jueves, junio 07, 2012

Reflexiones al socaire de la Feria del Libro

He estado en la Feria del Libro de Madrid 2012 dos veces. Dos domingos. En ambos casos, llegué pronto y me marché pronto porque, al menos los domingos, en mi opinión la Feria se convierte en un lugar impracticable para cualquier humano a partir de las 12 de la mañana.

Tengo por mí que la Feria del Libro madrileña pasa por fases alternativas. Cuando menos a mí, en general, me suele ser interesante un año, insulsa al siguiente, interesante el tercero, insulsa al cuarto. Es como si la industria editorial necesitase un año para tomar respiro pero, cuando lo tomase, supiese dar un buen salto hacia adelante.

De forma un tanto preocupante, sin embargo, anoto que el año pasado me aburrí como una cebolla mal pochada; y este año no le ha ido a la zaga. Me ha dado por pensar en los porqués de esta sensación, y aquí va lo que me ha crecido en el cacumen.

En primer lugar, creo que un elemento importante es que los libreros dan toda la impresión de no haberse enterado de la crisis. Por pura casualidad, en el autobús que me llevó al Retiro el conductor llevaba puesta la radio; así pues pude escuchar un anuncio de una marca de coches. Si es cierto lo que prometía el asunto, con tal de que les compres un coche de su modelo (que, además te dejan en 8.500 euros, que es un precio tirando a barato) te tasan el coche usado en, como mínimo, 2.500 euros. Esto, en el caso de más de uno y más de dos coches que se ven por ahí, es todo un acto de caridad. Pero la crisis manda y, si quieres que la gente compre coches, tienes que apretar.

Lejos de ello, sin embargo, los libros siguen costando, mutatis mutandis, lo mismo que costaban el año anterior; y el otro; y el otro. Más aún: cualquiera que se mire un poco los ejemplares en exposición en los stand llegará rápidamente, creo yo, a la conclusión de que la edición de bolsillo permanece ignota, como escondida, cuando no directamente preterida.

La Feria del libro ha sido tomada por los libreros (casetas rojas) en detrimento de las librerías (casetas verdes). En eso, la verdad, la Feria ha ganado con la crisis, porque era un coñazo pasear, caseta tras caseta, viendo siempre los mismos libros en distintos sitios; pues las librerías, salvo que estén especializadas, venden lo que todo el mundo vende.

Así las cosas, con la crisis la Feria se ha convertido en el retrato de la oferta editorial que tienen quienes la construyen. Y un paseo por dicha Feria le enseña a uno, rápidamente, que dicho retrato se basa en un concepto: rigidez. El libro sigue siendo lo que siempre ha sido, y costando lo que siempre ha costado. Algunos stands ofrecen, como cosa de la hostia en verso, libros pequeñitos, cortos, por 10 euros o 10 euros y medio. Pero eso viene siendo lo extraordinario.

Ciertamente, por 10 euros te llevas algo que, si te gusta, te va a procurar una mañana de placer (todo lo más), mientras que casi por el mismo coste la industria del cine apenas te aporta un par de horas. Pero leerse un libro, en España, sigue siendo una experiencia cara, por la simple y pura razón de que es igual de cara que lo era cuando había pasta. Y eso es algo que no se compadece con la realidad.

La Feria del Libro permanece, pues, impasible el ademán. Y, con seguridad, se acabará quejando de que no vende. Porque la culpa de no vender, por supuesto, siempre es de otro.

El libro barato, de crisis, verdaderamente existe: es el libro electrónico. Pero es tal el pánico de la industria editorial hacia el ebook que se monta un pollo de metros y metros de oferta, paseo de coches arriba y abajo, y el libro electrónico no aparece por ninguna parte.

Yo ví un libro ayer que me interesó. Costaba 27 euros. Memoricé el autor y el título, y esta mañana lo he mercado en la tienda de Kindle por 7 euros. No es el mismo libro, pero es exactamente la misma mercancía intelectual.

El libro lo vi en la caseta de su editor. O sea, que su editor me pedía 27 euros por el libro, sin mencionarme siquiera el hecho de que podía conseguirlo por 7.

La semana anterior me compré otro libro; de la vieja biblioteca del Fondo de Cultura Económica. Y si me lo compré fue únicamente porque las posibilidades de encontrarlo en Kindle son remotas, si no inexistentes.

Resulta destacable, en este punto, que ni siquiera los oferentes públicos (casetas amarillas: ministerios, comunidades autónomas -este año bastante ausentes-, CSIC, INE, bla) tengan una política activa en este punto. Lo cual no me extraña, teniendo en cuenta que digitalización es una palabra que los funcionarios, o más bien sus jefes, parecen no entender. Hace ahora ya cinco años que tuve la ocasión de quejarme, en este mismo blog, de que el Congreso de los Diputados español no haya procedido a la digitalización de las actas de sus plenos, como ha hecho el BOE con sus números y un montón de hemerotecas por aquí y por allá. Pero es que, además, la labor de los centros públicos como editores de publicaciones sigue haciéndose, en su mayoría, al modo antiguo, y a unos precios increíbles.

Los editores españoles, pues, públicos y privados, viven como el avestruz, con la cabeza metida en la tierra. Y sólo la sacarán para visitar al gobierno de turno y pedir subvenciones y ayudas, claro.

Otro tema de la feria que me deprimió fue el de las firmas. El problema no es nuevo. Al parecer, el no va más de las colas de lectores para obtener firmita ha sido Mario Vaquerizo, personaje cuyos méritos literarios se resumen, por lo que sé, en su condición de consorte de Olvido Gara. Pero otros años ha sido Boris Izaguirre (otro puntal de la literatura latinoamericana del siglo XXI, directamente comparable con Mario Vargas Llosa: ambos tienen el dedo meñique de menor tamaño que todos los demás) o el potadero de turno, que entre pelea y pelea televisiva, más o menos fingida, se había escrito un libro.

Por lo tanto, la Feria de Madrid se convierte en una ocasión para hacer márquetin ramplón y sustantivar la apuesta estratégica del sector editorial español.

Una de las preguntas eternas que yo me he hecho, y rara vez he encontrado alguien que le aportase una respuesta, es por qué en España no hay autores de best sellers. Entiéndaseme: alguno hay; pero es que sólo en la estantería de libros en inglés de la FNAC de Callao, se anotan, no tres, ni diez nombres, sino decenas. En países como Estados Unidos o Reino Unido hay centenares de personas que, más o menos, viven de escribir historias que le interesan a la gente, sin pretensiones de saltar a las enciclopedias de Historia de la Literatura.

Con los años, he terminado por pensar que dos son las respuestas que justifican esta realidad.

En primer lugar, en España no hay best sellers porque el español que edita desprecia este género. Como lo desprecian los críticos literarios y, en general, todo aquél cuya labor es, más o menos, recomendarle al personal qué leer.

Una vez, hace bastantes años y por invitación de unos amigos, me apunté a un curso de escritura por internet. La primera semana se nos propuso que redactásemos un texto en el que figurase la descripción más o menos puntillosa de un lugar. Yo escribi siete o ocho páginas, en las que imaginaba el principio de una novela que entonces me estaba rondando la cabeza. En dicho principio, un funcionario soviético de vigésimo sexta fila, empleado en la agencia Novosti contestando cartas enviadas desde el extranjero (no sé si lo sabéis; pero la Novosti tenía, en los años de la URSS, centenares de escritores de cartas que contestaban a todos los ciudadanos de Occidente que les escribían, por supuesto para explicarles los inmarcesibles avances de la sociedad y economía soviéticas) era sorpresivamente llamado por Josif Stalin a su presencia. La escena describía el pasillo que aquel tipo atravesaba, paso a paso, antes de llegar al despacho del Jefe.

Cuando llegó el turno de los comentarios del profesor, éste escribió de mi texto que era un típico comienzo de best seller. Lo era, sí. Pero la cosa es que él lo dijo como una crítica. Destacando un defecto. Como queriendo decir: lo podrías haber hecho mejor, macho. El texto podría haber sido más lírico. Más abstruso. Más oscuro. Más hermenéutico. Más puteón con el lector, por decirlo de alguna manera.

Ésta es, tal vez, la razón por lo que tanto escritor español da la impresión de hacer su labor con el María Moliner al lado, o mejor con el diccionario de sinónimos de Roque Barcia, para así poder saber que, en lugar de "mal dicho", puede escribir "gazafatón", que se entiende menos.

Si me hubiese sentado al ordenador y hubiese escrito: «Luz, penumbra herrumbosa; Dimitr contaba sus pasos, enhebrándolos con visiones caliginosas de un distante pasado feliz. Ríspido, el mosquito ronda sus orejas, como burlándose de él. Tiembla hasta la profundidad de sus cápsulas articulares. Nada, en ese estrecho pasadizo, se le hace propíncuo». Si hubiese escrito eso, digo, lo mismo mi profe habría pedido el Príncipe de Asturias de las Letras para mí.

Para toda una casta de escritores (y los editores no son sino escritores que no valen para escribir, pero valen para los negocios), la simplicidad, la sencillez, es un defecto. Consecuentemente, esperan que el lector haga el esfuerzo de acercarse al libro, no al revés. Con lo que volvemos a la actitud de la Feria ya descrita: si no vendo, es porque no compran. Esos cabrones.

La segunda respuesta está relacionada con la primera. Los editores en España nunca han apostado por crear una casta escritora, que pudiese enorgullecerse de tal ser, y que escribiese cosas sencillas, fáciles de entender. Pero el público de ese tipo de cosas siempre ha existido. Hace décadas, era el público de los sainetes de los Quintero o de Muñoz Seca, editados en fascículos baratos por Novelas y Cuentos, donde el personal se lo pasaba en grande con esos personajes que, siendo incultos hasta la raíz de los pelos, se creen la hostia, y dicen cosas como aquélla que escribiera Muñoz Seca: "Ayer se llegó la señora, acompañada de su hijagénita". Como ese público siempre ha existido, ha llegado un momento en el que ha habido que darle de comer. Y, además de traducir las creaciones de fuera (en escandalosa deslocalización de los beneficios de la producción cultural) se hubo de entrar en este terreno a capón, o sea malamente. Y entonces tenemos lo que tenemos, es decir el boom de una novela histórica que comete errores históricos de bulto con total desparpajo (fenómeno éste, para mayor desgracia, en modo alguno existente sólo en España) y, sobre todo, la edición de textos de mayor o menor calidad vinculados al famoseo.

La industria editorial española, por lo tanto, vive pendiente del último tipo que le tira un centollo por la calle a Urdangarín, o se casa con la momia de Concha Piquer, o sale en la tele explicando cómo se caza las ladillas con un soplete; para ofrecerle que escriba alguna cosita y, si ni a eso llega, ponerle ipso facto, supongo, un negro a su disposición que escriba para él una novelita sobre los sindicatos pesqueros peruanos (pequeño homenaje al pobre Martín Romaña, que se escribió una para poder echar un polvo). Mientras tanto, escritores de bastante valía, por no decir mucha, comienzan a editar libros electrónicos y a venderlos en plataformas por unos céntimos. No tardarán los otrora reyes de la distribución en exigir que eso se prohíba. No hay más que pasarse por la Feria del Libro, y olfatear el aire.

Como los editores no tienen medida, ahora pasamos al otro extremo del péndulo. Si antes firmaban sólo los consagrados y alguno más, ahora firma todo dios. Un domingo de Feria del Libro, a las doce y media de la mañana, habrá como cincuenta pollos y pollas (y mujeres) firmando, de los cuales el nombre de apenas cuatro o cinco le suena a más del 20% de los presentes. Como la mayor parte de los libros que se editan son de calidad cuestionable, se le pone el valor añadido de la firma del autor, a ver si cuela. Un día de éstos tengo yo que hacer lo mismo con mis libros. ¿No te interesa leer De los concilios al Black Power? Oye, pero te lo mando a casa firmado. ¿Entonces sí? Macho, te lo tienes que hacer mirar...

En suma: la Feria del Libro de Madrid lleva camino de convertirse en el embroque anual de una industria ambiciosa, un punto timadora, amarrada a márgenes de beneficio incompatibles con la realidad, endogámica, encantada de haberse conocido, marquetinianamente mal concebida, culturalmente pobre, propendente a la subvención, rígida a la renta, rígida a todo, que se está pegando una  hostia del cuarenta y dos y que lleva camino de pegársela del setenta y siete; y que, con más que probable seguridad, acabará buscándose alguna terminal con sotabarba y/o pipa en la boca que vaya por los periódicos y el Facebook y tal diciendo aquello de "quieren acabar con la cultura" o cosas parecidas. Y es de esperar que los portaestandartes guay de turno les hagan de eficientes corifeos.

La Feria del Libro está llena de polvo, de momento. Pero algún día lloverá; y, el día que llueva, los polvos ya sabemos en qué se acaban convirtiendo.