miércoles, octubre 07, 2015

Los Estados Unidos (5)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Una cosa que, en todo caso, no debemos olvidar, aunque ha sido evidentemente atropellada por la apisonadora del tiempo, es que no fueron pocos los americanos que tomaron la decisión, en medio del enfrentamiento, de permanecer fieles a la Corona. Estos tories, como fueron llamados por los patriotas, eran normalmente grandes comerciantes y terratenientes, así como buena parte de los clérigos anglicanos. Otros ciudadanos o bien temían verse implicados en la guerra, o bien simplemente pensaban que los rebeldes no podían ganar. En Carolina del Norte, estos monarquistas, llamados Regulators, tomaron las armas contra los patriotas. La relación no fue fácil. Los rebeldes se negaron a hacer negocios con los regalistas y, a menudo, les confiscaron sus propiedades.

Cuando comienza la denominada guerra de la independencia americana, la verdad es que todo o casi todo está a favor de los ingleses. Sus enemigos son un conjunto de apenas 2 millones de habitantes, sin ejército ni marina y sin un gobierno central propiamente dicho. Enfrente, una nación cinco veces más poblada, dueña de los mares del mundo y con nutridas tropas altamente experimentadas.

La principal ventaja de los rebeldes, sin duda, era el océano que separaba a Inglaterra de sus objetivos bélicos. Por decirlo de una forma clara para entendernos, la situación logística de Inglaterra durante la guerra fue tan comprometida que rara vez las tropas se aventuraron más allá de unos 20 o 25 kilómetros de un río navegable, o de la costa. Más allá, abastecer a las vanguardias les presentaba problemas innúmeros. Los rebeldes, en cambio, conocían el terreno, lo usaban para aprovisionarse tanto como para huir y esconderse, y de esa manera podían practicar una guerra de guerrillas tremendamente efectiva.

El principal obstáculo para la victoria por la parte de los vencedores fue su liberalismo; su fuerte individualismo. Algo que retendría el bando confederado algunas décadas después, labrando buena parte de su derrota. Los americanos estaban acostumbrados a defender su libertad individual, y por eso eran renuentes a aceptar un mando único, a pesar de ser éste un elemento sine qua non para ganar una guerra seria (recomiendo a los partidarios de la idea de que la última guerra civil española se decidió por la ayuda extranjera que vuelvan a leer esta frase). En toda la guerra, la fuerza más nutrida que logró juntar el bando rebelde fue de unos 20.000 hombres; pero lo normal es que las partidas no pasaran de 5.000 efectivos. Muchos de los soldados no querían firmar compromisos de un año y, si se repasan las cifras, se ve que el porcentaje de los que reengancharon fue negligible. Además, los naturales de las colonias del sur no querían ir a pelear a Nueva Inglaterra, y los del norte lo mismo. Como ya he dicho, es algo que volveremos a ver en la guerra civil americana.

El ejército americano no tuvo problemas para tener balas desde 1776, cuando Francia decidió apoyarlos. Sin embargo, una crónica fiel de la vida de aquellos patriotas (no las chorradas que filman Mel Gibson y otros de la misma ralea) debería mostrar a unos soldados vistiendo siempre uniformes raídos (eso si llevaban uniforme) y pasando más hambre que Carpanta. Para colmo, un ejército tan bisoño carecía de oficiales. Esta es la razón de que militares europeos como Friedich von Steuben, Casimir Pulaski o el célebre marqués de La Fayette hiciesen carrera en aquel enfrentamiento.

Aunque ahora dé igual y habitualmente no se cuente, otro aspecto en el que la gestión de los futuros estadounidenses durante la guerra fue como el culo es la economía. Aunque a los rebeldes no les faltó financiación, cometieron el error (que también cometería el bando republicano de nuestra guerra civil) de despreocuparse de la inflación, con lo que encarecieron sus propios suministros bélicos y sometieron a la población a situaciones muy comprometidas. No fue hasta 1781, con la guerra prácticamente terminada, que se ocuparon del tema, con el nombramiento de Robert Morris como Superintendente de Finanzas.

Hemos contado ya algunos párrafos más arriba que Washington llegó a Boston en junio de 1775, justo después de la amarga victoria británica de Breed's Hill. Los americanos ocuparon Dorchester Hills, teniendo pues a la vista la capital de Massachusetts, y se reforzaron con unos cañones que sacaron de Fort Ticonderoga. Comandaba a los ingleses sir William Howe; en marzo de 1776, ante el cariz que tomaba la situación, resolvió abandonar Boston para ir a Halifax, en Nueva Escocia, con la idea de atacar desde allí New York City, ciudad que pensaba convertir en su cuartel general, contando con su excelente puerto y la importante colonia de knickerbockers regalistas. Washington, un hombre nada carente de inteligencia estratégica, previó este movimiento, y en abril salió a pelo puta para proteger esa ciudad que hoy no es capital de los Estados Unidos, pero sí lo es, en cambio, del mundo. En Staten Island se dio de bruces con los 32.000 efectivos de Howe. Decidió fortificarse en Brooklyn Heights, Long Island; y lástima para él que no se le ocurrió comprar algún terrenito, porque 200 años después habría hecho un negocio de la hostia. El 27 de agosto, los británicos derrotaron a los rebeldes en Long Island. Dos días después, Washington entró en la vieja isla de Manhattoes, de casada Manhattan. En White Plains volvió a salir derrotado, por lo que tuvo que huir hacia Hackensack, Nueva Jersey. Tras la experiencia, Washington aprendió que debía hacer cualquier cosa, menos plantear enfrentamientos frontales y abiertos.

En diciembre de 1776, Howe comenzó a perseguir de cerca a Washington, quien debió huir desde Hackensack hasta Trenton, para luego cruzar el río Delaware camino de Pensilvania. Aprovechándose de que, para avanzar, Howe se veía obligado a estrechar su línea, atacó. La noche de Navidad de 1776, cruzó el Delaware en dirección contraria, pilló a los ingleses durmiendo, y tomó casi 2.000 prisioneros. El 3 de enero, los atacó cerca de Princeton. Se retiró luego a Morristown, habiendo echado a los ingleses de Nueva Jersey.

El gran paso hacia la victoria vendría ya en 1777, con la batalla de Saratoga. El general británico John Burgoyne estaba en Canadá, con el plan de presionar hacia el sur en Lake Champlain y hacia el este desde Oswego hacia el valle Mohawk para encontrarse con Howe, que estaría moviendose hacia el norte por el Hudson desde New York City. Pensaban juntarse en Albany, enfrentarse a las tropas rebeldes y, si ganaban, incomunicar Nueva York de los territorios alzados.

Howe, sin embargo, quería ocupar primero Filadelfia. De hecho, se dirigió hacia allí tras derrotar a los rebeldes el 11 de septiembre en Brandywine Creek, y llegó a las dos semanas. Es muy famosa la anécdota de que cuando Ben Franklin, que estaba en París, fue informado de que Howe había capturado Filadelfia, contestó con una sonrisa: “No: es Filadelfia la que ha capturado a Howe”. Y no se equivocó, pues Howe, viéndose rodeado de regalistas, que en Filadelfia los había a puñados, dejó la guerra y se dedicó al brandy y al folleteo.

Mientras esto ocurría, Benedict Arnold conseguía frenar la fuerza que avanzaba por el valle Mohawk. Así pues, Burgoyne estaba solo, pero no lo sabía. No supo que Howe estaba follando en Filadelfia hasta agosto. Así las cosas, no le quedó otra que moverse hacia Saratoga donde, el 17 de octubre, rendía sus tropas a Arnold.

Saratoga cambió las cosas en Europa. Es el turning point tras el cual los gobiernos comenzaron a pensar que la orgullosa Albión podía perder su guerra. El 6 de febrero de 1778, Francia reconocía oficialmente a los estados americanos, y firmaba un tratado de alianza. En junio, Francia e Inglaterra estaban en guerra.

En honor a los ingleses, siempre tardíos a la hora de entender que su mano no es la mejor de la mesa, hay que decir que lord North, en cuando sospechó que americanos y franceses iban a hacerse pandán, envió una comisión de paz con la oferta de revocar todas las leyes aprobadas desde 1763. Pero el Congreso ya no tenía el chichi para esos ruidos; contestó que ya sólo aceptaría negociar la independencia.

La guerra de la independencia se convirtió pronto en una guerra europea. En 1779, Francia empujó a España a entrar en ella (y fue por cositas como éstas, por cierto, por lo que fuimos albergando una inquina cierta contra el gabacho que estalló en la llamada guerra de la Independencia; como sabe cualquiera que, además de a hojear el Fotogramas y a recibir premios, se dedique a leer un poquito). En 1780, Gran Bretaña entró también en guerra con Holanda para impedirle comerciar con los americanos. Como a perro flaco todo son pulgas, Rusia también acabó enfrentándose con Londres, buscando ventajas en el Báltico.

Por primera y única vez hasta que Estados Unidos le arrebatase el mando de los mares, Inglaterra se sintió débil en el agua frente a Francia. Incluso corsarios americanos llegaron a encenderle el pelo a barcos ingleses en el mismísimo Canal de la Mancha.

En la primavera de 1778, tras hibernar en Valley Forge, Filadelfia, Washington se puso al curro de nuevo. Sin embargo, le fue fue mal, porque los estados estaban respondiendo bastante pobremente a las levas. La moral rebelde estaba tan baja que incluso alguna de sus cabezas, como Benedict Arnold, se pasó a los ingleses, rindiendo West Point, aunque la conspiración fue descubierta.

Los últimos actos de la guerra se representaron en el sur. El 29 de diciembre de 1778, los británicos tomaron Savannah, y con ello Georgia. El 6 de mayo de 1780, era Benjamin Lincoln el que se rendía a los ingleses en la rítmica Charleston. De seguido, lord Cornuallis conseguía una indiscutible victoria contra el general Gates en Camden, Carolina del Sur. En ese momento, los británicos viraron hacia el norte; pero ahí es donde la guerra roló. El 7 de octubre de 1780, en King's Mountain, una tropa de regalistas fue aplastada por paisanos; con posterioridad, el general rebelde Daniel Morgan obtuvo una victoria en Cowpens (16 de enero de 1781), lo que convenció a Cornwallis de abandonar el Estado y retirarse a Yorktown, Virginia. Pensaba Cornwallis que allí los barcos ingleses podrían llevarse a las tropas, pero no sabía que había una flotilla francesa, combinada con un avance desde el norte, por tierra, de Washington. Así pillado, tuvo que rendirse en Yorktown, el 19 de octubre de 1781, lo que vino a suponer el práctico final de la guerra. Lord North dimitió en marzo de 1782, dejando paso a un gobierno que ya sabía que su función era negociar la independencia de los Estados Unidos de América.