jueves, abril 30, 2015

Richelieu: (8: el nacimiento del primer ministro cruel y despiadado)

Recuerda que ya te hemos contado los primeros pasos de la férrea voluntad de Richelieu, así como el estreno de Richelieu como político en los Estados Generales. Luego le hemos visto ascender a secretario de Estado, y después cómo el obispo eligió mal el bando, y estuvo a punto de irse por el desagüe de la Historia. Eso sí, inmediatamente comenzó a cambiar las cosas para llevarse bien con el rey. La estrategia da sus frutos pues Richelieu, no sin esfuerzo, consigue alcanzar la cumbre del poder. Una vez allí, se deberá enfrentar a su primer conflicto en el exterior, conocido como de La Valtelina.


La estabilización y consolidación de Francia en el ámbito exterior no hizo sin exacerbar las tensiones interiores. La Francia de Richelieu era una nación, pero como Estado todavía tenía que inventarse. Como protoestado, Francia tenía el grave problema de la división religiosa que, en buena parte, era otro problema de mayor calado todavía: la nobleza.

Los hombres de casta noble que la Revolución Francesa montó en carros camino del cadalso eran, ya, familias acomodadas que habían firmado un pacto con la monarquía que las convertía en sus defensoras a ultranza. Pero ciento y pico de años antes, en los tiempos de Richelieu, ese pacto no se había firmado. Las grandes casas nobles de Francia no sólo tenían dinero y medios de vida; también poseían territorios enteros, cuya autonomía defendían celosamente recordando el rosario de privilegios y señoríos que, en la oscuridad de los tiempos medievales, sus reyes les habían ido concediendo. Los nobles del XVII en modo alguno concebían la posibilidad de no tener un ejército propio.

A la oposición de las grandes casas nobles, que ya se habían coscado de las hondas convicciones realistas de Richelieu, podía añadir el primer ministro otro enemigo de peso. La joven reina, Ana de Austria, también le odiaba.

Ana, como cualquier otro miembro o miembra de familia real barroca, se había casado con la persona designada por la Rueda de la Fortuna; no, desde luego, con alguien a quien amase. También es cierto, esto lo he escrito muchas veces, que eso de andar sufriendo por las esquinas por no haberse podido casar con Jean François el guapo marquesito es una elaboración argumental contemporánea que sirve para ganar audiencia al tiempo que para contaminar la (ya de por sí escasa) autenticidad histórica de los episodios filmados del pasado. Las reinas e infantas de aquellos tiempos, y de los tiempos anteriores a los suyos, no sufrían demasiado por no haberse podido casar con quien amaban, por la simple y pura razón de que casarse por amor no formaba parte de su mundo. Pretender que una reina de Francia, a finales del siglo XVII, iba a estar melancólica por haber dejado en su tierra natal a un amante palafrenero, es como pretender que la depresión de un niño de siete años que vive en Villaverde Alto se debe a que no le dejan cazar serpientes venenosas: en ambos casos, estamos hablando de un motivo que no puede existir, porque no forma parte de sus vidas.

Ana de Austria era una mujer amargada; pero no por no poder amar, sino por no ser amada. Se había casado con un rey muy meapilas, cuya sexualidad estaba rayana al cero Kelvin, que ni siquiera la miraba. Esto, tengámoslo claro, para una profesional cuya profesión consiste en parir herederos e infantas casaderas para entretejer el organigrama del poder europeo, era un problema. Un problema, nunca mejor dicho, de la hostia.

Cuando Enriqueta de Francia se casó en Inglaterra, a Ana se le abrieron los ojos, y puede también que otras partes del cuerpo que van a pares. En la comitiva inglesa que se allegó a París para preparar todas las movidas llegó George Villiers, primer duque de Buckingham, privado de su rey y también, a ratos libres, un aspirante a Rocco Sifredi normando.

El inglés olisqueó con rapidez a la hambrienta reina, y comenzó a cortejarla. Ella se dejó hacer, como le suele pasar a las consortes de un sobarrosarios. A los apliques no les faltó ni una Trotaconventos, que en este caso fue Marie de Rohan, más conocida en la Corte como madame de Chevreuse. Era conocida como tal por estar casada con Claudio de Lorena, duque de Chevreuse; pero había estado casada antes con el desgraciado Luynes, y mucha gente en París opinaba que, en realidad, ella había sido la que en realidad había obtenido del rey la privanza para su marido. Tenía, pues, fama de Hillary, y, desde que el inglés llegara a Francia, hizo todo lo posible por favorecer su embroque con la reina.

Tras algunos escarceos en los que ella se hizo de rogar, acabaron compartiendo tálamo, y fluidos. Luis XIII fue informado casi antes de que los amantes dejasen de sudar, como lo fue Richelieu. Se detuvo y castigó a diversas personas del servicio de la monarca. Pero Richelieu sabía que ninguno de los castigados, ni siquiera la de Rohan, tenían poder y tamaño suficiente como para preparar un idilio como aquél, que era un asunto de Estado.

Le costó al cardenal encontrar al autor intelectual de toda aquella movida, que de espontánea no tuvo nada, pero al final lo consiguió: Gastón de Orleans, hermano del rey, que entonces contaba apenas con 18 años de edad.

Gastón era todo lo que su hermano no era. Le gustaba la jarana, el folleteo, beber hasta el amanecer. Un auténtico malote, adorado por todas las mujeres. Con esa vida muelle, jamás pasó, creo yo, por la cabeza del buen Gastón tratar de traicionar a su hermano para sustituirlo. Pero otra cosa era el partido noble. Evidentemente, para pararle los pies al ticket Luis-Richelieu, los nobles necesitaban un campeón, un sustituto; y tenían la intención de utilizar a Gastón como candidato alternativo.

Así pues, recapitulemos: Gastón de Orleans, experto en salir de las casas de las mujeres casadas con el culo al aire y por la ventana de detrás, fue quien armó, en compañía de la Chevreuse y un par de criados cómplices, la movida de armar entre Ana de Austria y el duque una presunta historia de amor verdadero, que en realidad era una tensión sexual que te cagas entre un noble exitoso con un pene industrial y una joven coronada más necesitada que un mandril en un convento trapense. Pero todo eso no tuvo nada que ver con una aventura galante: tenía que ver con una conspiración de mucho más alto calado, que buscaba debilitar y hacer temblar la silla de Luis XIII para sustituirlo por el propio Gastón; algo que un grupo selecto de grandes cabezas de Francia estaba dispuesto a hacer al modo Clemente: patadón p'alante, y si hay que dar hostias, se dan.

Richelieu, como siempre en situaciones parecidas durante toda su vida, demuestra tener totalmente clarinete que es fundamental reaccionar con inmediatez, y eso hace. Enterado por sus espías que el verdadero brazo operativo de la conspiración es Jean Baptiste d'Ornano, conocido como el mariscal de Ornano, lo hace arrestar. Es la primera vez, por cierto, que cuenta con el decidido apoyo del rey, por lo normal dubitativo, para tomar una decisión tan drástica.

Apenas lleva Ornano ocho días preso en Vicennes, que Richelieu casi sufre un grave atentado. Si el cardenal salva la vida, es por la ligereza de uno de los conspiradores, un verdadero pollas con balcones a la calle, llamado Henri de Talleyrand, marqués de Chalais, gran maestro del guardarropa del rey. A Talleyrand, eso de las tensiones entre la monarquía regalista y la nobleza de inspiración medieval se la traía floja. Si se metió en la conspiración, es porque ardía en deseos de empotrarse a la Chevreuse.

Así que aquí tenemos al gilipollas de Talleyrand, a quien le ha sido confiado el proyecto de matar a Richelieu; y que una tarde, estando de potes con el comandante de Valençay (Jacques d'Estampes, marqués de Valençay), lo cuenta todo como si tal cosa. Cuando al comandante se le vaya la color de la faz (alcohólica) y afirme su voluntad de contárselo todo al cardenal, Chalais va y piensa que, bueno, casi mejor que vaya él en persona y se lo cuente.

Es gracias a la confesión de Talleyrand, que además no tiene empacho en ofrecerse al primer ministro como espía a tiempo parcial, que Richelieu se las arregla para no ir al banquete en el que iba a resultar ensartado. Pero, eso sí, lógicamente cabreado, dice que ya basta y, ni corto ni perezoso, va y arresta a Urdangarín. Esto es, a los conspiradores de la casa Vendôme. Hijos naturales de Enrique IV, ahí es nada.

Richelieu creía la conspiración aplacada. Pero ni modo. Henri de Talleyrand, mientras sopesa la promesa que le ha hecho el cardenal de hacerle maestro de campo, vuelve a encontrarse con la Chevreuse, la cual le vuelve a empujar hacia el lado oscuro. Chalais, pues, se encuentra entre la tesitura de seguir sus instintos más primarios u obeceder a su cerebro, que probablemente le aconsejaba aceptar el alto cargo y dejarse de mandangas. Pero ya se sabe qué es lo que tira más que dos carretas, así que no creo que haya que informaros de la decisión que tomó.

Con la misma desfachatez con que Chalais traicionó a los nobles, traiciona ahora a Richelieu y, convenientemente animado por su amante, decide participar en una operación para sacar a Gastón de Orleans de la Corte para llevárselo a algún lugar levantisco, tal vez Metz, más probablemente La Rochelle, y allí alzarlo contra su hermano.

Richelieu, que se entera, dice: basta. Ha llegado el momento de que el Estado moderno diga: yo también sé pegar.

Un 8 de julio, Richelieu arresta a Chalais, acto tras el cual Gastón se va de bareta y confiesa toda su conspiración, acusando a todos sus cómplices. La lista es básicamente conocida: Chalais, Ornano, los Vendôme, el conde de Soissons, la Chevreuse y la reina. Richelieu no pierde tiempo: menos de un mes después del arresto, 5 de agosto, Gastón es casado con Madame de Montpensier, la más rica heredera de Francia, princesa de sangre.

Ha llegado el momento de ocuparse de Chalais. Para meterle mano al tema de Talleyrand, Richelieu echará mano de uno de sus elementos de ataque más comunes durante su acción como hombre de poder: la formación de una comisión o, si se prefiere, más claro, de un tribunal diseñado ad hoc para dictaminar lo que al cardenal le interese. Es un movimiento claramente diseñado. El primer ministro quiere que la suerte de Chalais sea un mensaje bien claro a la Francia toda de cómo se las gasta él. Talleyrand, que se huele la tostada, le escribe cartas desde la prisión ofreciéndole todo tipo de denuncias y confidencias; cartas en las que, fundamentalmente, compromete a la señora de Chevreuse. Lo que busca el autor de las misivas es que Richelieu coloque su caso bajo su personal albedrío, salvándolo de la crueldad el brazo secular. Pero Richelieu no hará nada de eso.

El tribunal encuentra a Chalais culpable de un delito de lesa majestad, tributario de la condena a muerte por decapitación, a producirse en la plaza de Bouffay, en Nantes, tras de lo cual la cabeza cortada será colocada en lo alto de una pica en la puerta de Sauvetout. Su cuerpo deberá ser cortado en cuatro trozos y, lo que es más importante, la sentencia prevé que antes de ser ejecutado, el condenado deberá ser sometido a tortura, sus bienes confiscados, y sus descendientes desposeídos de todo título de nobleza.

El 18 de agosto de 1626, se verificó la ejecución, que se puede contar entre las más chapuceras de la Historia. Tratado por auténticos amateurs de la ejecución sumaria, que además no contaban ni con una espada afilada sino con una hachuela de tonelero, Chalais fue decapitado en el hachazo vigésimo noveno. El espectáculo no fue nada edificante.

Un mes después, Ornano, que había solicitado inútilmente de Richelieu la libertad, moría en prisión, tal vez envenenado. Richelieu había inventado el Terror para sofocar aquella rebelión. Desde entonces, ya no hubo una calle de Francia por la que pudiese moverse sin la escolta de una treintena de hombres de espada.


Pero tenía lo que quería. El rey había quedado sobre todas las cosas.