martes, diciembre 09, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (26)

En los días finales del año 1971, Leónidas Breznev envió a todos los miembros de la cúpula soviética a darse de barrigazos por cualquier esquina de la ancha geografía de la Unión, con el objetivo de vender las muchas virtudes de su nueva política de entendimiento con occidente. Aquella política, sin embargo, despertó también a los, bien que escasos, opositores de peso hacia la nueva estrategia; de entre los cuales destacaba, sobre todo, Pyotr Shelest. Shelest, ucraniano, había hablado en el Politburó contra el acercamiento a la RFA y, de hecho, en el otoño de 1971 había hecho una visita a la RDA, donde se explayó totalmente en este sentido. La línea oficialista no tuvo más remedio que silenciar a este comunista ucraniano durante los actos celebrados en Kiev, presididos por Podgorny.

Con todo, 1971, esto es el acercamiento con la República Federal, no era sino el ensayo de un movimiento mucho más importante, que Breznev tenía previsto para el año 1972: el acercamiento a los mismísimos Estados Unidos.

En Washington, el presidente Richard Nixon no se lo ponía nada fácil. El presidente norteamericano, cierto es, siempre vivió obsesionado con la idea de ser un nuevo Kennedy, cosa que no consiguió. Pero, sin embargo, aquella obsesión, muy de orden interno, no se extendió a su política exterior, donde siempre se desenvolvió como un auténtico zorro y, la verdad, usualmente fue siempre, no uno, sino unos catorce pasos por delante de Breznev.

El problema era personal, puesto que Breznev era un personaje ignoto en las relaciones exteriores de la URSS hasta que adquirió el poder. Pero también era un tema de alguna forma estructural. Entre los factores personales, hay que decir que Leónidas Breznev carecía tanto del desparpajo estratégico de un Trotsky, que le permitió firmar Brest-Litovsk; como del florentinismo de Molotov, que lo había hecho tan necesario a ojos de un Stalin que de otra manera lo habría fusilado por puro temor, pues míster M tenia madera de líder. Por otro, sin embargo, había una parte del problema que no era propiamente culpa del Cejas, sino del entorno cejijunto de la URSS en sí misma.

La diplomacia soviética fue creada por Stalin, y fue creada para jugar un partido muy concreto: el partido de Yalta. Todos contra uno, en Yalta Stalin supo aprovechar muy bien los intersticios ideológicos y estratégicos que separaban a Roosevelt de Churchill para colocar su reivindicación fundamental, que no era otra que Polonia y la línea Oder-Niesse. FDR, además de estar bastante enfermo ya, no podía dejar de ser el primer mandatario de un Estado que tenía un océano de por medio, por mucho que Alaska se tocase con el culo de la URSS; mientras que Churchill estaba mucho más empeñado en la seguridad europea y, sobre todo, en la aceptación, auténtico ejercicio de sancionar barco como animal acuático, de Francia en la nómina de los aliados vencedores. A base de enmerdar el tema de la seguridad de lo que hoy llamamos Europa occidental, Stalin consiguió cocinarse el bollo de la oriental, y muy especialmente Polonia y la Alemania llamada Democrática.

Cuando llegó la guerra fría, sin embargo, las cosas cambiaron. Stalin tenía el problema de ver todo el mundo a través de sus ojos y no entender a quienes eran de otra manera. Muy conocida es su anécdota de Yalta en la que, siendo aleccionado por Churchill sobre la importancia mundial del Papa de Roma, contestó: «pero, ese Papa, ¿cuántas divisiones tiene?» Igual que no podía entender que un líder espiritual lo fuese sin la fuerza de las tropas acorazadas a su mando, Stalin nunca creyó que las potencias aliadas occidentales fuesen a jugar la baza de cohesionar su parte de Alemania y crear un solo Estado con ella. El georgiano siempre pensó que Alemania había desaparecido para siempre; que se había convertido en una breve experiencia de la Historia, desde Bismarck hasta Hitler, apenas 70 años. Pero la creación de la República Federal de Alemania cambió totalmente las cosas. Supuso la creación de un tablero europeo inesperado y supuso, sobre todo, la implicación europea de los Estados Unidos, de hoz y coz, OTAN mediante. 

Increíblemente resistente al cambio, pues una de las cosas más sorprendentes de la URSS es cómo sus muchos corifeos occidentales, que la consideraban vanguardia del progresismo, no cayeron en la cuenta de que era una de las instituciones más conservadoras que jamás han existido, la Unión nunca se adaptó del todo a este nuevo orden de cosas. De alguna forma, la URSS se pasó, desde la muerte de Stalin hasta su propia muerte, tratando de reeditar el multilateralismo (por la parte de sus enemigos) de Yalta.  Tratando de no aceptar que en la mesa de negociación, también de los asuntos europeos, ya sólo se sentaba uno más. Por eso conservó durante tanto tiempo a un ministro de Exteriores, Andrei Gromyko, que era un estalinista de libro: en sus memorias, las críticas a Stalin están pegadas al final de los capítulos, de forma forzada. Kruschev pudo cambiar eso, pero carecía de apoyos en el Ejército, y el Ejército lo hizo caer de palabra, de obra o de omisión, que eso no lo sabemos del todo. Breznev ni se planteó cambiarlo, porque sabía muy bien quién le había dejado sentarse en el sillón. Sin embargo, para su desgracia, en la segunda mitad de los sesenta las cosas evolucionaban muy deprisa, y la URSS tenía escasos mimbres para entender esos cambios. Moscú, por ejemplo, nunca entendió adecuadamente las consecuencias a largo plazo del movimiento de Nixon de firmar el acta de defunción de Bretton Woods; un movimiento a partir del cual los respectivos PIB de cada país pasaban a ser el colateral de sus monedas, lo cual abría la puerta para endeudamientos acromegálicos (véase la España de hoy) a los que sus propias naciones satélite se apuntaron con pasión, labrando con ello la desgracia del bloque soviético.

El enfrentamiento entre Breznev y Nixon, pues, sin ser Nixon ningún premio Nobel, estaba notablemente descompensado; porque lo que sí era Nixon, es un brillante diplomático. Y es posible que Breznev ni siquiera fuese capaz de reconocerlo.

En los comienzos del año 1972, Richard Nixon tenía muy claro (lo tenía de tiempo atrás) que ni él ni los suyos podrían marcharse de Viet Nan diciendo que habían ganado. Pero si de gente inteligente es administrar las victorias, de gente brillante es ser capaz, además, de administrar las derrotas. Nixon sabía que Breznev había iniciado un camino obligado, el del entendimiento con occidente. Era necesario para él porque la economía centralizada estaba gravemente gripada (tan sólo la lotería del petróleo, algunos meses después, habría de darle un respiro) y la URSS era incapaz de seguir siendo el referente financiero de su bloque. Rumanos, búlgaros, húngaros, checoslovacos, polacos y alemanes necesitaban del capital occidental como el comer. Nixon estaba dispuesto a darles lo que querían; pero antes, como Richard Gere en Pretty woman, también quería que se le hiciese mucho la pelota. Por si fuera poco, Washington estaba en pleno proceso de diseño de un nuevo marco de relaciones con Beijing que amenazaba con aislar a Moscú. En suma, Nixon sabía que Breznev lo necesitaba mucho más de lo que él necesitaba a Breznev. Y en ese punto lo tenía.

El presidente norteamericano, que con seguridad estaba bien informado por los muchos informadores que tenía colocados en el Kremlin, sabía que para el camarada primer secretario comenzaba a ser un problema el distanciamiento que comenzaba a experimentar respecto de sus viejos amigos de toda la vida en el ejército soviético; el primero de ellos, el mariscal Grechko, decidido partidario de que la URSS se preparase para dar la batalla a los EEUU. Fruto de esta situación nada clara es el acercamiento que, a través de un hombre muy cercano a él, Konstantin Rusakov, intentó con los chinos en marzo de 1972, durante el Congreso Soviético de Comercio. Acercamiento que fue fríamente recibido por los chinos, que estaban en otra movida.

Semanas después de aquello, Nixon llegó a Moscú. Lo hizo, concretamente, el 22 de mayo. Una buena prueba de en qué situación, hasta cierto punto comprometida, se encontraba la nueva política del camarada primer secretario general, fue que apenas 24 horas, a toda hostia, tuvo que cesar a Shelest de su cargo en el Partido en Ucrania y nombrarlo viceministro de cualquier mierda. La razón del cambio no era otra que Shelest, ante la visita prevista de Nixon a Kiev, se había negado a estrechar «una mano manchada de sangre norvietamita». Breznev colocó a Vladimir Schervitsky, que le habría, no dado la mano, sino realizado cualquier otro tipo de estimulación orgánica al presidente estadounidense, a cambio de mantener su limusina y su dacha.

La verdad es que la visita de Nixon fue un éxito propagandístico de Breznev; aparte de dejarnos para la Historia la conocida foto en la que Nixon pasea por la plaza roja mientras que un jovencísimo Vladimir Putin pretende ser un padre de familia soviético que sólo por casualidad pasa por ahí; y, por supuesto, el acuerdo SALT. Sin embargo, en cuando el Air Force One dejó el espacio aéreo de la URSS, los problemas volvieron a presentarse.

El año, tanto el invierno como la primavera, se había presentado climatológicamente catastrófico. De todos los koljozes de la URSS llegaban informes que hablaban, machaconamente, de la peor cosecha en décadas. Aunque el pueblo soviético nunca lo supo, la hambruna de 1972 se saldó gracias a la compra en occidente de grano, el 60% del cual provisto desde Estados Unidos a muy buen precio; operación que no fue sino la primera hormiga de una marabunta que habría de llegar en los años siguientes, hasta ahogar con su peso al Muro de Berlín. Sin embargo, el pueblo soviético era demasiado numeroso como para que las compras exteriores pudiesen alimentarlo. Ya en 1972, la prensa soviética comenzó a petarse de mensajes referidos al uso eficiente del pan y de las patatas, y contra el acaparamiento. En marzo de 1973, en diversas partes de la URSS diversos productos, como la mantequilla y las patatas, hubieron de racionarse.

En un informe leído en la sesión del Soviet Supremo de diciembre de 1972 quedó plasmada la triste realidad de una economía soviética que se encontraba en peor situación que en 1969. El mayor fracaso se había dado en la producción de bienes de consumo; que era, precisamente, el componente del plan quinquenal que estaba llamado a cambiar la faz de la sociedad soviética, para bien.

Esta vez, además, era Breznev quien sudaba, y Kosigyn quien se reía disimuladamente en su escaño. El plan quinquenal era, totalmente, obra del camarada primer secretario; esta vez no podría buscarse otro responsable que él mismo. En febrero de 1973, gesto prácticamente inútil aunque lógico, Breznev cesó al ministro de Agricultura, Vladimir Matskevich. Sin embargo, esto no eran más que pequeños detalles de muy escasa importancia.

Leónidas, estudiando las cartas, pocas, que tenía en su mano, decidió que, en realidad, lo único que le había salido bien en los meses anteriores, había sido su política exterior. Así pues, sería su política exterior la que le salvaría de sus problemas internos. Fue así como alumbró la idea de visitar Bonn. Y Washington.

En abril de 1973, Breznev, que todo lo pactaba, cuya estrategia era sin duda convertir a los órganos ejecutivos de la URSS en cómplices de sus decisiones para que así les fuese más difícil cesarlo como cesaron a Kruschev, convocó una reunión del Comité Central, muy pocas semanas antes de coger el Tupolev que lo habría de llevar a Bonn. Obviamente, no sabemos, ni sabremos, qué pasó exactamente en esas sesiones, ni durante las reuniones paralelas, eso que llamamos conciliábulos de pasillo. Mi teoría particular, que cuadra con todo lo que pasó antes y con lo que pasaría después, es que Breznev jugó la baza del fait accompli o, si se prefiere, too big to fail. La cita en la RFA estaba a punto de producirse, la visita a Washington era ya algo de lo que se hablaba en la prensa libre. De alguna manera, la URSS había alcanzado esa velocidad de no retorno a partir de la cual un avión en una pista de despegue tiene que elevarse del suelo, si no quiere tener un gravísimo accidente. Es bastante obvio que el camarada primer secretario consiguió convencer a sus camaradas del Comité de que debían avalar su gestión, porque consiguió que dos de sus grandes opositores fuesen purgados (Shelest y Voronov), al tiempo que metía tres peones en el Politburó: Grechko, Andropov y Gromyko.

¿Nuevos tiempos? No tanto. La última vez que la URSS había tenido un ministro de Defensa en el Politburó había sido 1957. Por lo demás, el último hombre de la policía secreta que había estado en dicho puesto había sido Lavrentii Beria; y el último responsable de Exteriores, antes que Gromyko, había sido Viacheslav Molotov.


Leónidas miraba al futuro aplicando el Catón del posestalinismo.