miércoles, diciembre 12, 2012

Agincourt

Quienes hayan echado un vistazo a mi reciente artículo sobre el arco largo habrán observado que en la zona de comentarios se ha producido un debate interesante, sobre todo con un lector que firma Arauco, sobre si la importancia de esa arma ha sido o no sobrevalorada. Este debate, que yo desde luego no quisiera más que ver continuar, se ha centrado en la batalla de Agincourt, durante la llamada guerra de los cien años. El deseo de que, como digo, sigamos debatiendo, que para eso se escribe de y la Historia, me lleva a dedicarle unas notas a lo que sé de aquella batalla, que es una manera de tratar de acotar, en la medida de lo posible, la importancia que en la misma juega el famoso longbow.

Lo primero que me interesa decir de la batalla de Agincourt, de la guerra de los cien años en general, es que está situada en una bisagra cronológica. Eso de que la Edad Media terminó en 1453 es algo un tanto pollas, por mucho que no le falte parte de verdad. La Edad Media ni empezó ni terminó en un momento concreto y, en buena parte, el 25 de octubre de 1415, si no había terminado, sí cabría decir que lo estaba haciendo. El mero hecho de la guerra de los cien años en sí, es decir de un enfrentamiento que finalmente se convierte en un conflicto global a escala europea, demuestra un hecho, y es que el lento y doloroso alumbramiento de las primeras protonaciones europeas (tras el cual, en mi opinión, ya no cabe hablar de Edad Media en sentido estricto) se ha producido ya. Pero, además, nos encontramos en tiempo que, militarmente, están marcando un cambio. De alguna manera, Agincourt es un batalla ganada por quien supo entender dicho cambio mejor, y más deprisa.


Porque otra segunda cosa que hay que decir de Agincourt es que la ganó quien no debía ganarla. Los ejércitos ingleses de Enrique V eran poco numerosos, estaban agotados y, para colmo, eran presa de la disentería. Las tropas francesas eran mucho más numerosas, organizadas, y bien alimentadas. Y, sin embargo, los franceses perdieron, demostrando con ello que no siempre gana quien debe.

Aquel año de 1415 Enrique V, que ambicionaba controlar buena parte de lo que hoy es Francia, se vio espoleado a cruzar el canal con sus mesnadas ante la situación de enfrentamiento que se vivía en aquellas tierras. Desembarcó al final de la primavera y asedió la fortaleza de Harfleur, que tomó después de cinco semanas y de muchos sufrimientos, entre ellos un brote de disentería que hizo que sus tropas, literalmente, se fueran por los pantis. Para cuando logró tomar la plaza, comenzaba a hacer frío, así que decidió hibernar en Calais.

A pesar de diversas derrotas anteriores, los franceses estaban relativamente organizados, y eran más numerosos. El condestable Charles D'Albret, uno de sus generales, resolvió hacerle a los ingleses la vida imposible, para lo cual derribó puentes e inutilizó los cruces de los ríos, obligando a los invasores a dar grandes rodeos. Aunque, finalmente, los ingleses lograron cruzar el Somme en San Quintín, para cuando lo hicieron, estaban absolutamente faltos de provisiones. Fue tras el paso del río cuando se encontraron con las tropas francesas, acampadas y esperándoles. D'Albret había decidido plantarles batalla antes de llegar a Calais, puntualmente informado de que aquel ejército estaba agotado, hambriento y, para más inri, andaba, ejem, muy suelto.

La noche del 24 al 25 llovió de cojones en Agincout. Algo que a Charles le puso de muy buen humor, porque consideraba que eran los ingleses, que al fin y al cabo tenían que llegar a Calais, conseguir comida y un refugio para cuidar a sus diarreicos enfermos, los que tendrían que atacar.

La batalla planteada por los franceses fue la batalla medieval clásica: tres líneas sucesivas, las dos primeras formadas básicamente por infantes y la tercera por caballeros montados. De pasadas batallas, los caballeros habían aprendido a temer los arcos ingleses; razón por la cual incluso los caballos llevaban bardas protectoras. Francia contaba también con 3.000 ballesteros, situados detrás de la tercera línea. Demasiado lejos, pues, de los ingleses, y con demasiados franceses enmedio. Estaban allí, en parte, como consecuencia de lo ocurrido en Crézy, donde, una vez producido el caos, muchos ballesteros genoveses habían muerto pisoteados por los caballos de sus propìos aliados; lo que se dice muertes por casco amigo.

La formación francesa se completó, en ambos flancos, con sendas fuerzas de gran movilidad, de 600 hombres a caballo cada una, con las cuales los franceses esperaban dar buena cuenta de los arqueros, sabedores de que Enrique colocaría las compañías de bowmen en sus propios flancos, protegiendo a la exigua fuerza de a pie (750 hombres) con que contaba para cargar. Ambos, Charles y Enrique, sabían que la infantería inglesa era incapaz de ganar aquella batalla por sí sola.

Aquí, sin embargo, radica una de las diferencias entre ambos bandos que, en mi opinión, explica la relativa ineficiencia de los franceses.

Los francos, en efecto, estaban, aun, plenamente instalados en la Edad Media. Esto quiere decir que consideraban la guerra como un honor de gente principal; es más, eran renuentes a armar a los commoners, como les llamaban los ingleses, porque, al fin y al cabo, una vez armados, se podían volver contra ellos, y no contra el enemigo (lo cual no sería la primera vez que ocurriese, la verdad). Además, en una estricta interpretación cosmológica medieval, sentían poco respeto por quienes no eran nobles. En realidad, en las batallas medievales se mataban los nobles estrictamente necesarios; con el resto se procuraba ser clemente, porque un noble apresado vivo era todo un chollo en forma de rescate. Sin embargo, ¿quién iba a pagar por un puto arquero? Si a esto le unimos que los franceses odiaban a aquellos hombres que les habían causado tan dolorosas derrotas, entenderemos gestos como el que siguió a la recuperación de Soissons por los franceses, tras la cual 200 arqueros ingleses fueron ahorcados en fila sin piedad alguna.

Como consecuencia de todo lo dicho, los arqueros ingleses de Agincourt estaban, por así decirlo, sobre-motivados con su defensa. Se movían por el terreno llevando consigo unas estacas que, cada vez que paraban, clavaban en el suelo, inclinadas hacia delante, convirtiendo el reto de cargar contra ellos a caballo en un tema bastante espinoso.

Enrique V dispuso sus infantes en tres cuerpos y, tal y como habían previsto los franceses y dictaba la lógica, colocó los arqueros en ambos flancos de la formación. Es decir, en teoría presentó la yugular para que los franceses se la mordiesen. Pero sólo en teoría. En realidad. el ejército inglés avanzó lo justo para situarse en un punto en el que ambos flancos quedaban protegidos por sendos bosques: el de Tramcourt en el flanco derecho inglés, y el de Agincourt en el izquierdo.

Para sorpresa de los franceses, los ingleses, lejos de atacar, se pararon ahí, flanqueados por las dos masas boscosas. Cuatro horas. Sin embargo, la estrategia francesa no estaba exenta de lógica. En aquella guerra de nervios, Enrique V tuvo que terminar por reconocerse que el tiempo estaba con el enemigo, por lo que decidió avanzar.

Aquí, sin embargo es donde, con permiso de Arauco y de otros muchos que, en verdad piensan como él, las cosas cambiaron. Los ingleses avanzaron, sí; pero sólo hasta situarse a distancia de arco. En ese punto, la orden a los arqueros fue replantar las estacas, y comenzar a disparar.

Es cierto, como sostienen muchos, que los arcos largos no eran, quizá, tan efectivos como se dice. Para ello, en los tiempos actuales se han hecho muchos experimentos, usando arcos y armaduras para ver si penetran o no las flechas a diferentes distancias, y tal. Ya dejé dicho en los comentarios al anterior post que yo no creo demasiado en estos test. Podrán ser muy precisos; pero una batalla es más, mucho más, que dispararle a un dummie de paja en un fin de semana soleado. Las flechas inglesas caían a miles. Así las cosas, el hombre o animal que no estuviese adecuadamente protegido, ya sabía lo que le tocaba. Y el que sí lo estaba, aún asumiendo que las flechas disparadas, no se olvide, por hombres que en muchos casos llevaban practicando desde el día que se destetaron, seguía corriendo enormes riesgos bajo esa lluvia de flechas; sin ir más lejos, mirar hacia arriba, para verlas llegar, y que alguna le penetrase el yelmo.

A todo esto cabe añadir que la mayoría de los caballeros franceses de Agincourt habían adoptado como arma principal la espada larga y pesada que se blande con ambas manos; por lo cual, habían abandonado el escudo como elemento de su equipamiento.

Prueba de que los franceses no estaban nada cómodos en esa situación es que enviaron a las dos fuerzas de los flancos a apiolarse a los bowmen. En ambos casos, las estacas y parte de las flechas repelieron el ataque. Esto venía a suponer, por lo tanto, que el intento de evitar la lluvia de flechas sobre el centro del ataque francés había fracasado. Lo cual, es al manos mi opinión, cambió el signo estratégico de la batalla, pues Charles D'Albert, que había pensado en wait and see, se tuvo que tragar sus primeros deseos, y avanzar.

Y ahí fue donde perdió la batalla.

Había llovido de la hostia, ya lo hemos dicho. Entre franceses e ingleses, mediaban toneladas de barro. En esas condiciones nada favorables, el ejército franco comenzó a avanzar, pesadamente, mientras la lluvia de flechas continuaba. Para colmo, los caballos, ya sin dueño, de los ataques de los flancos aparecieron en sentido contrario, poniendo las cosas aun más jodidas, mientras el avance se estrechaba como de hecho lo hacía el terreno entre las masas boscosas. Un Madrid Arena bélico.

Es cierto, yo no lo niego, que Agincourt fue, al fin y a la postre, un encuentro entre infantes y caballeros; hombres de armas, en una palabra. Pero lo que también es cierto es que, para cuando los franceses llegaron a la línea inglesa, es decir el momento en que por fin pudieron olvidarse de las flechas porque los arqueros ya no podían dispararles (so riesgo de matar a sus propios compañeros); para entonces, digo, los cansados, puteados, sofocados, ya no eran los hambrientos ingleses (algunos de los cuales estaban en tan mala situación por la diarrea que combatieron desnudos de cintura para abajo, para poder cagarse libremente mientras disparaban). Eran ellos.

Los arqueros habían terminado su labor. Casi.

Ya hemos dicho que aquellos ingleses rurales, sin título y sin apellido que enseñar, sabían que eran carne de horca si caían en manos de los franceses. Su arma principal, obviamente, era el arco; pero todos llevaban un puñal, una pequeña espada, o una maza. Cuando ya no pudieron disparar, dejaron los arcos, muchos de ellos inservibles porque se les habían terminado las 48 flechas que cada uno llevaba, agarraron sus armas cortas, y se lanzaron a matar franceses. En todo caso, las crónicas son inequívocas en el sentido de que a muchos de los franceses que murieron allí no los mató, propiamente hablando, humano alguno. Los mató el barro, el agua, y el hecho, que no hay que ser ningún experto para percibir, de que la gran debilidad de un hombre con armadura es que, una vez caído al suelo, ya no se puede levantar, a menos que lo levanten. En la operación de la 101 Airborne y otras unidades durante el desembarco de Normandía, hubo paracaídistas que, a causa del enorme pecho de la mochila que llevaban, perecieron ahogados por caer lejos del objetivo, en lagunillas de apenas unos centímetros de profundidad. Hasta un niño sabe sacar la cabeza del agua cuando es muy poco profunda; pero cuando quien cae en el agua o en el barro soporta con el cuerpo un peso enorme, le puede pasar que caiga de cara al agua y, simple y llanamente, no pueda voltearla para respirar, o levantarse. A muchos caballeros franceses les ocurrió eso mismo. Imaginad, además, un paso estrecho y embarrado, en el que se empiezan a apilar los muertos. El avance, hacia delante o hacia atrás, es imposible. El destino de muchos de aquellos caballeros fue bracear inútilmente, en el suelo, hasta morir aplastados por otros como ellos, o ser encontrados por el enemigo, que acababa con ellos.

El mérito de la infantería de Enrique es también, en parte, mérito de los propios arqueros. O bien les buscaban a los franceses intersticios en la armadura para clavarles el puñal, o bien los mataban a hostias de maza. Los franceses, mientras tanto, estaban de barro hasta las rodillas, apretujados, agotados por un avance terrible y de gran tensión nerviosa (piénsese en avanzar bajo una nube de flechas que llega cada seis segundos, más o menos).

Llegó el duque de Alençon con la segunda línea francesa, pero aquello no sirvió para otra cosa que para convertir la ya apretada batalla en el Metro de Sol un viernes a las siete de la tarde. Una vez que dos tercios de la fuerza de impulso francesa habían sido vencidos, Enrique envió un heraldo a los franceses conminándoles a abandonar el campo de batalla. Los francos comenzaron a pensárselo. Sin embargo, las cosas podían haber cambiado tras la iniciativa de Isembert D'Agincourt, quien realizó un ataque a la retaguardia inglesa, desprotegida, relativamente exitoso. Sin embargo, los ingleses se volvieron muy deprisa (a base de, entre otras cosas, degollar a toda prisa a muchos prisioneros que habían hecho).

La gran pregunta de Agincourt, en mi opinión, es cómo los ballesteros tuvieron un papel tan menor. Y la única explicación, como ya he dicho al principio, es la diferente consideración del concepto "batalla" que se dio en aquel campo.

Muchas batallas medievales eran relativamente cortas (incluso menos de una hora) y también relativamente poco sangrientas. Para el batallador medieval, la diferencia entre un torneo y una batalla era bastante más pequeña de la que existe para nosotros entre una batalla y un duelo. El rey de la guerra medieval era la carga a caballo con la pica en la sobaquera, y no eran pocas las veces en las que el resultado del first strike marcaba con bastante claridad quién sería el ganador. Los caballeros franceses que se presentaron en Agincourt, y que murieron a cientos, tenían este tipo de cosa en la cabeza. Fueron allí a sostener un típico enfrentamiento medieval, una carga de caballeros contra infantes a la antigua usanza. A pesar de que Agincourt no cae del cielo y las tácticas, como queda dicho, ya llevaban tiempo cambiando, en buena parte aquellos francos seguían creyendo en un modo de batalla poco táctico; un choque de honores y brazos, de donde debiera salir ganador quien más tuviese de ambas cosas.

Sigo pensando que el elemento táctico aportado por el uso masivo de arqueros es el factor fundamental que cambia en aquella batalla; en realidad, en un conjunto de las mismas producido durante aquel siglo XV. Y cambia para siempre. Desde aquellos hechos, la guerra se complica notablemente, y se convierte en lo que al menos yo creo que es hoy en dia: una cuestión de combinación inteligente de recursos. Hay elementos en este sentido, desde luego, que siempre han pertenecido a la táctica militar: tanto Cayo Mario como su mejor alumno, Julio, abominaban, se burlaban incluso, de los ejércitos muy numerosos, como los que solían resultar de las levas de los sátrapas persas, con 100.000 efectivos, o aun más. Aquellos generales ya sabían que una tropa que sea, a la vez, numéricamente manejable y esté bien entrenada, es mucho mejor negocio bélico que aquellas patotas de desharrapados que Jerjes y sus gentes desembarcaban en Europa, poco menos que con la instrucción de cargarse a todo lo que se moviese. El principio general, como digo, ha existido desde el primer día que ha habido un comandante que se ha pensado dos veces las cosas. Pero con el final de la Edad Media, adquiere carta de naturaleza definitiva.

Enrique V se destacó en Agincourt por batallar en primera línea. Comandaba el cuerpo central de infantería y allí lo encontraron los hombres de Alençon, que habían jurado matarlo. No sólo se lo impidió, sino que le salvó la vida al duque de York cuando los franceses ya estaban a punto de hacer lonchas con él (chiste fácil). Terminó la batalla con la corona que rodeaba su yelmo partida y abollada.

Pero eso cada vez será menos así. Al commander in chief cada vez se le pedirá menos que esté en primera línea de batalla, o sea que sea el más cachoburro de todos, y que, a cambio, se quede en el sótano de la Casa Blanca, en la sala ésa llena de pantallas y teléfonos, dando órdenes.

La guerra, poco a poco, deja de ser un combate de boxeo, para pasar a ser una partida de ajedrez. Lo cual, paradójicamente, la hará mucho, pero mucho, más incivilizada.