Esteveny y a dos asistentes más, que sustituirían a Tranchot.

Méchain tenía muy claro que su asistente quería dejarle; en realidad, lo más probable es que Tranchot, de buena gana, habría guillotinado a su jefe. Si su relación personal nunca había sido como para tirar cohetes, después del episodio pirenaico en el que Tranchot había sido encomendado de realizar mediciones en solitario, y la enorme carga de desconfianza que levantó entre ambos su retraso en volver a Barcelona, las cosas no habían sido igual; y en Italia se habían puesto en modo hostia limpia. El jefe de la expedición reconocía todo eso, pero no quería deshacerse de su asistente. Formalmente, su resistencia tenía que ver con el alto concepto que tenía de las habilidades cartográficas de Tranchot, pero una vez más la verdad era otra: Méchain, simple y llanamente, no quería que llegase solo a París un experimentado cartógrafo como Tranchot, buen conocedor de las incongruencias existentes en las observaciones hechas en Barcelona. Así las cosas, escribió tanto a Lalande como a Calon asegurando que Tranchot no se podía ir. En agosto, Calon cedió.

En esas circunstancias, probablemente resignado ante lo que sabía que tendría que pasar, Méchain escribió a Delambre para inquirirle sobre la forma en que había archivado sus lecturas.¿Lo había hecho por orden de observación, o de una forma más propia para realizar los cálculos? Con el contacto, ambos astrónomos habrían de descubrir que, en las muchas cosas que se habían preparado en el marco de aquella misión del meridiano, nadie parecía haberse preocupado en homogeneizar la captura de datos por parte de ellos dos. En términos modernos, es como si dos astrónomos fuesen encomendados de la misma observación, pero se les hubiese permitido capturar los datos con software diferentes. Méchain, en todo caso, se ofreció, dado que iba mucho más retrasado que Delambre, a adaptar sus notas a la metodología que hubiese sido utilizada por su compañero.

Delambre recibió esta carta encontrándose en Sologne. Le explicó que computaba todas sus observaciones por orden temporal, y que un asistente luego las pasaba a otro cuaderno preparadas para los cálculos. Deberá ser la Comisión, explicó en su carta, la que decida qué se publica y qué no; yo lo apunto todo.

Tras una serie de consideraciones logísticas, Delambre terminaba su carta planteándole una pregunta a Méchain. Inocente pregunta envenenada, aunque no lo supiese. En cuanto terminase de triangular hacia el sur, Delambre partiría hacia Dunquerque para determinar su latitud. ¿Sería tan amable su colega de informarle de qué estrellas había observado en Montjuïch, y qué medidas había tomado para asegurarse de la precisión de sus medidas?

Como cualquier fiel lector de estas notas comprenderá, cuando Méchain leyó la coda de aquella carta, los testículos se le escaparon del escroto y salieron rebotando por el pasillo como canicas.

Finalmente, tras pensarlo, decidió confesar. Siquiera parcialmente.

Méchain le contestó a Delambre con una larguísima carta, una auténtica novela corta. Le costó doce días escribirla. La empezó en Perpiñán, adonde se había desplazado por fin, y la terminó en Estagel, camino de las montañas.

En la carta, que es un auténtico monumento a la insinuación, Méchain asegura que tomó ésta y aquélla cautela al hacer las mediciones en Barcelona, pero al mismo tiempo, como digo, insinuaba que tenía dudas sobre la efectividad de dichas medidas. No se fiaba, confesaba, de las correcciones realizadas para la refracción. Los datos de Mizar se obstinaban en ser distintos. Le confesaba a Delambre que quería volver a Barcelona para repetir sus observaciones, y aseguraba que deseaba que él también completase la misión en Dunquerque, porque así “la comparación de resultados para las mismas estrellas será completa”. En otras palabras: Méchain tenía la ilusión de que Delambre se diese la misma hostia en Dunquerque que se había dado él en Barcelona.

En su larga confesión, se lo calló todo sobre el segundo grupo de mediciones que había hecho en el tejado de la Fontana de Oro. Esto es: por mucho que le contaba a su colega el problema, le ocultaba el hecho de que dicho problema era mucho más grave de lo inicialmente concebido, puesto que se había reproducido en una segunda serie de mediciones. Probablemente temía Méchain que, de saber esto, Delambre acabaría por dudar de toda la misión del meridiano ejecutada por su colega, colaborando para labrar el descrédito de su persona que tanto temía (temor que, por cierto, hay que entender: Méchain no sólo era un meticuloso científico para el cual el descrédito profesional era la peor de las condenas; también vivía en una Francia en la que hasta hacía nada a la gente le separaban la cabeza del cuerpo por cualquier idiotez).

Delambre contestó con una carta casi cálida en la que ponderaba los amplios saberes de su colega y le invitaba a tener más seguridad en sus observaciones. De hecho, le hacía en la misiva una serie de apreciaciones técnicas que demostraban cómo variaban los resultados según cuáles fuesen las asunciones sobre la relación entre la refracción y la temperatura, la altitud o el ángulo. Ciertamente concedía, estos cambios de asunciones no conseguían domeñar la obstinada rebeldía de Mizar, pero Delambre prometía que le prestaría una atención especial a este tema cuando hiciese sus observaciones en Dunquerque. Y añadía que, para él, las observaciones barcelonesas de Méchain eran definitivas, y no había necesidad alguna de regresar a la ciudad condal.

Se puede decir, pues, que Delambre se portó como un caballero.

Tras dicha carta, Delambre pasó fugazmente por París y se dirigió a Dunquerque, para hacer las mediciones de latitud. Colocó su observatorio en la terraza de un edificio militar y verificó la verticalidad de su círculo con tres métodos diferentes. Desarrolló fórmulas para corregir sus datos de acuerdo con la refracción y la temperatura. Entonces comenzó sus observaciones con Polaris.

Sus 38 observaciones de Polaris derivaron una latitud de 51º2'16,66'', con escasísima variabilidad entre las mediciones una vez que desechó varias que eran especialmente excéntricas. Luego, fue a por Kochab, pero encontró la estrella difícil de observar. Las observaciones tomadas en el tránsito más bajo eran muy pobres debido a las nubes, y resultaron estar 3 segundos por debajo de las lecturas de Polaris. Las lecturas del tránsito superior, sin embargo,se ajustaron con una mínima diferencia de 0,02 segundos.

En esas circunstancias, Delambre podía decir que contaba con un grupo de mediciones suficiente, y suficientemente preciso. Sin embargo, como quiera que le llegó dinero, decidió quedarse tres semanas más, para hacer nuevas observaciones… que, para su horror, se apartaban notablemente de las anteriores. Durante días, vivió el mismo infierno que Méchain, hasta que cayó en la cuenta que la culpa era de dos tornillos del círculo inferior, que se habían soltado.


Dejó Dunquerque el 29 de marzo de 1796, encantado de haberse conocido.