lunes, mayo 26, 2014

Anschluss (4: el Grupo de Leopoldo)

La prensa austríaca del 12 de julio destacaba unánimemente, tras haber sido adecuadamente «trabajada» por la Cancillería, que el acuerdo suponía que el movimiento nacionalsocialista ilegal de Austria estaba condenado. En un efecto parecido al que podría haber introducido en el bando republicano de la guerra civil española el pacto Molotov-Ribentropp de haber continuado la guerra entonces, la prensa austríaca se jactaba del hecho de que, manteniendo planes insurreccionales contra el Estado, el nacionalsocialismo local no sólo se convertía en un traidor a su país, sino al propio Hitler. Esta interpretación de la opinión publicada era incluso más ciegamente optimista entre las elites gobernantes, que de hecho estaban convencidas de que el nacionalsocialismo alpino, tras el acuerdo, se despoblaría.


El 22 de julio llegó la primera consecuencia del acuerdo: fue permitida la venta en Austria de los periódicos alemanes Essener National-Zeitung (el periódico controlado por Göring), Deutsche Algemeine Zeitung, Berliner-Boersen Zeitung, Berliner Tagblatt y Leipziger Neuesten Nachrichten. A estos venía a unirse el Frankfurter Zeitung, que nunca había sido prohibido. Por su parte, Alemania abrió sus fronteras a la entrada del Wiener Zeitung, así como Wiener Neues Journal, la edición vienesa de la Volkszeitung, el Grazer y la Linger Tagespost, más la Neue Freie Presse, que ya estaba autorizada.

Ese mismo día, además, el gobierno austríaco proclama la amnistía prometida en el acuerdo. Quedaban en prisión 224 nacionalsocialistas que se enfrentaban a cargos por terrorismo, fundamentalmente relacionados con el golpe de 25 de julio de 1934 y la muerte de Dollfuss y once militantes socialistas. Contra lo que pensaba la Cancillería de que los nacionalsocialistas austríacos estaban de capa caída y lo sabían, montaron la mundial a la salida de los presos de la cárcel; celebración a la que, sin cortarse un pelo, dieron el tono de primera victoria de una serie de las mismas por venir.

El 29 de julio, la antorcha olímpica, camino de Berlín donde el miembro negro de los untermenschen Jessie Owens se la metería a Hitler por el orto, pasó por Austria en su breve periplo desde Olimpia. Este paso fue enmarcado dentro de una enorme celebración deportiva, una especie de demostración sindical callejera sólo que sin Franco, que, en realidad, por simple y pura dominación, se convirtió en una demostración nacionalsocialista. Fue tan brutal la exhibición de músculo militante y social de los nazis austríacos que el Frente Patriótico tuvo que organizar una movida dos días después para demostrar su propia fuerza. Para entonces, el gobierno austríaco había comenzado a caerse del guindo del buenismo interpretativo y había decidido suspender sine die la aplicación de la amnistía, cuando menos en los arrestos que habían sido ordenados pero todavía estaban pendientes.

Los pastoriles dirigentes austríacos, siempre dispuestos a creer que las relaciones internacionales son algo que dirigen a pachas Rita Irasema y Teresa Rabal, no pueden decir que no tuviesen pruebas fehacientes de cómo se estaba tomando aquel acuerdo del otro lado de la frontera implicada. Recibieron, por ejemplo, un informe de la Studentenschaft, la organización estudiantil nazi, algo así como el SEU del NDSAP, en la que interpretaba el acuerdo afirmando que «el Reich no reconoce con el tratado otra cosa que la situación efectiva actual. Dicho acuerdo es una necesidad política. Francia no puede inmiscuirse en los asuntos de Alemania relacionados con la Anschluss, como ha hecho constantemente en el pasado. El odio de la prensa austríaca contra Alemania ha sido yugulado, lo cual es extremadamente importante. Interiormente, el canciller Schuschnigg se encuentra en la misma situación en la que se encontró Seipel. La cuestión de los refugiados y de los encarcelados le da la impresión de una victoria pírrica. El combate, por lo tanto, continúa. El paso próximo es una Austria independiente y nacionalsocialista». El papel continuaba estableciendo como gran objetivo del acuerdo y su desarrollo la lucha por la unidad alemana en contra del «catolicismo político en todas sus formas»; hasta el punto de afirmar que «el verdadero enemigo sigue siendo el Vaticano, ese Jano Bifronte».

De hecho, en las semanas siguientes al acuerdo los nacionalsocialistas austríacos, conscientes de que su movimiento era sometido a vigilancia estrecha por el ministro del Interior, Neustätter Stürmer, y de que, al tiempo, necesitaban hacer sombra al Frente Patriótico, crearon una asociación pantalla, la Asociación Popular Social Alemana. El canciller Schuschnigg se asustó mucho ante la pujanza de la asociación y los indicios bien claros de que estaba en connivencia total con el III Reich, por lo que decidió impedir su legalización. Sin embargo, era consciente de la debilidad de su posición; de que necesitaba encontrar nuevos aliados en el gobierno. Fue entonces cuando se fijó en el denominado Grupo Leopold.

Tras el golpe de Estado de 1934, del que el nacionalsocialismo austríaco salió barrido y en ciernes de desaparecer, tres hombres, los tres internados en el campo de concentración de Wöllersdorf, hicieron planes para resucitarlo. Eran el capitán Josef Leopold, el doctor Leopold Tavs y el doctor Hugo Jury. Leopold fue liberado a principios de 1936, y los otros dos se beneficiaron de la amnistía de julio.

El capitán Leopold, que se había formado como ingeniero militar, hizo la primera guerra en el ejército imperial, al parecer con buena nota. Tras la misma, se había inscrito en la organización socialdemócrata del ejército, donde trabajaría con el entonces ex ministro Julius Deutsch. Recibió entonces el grado de capitán, en atención a sus servicios y condecoraciones, porque la verdad es que nunca había conseguido pasar el examen necesario para ser oficial. Su progresiva desilusión de las izquierdas lo colocó en los brazos del nacionalsocialismo, en el que pasó a militar en 1925. Su actividad política acabó costándole su expulsión del ejército federal. El partido, para compensarle, le otorgó un mandato en la dieta provincial de Baja Austria, así como un escaño en la dieta federal.

Tavs, por su parte, había nacido en el país de los Sudetes, y era químico, aunque finalmente se colocó de funcionario. Nacionalsocialista de primera hora, presidió la organización nazi de funcionarios, aunque, finalmente, su militancia le costaría el puesto de trabajador del Estado. Tavs y Konrad Heinlein, el presidente del Partido de los Alemanes del País de los Sudetes, eran amigos íntimos.

Por último, Hugo Jury era un médico de Sankt-Pölten, y había sido consejero municipal de dicha ciudad en representación de los cristianosociales. También era un nacionalsocialista de primera hora, tan primera hora que formó el primer grupo local nazi en Austria, en 1923, en compañía de un farmacéutico (ah, la química…) llamado Rentmeister.

Tras la firma de los acuerdos de julio, el Grupo Leopold, ya todos en la calle, se pone a currar. Los tres fundan el denominado Grupo de los Siete, destinado a articular la acción legal del nacionalsocialismo austríaco, al que se unen un periodista que firmaba In der Mauer, y que ya había tenido relaciones con Von Papen; el mariscal de campo del ejército austrohúngaro Karl Freiherr von Bardolff; el profesor universitario Oswald Menghin, de procedencia católica, que había sido rector de la universidad de Viena y era en ella catedrático de Prehistoria; y Odilo Globotschnigg, que acabaría siendo Gauleiter de la región de Viena.

Todos ellos estuvieron implicados en la fundación de la Asociación Popular Social Alemana, durante la cual el gobierno austríaco comenzó a pensar que tal vez se trataba de un grupo de gente con el que se podía negociar. El ministro Stürmer era partidario de este acercamiento, así pues, finalmente, el 12 de febrero de 1937, fueron recibidos por el canciller Schuschnigg.

A la entrevista, el Canciller había convocado al propio Stürmer; al comisario de Viena, Skubl; y a dos estrechos colabores suyos, llamados Bartl y Sturminger. El Comité de los Siete estaba representado por Jury y Menghin, pero no fueron solos, porque se hicieron acompañar por un representante más de fuera del grupo, que se llamaba, os sonará, Arthur Seyss-Inquart. El capitán Leopold no entró en la sala, aunque se quedó en la antecámara. Fue llamado dentro una sola vez, para que el canciller lo conociese.

Durante ese breve encuentro, Josef Leopold prometió al canciller que los nacionalsocialistas estarían muy quietecitos durante la visita a Viena de Konstantin von Neurath, ministro del Reich. Pero, en realidad, la que montaron fue más bestia que la del paso de la antorcha olímpica. Por su parte, el canciller aseveró en la reunión que no tenía intención de dar marcha atrás en la prohibión de la Asociación Popular Social Alemana, pero que se avenía a permitir la actuación del Grupo de los Siete, al que reconocía de facto. Se comprometía, además, a colocar en todas las sedes del Frente Patriótico personas de enlace que garantizasen la actuación coordinada del FP con los nacionales. También aceptó una modificación de la Ley de Seguridad del Estado, así como a hacer todo lo posible por reiniciar la amnistía (había 145 encarcelados todavía) y a no perseguir los delitos leves. Se revisarían los casos de los funcionarios nacionalsocialistas despedidos, así como los estudiantes superiores. No sólo eso, sino que se avino a revisar la situación de aquellos funcionarios que los nacionalsocialistas consideraban demasiado contrarios a ellos.

Como se puede ver, los nazis austríacos renunciaron a una picota y, a cambio, se llevaron el resto del frutero.