jueves, diciembre 19, 2013

Feliz Navidad

Mañana cierra este chiringo hasta fin de año, porque ese amanuense se va a la playa. A la vuelta, cumpliremos cien posts, seguiremos hablando de Galicia, hablaremos de Libia... varias cosas.

Para estos días de recogimiento, austeridad y reflexión os dejo este artículo escrito para el New York Times por una de las mentes más preclaras de la historiografía universal en general y española en particular. Una auténtica monstrua del conocimiento histórico, perla de las mejores universidades del mundo, autora de algunos de los análisis históricos que, como el de este artículo, trasciende, con mucho, las capacidades de conocimiento del humano medio, y aun de aquél de inteligencia avanzada.

Ladies and gentlemen... ¡¡¡¡Almudena Grandes!!!!

Propongo, tras la lectura de este artículo, que, si bien la Historia del mundo siga midiéndose en AC y DC, antes de Cristo y después de Cristo, la de España la midamos en AAG y DAG, o sea antes y después de Almudena Grandes, colocando en el pivote de nuestro devenir el día, que ella nos tiene que decir cuál fue, en que adquirió conciencia de sus enciclopédicos conocimientos y, en un gesto de generosidad sin par, decidió verterlos al resto del mundo para sacarlo de la oscuridad de la ignorancia.

Solázate, español ignorante, con la visión del Conocimiento. Hay frases en este artículo que brillarán como faros durante muchos siglos; no descartes que las generaciones futuras no la llamen Almudena, sino Heródota. Lo merece. Cómo no lo va a merecer alguien que escribe: "We’d always been poor, even when the kings of Spain were the masters of the world, when the gold of the Americas traveled across the peninsula, leaving behind nothing more than the dust raised by the wagons that transported it to Flanders, to pay the Crown’s debts". O sea: «Nosotros siempre habíamos sido pobres, incluso cuando los reyes de España eran los más poderosos del mundo, cuando el oro de las Américas viajaba por la península, dejando tras de sí nada más que el polvo levantado por los carros que lo transportaban a Flandes, para pagar las deudas de la Corona».

Oh, acendrado conocimiento. Oh, qué pena que lo que viniese de América no fuese oro, sino plata. Y, ya puestos, que la plata que llegaba a Sevilla no viajase a Flandes, sino a Génova y Lisboa, que era donde pacían los banqueros que le prestaban los dineros a la Corona de España. Salvo estos dos pequeños detallitos, la frase es de inmarcesible sabiduría.

Me inclino, me inclino y me inclino, y no me inclino lo suficiente.

Feliz Navidad a todos.