jueves, enero 31, 2013

La gran divergencia (y 2)

Karl Jaspers afirmó en 1949 que entre el 900 y el 200 a.C. la espiritualidad humana sufrió un cambio radical. Fue en ese período cuando surgieron el confucianismo, el taoísmo, el budismo, el jainismo, el hinduismo de los upanishads, el judaísmo y el racionalismo griego. Apareció una nueva espiritualidad que valoraba más la compasión y que colocaba a la moralidad en el centro de la vida espiritual, por encima del ritual. La nueva idea de la divinidad era más inefable y trascendente. Denominó a ese período la Era Axial.


Evidentemente Watson tiene explicación para esto: las invasiones, guerras y destrucción que acompañaron el paso de la Edad de Bronce a la Edad de Hierro. El origen último de estas guerras está en la desertización de las estepas que forzó a los nómadas a buscar alternativas para sobrevivir. Aunque es cierto que entre el 900 y el 200 a.C. hubo cambios muy importantes en la espiritualidad humana, ¿es lícito verlos interconectados y relacionados con las destrucciones que supuestamente se dieron entonces? La vida de Buda transcurrió en una India cuya vida política no era demasiado excitante. La evolución de los upanishad tomó varios siglos y no todos estuvieron marcados por guerras y masacres. El taoísmo evolucionó a partir del chamanismo original de los chinos, y sí, es cierto que adquirió una nueva dimensión con Lao-tsé (si es que existió), Chuang-tsé y Lie-zi, que vivieron en la época de los Reinos Combatientes. El racionalismo griego apareció cuando hacía bastante tiempo que lo peor de las guerras y destrucciones en el mundo griego había terminado.

En contraposición al Viejo Mundo, el Nuevo Mundo nunca transcendió el chamanismo. Por un lado, al no haber desarrollado una agricultura cerealista como la del Viejo Mundo, no aparecieron los cultos a la fecundidad. Por otro, en el Nuevo Mundo se siguió recurriendo a las plantas alucinógenas que reforzaban las experiencias chamánicas. En cambio, en el Viejo Mundo, las plantas alucinógenas dieron paso al alcohol. O al menos eso afirma Watson.

Watson, que tiene explicación para todo, afirma que el papel de los chamanes empezó a ser asumido por los jefes de clan. El alcohol, como sustancia que invita a la confraternización, resultaba más adecuado en el nuevo contexto que los alucinógenos que provocan experiencias más individuales. Por otra parte, “…los caballos eran caros y precisaban de atentos cuidados, sin los cuales podían ser peligrosos. Puede que en tales circunstancias el uso de sustancias psicoactivas potentes como el opio y el cannabis no fuera ya aconsejable. Y, más bien, como veremos enseguida, lo que las sustituyó fue el alcohol, más suave…” Lo de más suave me lo cuentas después de tres tequilas. Por otra parte, no creo que resulte mucho más aconsejable ocuparse de un caballo estando bebido que fumado. Tal vez no haya explicación a esta suplantación de los alucinógenos por el alcohol. Lo mismo fue que el alcohol se puso de moda.

Hay un momento en el que confluyen sus ganas de explicarlo todo con el copipego acrítico del autor que más se ajusta a sus tesis y tenemos párrafos como éste:

Su opinión (la de Daniel Hillel, un hidrólogo y edafólogo israelí) es la siguiente: “Como los hebreos eran pastores que vivían y ocupaban varios hábitats ecológicos, estaban en condiciones inmejorables para percibir la unidad global del conjunto de la creación, un principio central en el monoteísmo.” Eso también les llevó a hacer confluir las diferentes “fuerzas de la naturaleza” deificadas en una sola “fuerza natural”. Al mismo tiempo, un grupo heterogéneo de tribus se unió para formar una nación cohesionada, lo que reforzó la idea del monoteísmo. Otro factor añadido fue que los sacrificios infantiles y animales no habían servido para evitar las desgracias del pueblo judío, lo que motivó un cambio en su manera de pensar y, con el tiempo, Yahvé acabaría diciéndoles que no necesitaba sacrificios.”

El párrafo está tan traído por los pelos y hace tantas asunciones gratuitas que casi da pena atacarlo. Para empezar, ¿tan diferentes eran los hábitats ecológicos de los judíos comparados con los de los arameos, los amorreos o los edomitas para que aquellos desarrollaran el monoteísmo y éstos no? Quechuas y aymaras explotaban nichos ecológicos muy variados que iban desde el altiplano a 4.000 metros de altura hasta los valles tropicales a 1.000 metros y no llegaron a percibir esa “unidad global del conjunto de la creación”.

En cuanto a la idea de que la cohesión de varias tribus heterogéneas en una sola nación refuerce la idea del monoteísmo… esa cohesión se dio en el caso de los romanos, por poner un ejemplo, y siguieron creyendo en un montón de dioses.

¿Y lo de los sacrificios? A los aztecas tampoco les funcionaron en el último cuarto del siglo XV, cuando hubo más fenómenos volcánicos y sísmicos que de costumbre, y su respuesta fue ponerse a sacrificar en andante sostenido. Otros pueblos fueron cesando gradualmente los sacrificios, sin desembocar en el monoteísmo.

Finalmente, leyendo el texto da la impresión de que Hillel hace remontar el monoteísmo hebreo al tiempo en que eran nómadas, antes de instalarse en Palestina. El desarrollo del monoteísmo fue un proceso muy largo y sólo cobró fuerza y terminó imponiéndose cuando los hebreos se habían sedentarizado y hecho agricultores.

Todos estos errores y asunciones gratuitas no importarían si Watson las examinase críticamente. Por desgracia, no lo hace. Dedica dos páginas y media a parafrasear a Hillel. Uno tiene la impresión de que resulta una cómoda manera de salir del paso en su búsqueda de causalidades.

En su búsqueda de una razón para todo, hay momentos en los que Watson roza el ridículo. Así, la manera en la que explica el belicismo de las ciudades mesoamericanas. En los cultos de la fertilidad, los rituales funcionan. Uno entierra una semilla, reza a los dioses y al año siguiente tendrá una espiga e incluso puede que tenga una cosecha abundante, lo que demostrará que el ritual fue realmente eficaz. El ciclo natural favorece al ritual, haciendo que parezca más eficaz de lo que es. Cuando con el ritual uno pretende calmar la furia de los volcanes o los terremotos, la cosa cambia. Los volcanes y los terremotos son realmente impredecibles y no hay ritual que asegure nada. Nuevamente Watson encuentra un autor con una explicación al que copipegar:

En las civilizaciones mixtecas y zapotecas, según Richard Blanton, subyacía un vínculo íntimo entre la religión y la guerra. Con el paso del tiempo, las élites de esas sociedades adoptaron un papel religioso cada vez más poderoso, en el que manipulaban la ideología, en particular el fomento de “conflictos intergubernamentales”. Esta guerra aumentaba la cohesión de sus comunidades y brindaba oportunidades para un pago de tributos cada vez mayor. Pero, según Blanton, el principal propósito de la religión era el fomento del conflicto- la guerra-, ya que legitimaba el control de los rituales por parte de la élite y mantenía el estatus de esta.

Cabe preguntarse por qué era necesario todo esto: la guerra constante era, sin duda alguna, una estrategia de alto riesgo. Una respuesta es que la guerra constituía una amenaza que la élite podía manipular, al menos hasta cierto punto. Por el contrario, las amenazas de la naturaleza, esto es, las amenazas “sobrenaturales”- relámpago, lluvias torrenciales, vientos huracanados, terremotos y volcanes- no podían predecirse ni controlarse. En semejante escenario, el estatus de la élite como especialistas en rituales y calendarios correría peligro de vez en cuando porque sus métodos, fuesen cuales, no funcionaban. Al “ver” amenazas en otros grupos políticos, la élite podía reafirmarse y contrarrestar cualquier tendencia a cuestionar su autoridad por parte de los segmentos no pertenecientes a las clases altas…”

El segundo párrafo lo encuentro un poco confuso y mal redactado. Me parece que ahí Watson al copipegar se dejó alguna frase clave del texto original.

Otro ejemplo de “totum revolutum”, que es la manera fina de llamar a las pajas mentales cuando se las hace un erudito:

… la teología- tal como la entendemos en el mundo moderno- sólo puede existir cuando el ser humano acepta que solo hay un Dios y que Él (siempre es varón) es una criatura racional, tal como entendían los griegos dicho concepto. Por lo tanto, el mundo moderno- el mundo que descubrió las Américas- sólo es posible en un entorno en que el racionalismo clásico griego es sustituido por un concepto cristiano de un Dios racional.

Rodney Stara expone este argumento de manera tajante en su reciente libro “The Victory of Reason: How Christianity Led to Freedom, Capitalism and Western Success” (2005). El autor empieza aseverando que los dioses del politeísmo “no pueden sostener la teología porque son demasiado inconsecuentes. De hecho, la teología no puede existir a menos que aceptemos que Dios es consciente y racional, un ser sobrenatural con poderes y alcance ilimitados “que se preocupa por los seres humanos y les impone códigos morales y responsabilidades”. Solo de este modo se pueden formular preguntas acerca de la existencia del pecado o de cómo obtiene el alma un niño (Aristóteles, pagano y politeísta, sí que se pudo formular la pregunta sobre cómo obtenían el alma los niños). Stark confiere más fuerza a su argumento al señalar que no existen teólogos en Oriente (pregunta malévola: ¿no será que en Oriente no existen teólogos porque allí no existe la idea de un Dios personal?). El taoísmo, el confucianismo y el budismo, por ejemplo, inventan  el “camino” o “nirvana”, pero son fenómenos poco satisfactorios; podríamos meditar “indefinidamente” sobre esta esencia, pero no hay mucho que razonar (¡menuda empanada mental lleva! Le da lo mismo decir “camino” que “nirvana”. Y tampoco se ha enterado de qué va la meditación. La meditación quiere aprehender un tipo de ver la realidad al que la sola razón no puede llegar. O sea, que por definición en la meditación no hay mucho que razonar), mientras que en Occidente, como dice David Lindberg, Dios es el arquetipo de la razón. Ernest Gellner coincide con esta apreciación, y añade que, aunque el desarrollo de lo trascendental fue una etapa completamente nueva en el pensamiento humano, necesita una figura como Jesús, una intervención divina en la historia, porque “el hombre puede temer a un gran dios, pero no temerá a un gran concepto… las abstracciones no inspiran temor.” Este es el papel de los milagros, mucho más importantes en el cristianismo que en otras religiones, como también lo es el libre albedrío. (Las últimas cuatro líneas no tienen desperdicio: Dios interviene en la Historia, algo que puede decir un teólogo, pero que nunca debería decir un historiador; habla del temor… ¿a santo de qué? No acabo de entender lo que hace el temor aquí. Y luego la chorradita de sobre los milagros. O sea, que el párrafo empieza hablando de la razón que nos trajo el cristianismo y termina mencionando la importancia de los milagros).

La idea de que Dios nos ha otorgado el libre albedrío solo aparece en la cristiandad, empezando por San Agustín en el siglo V…(Justo todo lo contrario. San Agustín pensaba que nuestra naturaleza está tan teñida por el pecado original, que tendemos indefectiblemente al mal, a menos que la gracia divina venga en nuestra ayuda. Creo más justo definir la posición de san Agustín como “libre albedrío muy matizado”).

Pocas veces me he lanzado sobre un libro con más entusiasmo y pocas veces he salido más decepcionado. Si a algún masoquista le interesa, regalo mi ejemplar.