miércoles, diciembre 18, 2013

The faithful scribe, por Shahan Mufti


Qué: The faithful scribe. A story of Islam, Pakistan, family and war.
Quién: Shahan Mufti, periodista residente y nacido en Estados Unidos, pero de ascendencia pakistaní.
Por: Other Press.
Cuándo: Septiembre del 2013.
Cuánto: 368 páginas.



Uno de los anti-héroes de novela que más me gusta es Hari Kumar, el personaje central de The jewel in the Crown y del conjunto de obras conocidas como The Raj quartet, obra más que interesante de Paul Scott. Kumar está un paso más cerca que l'etranger de Albert Camus. No es un extranjero porque quiera o le guste; es un extranjero que no tiene más remedio que serlo. Kumar, hijo de un indio próspero, es educado en Inglaterra, donde será Harry en lugar de Hari, para luego volver a la India. Esto sólo le sirve para descubrir que es demasiado inglés para los indios, y demasiado indio para los ingleses; queda situado, pues, in between, en un lugar donde todo lo que puede pasar es que se desplieguen las tragedias que luego presidirán su vida.

De alguna manera, el narrador de The faithful scribe está en una situación parecida, y parecida es, también, su opción final, aunque menos estrecha, menos radical que la de Kumar: abrazar la tradición. Escoger no dar la espalda a lo que conforma su ADN social, el de sus padres y el de sus ancestros. Dicho de otra forma: tratar de entender. Y la obra (porque no sé si llamarla novela o ensayo) es una forma que encuentra, utilizando las herramientas expresivas del periodista, de tratar de que otros compartan esa experiencia de conocimiento.

La, por así decirlo, disculpa del libro es contar la historia de dos troncos familiares: el tronco Mufti, que es el paterno del autor; y el tronzo Qazi, que es el materno. Ambos troncos sugieren la existencia, en el árbol genealógico de la familia, de elementos de cierta importancia, pues ambas palabras sugieren que, en el algún momento, dentro de esa familia fueron realizadas labores relacionadas con el conocimiento, y la aplicación, de la ley coránica. Y así es. Shahan Mufti acabará por encontrar en el seno de su familia documentación precisa, realizada por un antepasado materno en algún momento de la segunda mitad del siglo XIX, que traza la historia de su familia hasta Omar, el de la mezquita; o sea, uno de los lugartenientes del propio Mahoma.

Pero el relato de Mufti es el típico relato en el que aparece un segundo protagonista que se convierte, poco a poco, en el primero. Y ese protagonista es Pakistán. Un país, verdaderamente, del que todos aquellos humanos que somos occidentales sabemos poco, y ese reproche está, o así me lo parece, debajo de la decisión del autor de escribir este libro. Porque la intención del autor, confesada desde la primera línea de la introducción, es convencer a un lector totalmente ajeno a la realidad pakistaní de que no sabe nada sobre ella y que, de alguna manera, no debería.

Al autor, hijo de pakistaníes y de hondas raíces en ese país y en esa cultura, le persigue una pregunta que, como él  mismo dice en el libro, suele iniciar casi cualquier conversación con alguien a quien acaba de conocer: Why is Pakistan such a mess? ¿Por qué es Pakistán un desastre? La verdad es que, cuando menos en mi opinión, a la hora de contestar esta pregunta, hay puntos en que el libro se queda algo corto. La expresión de los hechos está bien, pero tras la misma ha de llegar una interpretación que los asuma. Y resulta difícil encontrar la respuesta. Pero, claro, también es cierto que si alguien pudiese encontrar la clave de esta cuestión en menos de 400 páginas, probablemente Pakistan no sería tan problemático como es.

India y Pakistán son dos ejemplos bien claros de lo lejos que pueden llegar las cosas cuando todo lo que se coloca en el zurrón de las sociedades son las pasiones nacionales. El siglo XX es el siglo de los nacionalismos; nunca, en la Historia de la Humanidad, el sentimiento de pueblo, la reivindicación de la lengua, la cultura y las costumbres propias, la cosificación de el otro y la alimentación del odio al mismo, ha llegado tan lejos y ha provocado abortos más contrahechos. Siempre, cuando se piensa en los «fallos de mercado» del nacionalismo se sacan a pasear los fascismos europeos de la primera mitad del siglo; pero ésa es una visión westener; en buena parte, la creación de la India y de Pakistán, sobre todo si la vemos con una cierta mirada de largo plazo, deja muy chiquitas las violencias hitlerianas.

Shahan Mufti tiene toda la razón cuando insinúa más que afirma (si algún día lee esto, desde aquí le animamos a abordar una obra sobre esta materia) que el gran culpable de que el Indostán sea such a mess es de los británicos. Paul Scott también deja resbalar a menudo esta idea en sus libros. Londres considera la India la joya de su corona, y las joyas no se tocan. En India, como es lógico tratándose de un territorio tan grande y tan de paso hacia muchos sitios, han chocado multitud de placas tectónicas sociales, cuya principal seña de identidad (pero no la única) es la religión. Londres nunca tuvo el menor interés de gestionar eso y, para cuando llegó el momento de la independencia, agotado como estaba el país por dos guerras casi seguidas, no tenía más intención que asegurarse la constitución de una Commonwealth. En consecuencia, los indostánicos fueron dejados a su suerte a la hora de diseñar su independencia, y esto es algo que termina a hostias más del 90% de las veces. La partición de la India fue un proceso caótico, injusto para centenares de miles, si no millones de personas, absurdo como pocos (ahí está la creación de Pakistán como un país con dos territorios separados por un mundo petado de enemigos) y que, para colmo, fue gestionado por unos políticos metropolitanos que estaban a otras cosas y unos políticos locales de acendrada mediocridad. Ya sé que mola mucho hablar bien de Ghandi, pero Ghandi no era el elemento más importante de la ecuación india; como lo demuestra, entre otras cosas, que otros políticos y políticas, en su futuro, y portando su apellido, su memoria y sus presuntas enseñanzas, hayan cometido desafueros sin fin. Por el lado musulmán, por mucho que Shahan Mufti despliegue valoraciones cuando menos tibiamente positivas hacia Mohamed Alí Jinnah, la verdad es que Jinnah era un político demasiado apasionado, de miras muy cortas y escasísima cintura (es muy conocida la anécdota de que, cuando fue a visitar oficialmente al virrey Mountbatten por primera vez, memorizó un requiebro diplomático: suponiendo que, en la foto oficial, la mujer de Mountbatten sería situada en el centro, decidió decir: «una rosa entre dos espinas». Cuando llegó el momento, el virrey, por deferencia diplomática, se obstinó en colocar a Jinnah en el centro de la foto... y el líder musulmán soltó, de todas formas, la frase aprendida).

Alí Jinnah, Pandit Nehru y Clement Attle, ninguno de los cuales puede exhibir una inteligencia política fuera de lo común, aceptaron, promovieron o soportaron una solución para la independencia del Indostán que sabían iba a provocar muchos conflictos. Es de imaginar que no pensaban que tantos muertos como provocó (que no son sólo los muertos; es cómo murieron muchos de ellos, sufriendo la extracción en vida de los ojos, o, las mujeres, viendo cortados sus pechos), pero no pueden decir, ante el juicio de la Historia, que todo lo que ocurrió como consecuencia de una partición en buena medida arbitraria y, sobre todo, provocadora del exilio masivo de pueblos enteros cuyo odio recíproco fue sobradamente alimentado por ellos en su retórica demagógica, no iba a terminar como terminó. Porque cuando uno comienza a darle boleta al discurso tipo Calcuta ens roba sabe cómo lo comienza, pero no sabe cómo lo termina.

La independencia del Indostán, al fin y a la postre, ocurrió como si hubiese sido diseñada por el tipo de gentes que ahora mismo hacen comentarios en internet a los artículos o posts que tratan del tema catalán. Este tipo de gentes que ven soluciones tipo taxista («yo esto lo arreglaba en cinco minutos»), porque para ellos todo se reduce a encumbrar sus ideas y proscribir las de El Otro. Un proceso que brilla en la Historia como un faro de color rojo. Muy rojo.

El libro de Mufti, sin embargo, comienza bastante más tarde. Comienza en la boda de sus padres, que se celebra entre un coro de sirenas de alarma de bombardeo, porque tiene la desgracia de producirse el primer día del comienzo de hostilidades en una de las guerras entre India y Pakistán. A partir de ahí, Muftí cuenta la historia de su familia, y la Historia de Pakistán. Las dos veces que el país ha estado regulado por la familia Bhutto, y las veces en que ha estado bajo el poder militar. Las distintas evoluciones forzadas por estos estadistas. La partición del país ya partido, tras un genocidio cometido por los hoy pakistaníes contra los bengalíes o pakistaníes del Este. Y, sobre todo, el papel de los Estados Unidos como elemento regulador de la vida política del país. En estos contenidos está la esencia de la obra, cuya pretensión, como he dicho, es desplegar ante un lector más que probablemente occidental, u occidentalizado, la historia del primer experimento democrático de identidad musulmana, sus titubeantes pasos, sus marchas atrás y saltos hacia adelante, y la forma, siempre difícil, que ha tenido de gestionar su compleja situación geográfica, que implica al país, casi de forma automática, en los grandes conflictos del Oriente musulmán.

Una vez, hace cosa de dos o tres años, Tiburcio Samsa me confesó en el VIPS de Gran Vía junto a Callao, con un café en la mano, que había perdido toda esperanza de encontrar elementos creativos y de progreso en las sociedades regidas por el Islam. Ignoro si ha cambiado su punto de vista porque no se lo he preguntado nunca; pero, de alguna manera, este libro parece escrito como si Sahan Muftí hubiera estado presente en esa confesión, y pretendiese desmentirla. No hace alardes infatuados alejados de la realidad, pero sí tiene en su texto un tono reivindicativo, una forma de decir eh, oye, estoy aquí, y soy importante. El cree en la capacidad de su país, de sus casi connacionales, de crear, de evolucionar. Pero no renuncia a la tradición.

Porque ésta es la última perla que guarda el libro en sus últimos capítulos, que Muftí dedica a la investigación de su pasado familiar más remoto, a través de los trabajos previos del creyente escriba que da título a la obra, un tatarabuelo suyo por parte de madre que se preocupó de rastrear los orígenes de su linaje hasta el mentado Omar. Esa investigación es la que acaba de encadenar a Muftí a a la tradición musulmana y a la creencia de que desde el Islam se puede progresar. O sea, la gran pregunta que, de alguna forma, se hacen muchos politólogos en el mundo, y Tiburcio Samsa.

¿Tiene razón? La verdad, no lo sé, pero soy un tanto escéptico. Creo que el Islam tiene un problema grave, irresoluble, que a un occidental le sonará cáustico: no tiene Papa. Ciertamente, éste de «mi religión no tiene una cabeza sobre todas, un Mensajero de Dios vivo considerado como tal» es un argumento que, habitualmente, exhiben los musulmanes a su favor. Yo no estoy seguro de que les sea tan favorable. El Papado tiene cosas tremendas, la primera de ellas que, como es una institución de poder, no está gobernada por hombres santos, sino por políticos hábiles; y sabido es que la habilidad política y la mediocridad intelectual son cosas que correlacionan bastante, porque un hábil político debe derrochar tantas neuronas en capillas, banderías, requiebros y regates, que para cuando le toca reflexionar sobre la condición humana, el Futuro con mayúsculas o la Libertad, ya no le queda ninguna sinapsis enabled. Sin embargo, en el largo plazo, el Papado tiene una gran ventaja, y es que desbasta su religión de flecos exagerados. El Papado católico, en el último siglo más o menos, se ha llevado por delante la Teología de la Liberación, sí; pero también a los curas del Palmar y, last but not least, a la vía lefevriana, mucho más peligrosa porque corría peligro de convertirse en el Tea Party eclesial. Cuando una religión se convierte en diplomacia, lo normal es que se centre. Con todas las veleidades que se quiera, que en el caso del Papado tienden a ser conservadoras; pero quien piense que Rouco Varela ha salido de una caverna, como ya he dicho, que se lea los sermones de monseñor Lefèvfre, a ver si es capaz de adivinar el siglo en que fueron escritos.

Los budistas no tienen autoridad religiosa (es un error, al parecer, considerar al Dalai Lama como tal), pero no la necesitan. Como una vez me decía una amiga budista, si un ejército de creyentes en el Gran Vehículo, el body de Chita y todas esas cosas, invadiese un país en defensa de su religión, ¿qué haría con el pueblo conquistado: obligarle a meditar? Los judíos tampoco tienen autoridad religiosa, pero están todos razonablemente de acuerdo porque sus chiítas, esto es los cristianos, ya no son propiamente judíos. Son los musulmanes, a mi modo de ver, los que, careciendo de una autoridad religiosa, más la necesitan. Lo más parecido que ha habido a esto en los últimos tiempos ha sido el ayatollah Jomeini; pero Jomeini gobernaba un pueblo en plena revolución. Si hubiera tenido la responsabilidad de elaborar un discurso que no sólo le hiciese pandán a los persas sino también a los indonesios, a los sauditas, a los musulmanes europeos, norteamericanos y de Islandia, probablemente no podría decir las cosas que dijo.

El problema de las fatwas del Islam es, precisamente, lo que los musulmanes más aprecian de ellas: su carácter habitualmente localista. Católico quiere decir universal y, de alguna manera, el Islam tiene el problema de que su catolicidad es más que relativa. Si aun existiendo una autoridad católica, los católicos nos hemos arreado de leches más de una vez y más de diez, sin catolicidad ya no existe traba alguna para que creyentes en Alá libios, sirios, palestinos, afganos, iraquíes, egipcios, por supuesto pakistaníes  y lo que se tercie, agarren en el canasto de las chufas y se den hasta en el cielo de la boca.

Hechas estas apreciaciones, que son mías, lo cierto es que en el libro de Muftí cabe esperar encontrar otras. Es muy de agradecer el tono positivo con que el autor trata su entorno, porque ayuda a comprenderlo. Eso sí, echa mano, de cuando en cuando, de mantras un tanto manidos ya, como éste muy célebre de que en la España premedieval, musulmanes, cristianos y judíos vivían en un Sangri-la de paz y cascada de colores, que es una idea que, la verdad, ya, más que oler, apesta.

Creo que el libro es recomendable para todo aquel lector que sea curioso, le de gusto aquello de prick up your ears, y no conozca ni la Historia ni la circunstancia presente de Pakistán. Aprenderá mucho leyéndolo.