lunes, abril 27, 2015

Un gitano, unos diamantes y el camarada primer secretario general del Partido Comunista de la URSS

Recién os he colocado una larga biografía de Leónidas Breznev, camarada primer secretario general del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; y, sin embargo, pese a lo largo del relato, no dejo de tener la impresión de que se me quedaron cosas por contaros. Aquí va una perla de éstas, que tiene que ver con su muerte y sucesión. En puridad, ya no estamos hablando de Breznev, sino de quien lo sucedió, esto es Yuri Andropov; y de quien sucedió a éste, esto es Konstantin Chernenko.



En 1981, unos meses antes de que muriese Breznev, todo el mundo estaba esperando que la espichara. Al contrario que Stalin, quien dado su secretismo la palmó sin que siquiera su propia hija se esperase algo así, en 1981 Leónidas era un viejo líder mamado de alcohol casi todo el día, con serios problemas cardiovasculares y de tensión y que, de hecho, apenas trabajaba, puesto que los médicos no se lo permitían. En las quinielas sobre su sucesor, todo el mundo, dentro y fuera de la URSS, apostaba por Chernenko. Constantino tenía un solo handicap en su contra, esto es estar identificado con Moldavia; pues el secretario general del PCUS venía a ser como el Papa: a veces podía ser de otras nacionalidades, pero en el fondo todo el mundo espera que sea italiano. Sí, ya sé que Stalin era georgiano. Pero era un georgiano panruso; de hecho, nunca tuvo la URSS un dirigente tan rusocéntrico como Stalin (ni siquiera Putin lo iguala). Chernenko había nacido en Siberia y, pese a haber desarrollado buena parte de su carrera en Moldavia, había seguido la estela de Breznev después de que éste estuviese en Chisinau, y se había convertido en eso que llamamos alguien más papista que el Papa.

Analicemos las posibilidades existentes de que hubiese alguien que pudiera pelear por el puesto de Breznev. Obvio es que debería ser un miembro del Politburó, pues los dirigentes soviéticos nunca se improvisaron. Esto reduce las posibilidades a doce personas, pues doce eran los miembros del órgano máximo del Partido cuando Breznev la palmó. Esto es:


  • El propio Chernenko, que entonces tenía 71 años. Mano derecha de Breznev y su candidato ideal.
  • Milhail Gorvachov, 51 años. Gran especialista en temas agrícolas, su edad le jugaba en contra. Nombrar, en los años ochenta del siglo pasado, a un camarada primer secretario general del PCUS de 51 años habría sido como nombrar presidente de los Estados Unidos a Ricky Martin cuando estaba en Menudo. 
  • Vikton Grishin, jefe del Partido en el distrito de Moscú. También demasiado joven (58) y falto de apoyos fuera de la capital.
  • Andrei Gromiko, 73 años, ministro de Asuntos Exteriores durante un cuarto de siglo, sin base en el partido y considerado demasiado cercano al viejo estalinismo que, en los ochenta, ya no estaba de moda.
  • Andrei Kirilenko, 76, experto en industria pesada y estrecho colaborador de Breznev. Otro posible candidato.
  • Dinmukhamed Kunayev, 70 años, primer secretario del partido en Kazajstán. Tenía el obvio handicap de proceder, y haber hecho toda su carrera política, en una república periférica del poder.
  • Arvid Pelshe, un veterano bolchevique de 83 años, de origen letón.
  • Grigory Romanov, 59 años, primer secretario del Partido en Leningrado. Sin demasiado poder en Moscú.
  • Vladimir Scherbitsky, antiguo presidente del consejo de ministros de Ucrania. Pese a tener una interesante edad, 64 años, su experiencia en el Partido era muy corta
  • Nikolai Tikonov, 77 años, presidente del gobierno ucraniano. Escaso perfil partidario.
  • Dimitri Ustinov, 74, ministro de Defensa desde 1976. En realidad, el gran muñidor de eso que llamamos el complejo militar-industrial soviético.
  • Finalmente, Yuri Andropov, que entonces tenía 67 años, y que era el jefe de la KGB.

Recapitulando: Pelshe y Tikhonov quedaban descartados por su edad. Kunayev, por su escasa representatividad étnica (en puridad, por ser algo así como un trilobites fósil de los tiempos en los que Breznev había construido su poder en Kazajstán). Gorvachov era joven y escasamente conocido. Sobre Gromiko pesaba el haber sido la mano derecha de Vacheslav Molotov. Romanov, asimismo, tenía pocos apoyos a causa de los escándalos que había provocado. Hombre muy acostumbrado a abusar de su poder, era famoso por haberse llevado por la jeró del Museo Hermitage unas piezas preciosas del tiempo de los zares para usarlas en la boda de su hija; piezas que, por cierto, en algún caso fueron devueltas rotas.

Ustinov podría ser un buen candidato. Algo mayor, sin embargo garantizaba el apoyo de las fuerzas armadas; y, tras la era Breznev, en la URSS era impensable que alguien llegase a la cima del poder sin ello. Viktor Grishin sólo tendría oportunidades en el caso de que en el Politburó hubiese tal nivel de hostias que hubiesen de elegir a eso que se llama un hombre bueno.

En realidad, los dos grandes candidatos eran Chernenko y Andropov, con un tercero en discordia, que era Kirilenko. Pero Andropov tenía un problema; un problema que podríamos denominar el «síndrome Beria». Como ya hemos contado en el este blog, y probablemente volvamos a contar porque la vida de Beria merece una serie por sí misma, hay muchos analistas e historiadores para los cuales la purga que podría estar preparando Iosif Stalin cuando murió podría estar relacionada con los intentos de Beria de hacerse con el poder total en la URSS. Si fue así, no hay quien pueda culpar a Lavrentii, pues éste, como el resto de los hombres del entourage estaliniano, sabían bien que su destino era terminar en un paredón. Claro que Beria, a diferencia que otros de sus compañeros, dominaba todo un ejército propio, capaz por sí solo de dominar un país. Fue por esto que uno de los primeros movimientos del Comité Central después de Stalin fue desleer orgánicamente a la policía secreta, colocando muchos de sus elementos en manos del Gobierno... y hacer exactamente lo mismo que Stalin, al parecer, estaba empezando a hacer, esto es: ir a por Beria. Beria, finalmente, murió frente a un paredón; y con su muerte, y las cosas que se supieron para acusarlo, dejó un poso en el estamento soviético que desarrolló una enorme sensibilidad hacia la posibilidad de que un jefe de la KGB acabase dominando el país (que es, vaya hombre, lo que ha acabado por pasar). 

Quizá algún día hablemos de la pequeña historia del KGB para aclarar más estos puntos. El caso, para lo que nos importa, es que en el tiempo que recensionamos, 1981, en contra de Yuri Andropov jugaba el miedo que tenían los jerifaltes soviéticos de que fuese a utilizar su poder en la policía secreta para auparse al poder. Lo cual quiere decir que, si quería ganar, no le quedaba otra que ensuciar a sus oponentes en una medida mayor.

El caso es que o bien él, o bien Chernenko, yo esto no lo tengo claro, se deshicieron pronto de Kirilenko. Para sorpresa de propios y extraños, Andrés desapareció del escenario público. Lo hizo, por cierto, el 7 de noviembre de 1982, esto es diez días antes de que muriese Breznev; un momento en el que los eslabones mejor informados de la cadena de poder soviética tenían que saber que su fin era ya inminente. El día 7, Kirilenko no estuvo en ningún acto oficial, y las fuentes oficiales soviéticas se apresuraron a informar de que tenía problemas de salud. Tan graves eran esos problemas que, con Breznev muerto, ni siquiera acompañó a sus compañeros del Politburó en los funerales.

Pero, en realidad, Andropov llevaba más tiempo moviendo sus hilos. Hemos de retroceder un poco en el tiempo. A 1981.

A finales de dicho año, y de forma un tanto sorpresiva, tomó cuerpo una especie de caso Matesa a la soviética, una Gürtel comunista: una investigación de corrupción en los más altos niveles del poder.

Todo había comenzado con la muerte de Nikolai Asamov, que era el director del Circo de Moscú, obviamente de titularidad pública. Entre las gentes del entorno más estrecho de Asamov, en primera fila de su funeral, podemos ver a una entonces famosa domadora de leones llamada Irina Bugrimova que, por aquellas cosas que tiene estar cerca del Poder, entre sus privilegios contaba el de ser propietaria de una carísima colección de joyas de los tiempos zaristas. Pues bien: cuando Bugrimova volvió a casa del funeral, encontró que las más finas de las joyas de su colección habían sido robadas.

La policía no tardó en encontrar los diamantes. O sabía donde buscar, o ya se lo dijeron. Las encontró en la casa de un tipo al que todos conocían como Boris el Gitano, en realidad Boris Buryatia. El Gitano no era cualquiera. Lo conocía todo Moscú, él conocía a todo Moscú, y vivía tan bien que lo apodaban el Millonario. Hoy Moscú está lleno de Mercedes, pero entonces uno de los pocos que se veía por las calles de la ciudad era de Boris el Gitano. Admirador nada secreto de lo vaquero, si la presidenta de Filipinas Imelda Marcos acumuló centenares de zapatos finos, él acumulaba centenares de sombreras de cow boy y botos.

El caso es que Boris tenía su grupete de amigos. Su pequeña casta. Siempre había estado muy ligado al circo y, por eso, era amigo íntimo de Anatoli Kolevatov, mano derecha y sucesor de Asanov al frente del espectáculo. Pero en el círculo tenía un amigo todavía más principal.

Cuando hemos hablado de la vida de Leónidas Breznev, hemos citado de paso la personalidad de su hija, Galina Brezneva. De hecho, hemos contado que el jerarca soviético tuvo un problema de la hostia cuando la niña era jovencita porque se casó con un ilusionista de circo (matrimonio que, por cierto, duró nueve días). También hemos dicho que Galina era muy aficionada a ir al circo, y de paso darse un garbeo por los camerinos, a pulirse trapecistas. Galina Brezneva fue siempre una mujer de gran carácter (eso quiere decir muy malcriada) y bebedora industrial; murió en 1998 en el sanatorio para alcohólicos donde la había ingresado su hija. En 1981, se hacía mangas y capirotes con Boris el Gitano, de quien era amiga íntima (muy íntima), aunque de cara a la realidad tenía una vida mucho más estable, puesto que así se lo garantizaba su tercer matrimonio, en buena medida compilado por su padre, con el teniente general Yuri Churbanov, que entonces era primer viceministro del Interior.

El caso es que tras el robo y la detención de El Gitano, toma las riendas de la investigación un hombre primera fila y hemos de entender que muy prolífico, puesto que se llamaba Semen: Semen Tsvigun, cuñado del propio Breznev, pero, mucho más importante, cherchez la femme!, adjunto de Andropov. Algunos sovietólogos consideran que Tsvigun, al parecer un tipo bastante corrupto (vaya novedad...) era el submarino de Breznev en la KGB de Andropov. Si esto es cierto, la verdad es que la jugada de Andropov, como veremos, fue genial, pues no sólo se llevaría el gato al agua, sino que conseguiría quitarse de en medio a esta mosca cojonera.

Tsvigun no habría ni siquiera ido al baño a mear con el expediente del robo de los diamantes sin el conocimiento y la aprobación de su jefe Yuri. Y la cosa es que hizo bastante más. La noticia del interrogatorio de Buryatia conmocionó a toda la casta cultural, y buena parte de la política, moscovita. Un tipo que disfrutaba de libertad para viajar al extranjero, de tarjetas black (porque la cumbre del progresismo mundial, los defensores del proletariado universal, las tenían a puñaos), de acceso a determinados night clubs donde no se entraba así como así; un tipo así, digo, había sido interrogado. Como en los tiempos de Stalin, pues, todas las nucas, repentinamente, bajaron de temperatura.

Un hombre paró todo aquello: Milhail Suslov. Personalmente considero que fuertemente apoyado por Chernenko (si no por el propio Breznev), el gran ideólogo del breznevismo y muñidor de otras sucias operaciones en la vida de la URSS, como la invasión de Hungría, le paró los pies en seco a Tsvigun, prohibiéndole (sic) que detuviese al Gitano, y haciéndolo caer en desgracia, hasta que murió, en misteriosas circunstancias.

Las cosas cambiaron, sin embargo, en enero de 1982, cuando el que falleció fue el propio Suslov. Buena prueba de Andropov estaba simplemente esperando que el mamporrero de Breznev se muriese es que Boris el Gitano fue arrestado ese mismo día. A partir de ahí, Andropov jugó fuerte.

Como por arte de magia, por todo Moscú comenzó a recordarse la historia de Yelena Kruscheva, la hija de Nikita Kruschev, quien, tras la desgracia de su padre, se quedó sin un mango y se tuvo que colocar en el Teatro Vaktangov viviendo de un salario modesto de 160 rublos. Los rumores tenían, claro, la intención de acojonar a Galina Brezneva. Todo Moscú, repentinamente, conoció la enorme fortuna acumulada por Galina durante los últimos años, así como sus correrías con El Gitano en la exclusivísima Casa de los Artistas de Moscú, en la calle Sholtovskaya. En otras palabras: se levantó, de la noche a la mañana, el velo sobre las andaduras, privilegios y fortunas del «clan Breznev».

Pero hubo más. Repentinamente, algo más de la mitad de los empleados rusos de las embajadas occidentales (todos ellos agentes del KGB encubiertos) comenzaron a soltar sus lenguas. Unos tipos que hasta entonces apenas decían «buenos días», «eso está hecho» y «hasta mañana», de repente eran colegas de sus jefes occidentales, a los que les contaron la historia de los diamantes, y el organigrama del clan Breznev, con pelos y señales.

Con Suslov muerto, Chernenko se quedó solo para defender la candidatura oficialista. A las ocho y media del 17 de noviembre de aquel año de 1982, moría finalmente Leónidas Breznev. Era miércoles. El viernes a primera hora de la tarde, Yuri Andropov era camarada primer secretario general del PCUS. El propio Chernenko lo anunció. 

Andropov había ganado. Pero el caso es que no tardaría ni dos años en morir, dicen que de muerte natural.




Dicen.