lunes, septiembre 09, 2013

Lo mejor que nos podía pasar

Nos ha pasado lo mejor que nos podía pasar. De verdad. Los Juegos Olímpicos no son ningún negocio. De hecho, no lo es ninguna competición deportiva de altura mundial. De la Copa América, en su momento, se dijo que reportaba muchos más beneficios que unas olimpiadas porque sus aficionados y practicantes son todos pijos y forrados de pasta; y, la verdad, no parece que para Valencia haya un antes y un después de la Copa América. Los Juegos Olímpicos, más o menos hasta México o Munich, fueron básicamente el sueño del barón Pierre de Coubertin, y tal (bueno, también fueron el sueño de Hitler y otros; pero no nos vamos a poner estupendos). A partir de Montreal, sin embargo, fueron abducidos por dos cosas. La primera de ellas fue la política, porque las Olimpiadas se convirtieron en una especie de anexo a la guerra de Vietnam, sólo que sin armas. La segunda fue el negocio. El olimpismo comenzó a concebirse como un negocio, como una teórica máquina de hacer dinero que reclamaba su parte por ponerse en marcha; esto, que ya era perceptible en los últimos setenta, se convirtió en la norma con la llegada a la presidencia del COI del español José Antonio Samaranch quien, de hecho, fue contratado para acabar convirtiendo los JJOO en una NBA o en una Fórmula 1 a lo bestia. Lugares, pues, donde lo menos importante es que gane el mejor o que la gente vaya altius, citius, fortius y bla, sino que haya mogollón de espectadores sentados frente al televisor en el que, en los ínterin, les van a meter publicidad a cojón de pato el segundo. La quintaesencia del espíritu olímpico moderno es Sergei Bubka, aquel pertiguista ucraniano que se paseaba por las competiciones de la Golden Gala y sólo batía el récord del mundo de la especialidad (un centímetro más...) si le pagaban para ello. Eso es el deporte de elite moderno: una almoneda, con reglas de almoneda. ¿Qué cuáles son las reglas de la almoneda? Pues, fundamentalmente, una: el que quiera culo, que se moje el peces. O, dicho de otra forma: para sacar pasta, antes tienes que poner pasta. Y, como la oferta es ganar mucha pasta, con las mismas tienes que poner, antes, mucha pasta. Lo cual convierte la apuesta de organizar unos juegos olímpicos en una apuesta extraordinariamente arriesgada.

Hay cosas de las que nunca o casi nunca se habla. Por ejemplo, la amortización. De toda la vida, cuando creas un activo de tu propiedad, tienes que provisionar, año a año, su depreciación, para que tu balance siga mostrando tu situación patrimonial verdadera. El principio de que dentro de los costes de una inversión hay que incluir la amortización de los activos adquiridos o creados es de libro. Cuando se hacen las cuentas de muchos proyectos de infraestructuras, este tema de amortización se suele preterir con elegancia. Nosotros mismos, los españoles, cuando montamos nuestra primera, absurda, línea de alta velocidad Madrid-Sevilla (para fomentar, se dijo entonces, el eje de transporte Madrid-Lisboa que, a día de hoy, y han pasado veinte años, ni está ni se le espera), comenzamos a defendernos al poco de comenzar a circular los trenes afirmando que «la línea era rentable». Esa rentabilidad se conseguía obviando la amortización de toda la infraestructura, que se le encalomaba a la caja común de la pasta pública, y a otra cosa. El mismo truco del almendruco, esto es no contabilizar la amortización de las inversiones, es el que sirve para presentar estos presupuestos en negro de las Olimpiadas. O del Fórum de las Culturas. O de la Expo mañica, o.... Pongamos por caso: montamos una Exposición Internacional en Viveiro, provincia de Lugo. Allí, junto al mar y tal y tumba. Prevemos que van a venir visitantes que multiplicarán la población de Viveiro por diez, y la habitual carga de turistas veraniegos, que la hay, por tres. Eso quiere decir que hay que construir hoteles, y que hay que renovar la estructura de distribución de agua, porque, caso contrario, el día que haya diez veces la población de Viveiro intentando beber, no saldrá nada por el grifo. Pues bien: luego, cuando se hacen las cuentas, se incluye en el beneficio la actividad hotelera, sobre todo los puestos de trabajo de los nuevos hoteles, pero nunca la amortización de los mismos. Y, por supuesto, de la amortización de la nueva red de distribución de agua, que Viveiro no necesitaba antes de la Expo y que si no se hubiese celebrado ésta nunca habría tenido que construir, ya ni hablamos. Todo eso, sin mencionar que, a menos que los visitantes de la Expo se queden prendados de la costa de A Mariña, al año siguiente no volverán, con lo que los hoteles por encima de la capacidad turística estructural de la zona acabarán cerrando (sin haberse terminado de amortizar, por cierto).

Así se construyen las enormes cifras de beneficio de las Olimpiadas.

Pero es que, además, a veces ni siquiera maquillando los datos, las Olimpiadas consiguen dar beneficios. Hay juegos, como Pekín o Moscú, de los que poco sabemos, más bien nada. De otros sabemos que fueron sonoros fracasos; que se puede perder pasta con unas Olimpiadas, incluso cuando se celebran en fecha tan señalada como su centenario. Que los griegos, que son tan desorganizadillos, pierdan dinero organizando unos Juegos Olímpicos, se podría llegar a entender. Pero es que ésa es una trampa en la que también han caído gentes más serias (bastante más serias que nosotros, sin ir más lejos) como los canadienses.

Hay que entender, también, aunque sea una perogrullada, que las candidaturas a ser sede olímpica no son de los países, sino de las ciudades. La carga impositiva general puede ayudar y ayuda; pero quien carga con la mayor parte del esfuerzo es el colectivo de residentes en la ciudad de que se trate, que son quienes han de financiar el esfuerzo. Y Madrid, a día de hoy, es la ciudad más endeudada de España y puede que de Europa. Alberto Ruiz Gallardón, el padre de este proyecto, nunca entendió, a mi modo de ver, algo que se puede formular de la siguiente manera: o se soterra la M-30, o se organizan unos Juegos Olímpicos; pero las dos cosas no pueden ser; la goma no da para tanto. En realidad, claro, es que Gallardón pensaba que con el soterramiento de la autopista urbana iba a generar una operación inmobiliaria de dimensiones poceras seseñeras que se lo iba a financiar todo a base de cesiones de suelo al municipio y bla. Pero se le pinchó la burbuja. Eso sí, no se entiende cómo es posible que, tras ese tremendo pinchazo, que está provocando que por las costas de España se estén colgando ya anuncios pilotados por la Sareb de pisos que se ofrecen hoy por la mitad que hace apenas dos años; tras este pinchazo, digo, se nos sigan vendiendo las virtudes de la Olimpiada, cuando éstas se basan, básicamente, en ese modelo que nos ha fallado. El error de presentarse a las del 2016 todavía tenía un pase. Pero sostenella y no enmendalla para el 2020 es, verdaderamente, preagónico, y viene a demostrar que, muy a menudo, el despacho de trabajo del gobernante, más que un lugar de gestión, es una burbuja de inmunodeprimido.

De habérsenos concedido los Juegos, antes de su celebración, tal es mi convencimiento, la tasa de basuras, el impuesto de bienes inmuebles y todo lo demás, habrían comenzado a subir. Para no bajar ya nunca, porque sabido es que toda unidad de cuenta monetaria en el bolsillo del particular, sometida a la impulsión de un sistema tributario, experimenta un movimiento centrífugo uniformemente acelerado. Como los precios y como otras muchas cosas.

Lo que nos toca ahora es concentrarnos en pagar lo de que debemos, no en adquirir nuevas deudas. Manda huevos que haya tenido que ser una asamblea de millonarios de dudosa moralidad económica quien nos lo haya hecho ver.

Hay, a mi modo de ver, razones palmarias para explicar por qué nos han dado boleta a las primeras de cambio, cuando resulta que íbamos a ganar sin bajarnos de la limusina, y tal. Hace cuatro años nuestro problema era la seguridad (el terrorismo) y esta vez mucha gente decía que, como eso estaba solucionado, ese adalid del trabajo bien hecho y el pan sudado con la frente propia llamado Alberto de Mónaco tendría que callarse y ya no había problema. Dudoso. Madrid es una ciudad en la que hace muy poco tiempo unas adolescentes han muerto aplastadas en un acto multitudinario que, al lado de los que se montan en unas Olimpiadas, es una reunión de cuatro matados. Todo el mundo que ha querido ha podido escuchar la repugnante grabación en la que un empleado municipal le dice a una comunicante desesperada que se lo tiene que currar y arrastrar el cadáver mobibundo de su amiga 300 metros para que lo recoja una ambulancia. A lo mejor hay quien se piensa que como eso pasa en español, la gente en Suiza no se entera. Se equivocan. En realidad, en Suiza y en otros países, el alcalde habría dimitido la misma noche de las muertes y si, por una casualidad de la vida, hubiese sobrevivido en el puesto hasta la difusión de la dicha grabación, lo habría hecho entonces. Si la candidatura de Madrid podría haber tenido alguna posibilidad por este flanco habría sido si la responsable de aquel desaguisado no hubiese estado presente en Buenos Aires. Ya bastante problema es que en España seamos tan diferentes que en una de nuestras tres ciudades internacionales (Madrid, Barcelona, Sevilla) tengamos un alcalde que todo lo que puede hacer si un día visita la ciudad Stephen Hawking, o Jimmy Carter, o o Richard Gere, es invitarle a tomarse a relaxing cup of café con leche in the Plaza Mayor. Pero es que, además, si ese líder, o lideresa, iletrada, es responsable de unos hechos que levantan serias sospechas de que en Madrid sepamos manejar multitudes, y aun así nos pegamos a la poltrona con Super Glue, pues para qué queremos más.

Otra cosa que ha pasado recientemente en España es que se ha sentado en el banquillo a unos señores que eran dopadores industriales, que sometían, cuando menos desde hace once años, la sangre de deportistas a procesos de refurbishment acompañados de barra libre de eritopoietina, hormonas, testosterona e insulina; que costó un huevo encausarlos, porque los juzgados se hicieron los orejas; y que las condenas finales dejaron bastante claro que, en España, intentar ganar por la vía anabolizante sale barato de cojones. Ya pueden decir misa ortodoxa en griego los sucesivos secretarios de Estado para el deporte, que España no por ello dejará de ser una plaza sospechosa para el deporte de la jeringuilla. Y ahora mismo el COI sabe que lo único que le podría poner el momio en peligro es que el dopaje se cargase el sueño olímpico. En su presentación, Tokio se aprestó a decir dos cosas: una, que no hay radiación en Tokio; otra, que nunca ningún atleta japonés ha dado positivo en un control antidoping. Es lo que hay y, también, es lo que no hay.

Hay, de todas formas, un grupo, digamos, social, que en este tema de la candidatura de Madrid ha quedado como el ass: los medios de comunicación y los periodistas. Vale que el periodismo deportivo no es, precisamente, de los más clarividentes que existen. Como es práctica común en el periodismo español colocar a un tipo del Atleti a seguir al Atleti, a otro del Madrid a seguir al Madrid, etc., la capacidad de discernimiento del periodista medio es muy limitada (imagínese un medio de comunicación que fichase a un contertulio de El gato al agua para seguir al PP, a otro de Al Rojo Vivo para seguir al PSOE y a IU, a otro de la TV3 para seguir a CiU... Pues eso mismo es el periodismo deportivo español). Si a eso le unimos que todos los grandes grupos de comunicación españoles, que tienen alguna que otra esperanza porque  RTVE ha tenido experiencias muy poco edificantes recientemente (como los juegos de Pekín, que le costaron un Congo y de audiencia tampoco fueron como para emocionarse), nos hemos encontrado con un periodismo acrítico que ni siquiera se ha hecho ni media pregunta sobre la escandalosa afirmación, escandalosa por no decir goebbelsianamente manipuladora, de que el 91% de los españoles apoyaban los juegos. Todo ha sido consenso, cascada de colores y apoyo oficial obligado. Ni en las mejores dictaduras.

Back to basics. Invertir se reduce siempre a lo mismo: a detectar que las expectativas racionales de beneficio superan a los riesgos asumidos. Los Juegos Olímpicos hace ya muchos años que no cumplen con esta condición, pero el extraño prestigio del Comité Olímpico (extraño porque ahí está la lista de sus miembros conspicuos; échesele un vistazo al histórico del Comité Olímpico Español, y no hay que remontarse mucho...) hace que todavía haya ciudades pollas que sigan mordiendo la manzana. Será, supongo yo, porque los representantes públicos, que son siempre los que lo comienzan, son como ese Gran Capitán al que acusaron de hacer planes contando con aportaciones que no eran suyas. Lo que de toda la vida se ha llamado, en español, tirar con pólvora del Rey.

Bien está lo que se acaba. Porque ésa es otra: a ver si se acaba ya de una vez.