lunes, julio 09, 2012

Fra Girolamo (6)


Los bandos se definieron con rapidez. Los Medici cerraron filas detrás de las pretensiones de San Marcos, con el apoyo del cardenal Caraffa, de Nápoles, tradicional protector en Roma de la orden dominica. En el otro lado, los Sforza, tanto el cardenal Ascanio como su hermano Ludovico, apoyados por el vicevicario de Lombardía, el rey de Nápoles, el duque de Calabria, Bertinvolglio en Bolonia, el duque de Ferrara y las ciudades de Venecia y Génova; en suma, todos los aliados naturales de los Sforza.
Las fuerzas lombardas eran tan fuertes que, a pesar de la estudiada neutralidad del Papa, la cuestión pareció pronto perdida para los florentinos. Sin embargo, una jugada de maestro de Caraffa cambió las cosas. El cardenal napolitano siguió al Papa hasta sus habitaciones. Una vez allí, le conminó a firmar un decreto de separación, que traía consigo. El Papa negó, sonriendo. Entonces Caraffa le estrechó la mano, y en el gesto se quedó con el anillo del vicario de Cristo y, delante de él, selló la firma en el documento. El Papa no se atrevió, o no quiso, detenerlo. Tal vez, estaba demasiado cansado de aquella movida. Quince minutos después, llegaron los lombardos; pero, para entonces, Fra Domenico da Pescia, el enviado de Savonarola a Roma, tenía la decretal en la mano.

Al frente, por fin, de una comunidad propia, sin ligaduras procedentes de la autoridad de ningún provincial, Girolamo Savonarola emprendió la reforma a fondo de San Marcos, llevando a sus miembros a practicar un estado de pobreza real. Se ha dicho, con verdadero fundamento, que en aquel tiempo se practicó en el convento florentino un comunismo total. Absolutamente todo era compartido; hasta los vestidos, que eran pura estameña, eran intercambiados entre los monjes. San Marcos vendió todo lo que poseía, y los frailes hubieron de vivir del producto de su trabajo. Sólo una pequeña comunidad de elegidos era designada para el estudio y la predicación, por lo que solían ir acompañados del hermano al que se le había encomendado trabajar para mantenerlos.

Una de las cosas curiosas de aquel experimento, que se sigue produciendo incluso en los tiempos actuales cada vez que se monta una comunidad religiosa de extrema disciplina y pobreza, es que San Marcos siguió reclutando sus acólitos entre los hijos de las clases medias, incluso medio-altas, de la Toscana. La rudeza de la vida monacal no supuso, en modo alguno, que la atracción de San Marcos se produjese entre personas de baja extracción social, sino más bien todo lo contrario. De hecho, Savonarola reclutó acólitos entre las mejores familias de Florencia: los Medici, Strozzi o Rucellai; y personajes sobresalientes desde un punto de vista intelectual o profesional como Paolo d’Urbino, profesor de Medicina; Matias Blemet, un judío de gran cultura y profesor de Pico della Mirandola; quien si no entró en la orden fue porque se lo impidió la muerte. Las visiones eremíticas y sacrificadas son muy atractivas para ese fenotipo social formado por la persona que, gozando de riqueza y posición, no se siente cómodo en ella, y consecuentemente siente la pulsión de un cambio.

La reforma se extendió. Varios conventos dominicos toscanos se unieron a la orden, como hicieron dos hospitales en Lecce. Un convento de Camaldolese incluso coqueteó con la idea de cambiar su orden para unirse a la disciplina de San Marcos. De hecho, Savonarola pensó en llegar hasta Pisa y Siena, pero ahí pinchó en hueso. En Siena, de hecho, lo echaron con muy malos modos. Pero eso no le desanimó. Con la fuerza moral que daba estar dando tamaño ejemplo de pobreza, Savonarola se subió al púlpito para arremeter contra la Iglesia de su tiempo, tan obsesionada con las riquezas. “En los primeros tiempos de la Cristiandad, dijo en un sermón, los cálices eran de madera y los sacerdotes de oro; hoy, sin embargo, los cálices son de oro y los sacerdotes de madera”.

La estrategia comenzó a tener éxito. Especialmente entre las mujeres florentinas, quienes abandonaban masivamente sus vidas civiles para petar los conventos de monjas. Los visitantes de la ciudad medicea comenzaron a destacar que no se veían féminas por las calles: estaban, en buena medida, en la clausura.

Era un movimiento lógico. Las mujeres no tenían en aquel entonces lo que se dice una vida muy atractiva y, además, los tiempos eran muy jodidos. La Toscana estaba pasando por serios problemas económicos y, además, se temía una pronta invasión francesa de la península italiana.

De hecho, fue el peligro del francés, en buena medida, el que colaboró en la generación del estado mental de cosas que labró el éxito de la comunidad de San Marcos.

Carlos VIII, en París, estaba reuniendo un formidable ejército para presentar batalla al naciente imperio español en el sur de Italia, reclamado para los Angevinos franceses. Cuando en enero de 1494 murió Ferrante de Nápoles, Carlos reclamó su derecho al trono e, inmediatamente, solicitó de Roma y Florencia permiso para pasar por sus Estados camino del sur, para hacerlo suyo. Entre bambalinas del movimiento francés estaba Ludovico Sforza, el milanés, quien pensaba sacar tajada de una victoria gala. Florencia era aliado natural de Francia, pues en dicho país hacía muchas de sus exportaciones; pero, al tiempo, estaba mortalmente enfrentada con Milán.

La escalada bélica provocada por Carlos VIII y Ludovico Sforza fue oro molido para Savonarola. Ahora no sólo tenía una comunidad floreciente donde cada vez ingresaban más acólitos, sino que, encima, se cumplía una más de sus profecías. Porque Fra Girolamo había predicho en sus sermones, muchas veces, que Italia viviría la visita apocalíptica de un nuevo Ciro el Grande, que la arrasaría; y, ahora, ese peligro tenía nombre, y casi fecha. Lo había profetizado en la Semana Santa de 1492 y, en noviembre de 1494, el francés estaba a las puertas de Italia. En 1492, Savonarola había utilizado la metáfora del diluvio. El 17 de noviembre de 1494, gritó desde el púlpito del Duomo: “¡Señor, las aguas bajan sin control!”

Florencia entera se fue por la pata abajo.