miércoles, julio 15, 2015

La GTA (8: Curupayty)

Recuerda que de esta historia hemos escrito ya un prólogo, y que te hemos dado una primera visión muy general de la situación del Paraguay y sus vecinos. Además, te hemos explicado la situación y papel básico en la zona del Imperio brasileño. Luego hemos seguido con los dimes y diretes de la Confederación Argentina, y hemos contado la guerra del Uruguay. Una vez pasado este escalón, ha «comenzado» la guerra del Paraguay propiamente dicha, desarrollada inicialmente en el teatro argentino. Sin embargo, con el tiempo las tornas cambiarán, y la guerra se acercará al propio Paraguay. Inmediatamente te hemos contado la batalla de Tuyutí que, pese a haberse resuelto a favor de los paraguayos fue, paradójicamente, el hecho que alejó definitivamente la posibilidad de que éstos pudiesen ganar la guerra.

El 1 de septiembre, los barcos brasileños embarcan a casi 8.500 hombres que desembarcarán, horas después, en la desembocadura llamada de la Laguna Piris. Inmediatamente, comienzan a bombardear Curuzú y Curupayty. El día 3, tras el bombardeo, los brasileños atacan en tres columnas. La cosa les fue mal hasta que se dieron cuenta de que la laguna Piris se podía vadear y, consecuentemente, atacaron a los paraguayos por detrás. Nada más saber que Curuzú había caído, López ordenó al capitán Bernardino Caballero que saliese a la naja hacia Curupayty para reforzar la posición y parar el avance.


La llegada de Caballero, de hecho, hizo que los brasileños desistiesen de tomar Curupayty, que ya creían suya. Poco tiempo después, tal y como había prometido López, llegó el general Díaz como refuerzo.

A pesar de ser evidente que los paraguayos habían pagado cierta bisoñez en Curuzú, pero que resistirían con más eficiencia en Curupayty, Bartolillo Mitre, como casi siempre, creía el pescado vendido. El 4 de septiembre, organizó una reunión de alto Estado Mayor en la que estuvieron Flores y Polydoro, en la que logró convencer a este último para que se fuese a Curuzú a parlamentar con sus compatriotas, Tamandaré y Porto Alegre, la forma de plantear la toma de Curupayty; o sea, cómo darle bola a Mitre en la victoria que éste reputaba ya como segura. Desde entonces y hasta prácticamente el final de la guerra del Paraguay (o sea, cuando ha se hizo bien claro que quien la estaba ganando era Brasil), estos actores se embarcarán en un navajeo casi constante con el objetivo de ponerse la medalla de ganador de la guerra. 

El día 5 de septiembre se reúnen en Curuzú: Tamandaré, Polydoro, Octaviano y Porto Alegre; una cumbre carioca en toda regla. Resolvieron que no haría falta el concurso de grandes refuerzos para tomar Curupayty y, de hecho, fiaron gran parte de la operación a un avance de la caballería. El día 7, Mitre llegó al campamento de Porto Alegre, y allí se entrevistó con éste; diálogo del que salió convencido de que la victoria era cosa hecha; entre otras cosas, porque Tamandaré, una vez más, se levantó y declaró, campanudo, que «en duas horas eu descangalharei tudo iso».

Sin embargo, como hechos dicho el glaciar de la guerra avanzaba sobre un seno geológico bastante complejo. Mitre debió desplegar en aquella reunión su habitual cola de pavo real de comandante en jefe, pues Tamandaré sacó la idea clara de que pretendía monopolizar los laureles de la acción; y así se lo comunicó a su medio pariente Porto Alegre, quien, por ser el jefe de las fuerzas de tierra que iban a atacar, era el acreedor de dicha medalla. Porto Alegre, mosqueado o mejor deberíamos decir que seriamente encabronado, reacciona precipitando la acción para así evitar los movimientos de Mitre. Le escribe a Polydoro pidiéndole refuerzos para tomar Curupayty de inmediato. El brasileño se mostró dispuesto a entregarle unos 2.500 hombres pero, enterado Mitre, comenzó a dar el coñazo con que era mejor que esas tropas de refuerzo fuesen argentinas; propuesta, la argentina, que Polydoro consideró, en escrito rubricado por Tamandaré, un «desaire deliberado» al ejército brasileño. La cosa no se arregló hasta que no intervino un diplomático brasileño que acompañaba a las tropas, Francisco Octaviano de Almeida Rosa, quien desarrolló los típicos matices destinados a sacar brillo a los egos.

En ese momento, la guerra del Paraguay está en una situación en la que no puede ser ganada por nadie. Paraguay ha perdido en el desastre del 24 de mayo la potencia de fuego y acometividad necesarias para ganar la guerra; pero los aliados, como hemos visto, además, enfangados en serias divisiones internas, tampoco parecen tener la capacidad de dar golpes definitivos.

El 11 de septiembre, se produce un movimiento inesperado en la persona del capitán paraguayo Francisco Martínez, quien se presenta con bandera blanca ante las tropas aliadas. Tras algunas dificultades no de poca importancia (los argentinos lo recibieron a tiros), logró entregar una nota que traía en la que Solano López invitaba a Mitre a una entrevista en el lugar y momento que designase. Mitre acepta y fija la entrevista en Yataiti Corá, el día 12, a las nueve de la mañana.

El encuentro entre ambos duró cinco horas. El tono, según los testigos, cordial, aunque obviamente no faltaron los reproches, sobre todo los de López hacia Venancio Flores como factor instigador de todo lo que estaba pasando. Lo que sí parece probable es que el paraguayo ofreciera un acuerdo de paz. Sólo podemos sospecharlo porque López no vivió para contar los resultados de la entrevista y Mitre nunca reservó ni una esquina de su florido y barroco estilo literario para contarlo. Sin embargo, cierto es que no tiene sentido intimar el encuentro por parte de Paraguay con otro objetivo. Eso sí, lo que no sabemos son los términos ofrecidos por López.

Tras la entrevista, Mitre se encuentra con sus aliados (los brasileños se negaron a parlamentar directamente con López) y termina remitiéndole una nota a López explicándole que las decisiones eventuales respecto de lo hablado competen a los gobiernos de la Alianza, no a los ejércitos. Nunca sabremos, probablemente, si esta negativa estuvo impulsada por el argentino, que en verdad ambicionaba en ese momento la toma de Curupayty; o de los brasileños, por la misma razón. El hecho cierto es que, fracasada la entrevista de Yataity Corá, los aliados se centraron en tomar Curupayty.

Solano López, por su parte, aborda, con la dirección del general Díaz, las obras de fortificación de la ciudad. Se construyó una trinchera de dos kilómetros, además de un foso interior que protegiese a los tiradores, y dos puentes levadizos. En el estero, defensa natural de la población, se construyeron trampas con espinas.

Amaneció el 22 de septiembre de 1866, esto es el día fijado por los aliados para atacar Curupayty. A las siete de la mañana, la escuadra comienza el bombardeo. A pesar de la campanuda promesa de Tamandaré, ni a las dos horas ni a las cuatro estaba aquello descangalhado. El general Díaz ordenó a las 10 de la mañana que la trinchera de vanguardia se retirase. Aparece el rumor de que Venancio Flores ha conseguido flanquear a los paraguayos, lo que hace detener el bombardeo. Inmediatamente, dos columnas argentinas y dos brasileñas comienzan a avanzar; las primeras, al mando de Wenceslao Paunero; y las segundas, de Porto Alegre. Avanzaron con uniformes bruñidos que brillaban al sol, y tocando marchas militares, como quien, en lugar de presentarse a una batalla, tratase de participar en una marcha del Orgullo Gay. Cuando están suficientemente cerca, el general Díaz hace sonar el clarín, y la artillería paraguaya comienza a escupir mierda sobre sus culos.

La culpa fundamental fue de Tamandaré. El almirante brasileño, responsable de la flota, había hecho transmitir la orden de que su bombardeo había minado las defensas de Curupayty; pero, sin embargo, la verdad era muy otra. El general italiano Francisco José Daniel Cerri, que acompañaba a las tropas argentinas, dejó escrito que la ciudad «no presentaba siquiera la señal del rebote de una bala». Los paraguayos mantenían su potencia de fuego intacta, y la hicieron caer sobre las felices, bruñidas, musicales y sobradas tropas aliadas. Éstas, viendo difícil el ataque de frente, tendieron a expandirse hacia los lados, metiéndose de cabeza en el estero, que es algo que es mejor no hacer salvo que se sea un selvático desde la cuna. Para mayor suerte de los paraguayos, las lluvias de los tres días anteriores habían anegado el terreno, escondiendo sus trampas, por lo que no pocos cayeron en sus agujeros malditos. Estando, además, el estero infranqueable, las únicas posibilidades eran marchar hacia el río o hacia la llamada laguna Méndez, que eran los lugares mejor protegidos por la artillería paraguaya. Mitre, tal vez ignorando todos estos extremos, tal vez conociéndolos pero no sabiendo interpretarlos por pura inopia estratégica, o tal vez porque era de esos generales, que tanto se dan en la Historia, a los que la vida de sus soldados les importa el huevo, ordenaba avanzar, avanzar, avanzar.

Ni siquiera la llegada de los refuerzos del coronel José Miguel Arredondo logró ya matizar un fracaso que se resume en el dato de que a las 10.000 bajas aliadas se contraponen 92 en el bando paraguayo. La matanza la terminó Porto Alegre ordenando la retirada, a pesar de que Mitre seguía ordenando el avance. Eso sí, el que casi no tuvo bajas fue Venancio Flores, entre otras cosas porque la acción que se le ordenó, esto es el flanqueo de los paraguayos, no la realizó.

El desastre de Curupayty, que fue costoso a partes muy iguales para argentinos y brasileños, tuvo entre otras consecuencias la de hacer saltar la paciencia de éstos últimos. El emperador, de hecho, pidió el relevo del general en jefe, pretextando para ello las rebeliones de montoneras en el interior de Argentina que, al mando de Felipe Valera, exigían la retirada argentina de la Alianza y el fin del mitrismo. Felipe Varela era un estanciero de Guandacol y coronel del ejército; aunque el haberle sido fiel al líder federal Chacho Peñaloza le había granjeado ser borrado del escalafón. La muerte de Peñaloza forzó su exilio a Chile, donde, por cierto, fue testigo del bombardeo de Valparaíso por la escuadra del español Méndez Núñez (que ya hemos contado en este blog). Cuando conoció el contenido del tratado de la Triple Alianza, vendió su estancia para comprar armas y cruzó los Andes, acompañado de otros exiliados federales, más o menos cuando se producía el desastre de Curupayty. En Jáchal, su centro de operaciones, logró unificar a muchos de los gauchos que habían luchado con el Chacho. Finalmente vencido, habrá de volver a Chile, a Copiapó, donde morirá, arruinado, en 1870.

En Argentina, tanto en Buenos Aires como en las provincias, la noticia de las montoneras cayó como un mazazo. Las cosas se ponen difíciles. El gobierno argentino reúne un contingente de «voluntarios» para sustituir a las bajas de Curupayty; tropa que, el 9 de noviembre, se subleva en Mendoza al grito de, entre otros, «¡Vivan nuestros hermanos paraguayos!» Los guardias enviados por el gobernador, llamado Videla por cierto, se alían con los alzados y toman el control de la ciudad. Ha estallado la revolución de los colorados. En enero de 1867 Juan Sáa alza a las gentes en San Juan y presenta batalla al general Paunero. Cuando llega el verano de aquel año 1867, los políticos en Buenos Aires temen ya que la reacción pueda contagiarse a toda la república. Y ello a pesar de que antes, en febrero, Mitre ha dejado ya el teatro de la guerra para volver a su país.

La rebelión de las montoneras fue un movimiento de gran importancia. Varela debía tomar las provincias occidentales, mientras Sáa y Juan de Dios Videla debían avanzar por San Luis y Córdoba hacia la costa. Mientras tanto, Ricardo López Jordán debía levantar Entre Ríos y buscar adeptos en Santa Fe y Corrientes y, por último, Timoteo Aparicio, al mando de los uruguayos blancos, invadir dicho país. Los alzados estaban dispuestos a aceptar el liderazgo de Urquiza; pero el silencio de éste no iba a prevenirlos de realizar sus acciones.

El 25 de septiembre de 1867, otro conmilitón abandona el teatro de la guerra: Venancio Flores regresa a su Uruguay, donde por cierto se lo apiolarán. El 2 de octubre, el ejército argentino se repliega a Tuyutí, y en diciembre también se va Porto Alegre, sustituido por el general Gerónimo Gómez Rodríguez Argollo. También se irá el orgulloso e infatuado Tamandaré, sustituido por el vicealmirante Joaquín José Ignacio de Barros, que llegaría a ser vizconde de Ynhauma.


Ante un ejército desmoralizado, se impone el cambio de mando, y el 10 de octubre los brasileños designan general en jefe de sus tropas al mariscal Luis Alves de Lima e Silva, entonces marqués y que llegaría ser duque de Caxias; un veterano militar entonces ya de 63 años que había comandado las tropas contra Rosas en Caseros. 

Y que acabaría ganando la guerra.