miércoles, enero 30, 2013

La gran divergencia (1)


Una vez más, interviene en este blog, como profesor visitante, Tiburcio Samsa, quien en su propio blog está publicando hoy y mañana este post geminado, en el que hace notaría de una lectura interesante, aunque un poco decepcionante. 

Os dejo con él y con La gran divergencia, by Tiburcio Samsa.

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La geografía y el clima hicieron un experimento muy interesante con los seres humanos. Los dividieron en dos grupos y los pusieron a evolucionar por separado durante 15.000 años en ambientes muy distintos, a ver lo que salía. El relato de este experimento es lo que cuenta Peter Watson en “La gran divergencia”.


Hace entre 18.000 y 14.000 años, la última glaciación bajó el nivel del mar y los 82 kilómetros que separan Alaska de Siberia fueron transitables. En ese momento, un grupo de cazadores siberianos cruzaron al otro lado y descubrieron América de verdad, no como Cristóbal Colón.

Watson subraya todo lo que hace que las Américas difieran del Viejo Mundo y que sería determinante para la evolución de los humanos allí. La principal diferencia es la ausencia de mamíferos domesticables con excepción de la llama. Incluso como animal doméstico, la llama deja mucho que desear: su hábitat es reducido, no puede tirar de un arado, no produce leche y como animal de carga no soporta más allá de unos 40 kilos, es decir, poco más de lo que aguanta un hombre corpulento. La ausencia de caballos determinó además que en América no surgiera el pastoreo nómada, que tanta influencia tuvo en la Historia del Viejo Mundo.

La única ventaja de esta ausencia de mamíferos domesticables es que, al no convivir con ellos, el hombre se libró de los patógenos que saltan entre las especies y que sí que afectaron al hombre en el Viejo Mundo. El precio a pagar fue que cuando llegaron los europeos, los americanos no estaban inmunizados contra las enfermedades que traían.

Otra diferencia se refiere al mundo vegetal. Los cereales del Viejo Mundo fueron más fácilmente domesticables que los del Nuevo. El maíz necesitó de muchas más mutaciones genéticas para llegar a su forma actual a partir de su ancestro. La patata, por su parte, requiere una manera de cultivo que no conduce, al menos según Watson, a la construcción de grandes sociedades complejas. Todo lo que necesita el campesino es hacer un agujero en la tierra con un palo para echar la semilla. No hacen falta grandes obras que exijan mucha cooperación. En una cosa, en cambio, las Américas ganaban al Viejo Mundo: en plantas alucinógenas. El 80% de las especies alucinógenas se encuentran allí. En algo nos tenían que aventajar…

El Viejo Mundo, por su estructura, fomenta los intercambios este a oeste. Existe un amplio corredor que permite los desplazamientos desde el Sudeste Asiático hasta Europa pasando por Oriente Próximo. La estructura de las Américas, en cambio, hace que los intercambios sean norte-sur con un importante cuello de botella en Centroamérica. Para las especies es más fácil emigrar sin cambiar de paralelo que si tienen que atravesar varios.

Climatológicamente sus condiciones también fueron muy distintas. Desde el 8.000 a.C. el Viejo Mundo ha tenido que hacer frente a una pérdida de fuerza del monzón y, por tanto, a una mayor sequedad. En el Nuevo Mundo, en cambio, la tendencia ha sido a un incremento del fenómeno de El Niño, que puede ser devastador y que ha pasado de una frecuencia de una o dos veces por siglo a ocurrir cada pocos años.

Otra diferencia clave es que los terremotos y los volcanes son mucho más importantes en la costa pacífica americana que en el Viejo Mundo. Watson defiende que esto fue uno de los factores que hicieron que las religiones del Nuevo Mundo, sobre todo las mesoamericanas, fueran más apocalípticas.

El planteamiento del libro es interesante y la presentación de las premisas atractiva. Pero a partir de aquí Watson la empieza a cagar. Watson es de los que piensa que todo tiene una causa y que los humanos están determinados completamente por su medio. Casi casi, dime cuánto llueve en tu localidad y te diré si eres ateo. A lo largo de la obra, Watson aporta comentarios de especialistas que apoyan sus tesis sobre cómo fueron evolucionando los dos hemisferios y uno tiene la impresión de que va copipegando del experto que apoya lo que quiere demostrarnos y que obvia los debates que pueda haber en la disciplina.

Básicamente Watson defiende que la Humanidad, en el momento de la gran separación, era chamanista. A partir de ahí, el pensamiento religioso siguió vías divergentes en ambos hemisferios. En el Viejo Mundo, el chamanismo dio paso a cultos de la fertilidad cuando la agricultura se desarrolló. Los cultos de la fertilidad supusieron que por primera vez la Humanidad adoró a entidades abstractas y no a espíritus animales. La Edad de Bronce, en torno al 3.000 a.C., trajo cambios religiosos fundamentales: la Gran Diosa, culto de la fertilidad, pierde importancia frente a los dioses del cielo y de la guerra. Transcribiré el relato que hace de esta transición porque ejemplifica muy bien la manera en que Watson explica las cosas: todo está determinado y todo es explicable. El azar no existe.

Los dioses masculinos empezaron a cobrar más importancia desde mediados de la Edad de Bronce (2200-1550 a.C.): en la vida urbana, al contrario que la vida en las aldeas, y en unos Estados cada vez mayores con territorios lejanos en los que era necesario el transporte rodado y el carro era la máquina de guerra más eficaz, el papel del hombre era todavía más relevante, nació el concepto de “héroe”- un hombre con poderes superiores a los demás- y el carácter de los dioses cambió de forma similar. Además este desarrollo hizo que la gente fuese más individualista, y estaba basado en los valores guerreros de los pastores nómadas, quienes, al no estar arraigados en ningún lugar y no ser agricultores, rendían culto a las fuerzas imprevisibles que les importaban: las tormentas, el viento, los rayos (…) su relación con los caballos y el ganado era eminentemente de control, e incluso de dominio, lo que les incitó a separar la naturaleza de la vida humana. En la práctica, hablaríamos de la desacralización de la naturaleza. (…) Todo esto se vio subrayado por el cambio de actitud hacia la muerte que se apreció en aquella época. A causa de los conflictos y las incursiones constantes, la muerte violenta era algo mucho más habitual, la vida se consideraba poco fiable y la muerte a manos del hombre era, por primera vez, tan posible como la muerte por hambruna u otras catástrofes naturales. A la sazón, la muerte se juzgaba algo definitivo, la conclusión absoluta de la vida. La antigua idea de la muerte y el renacer, que se basaba inicialmente en la regeneración de la luna después de su “fallecimiento”, desapareció de muchos lugares…”

La explicación está tan bien hilvanada que casi hasta convence. Pero entonces uno se pregunta si el autor no estará haciendo trampas y escogiendo los hechos y creando el escenario necesario para que su tesis se sostenga.