martes, octubre 02, 2012

Yo, y la Historia.

Hoy es 2 de octubre. El día que he cumplido 50 años. Mi padre solía contar la anécdota de un gallego más o menos ilustre que un día fue llamado a Meirás, a una audiencia veraniega del Caudillo. El general le preguntó la edad, y el tipo le contestó: 45 años. "Mire usted", dijo él, "media vida..." Así las cosas, cuando el jefe del Estado comenzó a estar mal de salud, solía decir: que no, que no, que aguanta hasta los noventa. La cosa es que mi padre se equivocó; pero el general apuntaba maneras.

Si para Franco 45 era media vida, justo es pensar que 50 es mi mitad. No sentí en su día la crisis de los 40 y parece que tampoco me va a afectar la de los 50. No sé muy bien por qué, pero estos aniversarios no me saben mucho. Pero es verdad que miro atrás. Y algunas cosas que veo son, creo yo, relativamente interesantes para este blog.

En el catalejo del recuerdo veo la imagen de un adolescente de 16 años, que no había leído en su puta vida. Es primavera, ya casi verano en La Coruña, y el adolescente está en la cama, enfermo de algo. No muy jodido, pero sí lo suficiente para tenerlo en el dique seco. Ese tipo en la distancia que soy yo se aburre soberanamente, hasta que su hermano mayor llega de la calle diciendo: hay una feria del libro en Méndez Núñez, y he comprado este libro.

Era un libro de Labor sobre la aventura arqueológica del Valle de los Reyes. Mi hermano y yo lo leímos al alimón, aunque yo lo terminé antes porque tenía más tiempo. Aquel libro me cambió para siempre. Sé que es tremendamente del montón contar "me enganché a la Historia por el Antiguo Egipto". Sé que le ha pasado a mucha gente. Pero es un hecho que así fue en mi caso. Aquel verano, ya respuesto, leí El tambor de hojalata; luego La Regenta. En los tres libros de aquel verano, percibí el intenso dolor de llegar a la última página; ese abismo en el que, repentinamente, pierdes pie, y se te anida en el pecho del deseo de encontrar otro libro que te permita continuar ese recorrido de placer. Con la Historia es más fácil que con la Literatura. Ese mismo otoño me regalaron El rodaballo, pero ya no me pareció ni medio bueno comparado con el Tambor. En la no ficción, como digo, es relativamente más fácil encontrar obras que prolonguen tu bienestar. Cumplí 15 años sin haber leído una página. Pero no cumplí los 17 sin haberme leído el monumental manual de Historia de Egipto de Etienne Drioton y Jacques Vandier, además de otras muchas obras menores sobre Ajenaton, Keops, y Nefertiti.

Después fue la India. Más concretamente, Esta noche, la libertad; el excelente libro-reportaje de Dominique Lapierre y Larry Collins sobre la independencia de la India y la partición del país en dos. Es la primera vez en mi vida que al llegar a la última página, simplemente he cerrado el libro, lo he vuelto a abrir, y he vuelto a empezar por la 1; como en los viejos cines de sesión continua donde los niños pasábamos la tarde entera viendo la misma película dos, tres, o cuatro veces.

Leyendo aquel libro, que hablaba de cosas lejanas en el tiempo pero a la vez cercanas en la realidad, pues el mundo de mi adolescencia todavía era el mundo de la descolonización, fue cuando me dí cuenta de que el presente es un anciano y los libros de Historia son como álbumes de fotos antiguos donde ese anciano posa con muchos años menos. Cuando nos plantamos delante de alquien que ya tiene una edad provecta, pero a quien hemos conocido joven o niño, apenas nos cuesta espiar en su rostro actual, en sus gestos presentes, las trazas de la persona que fue un día. El niño que fue ese hombre maduro parece vivir encerrado dentro de esa faz arrugada, y aparece, pícaro, de cuando en cuando, cuando el dueño de ese rostro se enfada, se sorprende o, simplemente sonríe. La Historia también es un poco eso; así es, al menos, como yo he entendido siempre la famosa frase de Santayana de que todo aquél que desconoce la Historia está condenado a repetirla.

Leo Historia desde hace 34 años porque quiero abrir un candado que ni siquiera sé dónde está. El hombre, como cuerpo y organismo, difícilmente se comprenderá a sí mismo si no acierta a entender cuáles son los sucesos que le han llevado a no tener cola, a disponer de cinco dedos en cada mano, o a ser omnívoro. Es verdad que se puede vivir muchos años y morir feliz sin haberse preguntado jamás eso. Pero, exactamente igual que el conocimiento de la evolución plantea preguntas que nunca te abandonan, cada historia de la Historia que aprendes es una caja dentro de la cual encuentras otra caja que es una pregunta que no sabes responderte, y ya no puedes dejar de jugar al juego de buscar en qué página de qué tomo escondido está la puta llave.

He pasado por muchas etapas. Empecé, ya lo he dicho, por la etapa "me lo leeré todo sobre". Leí todo sobre Egipto, luego sobre la independencia de la India. Leí todo lo que logré encontrar sobre el origen del cristianismo; supongo que era cierto sentido de culpa por haber descreído. Entonces llegué a la Historia de España. Para entonces tenía veintitantos y quedé atrapado por la guerra civil española. Los falangistas años sesenta, utilizando para ello la colocación en Madrid de la Secretaría General del Movimiento, solían hacer la chanza de que la Falange era un partido en el que se entraba por José Antonio (hoy Gran Vía) y se salía por Desengaño. A mí me pasó un poco eso. Entré a hacer un puzzle de ésos de los bebés, de dos o tres piezas, y me encontré con un misterio encerrado dentro de un enigma situado dentro de una adivinanza que reposa dentro de una duda encerrada en una pregunta. Pero fue algo fascinante. La sensación de que la siguiente página, cualquier siguiente página, tenía el poder de poner en duda todo, o casi todo, era casi erótica. Creo que comprender la guerra civil española es el proceso más ilusionante, por imposible, que puede abordar un intelecto.

Desde que empecé el blog colecciono polladas. Y es curioso, porque la mayoría ni siquiera las escribo. Pero en las ferias de libros usados, en Ebay, en las escasas subastas de libros que hay, siempre estoy buscando libros que me sorprendan; libros en los que alguien se haya dedicado a contestar preguntas un poco pollas, del tipo de: ¿han sufrido los reyes de España de hemorroides? ; o: ¿a cuántos padres de la bomba atómica se les plantearon problemas morales? Ahora mismo, mi compra ideal es ésa: un librito pequeño, sincrético, dedicado a algún aspecto concreto de algún pasado concreto, cuanto más inesperado en el enfoque, mejor. Me da la impresión de que lo que estoy haciendo es eso que los taurinos llaman adornarse. Mola.

Supongo que debería preocuparme por mí mismo. Tengo 50 años, y la dicotomía que tengo esta noche, cuando esté en casa tranquilamente, será: o leer la historia de Alarico, el saqueador de Roma; o tratar de avanzar en mi cursus honorum como piloto en el Need for speed, haciendo uso de mi volante Xbox inalámbrico. De verdad que muchas veces he pensado: macho, en una de las dos cosas, o en las dos, está aflorando tu futilidad, o tu locura. Pero tener 50 es, también, ganar la capacidad de dejar estas preguntas atrás y decirte: qué coño...

Hay miles de mundos esperándome en las páginas con olor a tostado que embarazan los libros que ya he comprado y que algún día compraré. Pero lo realmente grande de la Historia es que en todos esos mundos hay algún cuanto de información que eres tú mismo. Esos mundos te han hecho a ti. Tú eres el resultado de lo que ha quedado detrás de los terremotos que se describen en esas obras. Y, además, cada dato nuevo, cada enfoque nuevo, es una llave pequeñita que, quizás, abre alguna de las muchas cajitas cerradas que atesoras en tu memoria; o abrirá alguna que tal vez encuentres mañana en otro libro.

No entiendo, la verdad, a las personas que se aburren con la Historia. Porque se aburren consigo mismos. O, tal vez, es que no entienden que con la Historia empiezas porque alguien te dice que bajo la tierra hay un tesoro, y cavas, cavas y cavas para encontrarlo. Hasta que un día, como si tal cosa, descubres que lo verdaderamente importante es que el tesoro no aparezca jamás.

Porque a ti, gustarte, gustarte, lo que se dice gustarte, lo que te gusta no es encontrar tesoros. Lo que te gusta, es cavar.