lunes, marzo 16, 2015

Richelieu (3: cae Condé, y el obispo es secretario de Estado)

Recuerda que ya te hemos contado los primeros pasos de la férrea voluntad de Richelieu, así como el estreno de Richelieu como político en los Estados Generales.

Tras el primer acuerdo, las negociaciones entre la monarquía francesa que pretende ser moderna y los nobles que pretenden seguir siendo antiguos continúan. Loudun no está lejos de Coussay, donde se encuentra el obispo de Luçon. Sin embargo, los hechos son que Richelieu no fue en momento alguno consultado por ninguna de las partes. Es un tiempo en el que se produce por su parte una incansable labor epistolar, en la que se chiva a París de todos y cada uno de los latrocinios cometidos por las gentes de Condé en su zona, e insinúa, una vez y otra, y otra, y otra, que él sería muy útil en las conversaciones que se llevan a cabo.

Finalmente, no puede más, y en abril de 1615 se instala en París, sabiendo que no ha de faltar mucho para el regreso de la Corte (de hecho, la reina regente estará en París el 11 de mayo, precediendo en algunos días al niño). Para cuando la paz de Loudun se firme (3 de mayo), él ya no estará en la zona.

El acuerdo de Loudun retiró, cuando menos nominalmente, del gobierno de Francia o de algunas de sus regiones de gobernantes no queridos por Condé y los suyos. Condé, por su parte, recibió Berry (territorio en el que se encastillará, manteniendo el discurso de que en París no hay quien viva y, por lo tanto, absteniéndose de gobernar), la fortaleza de Bourges, un millón y medio de libras, la dirección del Consejo Real y la posesión del sello (aunque estas dos últimas prerrogativas, como acabamos de decir, no las ejercerá por decisión propia). En otras palabras, María de Medicis trataba de meter a la zorra en el gallinero.

A partir de mediados de mayo, con la reina en París y Richelieu establecido en la tal vez premonitoria calle de las malas palabras (rue des Mauvaises Paroles), ambos se verán con mucha frecuencia. En realidad, María de Medicis cada vez lo necesitará más, porque las cosas con el pueblo francés, y muy particularmente con el de París, se ponen cada vez peor por la mala prensa de Concini. Por las calles de la capital se da por cierto que la mujer del italiano es judía y bruja; de la pobre señora se hablarán dislates como menos de dos siglos después pasará con María Antonieta. Las personas más notables de la camarilla de la Medicis no pueden salir a la calle sin sufrir auténticos escraches del pueblo.

En la Corte, para colmo, las cosas empeoran cuando Luis XIII tambien elige a un favorito en la persona de Charles, marqués de Albert y duque de Luynes, a quien solemos conocer como Luynes a secas. Luis XIII es un jovenzuelo al que sólo le interesa la caza (sustitúyase esto último por el surf, o los videojuegos, y se verá que las cosas han sido siempre más o menos como son ahora) y desarrolla pronto una dependencia tan profunda hacia este francés meridional al que, se dice, presta más atención que a Ana de Austria, su mujer. Siempre están juntos, hasta altas horas de la noche. Todo el Louvre se pregunta cuáles son los planes de Luynes, pero éste, astutamente, afecta no saber nada de política ni sentirse interesado por ella.

En este estado de cosas, María de Medicis se encontraba con un problema grave, puesto que tampoco tenía fuerza para montar en la Corte un verdadero partido contra el valido del rey. Esto es así porque, en realidad, desde Loudun, en Francia hay dos Cortes distintas: la de París y la de Berry, donde se encuentra Condé, quien obstinadamente se empeña en no pisar París. Esta obstinación será la que le aporte a Richelieu su primera oportunidad real de actuar en alta política.

En efecto, la reina regente acaba pensando en el obispo de Luçon para realizar la discreta misión de contactar con Condé, e intentar convencerlo de trasladarse a París. Así pues, Richelieu parte para Bourges, se va a ver a Condé, y lo alicata de promesas melosas. Tantas, tantas, que, en realidad, le ofrece ser el regente de hecho de la nación, con total control sobre el Consejo Real que nominalmente dirige, y sin oposiciones. Funciona. Alimentada su vanidad, Condé acepta regresar a la capital a dirigir los destinos del país. En realidad, es mucho más que eso. Con ese lenguaje de medias palabras en el que Richelieu se convertirá en un consumado maestro, el obispo ha dejado caer la idea de que, si Condé sabe jugar bien sus cartas, en realidad dejará de ser regente de hecho, para pasar a serlo de derecho. Dicho de otra forma: la insinuación señala la posibilidad de que, algún día, el llamado príncipe pueda ser llamado rey, o padre de rey. Hasta ese punto llega la ambición de María de Medicis por establecer un cortafuegos que frene la ascensión de Luynes. Sin embargo, como ya hemos dicho de Loudun, en realidad esto no supone otra cosa que meter a la zorra en el gallinero. Todo esto acabará creando un enorme conflicto cortesano. Justo lo que Richelieu necesita.

Como demostración clara de que la jugada de María de Medicis no podía ser más torpe, Condé, a su vuelta a París, apenas se toma unas semanas para convertirse en la gran esperanza del partido anti-Concini. Vanidoso y un tanto pollas, el príncipe no esconde a quien se lo pregunta que tiene una muy baja opinión del joven rey, y que lo mejor que le podría pasar a Francia es que él lo sustituyese. Concini, por su parte, comienza a recibir informes muy fidedignos que hablan de planes para asesinarlo, y empieza a pensar en huir de Francia con su mujer. María de Medicis está de los nervios. Pregunta a sus cercanos, y sus cercanos, entre ellos Richelieu, le insisten en que la situación sólo tiene una forma de enderezarse, que es el arresto de Condé. El príncipe, a quien no le falta gente que le comunique estas ideas, se pavonea entre carcajadas y suele decir: la bête est trop grosse; la pieza es demasiado grande. Obviamente, se refiere a él.

Pero yerra en el diagnóstico. La reina regente está demasiado desesperada como para dar pasos atrás. Y así, el 1 de septiembre de 1616, en el momento en que Condé llega al Consejo Real, se encuentra allí a Pons de Lauzières-Thémines, quien por esta acción será ese mismo día nombrado mariscal de Thémines. El señor Pons, acompañado de una fuerte escolta, lo arresta en el Louvre, para trasladarlo poco después a la Bastilla.

Lo que sigue es un espectáculo que se ha producido muchas veces en la Historia. En cuestión de horas, conforme la noticia se va conociendo en las casas y mansiones de París, la oposición a la reina regente se disuelve. Quienes hasta ese mismo día se paseaban por los pasillos del Louvre en actitud chulesca, con esa media sonrisa de los chulos de putas en la cara, ahora se presentan en el mismo escenario para presentarle todos sus respetos a la Medicis y soltarle toda clase de requiebros. La gente de la calle, sin embargo, no lo tiene tan claro, y arrasa el domicilio particular de Concini; pero ésta, en realidad, es la única acción violenta que se produce en una ciudad que está acostumbrada a arder por las pasiones políticas.

Las horas posteriores al arresto de Condé en París son una de las mejores demostraciones que se pueden encontrar en Europa de que eso que damos en llamar Edad Moderna se ha instalado plenamente en Francia. El conflicto entre Condé y María de Medicis no es sino el conflicto entre una nobleza que pretende mantener un statu quo nacional que data de la disolución del imperio carolingio y una monarquía, digamos, moderna, centralizadora, poderosa y aglutinante. María de Medicis es, a su manera, la primera jacobina de la Historia de Francia, por defender un estado de cosas en el que la nobleza ocupa un lugar preeminente en la sociedad e incluso en el poder; pero mediando una sujección sin ambages a la corona. Cien, doscientos o trescientos años antes del arresto del príncipe de Condé, los señores vasallos del príncipe habrían respondido levantando un ejército que habría rodeado París y le habría enseñado a la regente quién la tiene más gorda. En el siglo XVII, sin embargo, los nobles han perdido buena parte de esa capacidad, y por eso el arresto de Condé estará muy lejos de provocar una guerra civil. Eso sí: el gran problema de Francia, en las próximas décadas, es el cierre en falso de la cuestión religiosa. La pelea de los nobles contra la corona no tardará mucho en travestirse de polémica religiosa; una polémica que el Edicto de nantes había cerrado en falso.

Dentro de las naturales depuraciones que siguen el arresto, Guillaume du Vair, que ocupa el importante rango militar de garde des sceaux, es destituido de su mando, y sustituido por Claude Mangot, un fiel de Concini. El nombramiento de Mangot deja libre una secretaría de Estado en el gobierno de la nación: es el momento de Richelieu. A fuer de ser precisos, algunos días antes de su nombramiento como secretario de Estado, el obispo había sido nombrado embajador extraordinario en España; pero este nuevo cargo es, de lejos, mucho más importante. Richelieu escribe en sus memorias que, en realidad, él habría preferido continuar como embajador, pero que es que hay misiones que no se pueden rechazar por quién te las ofrece. Todo pura farfolla. Estaba que no meaba, y punto.

Para llegar donde había llegado Richelieu, en medio de un país, y de una Corte, fuertemente divididos, con el trasfondo de la cuestión religiosa además, que es una cosa que los españoles no sabemos valorar porque no la hemos sufrido; en un lugar así, digo, era enormemente difícil llegar arriba sin haberse dejado alguna deuda por ahí perdida. Pero no fue el caso de Richelieu. Él había llegado al gobierno de la mano de María de Medicis, pero no se puede decir que lo hubiera hecho enfrentándose con Luynes. Eso sí, finalmente cometió un error, que fue no tomarse todo lo seriamente que hubiese debido los sentimientos del joven rey. Es un error, en el fondo, justificable. Luis XIII sólo era un adolescente, y lo único que le parecía molar en la vida era salir con sus caballos y sus perros a matar animales. Sin embargo, como rey tenía una conciencia de tal. Los historiadores clásicos han incidido muchas veces en la extremada timidez del monarca. Considerando su dependencia de un hombre, Luynes, sinceramente creo que hoy por hoy se podría, o incluso debería, manejar otra explicación. Sea como sea, el caso es que Luis XIII era un joven retraído pero, contra lo que pudiera parecer, tenía ideas y eso que se puede denominar un planeamiento estratégico para Francia. Pero el caso es que Richelieu, en aquel momento procesal, no juzgó necesario realizar una aproximación estrecha a su persona. Tiempo tendría de arrepentirse.


El nombramiento firmado como secretario de Estado le llegó, un 25 de noviembre de 1616, a un Richelieu en horas bajas a causa del duelo por la muerte de su madre, que por once días no pudo verlo miembro del gobierno. Sin embargo, tan pronto se puso Richelieu la capa de hombre de gobierno que cuando, tres semanas después, se celebren fuera de París las exequias por la autora de sus días, él no asistirá. Él ha elegido, y ha elegido la monarquía.