martes, julio 17, 2012

Fra Girolamo (7)


Carlos VIII tenía una ventaja sobre todos sus predecesores: reinaba sobre una nación ya construida. Todos los anteriores reyes franceses, desde Carlomagno, no fueron sino obstetras del enorme parto que fue diseñar y crear la nación francesa. Carlos heredó el resultado de aquella obra hercúlea y, consecuentemente, las ambiciones imperialistas que la caracterizarían durante los siguientes 300 años.

Carlos soñaba con emular a San Luis de Francia y dirigir una cruzada, que ya no lo sería contra los infieles, sino por la dominación de Europa. E Italia era su lógico objetivo. Contaba con muchísimos aliados dentro de la península y, muy especialmente, con el duque de Milán, Ludovico María Sforza, quien también estaba, a su manera, construyendo un proyecto centralizador del que beberían los arquitectos lombardos de la nación italiana casi 400 años después. Ludovico María había retirado del mercado a su principal rival en Milán, su fogoso sobrino Gian Galeazzo, encerrado en el castillo de Pavía. Gian Galeazzo, sin embargo, le facilitaba un elemento importante de su estrategia, puesto que se había casado con una miembra de la casa real napolitana, lo que le otorgaba, cuando menos teóricamente, derecho a reclamar esa corona.

Como suele ocurrir en muchos momentos de la Historia, el gobernante que quiere tocar las pelotas se busca justificaciones de alto standing para explicar su proceder. Carlos no fue una excepción y, no más piafó el primer caballo que desde París salía para invadir Italia, repitió a todos que aquella invasión era una Cruzada destinada a limpiar a la impía Italia. Esta teoría, que para Carlos no era sino un movimiento estratégico, encontró sin embargo oídos y voluntad animosos en la persona de Fra Girolamo Savonarola. Al buen dominico ferrarense afincado en Florencia, aquellas manifestaciones le sonaron a confirmación de sus profecías en el sentido de que el Vaticano estaba a punto de caer hundido bajo el peso de sus pecados.

Pero pasaron más cosas que abonaron las ideas de Savonarola. Desde el principio de su política imperialista respecto de Italia, París había temido que Nápoles, resistiéndose a ser invadida, buscase apoyo en el Vaticano. Una alianza con el Papa supondría para los reyes de Nápoles una importante ayuda militar. Los franceses intentaron impedir tal alianza, pero no lo consiguieron: en 1494, el papa Borgia y los napolitamos alcanzaron algo parecido a un Memorandum of Understanding. Cuando Carlos se enteró, se cogió un globo de la hostia y, consecuentemente, comenzó a bramar que la Iglesia necesitaba una reforma.

O sea, justo lo que Savonarola llevaba años gritando desde el púlpito del Duomo.

Savonarola, pues, tomó al rey Carlos VIII como la máxima expresión de sus profecías; y creyó tanto, y tan profundamente, en ello, que no fue capaz de ver que el rey francés no era sino un hábil político más, a la búsqueda de su propio interés, preparado para vender a su madre a plazos si era necesario para conseguir lo ambicionado. Lejos de ello, Savonarola comenzó a referirse en sus sermones al rey francés como “la Espada del Señor”, es decir, el elemento del mundo mortal escogido por Dios inmortal para hacer su Justicia. Y más: “¡Florencia! El tiempo de danzar y cantar ha pasado. Es la hora de llorar tus pecados con torrentes de lágrimas. Tus pecados, Florencia. Tus pecados, Roma. Tus pecados, Italia, son la causa de esta catástrofe. ¡Arrepentíos, rezad, uníos!”

Fra Girolamo, puesto que veía en Carlos VIII a un agente de Dios, pensaba que éste se pasearía por una Italia de ciudadanos que lo recibirían de rodillas en el borde de los caminos. Pero no fue así. Para su desesperación, la entrada del francés en Italia fue lentísima. En realidad, más que lenta, fue problemática. La aventura italiana del rey francés no era nada popular entre sus ciudadanos, que temían el enorme coste en impuestos que podría tener una guerra contra la potente armada papal; ningún católico podía olvidar, además, la potencia que siempre había exhibido el Vaticano a la hora de conseguir aliados. Los franceses, por lo tanto, temían llegar a encontrarse como Hitler en el siglo XX, peleándose con casi todos y disfrutando de la ayuda de aliados más bien débiles.

El aspecto financiero adquirió más y más importancia. Ludovico Sforza tuvo que engrasar las ambiciones del rey de Francia con 200.000 florines; el propio Carlos empeñó las joyas de la corona. Se endeudó hasta las cachas con los banqueros genoveses (ya para entonces conocidos por los catalanes en España con la nada elegante expresión “moros blancos”) y buscó la paz con España y Austria a base de cederles territorios, lo que encabronó todavía más a los franceses. La expedición sólo comenzó en agosto de 1494 después de que el Sforza aflojase otros 50.000 florines del ala; a su paso por Turín, el rey francés vendió las joyas de su tía, la señora de Saboya, y de la marquesa de Montferrat. Mucho tuvo que remar Ludovico para convencerle de que se llegase a Annone, en las afueras de Milán; aunque a la mayor parte de su ejército lo envió a Génova, camino por el cual los franceses se follaron hasta a las ardillas.

La expedición tenía que fracasar. Pero no lo hizo por un golpe de suerte. La flota francesa, que iba navegando entre cubata y cubata camino de Génova, avistó la flota napolitana. Finalmente, el enfrentamiento fue inevitable y, mamados y todo, los galos le dieron a los napolitanos hasta la esquina inferior derecha del yeyuno. Luego sometieron a la ciudad de Rapallo a un cañoneo brutal, desembarcaron allí, saquearon la ciudad y no dejaron ni una virgen de menos de 104 años en las calles. El anuncio del saco de Rapallo tuvo en los italianos el efecto que tendría en los holandeses el español de Malinas algún tiempo después. Italia, siempre tan proclive al heroicismo, bajó los brazos y saludó al rey francés como si lo conociese de toda la vida.

El francés lo tenía a huevo. Tenía una alianza con Milán. El segundo gran poder italiano (secular, claro está), Venecia, no se metería con él ahora que había demostrado que sabía destrozar flotas. Y el tercero, Nápoles, acababa de recibir una paliza. Sin embargo, el francés amagaba con volver grupas todos los días impares, acojonado como estaba con los informes que le llegaban sobre las cosas que se rumoreaban de él en los puentes del Sena. Sforza lo empalmaba con proyectos inconmensurables: una vez tomado Nápoles, le decía, serás fuerte para echar a los musulmanes de Constantinopla. Sabemos, sin embargo, que la noche que Carlos durmió en el castillo de Pavía, por lo tanto en el ducado de Milán, ordenó doblar la guardia. Claramente, no se fiaba de Sforza.

El otoño de 1494 pilló a los franceses sin un puto duro, en los primeros repechos de los Apeninos, y bajo una lluvia del carajo. A Carlos, toda la ilusión por aquella movida se le estaba escapando, y llegar a las puertas de Florencia no calmó su nostalgia. Los sobrinos de Piero de Medici le presionaban para que tomase la ciudad y la provincia, tras lo cual, le decían, también tendría de su lado Lucca y Pisa, felices de liberarse del mando toscano. Lo intentó, sin mucha convicción, chocando contra las murallas de la fortaleza de Sarzana. Entonces cambió de rumbo y fue a Pisa, donde entró en medio de vítores. Vítores, en buena medida, financiados por Ludovico Sforza, probablemente también responsable de que las espontáneas turbas derribasen una famosa estatua urbana, el león Marzocco, símbolo del gobierno florentino, y la sustituyesen por otra del propio Carlos.

Pisa, pues, avanzaba la bandera de la libertad respecto de Florencia. Pero, Arno arriba, en la propia Florencia, la ciudad abrazaba otra bandera: la de la libertad respecto de Piero de Medici.

Este pobre Pierino es conocido por la Historia como el Desafortunado, aunque, en realidad, debería ser conocido como El Tonto del Culo. Piero de Medici, en efecto, era uno más de esos machos alfa musculitos que creen que todo en la vida en jugar al fútbol y andar con tías. Cuando eres administrativo de una correduría de seguros, puede que la posesión de tan limitadas convicciones nunca te delate. Pero cuando eres el gobernante de una ciudad, ya la cosa cambia. Piero era un florentino gilipollas; tenía de florentino todo ese maquiavelismo de quien busca en cada momento la idea y la alianza que más le conviene. Pero tenía de gilipollas que sus cambios eran tan bruscos, y tan frecuentes, que acababa por cabrear a todo el mundo. En apenas un parpadeo, Piero de Medici pasó de apoyar a los napolitanos a enviar a Piero Capponi, su teórica mano derecha, a parlamentar con el rey francés. Y le dio unas instrucciones tan egoístas (o sea, que negociase para él, no para Florencia) que Capponi llegó a proponerle al rey galo que expulsase de Francia a los mercaderes florentinos, con tal de ganarse su apoyo personal.

A las puertas de una Florencia donde había un cabreo del setenta y dos contra su gobernante, el rey francés reclamó salvoconducto para atravesar la provincia. El gobierno de la ciudad le respondió con evasivas, y el francés se encabronó. Para cuando la Signora envió parlamentarios al campamento de Carlos para decirle que sí, que podía entrar en territorio de Florencia, éste ya lo había hecho, y no de muy buenas pulgas.

Piero de Medici voló a Pontremoli a entrevistarse con Carlos. Ante él, se bajó los pantalones y hasta se separó las nalgas. Le entregó Pisa y diversos castillos, entre ellos Sarzana, al que obligó a rendirse porque los franceses no habían podido tomarlo. Le otorgó tantas concesiones que cuando el documento llegó a Florencia, para recabar el preceptivo (y otras veces simbólico) nihil obstat del gobierno de la ciudad, los burgueses se encolerizaron y el propio Capponi llamó a la revolución.

El gobierno de la ciudad de Florencia, ya completamente euskaldunizado de su teórico gobernador, Piero de Medici, a quien incluso negaron el saludo, decidió enviar su propia embajada negociadora ante el rey francés. Hacía falta, además de políticos hábiles, alguien con adecuado don de la palabra. Y Piero Capponi pensó en una persona a la que admiraba mucho.

Girolamo Savonarola exigió hacer el camino hacia Pontremoli a pie. Sólo la agudeza y paciencia de Capponi consiguieron que aceptase ir a lomos de una mula.