miércoles, diciembre 11, 2013

Subsidy killed the History star



Una de las músicas de mi adolescencia es ésta de Buggles que os he traído aquí, que decía aquello de que el video había matado la estrella de la radio. La he adaptado en el título de este post, que se me vino a la cabeza ayer por la noche, mientras veía en algún canal de la tele cómo hablaban del ahora ya famosérrimo simposio España contra Cataluña que, creo, comienza mañana.


Y es que yo pienso que lo fácil, incluso bueno, sería pensar lo que muchos piensan de esta reunión histórica organizada bajo la dirección de un señor que ya fue, impasible el ademán, digno colaborador de un alcalde franquista de Barcelona. De los tiempos aquéllos que los que Franco tuvo que cesar a un director de La Vanguardia por decir eso tan educado de: «los catalanes son una mierda» (yo comprendo que para la catalanidad presente sería mejor dato que, lejos de haberlo cesado, lo hubiese mantenido aun a pesar de tener que proteger los kioskos con los grises; pero, ya lo siento: lo cesó).

Digo que sería fácil pensar lo que muchos piensan: hay unos enajenados que, como están en una deriva secesionista, se montan esta promenade para justificar su discurso desde el punto de vista histórico. Lo malo es que no es verdad. Quiero decir: en la frase hay partes de verdad, porque ese simposio es, efectivamente, un ejercicio de manipulación de la Historia que parte de un principio general (según le escuché ayer al Sobrequés en la tele) que ningún, no ya diré historiador, sino lector serio de la Historia, aceptará nunca: el principio de que en Historia hay cosas que son evidentes, indiscutibles, que «todo el mundo sabe», «todo el mundo acepta», etc. Éste último, que es un argumento propio de comentarista troleador de internet, o sea de retrasado mental de barra de bar, ahora va y se convierte en argumento de peso en el análisis histórico. Algo así como si Galileo, tras haber dicho eppur si mouve, hubiese añadido per le mie coglioni. El análisis histórico, en realidad el análisis a secas, ha avanzado siempre a pesar de posturas así, no gracias a ellas.

Lo que no es verdad en la frase, sin embargo, es que esto sea obra de unos enajenados que, como lo están, sacan los pies del plato. Lejos de ello, quienes han mareado la idea de este simposio y lo que te rondaré, español, son gentes, normalmente políticos o para-políticos o proto-políticos, que pisan fuerte. Muy fuerte. Porque es que esto viene de antiguo. La Historia española hace ya mucho tiempo que es, básicamente, academicista. Que es una forma elegante de decir subvencionada. Que es una forma tibia de decir mercenaria.

En términos generales, cuando uno lee libros de Historia, se da cuenta de que el historiador español medio tiene el mismo problema que el periodista medio. Teóricamente, ambos tienen un compromiso moral e intelectual con la verdad. En la realidad, sin embargo, ambos se comprometen con una verdad, lo cual no es lo mismo. La verdad, hablemos de Historia, de periodismo, de religión o de fútbol, no existe. La verdad, como hecho único, inenarrable, la verdad Sobrequés style, sólo existe en los regímenes totalitarios. Lo adecuado, intelectualmente hablando, no es buscar la verdad, porque eso es buscar lo que, ya digo, no existe. Lo adecuado es propender a ella, como se propende a la utopía a pesar de que se sabe de que, por definición, es utópica, inalcanzable. Propender a la verdad es poner en juego la conciencia y el saber y defender, en cada momento, lo que la conciencia y el saber dictan que es la versión que más se acerca a esa verdad que no existe. Y hacerlo con humildad, entendiendo que, las más de las veces, en un debate intelectual, el tipo calvito que se levanta enfrente de ti y defiende otra propensión a la verdad distinta de la tuya, en ocasiones diametralmente opuesta, no está falto de elementos para sustentar su posición.

La verdad única, ya lo he dicho, es propia de regímenes totalitarios. Pero los regímenes totalitarios no se dan siempre (afortunadamente). Que una sociedad sea libre y democrática, sin embargo, no evita que en ella puedan existir elementos que, en verdad, tengan nostalgia de las situaciones en las que pueden asentarse en La Verdad. Como, por definición, en una sociedad libre no existe la verdad, estas personas, organizaciones o ideologías inventan una versión light del totalitarismo, una bomba sucia intelectual, que es la mentada defensa de una verdad. Si seguimos con las comparaciones entre historiadores y periodistas, el primero que defiende una verdad se asemeja al segundo que escribe el titular antes que la noticia. El tipo que escribe: «[Póngase aquí el nombre del odiado político] pone en peligro [póngase aquí una verdad]»; y luego se pone a buscar fuentes que le abonen ese titular; y, en el hipotético, improbable, caso de que acabe hablando con alguien que le destruya su hilo de pensamiento, tirará las notas de esa conversación, diciéndose a sí mismo que «es un testimonio irrelevante».

La Historia, en España, lleva ya muchas décadas escribiendo el epílogo de sus libros antes que los libros mismos. Hace ya muchos años que legiones de académicos y no tan académicos, en España, inician una investigación sabiendo from scratch cuál va a ser su conclusión. Y tengo yo por mí que eso es así porque la investigación académica en España, como no podía ser de otra manera, está formada por pececitos que nadan en una pecera enorme que se llama Universidad. Y la Universidad española es una institución subsidiada.

No, no se trata de defender el modelo de universidad privada. Se trata de defender el modelo de universidad libre; y de lo mucho que cuestiona esa libertad el hecho de que las universidades españolas se conciban como unidades estructuralmente deficitarias que, consecuentemente, necesitan mamar de la ubre pública para seguir poniendo a funcionar la calefacción los días de invierno. Porque no nos engañemos: la educación superior en España no resulta ser deficitaria; es deficitaria, lo cual quiere decir que se concibe de esta manera. Se la diseña, desde el minuto uno, como una estructura dependiente de las arcas públicas, porque esa es la mejor manera de tener, desde el poder, el ídem de decidir quién da clase y quién no, qué clases se dan y cuáles no, quién investiga y quién no. Que es, al fin y a la postre, una forma sutil de decidir cuáles van a ser las conclusiones de las dichas investigaciones.

El político no se presenta en el departamento de Historia Contemporánea y dice: «Quiero en dos años un manual que demuestre que nosotros, los castellanoleoneses, tenemos históricamente dos centímetros más de polla que los asturianos». No; el proceso es más sutil. El proceso se basa en una cosa que el primer embajador norteamericano en la España de Franco, Carlton Hayes, cuenta en sus memorias. La Secretaría de Estado de Washington, ante el problema que suponían las extremas veleidades de Franco en favor de sus enemigos en la guerra mundial, diseñó un plan, que Hayes cumplió al milímetro, basado en que España recibiese de las petroleras americanas el 60% de sus necesidades reales de hidrocarburos. En otras palabras: Franklin Delano Roosevelt mató de frío a los españoles, y lo hizo para que, así, cada vez que Hayes pisaba el palacio de Santa Cruz, los hombres de Serrano Súñer se ofreciesen a hacerle cualesquiera mamadas a cambio de unas poquitas toneladas de gasolina más. Conclusión: Franco acabó decidiendo no venderle wolframio a los alemanes. Y lo decidió él; sobre el papel, Hayes no tuvo nada que ver aunque, en realidad, era quien había redactado, firmado y rubricado la decisión.

Con esto ocurre lo mismo. Los que creen firmemente en la teoría de que los héroes castellanos estaban mejor armados que los asturianos, llegan a catedráticos. Y son ellos los que deciden defender esa verdad, con lo que el proceso intelectual queda, de alguna manera, garantizado: ha sido la investigación académica la que ha descubierto que bla y bla y bla.

Esto afecta a la visión que el academicismo catalán tiene de las relaciones entre Cataluña y España. Pero afecta también, y de qué manera, a la visión que el academicismo gallego tiene de su propio nacionalismo, al que en no pocos libros encumbra a la categoría de hecho universal y universalmente aceptado, orillando hechos bastante palmarios a poco que se investigue, y que vamos describiendo ahora mismo en algunas notas, como que las raíces históricas y étnicas del celtismo gallego tienen más agujeros que los calzoncillos de Carpanta; o que el nacionalismo gallego se desarrolló, cuando menos hasta 1931, en una minoridad social tan apabullante que eso de decir que el gallego es un «nacionalismo histórico» se asemeja bastante al gesto de aquel ricitos del Scatergories que aceptaba barco como animal acuático. Afecta también a las producciones del nacionalismo vasco, pero afecta también a un montón de producciones, que podríamos decir españolistas, regionalistas, insularistas, provincialistas y hasta localistas, de las muchas y variadas universidades que pululan por España. Afecta a ese pleonasmo que llamamos memoria histórica, como le afectó a su antecesor y padre, que es la historiografía franquista (pues la memoria histórica, ya lo he escrito más de una vez, me parece a mí, básicamente, falangismo reciclado).

No es Cataluña, pues. Es lo fácil que le resulta al catalanismo montar este espectáculo en un país como España, en el que sus investigadores académicos han permitido, a cambio de coches de 16 válvulas, casas con porche y un puesto para toda la vida, instalarnos en algo muy parecido a la pobreza intelectual. La jornada que mañana comienza está muy cerca de ser lo que debería ser. Se titula España contra Cataluña. Un grupo de historiadores que tuviesen respeto por la verdad y se respetasen a sí mismos como intelectuales tan sólo introducirían dos cambios en ese título. En un país intelectualmente rico, este simposio se llamaría: ¿España contra Cataluña? Pero el problema que tenemos en España, y en Cataluña, es que ya no entendemos las diferencias, nada sutiles, entre un enfoque y el otro. Y, cuando las entendemos, respondemos: «ay, amigo; pero es que el que paga, manda».

Todos somos parte de esta mierda. Sobre todo, para qué negarlo, aquéllos que, ante este espectáculo que dan los Templos del Saber Libre que son las universidades, todavía dicen que lo que habría que hacer es profundizar en este modelo, hacerlas cada vez menos sostenibles por sí mismas (no otra cosa pasaría si cobrasen 20 euros de matrícula), y tal. Pero, más allá de intensidades, lo quiero repetir: somos todos los corresponsables, porque aceptamos un debate intelectual averiado, un debate intelectual que no lo es, un debate intelectual que dirigen quienes no quieren debatir, sino imponer, a la mayor gloria de sus posiciones de poder.

Si llevamos años, qué digo años, décadas, tirándonos cuescos, no vayamos ahora a escandalizarnos porque vaya alguien y se tire uno con olor a butifarra.