jueves, octubre 09, 2014

Noticia de la zapatilla

La zapatilla y el zapato son las dos soluciones que tradicionalmente ha encontrado el hombre, y la mujer, para cubrirse los pies. El zapato, y la bota, han gozado siempre de la publicidad de ser calzado de exterior, mientras que la zapatilla, que siempre ha sido adminículo propio de la vida privada, ha de ser rastreada en la Historia con algo más de trabajo. Sin embargo, siempre ha estado ahí.


Los egipcios ya se fabricaban una especie de pantuflas utilizando hojas de palmeras o papiro entrelazadas, que se sujetaban al dedo gordo del pie. Griegos y romanos hicieron buen uso de las baxae o baxeae, que eran sandalias muy al estilo actual, también ajustadas al dedo gordo, hechas con hojas entrelazadas de sauce y, a decir de Apuleyo, directamente inspiradas en las egipcias. En Roma, este tipo de calzado era llevado por los actores en la escena; en público, sólo eran llevadas por filósofos que tratasen de aparentar una vida eremítica y humilde.

Otro calzado romano por excelencia era el soccus (de lo cual, zueco), que era un zapato completamente cerrado, sin cordones. En Grecia era unisex pero, por razones que yo por lo menos no tengo del todo claras, en Roma pasó a ser de uso únicamente por los actores en la escena cómica (nunca en la tragedia, terreno del coturno) y las mujeres en general (soccus muliebris, escribe Suetonio). En una metáfora visual bastante directa, pues, el actor de la tragedia llevaba coturno, que era un calzado de suela alta; y el de la comedia el soccus de suela baja, expresándose con ello la distinta calidad artística de ambos géneros. En Séneca y Plinio el Viejo podemos aprender que llevar un soccus fuera de la escena era considerado una falta terrible de consideración social.

Algunos de estos calzados, acercándose ya mucho al concepto de zueco, se hacían de cuero o de madera y se hacían grandes para abarcar el zapato que se llevase y preservarlo de la humedad. Las mujeres, muy pronto, comenzaron a adornar sus zuecos con piedras brillantes y otros abalorios.

También tenemos la solea, calzado de extremada simplicidad absolutamente reservado para el uso dentro de las casas. Se trataba, como digo, de un calzado extremadamente simple, como las chanclas de hoy en día, formado por una suela y una sola cinta que pasaba por encima del pie, detrás de los dedos. Un buen indicio de la baja condición que los romanos adjudicaban a este calzado es que utilizaron su nombre para designar las cosas que fueron inventando para proteger las pezuñas de las bestias: así, la solea spartea, una especie de zapato para cuadrúpedos cuando tenían herida la pata; la solea ferrea, que protegía las pezuñas de las mulas. Más aún: la especie de cepo de madera que se colocaba en ambos pies del condenado para que no pudiera escaparse se llamaba solea lignea.

Por último, debe decirse que el apodo que recibía la persona, o la colectividad, que llevaba este tipo de calzado simple, que dejaba casi todo el pie a descubierto, era «descalzado». Sólo las mujeres podían llevar este calzado en público.

Finalmente, otro tipo de calzado fundamentalmente privado de los romanos era el sandalium, que dejaba el talón al descubierto. Aprovechando que había más superficie que decorar, era habitual que los hombres y mujeres ricos la decorasen con perlas y colores, convirtiéndola en la abuela de la zapatilla. Tampoco se llevaban en público, pero era de buen gusto llevarlas cuando uno estaba en casa de otro, razón por la cual los ricos patricios, cuando iban a cenar a casa de un amigo, se hacían llevar por un esclavo sus sandalia, y se las ponían para cenar.

El gran éxito de la zapatilla llegó con el Vaticano, ya que los papas la adoptaron como calzado litúrgico. Eran de color rojo, siempre preferido por los padres santos, y los papas, sobre todo tras su alianza de hierro con la monarquía carolingia, adoptaron la costumbre de hacer que sus fieles las besasen al rendirles respeto; una costumbre que es, como digo, de raíz franca (carolingia), pues entre los francos era costumbre besar la pierna o el pie del rey al saludarlo y rendirle pleitesía. Esta costumbre, por cierto, pronto comenzó a dar problemas, puesto que notables, nobles y reyes se sentían humillados teniendo que besar una zapatilla; motivo por el cual los papas comenzaron a bordarse cruces en el calzado, para así salvar la cara de sus seglares visitantes, que ya no besaban un zapato, sino la cruz en la que murió Jesucristo.

En la baja Edad Media aparece el escarpín. En el siglo XII, el escritor francés Garin de Lohérain describe a una dama en su casa con las palabras:  tote dolente hors de sa chambre issit/ désaflublée, chaussée en escharpins.

Las zapatillas no parece que fuesen llamadas pantuflas hasta el siglo XVI, más o menos. La palabra viene de Nápoles, Italia, concretamente de pantofola, que podría venir del griego pantophellon, es decir hecho de corcho.

A comienzos del siglo XVI, en Francia las mujeres comenzaron a llevar chinelos ligeros, de raso o de pana, y cerrados sobre los dedos. Embutían este calzado en un zapato de suela alta de cuero negro. Lo cual significa que el hombre, o mejor dicho la mujer, europeos, comenzaban a dar una batalla que hasta entonces habían perdido: la batalla contra el frío en los pies.

En efecto, hasta la llegada del Renacimiento, la verdad es que la victoria del ser humano contra el frío en los pies era más que relativa. Muchos reyes europeos, notablemente los de zonas más norteñas, durmieron durante siglos con los pies embutidos en una especie de botas de paja; fue la costumbre en la corte francesa durante mucho tiempo, por ejemplo. Uno de esos detalles que no se ven en las películas de época, y que insulta mi friquismo, es que cada vez que se representa un mercado medieval o renacentista, los dependientes de los puestos tienen los pies en el suelo. Lo cual no es verdad. Los pescaderos, que eran probablemente los vendedores que más madrugaban, pasaban tanto frío colocando los pies, con su calzado poroso e inadecuado, sobre un suelo además mojado, que despachaban subidos a un tonel de reducido tamaño. Otras personas enfrentaban el frío poniéndose varios pares de medias y, de hecho, en la Edad Media se inventó el calcetín-zapatilla que hoy llevan los niños, creando la media con suela. François Villon, por ejemplo, dejó varias de éstas en su testamento. Los monjes que en los conventos tenían que recorrer el claustro a las cinco de la mañana rezando los maitines solían llevar botas forradas.

También en el siglo XVI, y por razón del frío, apareció la plantilla de corcho, que era usada por todo el mundo, desde los militares en sus botas hasta los nobles en sus calzados de lujo.

Hemos de esperar al siglo XVII para que la zapatilla salga del ámbito del salón privado y comience a ser, por así decirlo, considerada. Luis XIV tomó la costumbre de ponerse unas pantuflas en el momento de levantarse de la cama (que era un momento semipúblico, no se olvide). Como ocurría entonces con todo lo que hacían los reyes, esto creó moda, y los nobles y gentileshombre de la corte se apresaron a encargar a su cordonnier de confianza (era la gente sin recursos la que acudía al savetier, o zapatero remendón) modelos cada vez más ostentosos de zapatillas: ya no se hacían para una comodidad privada, sino para la ostentación.

Sin embargo, algún tiempo después, la zapatilla, como por otra parte es bastante lógico, acabó, por razón de su vinculación con el hogar y la holganza, siendo usada para significados peyorativos. Así, para los franceses decimonónicos, el personaje en general, pero muy especialmente el catedrático de universidad, que ya no se dedicaba a hacer nada de provecho y se limitaba a salir de casa a presidir tribunales de tesis o cualquier otro acto de poco fuste intelectual, era un pantouflard; un zapatillero.
Madame de Sevigné utiliza el verbo pantoufler para designar la escena en la que las personas se arriban al fuego de la casa para cascar de otras personas, poniéndolas a parir. Asimismo, cuando menos en francés era y es relativamente común referirse a una operación militar muy fácil con la expresión on fera le siège en pantoufles; esto es, donde nosotros decimos que algo será «un paseo militar» o algo que haremos «sin bajarnos del jeep», los franceses dicen: lo haremos en zapatillas.

Hoy en día la zapatilla, como el sombrero, tiene un destino algo más sombrío. Como he insinuado o dicho en estas notas, la existencia de la zapatilla tiene mucho que ver con el frío; y esto es algo contra lo que los modernos sistemas de calefactar los hogares luchan con bastante eficacia, lo cual hace que la zapatilla sera un objeto cada vez menos indispensable. Pero, quién sabe. El mundo de hoy sigue siendo, en el fondo, el de la corte de Luis XIV. Si algún día a un George Clooney, por poner un ejemplo, se le ocurriese casarse en zapatillas, tal vez la viésemos renacer.

No puede terminar este post sin realizar un homenaje al más grande pantuflero que ha tenido la Historia de España: don Pantuflo Zapatilla, extraño intelectual especializado en la vida y costumbre de las palomas, que tuvo un día la relativa mala suerte de engendrar dos extraños hijos gemelos, iguales en todo menos en el color del pelo, a quienes todos conocemos como Zipi Zapatilla y Zape Zapatilla.