lunes, octubre 05, 2015

Breve historia del metro (7)

Recuerda que ya te hemos contado.

El principio de todo y las primeras tribulaciones de Delambre.

Las primeras tribulaciones de Méchain en el tramo sur del meridiano, hostión incluido.

La recuperación (parcial) de Méchain y la impaciencia de los gobernantes franceses por un proyecto que duraba ya demasiado.

El retorno al trabajo de Delambre y el día que descubrió que lo habían despedido.

Las tribulaciones de Méchain en una Cataluña en guerra, y el momento en que se dio cuenta de que la había cagado.

En el momento temporal que relatamos, los líderes revolucionarios franceses, en su mayoría, habían perdido ya la pasión por el proyecto del meridiano. Muchos de ellos, de hecho, lo consideraban una molesta gilipollez. Con el metro provisional en la mano, no veían necesidad de seguir echándole billetes a aquel proyecto, propio de envarados y elitistas científicos (porque la gente, como se verá con claridad en el siglo XX y muy particularmente en España, se siente mucho más cómoda llamando intelectuales no a gentes que saben mucho como los buenos científicos, sino a gentes que hablan mucho como los actores, trovadores, etc.)

El 1 de julio de 1794 llegó la fecha fijada en la norma para la obligatoriedad de uso del metro (provisional). Pero eso es lo que decía el papel. A pesar de que el gobierno era consciente de que tenía cosas que hacer para educar a la gente y, de hecho, había albergado el proyecto de construir millones de bastones con la longitud del nuevo metro, para cuando teóricamente el uso de esos bastones era obligatorio no había terminado ni 1.000; y toda Francia, mutatis mutandis, vivía a espaldas de la nueva unidad de medida. Aunque hubo sus avances: el 7 de diciembre de aquel año, siguiendo la propuesta de los científicos de que la nueva moneda que habría de alumbrar el nuevo Estado equivaliese a 0,01 gramos de oro, se declaró esta nueva moneda, el franco, equivalente a la vieja libra, y divisible en 100 céntimos.

Otro avance importante, en la misma línea racionalizadora, fue el del tiempo. Considerándose los revolucionarios como gestores de un nuevo tiempo para Francia y para la Humanidad, para ellos era evidente que debían cambiar el calendario. El calendario gregoriano, según su acertada reflexión, no dejaba de ser una división del tiempo montada sobre unos palafitos que eran las fiestas cristianas. El primer bastión que quisieron atacar fue el del comienzo del tiempo, pues obviamente contarlo desde el nacimiento de Jesús no les molaba. Hubo varias propuestas en este sentido, entre las cuales las que ganaron más adeptos fueron el 1 de enero de 1789 y, por supuesto, el 14 de julio: el día de la movida bastillera.

En 1793, un matemático con fuertes conexiones políticas (tal fuertes que acabaría en el cadalso), Gilbert Romme, propuso una solución. El año I de la nueva era sería situado en la fundación de la República Francesa, esto es el 22 de septiembre de 1792. Hay que tener en cuenta, para entender la fuerza de esta propuesta, que la dicha fecha, además de ser política, tenía un significado natural, ya que fue el día del equinoccio de otoño. A partir de ahí, se establecían doce meses de 30 días:

  1. Vendimiario, el mes de la vendimia.
  2. Brumario, el mes de las brumas.
  3. Frimario, el mes de las heladas.
  4. Nivoso, el mes de las nieves.
  5. Pluvioso, el mes de las lluvias.
  6. Ventoso, el mes de los vientos.
  7. Germinal, el mes de la germinación.
  8. Floreal, el mes de la floración.
  9. Prairial, el mes de los prados hermosos.
  10. Mesidor, el mes de las cosechas.
  11. Termidor, el mes de la calorina.
  12. Fructidor, el mes de los frutos.


Cada mes tenía tres semanas de diez días llamadas por los franceses décadas; semanas que carecían de domingo (el día de Dios). Evidentemente, con el tiempo los revolucionarios tuvieron que inventar una fiesta intermedia en la semana, que llamaron quintidi, porque la gente estaba un poco mosqueada con las semanitas de diez días.

Como ya se ha dicho en estas notas, el viento racionalizador métrico llevó pronto a los políticos a plantearse la posibilidad de dividir el día en diez horas, y cada hora en 100 minutos. El 11 de brumario del año II (1 de noviembre de 1793) una ley decretó esta nueva forma de medir el tiempo. Mediodía pasaron a ser las cinco, y medianoche, las diez.

El rollo decimal siguió con el círculo, que pasó a dividirse en 400 grados para que así el ángulo recto tuviese 100. Estos cambios, obviamente, reclamaban hacer nuevas tablas trigonométricas y de logaritmos. Condorcet, por cierto, propuso en este terreno que este tedioso trabajo de recálculo fuese encargado a alumnos de escuelas para sordos; argumentando, y no le faltaba razón, que por definición eran menos susceptibles de ser distraídos. Aunque hoy en día todos los estudiantes son sordos al mundo exterior, viven ensimismados en un mundo interior de violadores del verso y extraños conjuntos indie, y la verdad es que no se les ve muy capaces de recalcular logaritmos.

La cosa, sin embargo, comenzaría a torcerse con la evolución revolucionaria. En sus inicios, la Revolución Francesa contó con los científicos y les hizo un sitio. Condorcet, de hecho, fue elegido para la Asamblea, donde defendió ideas muy avanzadas. Sin embargo, nunca se llevó bien con los jacobinos, lo cual no ayudó nada cuando llegaron al poder. Finalmente, el que entonces se consideraba primer científico de Francia fue condenado por el Comité de Salud Pública, y tuvo que esconderse. En mayo de 1794, ante la posibilidad de ser ejecutado en la plaza pública, se suicidó.

Laviosier nunca fue diputado, pero, como tesorero de la Academia mientras ésta existió, ocupó un lugar preeminente en la comunidad científica. Hombre de enorme influencia, permanente huésped de los mejores salones de París, hizo cosas como librar del servicio de armas a todas las personas implicadas en el proyecto del meridiano. Sin embargo, acabó estando en el punto de mira del Comité, que lo encarceló en la prisión de Porte-Libre.

Borda terció a su favor, solicitando su liberación a las autoridades. Pero ése fue el momento en el que los abogados del proyecto del meridiano se dieron cuenta de lo bajo que había caído ante los revolucionarios. El Comité respondió a la carta de Borda dictando su expulsión del Comité de Pesos y Medidas, junto con otros miembros como Laplace; y Delambre, pues ése fue el momento en que fue despedido, aunque se enteraría semanas después.

El principal pecado de Lavoisier era haber invitado a más de una reunión en sus salones al hombre fuerte del Comité, Prieur de la Coté d'Or. Yo, personalmente, ignoro por qué Prieur se había sentido tan atraído por un salón en el que se hablaba de fluidos, presión y órbitas excéntricas, asuntos todos ellos sobre los que él no sabía nada. Parece ser, además, que no pocas veces se había quedado solo defendiendo a la revolución. Estas humillaciones acabaron por trabajarse su personalidad vengativa. En cuanto tuvo poder, Prieur convenció al Comité de que era necesario purgar el Comité de Pesas y Medidas, liberarlo de la misión del meridiano, y centrarlo en la labor (en verdad, ingente) de implantar el sistema métrico.

A finales de enero de 1794, Delambre se presentó en París, devolvió sus círculos de Borda, y se presentó al comité de su vecindario. Le urgía hacer algo. Días antes, la revolución había arrestado a su mentor, Geoffroy d'Assy. En ese momento era fundamental poder escamotearle a los investigadores del Comité cualquier objeto o pista comprometedora, y por eso Delambre quería entrar en el domicilio parisino de D'Assy; para eso, y para sacar de allí sus propios papeles para que no le incriminasen. Aprovechó que, oficialmente, también era su domicilio (el número 1 de la rue Paradis) y le dijo al comité de barrio que tenía que entrar en la casa, que había sido sellada, para recoger unos objetos astronómicos. Por supuesto, no les contó que para entonces ya le habían despedido.

En el primer viaje que hizo, descubrió que su secreter estaba cerrado, y que no tenía la llave. Aquella anécdota le permitió volver a la casa un mes más tarde. Los oficiales que lo acompañaron, a pesar de recelar de todos esos papeles llenos de fórmulas y cálculos que no entendían pero sospechaban podían ser mensajes secretos, le dejaron llevárselos.

Delambre tuvo suerte. No así Lavoisier, que fue ejecutado el 8 de mayo de aquel año. La crueldad con el régimen del Terror trató a los científicos, no pocos de ellos personas de extracción social relativamente elevada, les hizo huir de París. Borda se encastilló en su casa de campo. Laplace hizo lo propio, acompañado de su familia. Cassini, sin embargo, no tuvo tanta suerte. Su vivienda era el observatorio de París, donde había contratado, tiempo atrás, tres personas para que lo asistiesen. Ahora, estas tres personas reclamaron igualdad de trato respecto de su jefe. Para horror de Cassini, uno de estos tres contratados, el sacerdote Nicolas Antoine Nouet, le comunicó su deseo de casarse con su criada. Los adjuntos acusaron a Cassini de haberles robado su trabajo y haberlo publicado como propio; algo que, la verdad, tratándose de científicos de nombre, nunca podemos descartar.

Fuera como fuere, el gobierno, como es lógico teniendo en cuenta su ADN, reorganizó el observatorio bajo normas egalitarias. Creó cuatro puestos de profesores de observatorio. Uno fue para Cassini, pero los otros tres, que en lógica científica debieron ser para Lalande, Delambre y Méchain, fueron para los tres adjuntos, a los que no les costó convencer a los jacobinos de que los otros candidatos eran demasiado amigos de la aristocracia. Uno de ellos, Jean Perny, que una noche había vuelvo mamado de su club revolucionario y había aporreado la puerta de Cassini clamando para su ejecución, fue nombrado el primer director rotatorio. Ante semejante situación, Cassini dimitió, cortando más de un siglo de relación de su familia con el observatorio parisino. Con eso no consiguió sino empeorar sus perspectivas, pues pronto terminaría en la cárcel.

Las cosas durante aquel año, sin embargo, se movieron mucho, como los conocedores de la Revolución Francesa saben bien. Cayó Robespierre, y eso supuso que, repentinamente, pertenecer a los bandos más radicales de la revolución dejó de ser buen negocio. Esto le pasó a Alexandre Ruelle, uno de los tres profesores del observatorio, quien además fue atacado por sus propios adjuntos por haber cometido un error de 10 segundos en una observación. El 22 de agosto, Ruelle pasaba también a la prisión y, en ese momento, Nouet y Perny le ofrecieron a Delambre incorporarse como el tercer profesor.

Los cambios, de todas formas, eran más profundos. Los revolucionarios posteriores a Robespierre eran más moderados, y tenían una comprensión bastante adecuada del enorme daño que el Terror le había hecho al prestigio científico de Francia, hasta entonces puntero. En junio de 1795, como fruto de estas preocupaciones y discusiones, crearon una nueva institución, el Bureau de Longitudes, burda imitación del organismo inglés del mismo nombre, adonde fueron llamados, de nuevo, los huidos científicos de la nación: Lalande, Laplace, Legendre, Borda, Delambre y Méchain. Luego restituyeron la Academia de Ciencias. Cassini, sin embargo, se negó a volver, y se retiró a sus posesiones en Thury junto a su madre, sus cinco hijos y nueve monjas que habían sido liberadas, o expulsadas según se vea, de un convento local.

La retirada de Cassini, en todo caso, fue el tiempo de Lalande. El 17 de mayo de 1795, Jerôme se convirtió en el nuevo director del observatorio. El tema tenía su lógica pues si por algo se podía definir a Lalande, era por sus convicciones igualitarias y por su pasión por las estrellas. Las primeras las había mostrado, por ejemplo, cuando fue puesto en 1791 al frente del Collège de France, y anunció como primera medida la admisión de las mujeres de todas las clases. Lo segundo lo demostraba su bestial catálogo personal de estrellas que, para cuando Robespierre cayó en desgracia, superaba las 22.000. En 1796, decidió atacar la marca de 50.000 estrellas. La pasión por la astronomía de Lalande era tan grande que puso a su hija a hacer cálculos con él, y a otro de sus hijos, Issac, lo dio a la beneficencia porque distraía a la familia.

Delambre, mientras tanto, se encontraba en Bruyères, realizando discretas observaciones astronómicas en la finca de los d'Assy. Había conseguido una autorización del ayuntamiento local, para así evitar sorpresas desagradables, que en aquel entonces eran muy desagradables. Su intención era permanecer ajeno a los ojos públicos, pero no pudo ser. La culpa la tuvo él mismo cuando encontró un error en el nuevo calendario.

La obsesión del nuevo calendario revolucionario, ya lo hemos apuntado, era mantener incólume la feliz coincidencia de que el comienzo de la república fuese a coincidir con el equinoccio de otoño. Para que esto siguiera siendo así, el calendario había establecido el llamado franciade, un año en el que saltarían un día. Delambre, sin embargo, se dio cuenta de que el alineamiento era bastante más complicado. Haciendo cálculos relativos a los 150 años siguientes (esto es, llegando hasta el final de la segunda guerra mundial), Delambre descubrió un año en el que resultaría imposible predecir si el equinoccio se produciría antes o después de la medianoche del 22 de septiembre. En términos más prácticos, el problema residía en que el franciade no caería necesariamente cada cuatro años, como había previsto el calendario; ocasionalmente, ocurriría cada cinco. Movido por su espíritu científico, Delambre no pudo escuchar las llamadas a la prudencia que seguro se producían dentro de su cabeza, y le comunicó su descubrimiento a Lalande, quien lo hizo rular por París; muy pronto, los responsables del calendario se dirigieron a Delambre para solicitarle que les ayudase a resolver el problema.

Delambre, con una inocencia propia de los verdaderos científicos, informó a París de que había detectado inconsistencias que se presentarían cada 36.000 años. Ni cortos ni perezosos, los científicos de París se dirigieron al gobierno instándole a que legislase su compromiso de revisar el sistema de calendario dentro de 36.000 años, y un asombrado comité gubernamental así lo aprobó. Supongo, aunque no lo puedo adverar, que este decreto tiene el récord mundial a la legislación prospectiva; nunca, jamás, ha legislado el ser humano a un periodo vista tan largo.

En 1794, el general Etienne Nicolas Calon fue nombrado director del Dépôt de la Guerre et de la Marine, nombramiento que centralizó todos los cartógrafos militares franceses en un solo cuerpo. Para suerte del moribundo proyecto del meridiano, Calon era un decidido partidario de la realización de mapas nuevos, especialmente de los territorios que, en su frente oriental, habían conquistado los franceses. Él mismo era cartógrafo, y para valorar la posibilidad de llevar a cabo sus ideas decidió consultar a Delambre. Lo buscó primero en las prisiones, asumiendo que alguien lo habría encarcelado, pero cuando supo que estaba en la campiña lo hizo llamar a París.




Calon quería comunicarle lo que el astrónomo ya no esperaba: tenía el proyecto de solicitar al Comité de Salud Pública el reinicio de la expedición del meridiano, y el nombramiento de nuevo del propio Delambre y de Méchain para terminarlo.