lunes, febrero 24, 2014

Libia (5)

Meter pasta en un país atrasado que, además, no tiene demasiadas ganas de superar las formas de dicho atraso, es plantar el germen de un enfrentamiento. Libia no es una excepción. Conforme los pozos de petróleo comenzaron a bombear crudo hacia el exterior y dinero hacia el interior, las inversiones realizadas acabaron por permitir la creación de una joven clase tecnocrática, de corte moderno, alejada de los pies forzados tribales que gobernaban el país.

Dentro de esta clase, además, no faltaban las posiciones políticas. Los libios más alejados de la tradicionalidad del país concebían éste como un mero invento de las potencias occidentales y, de hecho, tras la revolución acuñarán el término «falsa independencia» al referirse a la monarquía sanusiya. En 1967, con la producción de la denominada guerra de los seis días, estos sentimientos antioccidentales se exacerban en diversas manifestaciones en Bengasi. Al gobierno, por ejemplo, le costó mucho conseguir que los pozos de petróleo que habían sido cerrados en solidaridad con los «hermanos árabes» volviesen a producir.

Hay que tener en cuenta, además, la rampante y evidente corrupción propia de un gobierno rico y a la vez medio medieval. En fecha tan temprana como julio de 1960, el rey Idris al-Sanusi había tenido ya que realizar una declaración pública sobre la materia. De entre todos los corruptos cercanos al poder del país, los mayores eran los comúnmente conocidos como el Triunvirato (Sayid Abdalah Abid, Abdalah al-Shalhi y Ben Halim). Sin ir más lejos, estos tres «empresarios» protagonizaron el escándalo más grande de toda la época, vinculado a la construcción de una carretera desde Fazzan hasta la costa mediterránea, que fue tan gordo que acabó provocando la apelación al rey de que disolviese el parlamento local.

En el fondo de toda esta situación yacía el hecho de que el rey Idris no había conseguido crear una clase política ni una elite gobernante. Él mismo, de hecho, a partir más o menos de mediados de los sesenta, abandonó por completo todo intento o ilusión de ser el rey de Libia, retirándose cada vez más de los centros del poder y de la intriga, viejo y estresado. Cometió el error en su día de convencerse de que podía ser el mandatario de algo más que su Cirenaica natal, porque es un hecho que jamás lo consiguió propiamente. En teoría, detrás de él se encontraba todo un grupo de tribus, personas e intereses dispuestos a defenderle. Pero lo cierto es que cuando en septiembre de 1969 un grupo de oficiales del ejército libio realiza un golpe de Estado, nadie, en realidad, movió un dedo para ello.

Los jóvenes militares que dirigieron aquel golpe de Estado sabían bien todo eso. Sabían bien que Libia había sido un Estado con capacidad de llamarse tal cosa durante tan sólo seis años, los que van desde la reforma antifederal hasta el propio golpe, así pues actuaban sobre una sociedad libia que no le tenía especial cariño a ese concepto. Por eso, sus arengas se centraron pronto en la inutilidad del Estado moderno, y permanecerían como una seña de identidad clara en la operativa de Gadafi.

En contra de lo que esperaba todo el mundo, especialmente en occidente, el golpe de Estado no fue realizado por militares de alta graduación sino, un poco al estilo de que lo que años después ocurriría en Portugal, por un grupo de mandos intermedios muy jóvenes. Sus primeras tomas de posición fueron confusas y no muy definidas. En realidad, sólo el nacionalismo árabe y el antioccidentalismo se podían distinguir como netos elementos ideológicos.

El golpe se produjo sin derramamiento de sangre desde el momento que las dos fuerzas de elite del rey, la Cydef y la Tridef, habían decidido no intervenir. Pasó una semana de incertidumbre y no demasiada información, hasta que fue revelado el nombre del principal elemento de los golpistas, esto es Muamar el-Gadafi, quien fue identificado como presidente del Consejo de Mando Revolucionario. Hasta enero de 1970, esto es cuatro meses, no se conocieron los nombres del resto de los integrantes del Consejo Revolucionario: mayor Abd as-Salam Jallud; major Bashid Hawadi; capitán Mukhtar Abdalah Gerwy; capitán Abd al-Munim Tahir al-Huni; capitán Musrafá al-Kharubi; capitán al-Khuwaylidi al-Hamidi; capitán Mohamed Nejm; capitán Alí Hawad Hamza; capitán Abu Bakr Yunis Jabr; y capitán Omar Abdalah al-Muhaysi. Casi todos ellos procedían de tribus menores, que no habían tocado pelo durante la etapa monárquica.

Además de todos ellos, estaba Gadafi como líder y timonel de la revolución, puesto que le fue indiscutible desde el primer momento. Joven oficial del ejército libio procedente de la incipiente clase media que se venía gestando en el país, Gadafi no tenía más pátina ideológica que el nacionalismo árabe. Como bien demostrarían sus actos durante su mandato, muy especialmente los primeros años, el que entonces era todavía primus inter pares de la revolución libia profesaba una admiración sin límites hacia Nasser y su proyecto egipcio, así como las promesas que el encendido discurso nasserista realizaba de devolver al mundo árabe el esplendor que un día tuvo, y que han sobrevivido hasta las soflamas de Bin Laden. De hecho, una de las primeras declaraciones de Gadafi fue afirmar: «díganle al presidente Naser que hemos hecho esta revolución para él».

La muerte de Nasser, apenas un año después de la revolución, le abrió la posibilidad a Gadafi de convertirse en profesor en lugar de alumno. Aceptó, en realidad sin que alguien se lo pidiera, tomar el testigo y convertirse él en adalid de la revolución panárabe. Sin embargo, todo esto se desarrollaba en unos términos equívocos y muy genéricos, de forma que no fue tras más de un año de la propia revolución que ésa hizo público, por primera vez, un programa de gobierno. Al contrario que la monarquía, abogaba, sobre todo, por la retirada de bases y tropas extranjeras del país y por la unidad nacional; pero, al igual que ésta, inmediatamente abogó por la supresión de los partidos políticos.

Más allá, el nuevo régimen declaró al Consejo Revolucionario como la mayor autoridad del país, con poder para nombrar el Consejo de Ministros. En 1970, todos los ministerios, con la excepción del de petróleo (lo cual lo dice todo sobre las habilidades revolucionarias) estaban copados por miembros de dicho Consejo. El gobierno despidió a todos los oficiales del ejército con rango superior al de mayor y al mismo tiempo incrementó exponencialmente el tamaño de las fuerzas armadas; convirtiéndolas, lógicamente, en la principal agencia de empleo del país.

Sin embargo, muy pronto Gadafi se dio cuenta de que no era buen negocio hacer que el régimen libio fuese una dictadura militar. En noviembre de 1972 se convocó un denominado Alto Consejo de la Orientación Nacional, encaminado a coordinar y discutir políticas entre los eslabones superiores, en el cual las tensiones surgieron rápidamente entre los militares y las intenciones de Gadafi de colocar más civiles en la alta administración del país. Finalmente, Libia comenzó a tener, de nuevo, ministros civiles en buena parte de su gobierno, lo cual ayudó a construir una sima entre el ejecutivo y el Consejo de la Revolución.

Tras todos aquellos meses de cierta indefinición, Gadafi terminó por decidirse por la vía revolucionaria. En 1973, el 16 de abril (aniversario de la muerte del Profeta), anunció en Zuwara lo que llamó la Revolución Popular. Ante los problemas para coordinar a las elites, el líder del país había decidido apoyarse en la masa, en la gente. Así, hizo público un programa simple de cinco puntos que lo que hacía era intensificar el control popular sobre las estructuras del país. El objetivo era remover cualesquiera obstáculos, administrativos o políticos, pudiesen existir para la revolución popular. En aras de este objetivo, impulsó una auténtica razzia en los eslabones intermedios del país que se llevó por delante a los enemigos de la revolución: cargos en la televisión estatal, en la radio, en las líneas aéreas, en el consorcio petrolero, y los gobernadores de Bengasi, Darna y Garyán. Todo el gobierno local de Tripoli fue amablemente invitado a dimitir, pocas horas antes que el rector de la principal universidad del país.

La segunda ola revolucionaria consistió en la creación de comités populares en las empresas y en todos los organismos públicos. En el verano de aquel año de 1973, se habían formado ya 2.400. El Consejo de la Revolución, sin embargo, reaccionó tratando de moderar este movimiento y, de hecho, cuando los comités fueron regulados por una ley de octubre de aquel año, los sectores más estratégicos habían sido excluidos de su ámbito; algo que enfureció a Gadafi, que se negó a firmar el texto legal.

Gadafi hizo todo aquello por sentirse impaciente por conseguir un mayor avance en Libia hacia la gestión política. Pero, en realidad, haciendo aquello, ejerciendo de mala copia de Nasser, hizo todo lo contrario, generando una dinámica que, por supuesto, en occidente levantó olas de partidarios (ese tipo de partidarios que recetan para otros lo que no quieren para sí mismos), pero cuya principal consecuencia, que nos llega hasta hoy, fue desestructurar el país. En efecto, Libia, de la noche a la mañana, se quedó sin eso que se suele llamar «cuadros». Se quedó sin gente de gestiones más bien oscuras que, sin embargo, son los que de verdad hacen funcionar la compleja maquinaria de los países. Buscando conseguir más Libia, Gadafi provocó que lo que hubiese fuese menos Estado.