lunes, junio 04, 2012

Fra Girolamo (2)

En efecto; con su gesto de entrar en el convento dominico, Girolamo Savonarola creía haber ingresado en un cotolengo de pureza divina y, sin embargo, se encontró con una prolongación del mundo externo del que huía. Sus superiores no se preocupaban de rezar y santificar sus actos, sino de incrementar, en la medida de lo posible, la riqueza e influencia conventuales. Él creía que encontraría santos en vida en los claustros de la casa de Dios; pero los únicos santos eran los que vivían en los libros. Como respuesta, incrementó, todavía más, su austeridad e inmolación. En un mundo como el renacentista, que tendía a superar exageraciones ascéticas como la de los monjes y monjas medievales que dormían sobre el ataúd en el que algún día dormirían su sueño eterno, poco a poco, su extrema austeridad y autocrueldad le ganó fama de santo.


No obstante, es importante hacer una matización. Normalmente, los predicadores milenaristas, como Girolamo Savonarola sin duda lo fue, tienen una imagen de personas constantemente rabiosas y violentas tanto en la voz como en el trato. El cura que cree en la próxima llegada del Anticristo es habitualmente, tanto en relatos escritos como filmados, un tipo sanguíneo que, como cree que todo se va a ir a la puta mierda, trata a todo el mundo de forma atrabiliaria e, incluso, irrespetuosa. En el caso de Savonarola, sin embargo, no faltan retratos que nos dejan sus contemporáneos y que describen a una persona tan virulenta y apocalíptica desde el púlpito como suave, comprensiva y hasta dulce en el resto de la vida. A Girolamo Savonarola la práctica totalidad de sus acólitos lo adoró, por la dureza justa con que los reprendía, y la forma que tenía de combinar ésta con un trato racional y humano. Cualquier persona que sepa dos palabras de sicología del trabajo en equipo sabrá que, en la frase anterior, acabo de describir lo que hoy se tiene por retrato ideal del líder. Es posible que la gran habilidad de Savonarola, por lo tanto, fuese el liderazgo.


Seis años pasó así Savonarola con los Perros de Dios (Domini cani), que con el tiempo recordaría como los más felices de su vida. Consumidas las etapas para convertirse en un fraile primero y en un erudito después, su salida natural era la predicación. Sin embargo, ahí se encontró con la primera fatalidad de su vida. Girolamo era un torpe hablador y, además, le costaba encontrar su voz, su yo personal e intransferible, capaz de galvanizar a las audiencias de feligreses. Tomó clases de retórica en la universidad; sus profesores le dijeron, casi todos, que sus argumentos teológicos y filosóficos eran excelentes; pero que los explicaba como el culo.


Tras algunos años en Bolonia, fue enviado a Ferrara, a continuar sus estudios. Estando allí, el padre Vincenzo Bandelli, que había sido su lector en Bolonia, apareció en la ciudad, donde fue implicado en una competición retórica, que ganó por goleada. Para Girolamo, el ejemplo de un gran orador, que todos los ferrarenses pudieron saborear y conocer, fue tóxico; a su lado, sus balbuceos, que profería con una vocecilla distante de puro débil, parecían bromas.


Quién sabe si, de haber continuado esta situación, Girolamo Savonarola no habría terminado por ser tan sólo uno más de los centenares de miles, si no millones, de frailes de las edades antiguas, sin nombre, oficio ni beneficio, ni, por supuesto recuerdo. Pero quiso el destino que un día el joven fraile se encontrase en una barca acompañado de un grupo de soldados, que iban jugando a los dados y blasfemando. Ofendido en lo más profundo, el bajito Savonarola se levantó, imprecó a los milites y les montó un pollo de aquí te espero, en medio del río. Tan convincente estuvo en su papel de hombre de Dios encabronado (una vez más, el liderazgo...) que los soldados le pidieron perdón y le rogaron su bendición.


Aquella tarde, Savonarola tuvo una pista muy clara de por dónde debía ir su vida. Su voz. Había nacido para hacer del púlpito un arma de destrucción masiva.


En 1481, a causa de la guerra, el prior de Bolonia hubo de dispersar a su grey, y Savonarola fue enviado a San Marcos en Florencia, donde ostentaba el priorato su maestro de antes, Fra Bandello. Le nombró lector de los novicios. Un año más tarde, le fue encargada una predicación en la iglesia de San Lorenzo. Quedó como el culo. Parece ser que estuvo más dubitativo, más insulso, y más debilucho de voz, que nunca. Sus amigos, con sinceridad, le dijeron que no poseía ni la voz, ni los gestos, de un buen predicador. Especialmente en una plaza como Florencia, donde actuaba nada menos que Fra Mariano de Gennazzano, que era algo así como el Justin Bieber de los predicadores renacentistas. El personal hacía kilómetros a pie para oír hablar a este fraile agustino. El contraste con aquel Lobezno de la predicación hacía a Savonarola, si cabe, más insípido, más feo. Más pollas. Desanimado, el buen dominico anunció a sus superiores, y a sus íntimos, su decisión de dejar el púlpito. Como si de un Casey Stoner del Verbo de Dios se tratase, Fra Girolamo, en la flor de su formación y su predicación, anunciaba su retirada de los circuitos pulpiteros.


Volvió a la formación de sus novicios y a la Biblia; cada vez más, a una parte de la Biblia: el Apocalipsis.


La Apocalipsis es, con mucho, el libro más simbólico de las Escrituras. Yo tengo por mí que es un gran error de los padres de la Iglesia católica no haber retirado su texto del compendio llamado Biblia, estudiado y concebido para ser leído por todo el mundo; desde la estricta minoría que está en condiciones de entender el fuerte sentido metafórico, gnóstico, de sus páginas; hasta cualquier mediopensionista que pase por ahí y se haga cristiano. Es probable que los primeros padres de la Iglesia dejasen ese libro ahí porque les venía muy bien; al fin y al cabo, hasta prácticamente el Vaticano II, la praxis de la Iglesia católica ha sido hurgarle al personal la conciencia con la idea del Infierno, el castigo eterno, un Juicio Final a mala leche, esas cosas. Y, la verdad, a la hora de convencer al personal de que si no se porta le van a pasar cosas jodidas de cojones, no  hay nada como la Apocalipsis; porque, de hecho, si uno lee sólo los Evangelios y los Hechos, le puede dar por pensar que las puertas del Cielo son más anchas lo que a la Curia le conviene que se piense.


El problema de la Apocalipsis, sin embargo, es que es un texto del que es muy fácil, si se quiere, aun siendo persona culta y leída (como era Girolamo), llegar a la conclusión de que describe un punto concreto de la Historia del mundo; y que ese punto es el presente. Porque el hombre, si es adecuadamente pesimista, siempre piensa que vive en el punto más bajo de la Historia, y que ningún tiempo pasado fue peor. En correcta teología cristiana, es al menos mi opinión, la conclusión de que la Apocalipsis describe un concreto día de castigo que está al llegar es, simple y llanamente, herética o, como diríamos hoy de una forma más blanda, errónea. Por decirlo de una forma coloquial, hemos de suponer que el Dios Padre algo aprendió en Sodoma y Gomorra, fábula moral una de cuyas enseñanzas es que hasta en una pandilla de cabrones se puede encontrar un corazón hermoso, dulce y generoso. Más aun: las palabras del Cristo tras resucitar parecen ser bastante claras en el sentido de que la divinidad, con su marcha, da por terminada su misión, que a partir de entonces queda encomendada a los hombres (razón por la cual, es de nuevo mi opinión, la Iglesia debería abominar tanto de los milagros como de las pretendidas apariciones marianas, pues todas ellas son remakes de la acción divina en las que, a mi modo de ver, un auténtico creyente en la Resurección de Cristo no debería creer).


La Apocalipsis, en todo caso, y su interpretación, juegan a favor de la más que evidente proclividad del ser humano por creer que The End is coming. Ahí está la célebre polémica, que dos minutos en Facebook aflorará a los ojos de cualquiera, sobre si puede ser que unos mataos que ni siquiera sabían sondarse la próstata pudieron hacer los cálculos pertinentes para descubrir que el mundo se acaba en el año 2012 (en el caso de aceptar las teorías de los pollas mistabobos y encima se crea que esos cálculos se los pasaron unas inteligencias superiores, queda la pregunta de por qué aquellos tipos tan listos, en lugar de pasarles la información sobre el 2012, que a los mayas les importaba un cojón, no les enseñaron a sondarse la próstata, que es una cosa cien mil veces más útil).


Todo esto tiene que ver con una cosa que le ocurre a las personas muy habitualmente, que es no darse cuenta de que el ámbito de recuerdos directos que pueden abarcar, aun sumando a sus experiencias las de sus padres y las de sus abuelos, es insignificante. Esto ocurre mucho con el calentamiento global; es normal encontrarse personas que viven convencidas de que la Tierra se está calentando porque, dicen, no pueden recordar un verano más caluroso, o un invierno más frío, o un lo que sea, que el presente. Ante tal afirmación sólo cabe improvisar una tosecita y disimular, no sea que se vayan a dar cuenta que piensas que la tal afirmación es una Gilipollez con Balcones a la Calle y Trienios de Antigüedad.


El ciudadano del Renacimiento bien podría estar convencido de que estaba en el momento más bajo de la existencia del hombre. Para empezar, para él (sobre todo si era fraile) la Edad Media estaba lejos de ser esa etapa oscura, brutal, sucia y violenta que nosotros concebimos hoy en día. Más bien todo lo contrario. La Edad Media, para un ciudadano renacentista, para colmo italiano, aparecería como una era de certeza vital, aunque la vida fuese una mierda, que estaba lejos de reproducirse en el presente. Además, el Renacimiento, a pesar de la propaganda positiva que ha tenido en los últimos doscientos años, que tiende a concebirlo como una época luminosa, alumbramiento del Humanismo y la recuperación de la filosofía clásica y bla, es, desde muchos puntos de vista, un enorme retroceso social en Europa:


Primero, porque la guerra pierde su carácter medianamente civilizado. La guerra medieval la hacen los nobles y su objetivo no es machacar al enemigo, sino capturar su plaza, o su barco, o su príncipe, para exigir el correspondiente rescate. La guerra concebida como una competición a ver quién mata o invalida a más pollos (que ya no son nobles, sino pringaos) nace en el Renacimiento.


La Edad Media reconvenía y, todo lo más, aislaba a las brujas. El Renacimiento las quemó.


Igualmente, la Edad Media le negó a los judíos la condición de ciudadanos de primera, y hasta de segunda. El Renacimiento les quitó la vida.


Muy importante para el universo de Savonarola: en la Edad Media la Iglesia era un contrapoder más de un tridente complejo que completaban la nobleza y la corona. En el Renacimiento, el penúltimo de estos elementos pierde la partida contra el último, con la inestimable colaboración para ello del primero, y la Iglesia recibe enormes recompensas que la convierten en una multinacional y en un actor geopolítico de Europa. Añadamos, además, que en la Italia de Savonarola las cosas son aún más complejas, pues la fuerza de las coronas más poderosas (la española y la francesa), junto con el Papado, pone en peligro (de hecho, a la larga se carga) el sistema de principados existente hasta el momento.


Last, but not least: la Europa cristiana del Renacimiento se ve a sí misma como amenazada por una fuerza con la que no puede: el Turco. Por lo tanto, vive preguntándose si todo lo que ha construido no desaparecerá bajo la espada del Infiel; que es algo que, realmente, para quien piensa que defiende una Verdad Absoluta, es una idea jodida, milenarista.


Si se es un buen católico, no se debería creer en que la Apocalipsis describe algo que algún día pasará tal y como lo cuenta el libro. Pero, como digo, para alguien convenientemente autogestionado por sus creencias y sus ambiciones, y viviendo en un tiempo tan convulso y violento, es fácil caer en ese error. Girolamo Savonarola fue uno de ellos.


El buen fraile acabó por concluir que el libro describía su siglo. La Fe desaparecida. El nombre de Dios vilipendiado y subastado en almoneda. La Iglesia, podrida de raíz. Encontró en la propia Biblia hasta siete razones que explicaban que la venida del Anticristo estaba a puntito de producirse.


Conclusión: predicar no podía ser repetir amables frases sobre la virtud y el pecado y bla. Predicar debía consistir en gritar bien alto: arrepentíos, el fin está cerca.