lunes, octubre 01, 2012

Fra Girolamo (13)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, novenodécimo, décimo primer y décimo segundo capítulo.



Los revolucionarios se caracterizan, todos, por un detalle que proviene de su tendencia a concederle a sus revoluciones inmanentes poderes traumatúrgicos, es decir, la capacidad de poder con todo y todos: siempre, cuando inician sus revoluciones, no piensan en las consecuencias.

La revolución, las más de las veces en la Historia, es el producto de la  fatiga de material de la evolución. En términos sociales, el hombre no suele ser proclive a cambios radicales hasta que el no-cambio se convierte, en sí, en una propuesta radical. Las revoluciones, muy a menudo, son poca cosa sin el concurso del contrarrevolucionario que, antes, cierra puertas y ventanas en su estatus, permite que dentro el ambiente se cargue y se vicie, y genere, con ello, que cada vez sean menos los que quieran vivir dentro de su edificio conceptual. La revolución florentina, en este sentido, es hija directa de la falta de escrúpulos y de capacidad de planificación política de la familia Medici, que no entendió que la condición feudal, en Italia, era cosa matizada, y que una suma de errores, puestos todos en fila, podía convertirse en un aliciente objetivo para el cambio.

La naturaleza de las revoluciones, en todo caso, hace que suelan ser dirigidas por los más echados p'alante (verbigracia, Girolamo Savonarola), que son seres que se suelen caracterizar porque conocen la puerta de entrada de los procesos que inician, pero desconocen totalmente la de salida. Es más: es que muchos revolucionarios, de hecho, tienen a gala ese desconocimiento, y abrazan la teoría de que ya nos llevará la revolución donde nos quiera llevar, que se parece al tradicional Dios proveerá como un muón a otro muón. Una de las características propias de una asamblea revolucionaria radicalizada es que ha renunciado a todo sentido crítico y, consecuentemente, será capaz de seguir la más retrasada mental de las consignas. Muchos revolucionarios españoles decimonónicos monopolizaban las tertulias de sus cafetines carbonarios llamando a la supresión del impuesto de consumos, el IVA de la época, y lo hacían como si España pudiese vivir sin recaudar impuestos (el impuesto de consumos era el único con capacidad recaudatoria realmente efectiva); y la gente que les quería creer, les creía. La II República española, ejemplo de revolución pacífica donde las haya, llegó en medio de (en realidad, llegó, en bastante medida, a causa de) una crisis económica pavorosa de mangitudes mundiales; y, aún así, muchos de sus impulsores creyeron sinceramente que podían multiplicar los salarios, darle la vuelta al 60% del PIB patrio (la agricultura), y que no pasaría nada.

La revolución tiene, siempre, algo de pasión religiosa, algo de Inch'Allah, algo de creencia sin fisuras en  cosas que van a pasar porque hay gente que dice que van a pasar, algo de talibanismo conceptual. Por eso, a mi modo de ver, la historia de Girolamo Savonarola es tan interesante y tan, por así decirlo, canónica. Su vida no va de la florencia finisecular del décimo quinto siglo de nuestra era. Va, en gran medida, de cómo se activan, en una revolución, los mecanismos de la creencia mesiánica; los argumentos propiamente religiosos no hacen sino de caja de resonancia de ese proceso, que se produce, a mi modo de ver, siempre.

Como digo, fruto habitual de este sentimiento de fe ciega es el hecho de que los revolucionarios no se preocupen de las consecuencias de sus acciones. Les basta con percibir que son justas. Pero luego, al correr del tiempo, la realidad se obstina en seguir ahí, como el dinosaurio de Monterroso.

Esto suele pasar en las revoluciones, y Girolamo Savonarola y sus amigos del Partido Popular no fueron una excepción. A base de tensionar Florencia, y todo ello sin dejar de cumplir con las gravosísimas condiciones impuestas por el rey francés, acabaron sumidos en una crisis de grandes proporciones. La ciudad había emitido empréstitos titulizados, pero en el resto de Italia los banqueros no los compraban si no era con una prima de riesgo de 9.000 puntos básicos (cabe recordar que, al llegar a los 10.000, el título, simplemente, ya no vale nada). El gobierno local trató de mejorar la recaudación subiendo impuestos e inventando unos nuevos, pero sólo recibió a cambio huelgas y conflictos. En la Toscana, plantar las tierras dejó de ser negocio, y se produjo una hambruna de grandes dimensiones. A todo esto hay que añadir el surgimiento de un foco pestífero, más las consecuencias de las enfermedades venéreas que el paso de los soldados franceses había provocado.

En estas condiciones, en el verano de 1496 la campaña para recuperar Pisa se hizo imposible. Soldados y mandos desertaban en masa, hartos de no recibir paga, ni comida, ni nada. De hecho, los pisanos contraatacaron con tanta dureza y éxito, que estaban ya a punto de hacerse con los puntos de embarque del grano toscano hacia el exterior; en otras palabras, de encerrar a la débil economía florentina dentro de sí misma. El éxito de los de Pisa no era casualidad, pues el apoyo de la Liga era descarado; el Papa, sin ir más lejos, envió a su sobrino, el duque de Gandía, en compañía de Piero de Medici.

Florencia apeló a su aliado; ése fue el momento que tuvo para descubrir, por si ya no lo sabía, que la palabra de Carlos tenía bien poco valor. No obstante, en un momento el rey francés volvió a hablar de la posibilidad de volver a invadir Italia, movimiento que fue respondido por la Liga fichando para su coalición a Maximiliano de Austria que, como buen austríaco, se pirraba por entrar en Italia y hacerla suya. Finalmente, lo que pasó es que Carlos el francés amagó sin dar, pero Maximiliano, en septiembre, invadió la península.

Su principal misión confesada era apisonar al principal aliado de Francia en la península, que no era otro que Florencia.

En octubre, Maximiliano estaba ya en Pisa. Con 4.000 soldados de diversas procedencias y la flota veneciana en las aguas, puso cerco a los puertos toscanos. En Florencia se fueron por la braga a la velocidad del bosón de Higgs. Fue, lógicamente, el momento elegido por los arrabiatti para denunciar la torpeza del gobierno frateschi. La imagen de la Madonna dell’Impruneta, una especie de Pilarica toscana, fue traída a la ciudad para ser sacada en procesión a todas horas.

Fra Girolamo Savonarola llevaba entonces cuatro meses de retiro, pero la Signoria le hizo salir de su celda. Se marcó el buen fraile una procesión monstruo y un sermón en el que exigió de los ciudadanos que le diesen a la Signoria todo el dinero que tuviesen. En medio de la procesión, alguien llegó corriendo con la noticia de que cinco barcos con grano y soldados franceses habían conseguido romper el bloqueo veneciano y desembarcar allí cerca. Fue la leche, obviamente; las iglesias comenzaron a tañir sus campanas a lo bestia, y cada vez que sonaba una, bajaban más los precios.

La solución, siquiera provisional, de la crisis, en términos tan milagrosos, colocó de nuevo a los florentinos en favor de Savonarola. Pero éste no por ello cambió su discurso. En su siguiente sermón, volvió a repetir sus conocidas llamadas al arrepentimiento y, en lo político, exigió a la Signoria una radicalización de su política ultraconservadora en lo religioso. Dicho y hecho: en Florencia, las tabernas fueron cerradas. Las carreras, a las que todos los italianos de la zona han sido siempre muy aficionados, prohibidas. Los jugadores fueron molidos a palos, las prostitutas detenidas, acopiadas en el palacio del gobierno de la ciudad y, después, expulsadas. Se decretó que la mujer que se mostrase en la calle vestida de forma inusual o provocativa sería fustigada y, en la segunda falta, encarcelada. Se limitaron las dotes matrimoniales a la modesta cifra de 500 ducados.

Se prohibió el baile.

La revolución radical de Savonarola incluyó también otra medida que, cosas de la vida, 500 años después ha terminado por considerarse progresista: la prohibición de abrir los comercios en domingo.

Los enemigos de Savonarola, en todo caso, no paraban. En noviembre de aquel año, el fraile recibió una carta del Papa en la que éste se desdecía de su pasada decisión de otorgarle autonomía predicadora. Se creaba una nueva congregación tusco-romana, y San Marcos era colocada bajo la autoridad de un Prior nombrado por el cardenal de Nápoles. Fue una jugada maestra de Alejandro, porque no hizo lo que el fraile habría esperado (y que sabía le habría generado muchas resistencias) que es obligarle a reintegrarse a la disciplina de la congregación lombarda.

Savonarola no contestó al Papa sino, en señal de que estaba inquieto y algo desorientado con el movimiento, lo hizo frente a sus fieles, en un sermón que en todo caso sabía que llegaría al Vaticano, en el que sostuvo que la unión tusco-romana era imposible.

Parecía que estaba contra la espada y la pared; pero Girolamo Savonarola era uno de esos tipos que a veces parecen haber nacido con una flor en el culo. Ese mismo mes de noviembre, la flota veneciana sufrió un naufragio frente a las costas, accidente en el que estuvo a punto de ahogarse el mismo Maximiliano. El austriaco decidió levantar el sitio y, consecuentemente, Florencia pudo volver a abastecerse, y abastecer, por mar.

Sin embargo, en parte para la ciudad ya era tarde. Florencia había multiplicado su población por efecto de los habitantes del campo que habían emigrado a la misma huyendo del hambre. Durante aquel invierno, las colas en las panaderías fueron soviéticas, y el mercado de grano fue varias veces asaltado por las turbas. El gobierno, ante la presión de los florentinos de que las cargas no recayesen siempre sobre los mismos, se rebajó el sueldo a la mitad e impuso un nuevo préstamo, pero no a los comunes sino a la Iglesia. Asimismo, se reformó la décima para convertirlo en un impuesto progresivo.

Las presiones de la gente obligaron también a los revolucionarios a ampliar el número de miembros del Gran Consejo, y a rebajar la edad mínima de sus miembros de 39 a 34 años. Ellos hicieron aquello obligados, porque temían que pasara lo que pasó: dar entrada a los jóvenes supuso que el Consejo se petó de arrabbiati.

Savonarola protestó contra la medida, pero no pudo hacer nada. Más aún: en el carnaval de 1497, los arrabbiati le jugaron un órdago al fraile, anunciando la celebración de muchas de las diversiones paganas propias de esa celebración. Savonarola contestó sacando a la calle a su ejército de adolescentes, que recorrió la ciudad, casa por casa, recogiendo máscaras, pelucas, libros, estatuas de desnudos, todo; todo lo que se llevaron lo “pagaron” con oraciones. Todos estos objetos se colocaron en una pirámide en la misma Piazza, y los quemaron.

Aquella ceremonia, que los savonarolianos llamaron La Hoguera de la Vanidad, terminó por apuntalar la imagen de intransigente fraile ultramontano con que Savonarola ha pasado a la Historia.