miércoles, junio 27, 2012

El embajador que lo sabía todo del prepucio de Luis XVI

Aluciniqui se ha quedado el modesto autor de este blog en la mañana de ayer... ¡12.000 visionados en una noche, en un blog de algo menos de 1.000 visitas diarias! La razón, que el pasado post Una boda que te cagas fue, asimismo, posteado en Meneame, y la cosa gustó. Se ve que a los meneantes estos temas entre escabro y escatológicos les van cantidubi.

Hoy me siento, pues, hasta cierto punto obligado ante vosotros, dado el interés despertado; y es por ello que he decidido contaros esta pequeña historia, para mí mucho más divertida que la anterior. La historia de un rey que decían impotente, pero que sólo era, por así decirlo, estrecho; y de los muchos desvelos que hizo un embajador español por descubrir la verdad.

Hablamos de Luis XVI. Nieto de todo un Freddy Mercury del poder monárquico europeo, Luis XV, y hombre de difícil clasificación. Hay quien ha dicho, no sin razón en mi opinión, que el Capeto es un personaje histórico especialmente desgraciado, pues podría haber sido feliz de haber sido cualquier otra cosa menos la que fue, o sea, rey. Nos dicen las crónicas, en efecto, que Luis XVI fue un hombre simple, que gustaba de pasar el rato rodeado de robustos albañiles; ello no porque fuese homosexual, sino porque lo que más le gustaba en la vida eran las labores manuales y, mientras la discusión de complejas estrategias de Estado a menudo le aburría, era capaz de pasar una tarde entera dialogando sobre la mejor forma de levantar un muro.

Siendo todavía Delfín, como decimos en España Príncipe de Asturias o heredero al trono, el futuro Luis XVI se casó con la famosa archiduquesa María Antonieta, a la que, casi nadie lo duda, amó sinceramente; tendría ocasión de demostrárselo, en circunstancias harto dolorosas para ambos.

Cuando se casó el Delfín, todo el mundo consideró que aquél sería un matrimonio dulce, feliz, provechoso y productivo desde el primer día. Al contrario que muchas personas de sangre real, dentro y fuera de Francia, Luis Capeto era extremadamente delicado y elegante con las mujeres, y en palacio todo el mundo juraba que era imposible que tuviese amantes (lo cual, por otra parte, no habría sido ninguna novedad).

La cosa, sin embargo, no funcionó. Los reales novios se casaron en mayo de 1770 y, en agosto de ese mismo año, Luis pretextó una leve indisposición (sufría muy frecuentemene del estómago, com vómitos y todo eso) para dormir solo una noche; soledad que se repitió la siguiente, y la siguiente, y la siguiente, hasta convertirse en la norma.

Se dijo, en un principio, que a Luis, Maria Antonieta no le gustaba. De hecho, se aducía muy a menudo que la razón de esa repugnancia era que María Antonieta era, de pelo natural, pelirroja (la petite rousse, la pequeña pelirroja, la solían llamar en Versalles). Pero, la verdad, ni Luis XVI expresó jamás una animadversión especial hacia las red hair women ni, de hecho, expresó jamás, en público o en privado, disposición hacia mujer alguna distinta de la suya. En un episodio relativamente conocido, visitando un convento en Passy, vio a una mujer que, al parecer, estaba esperando en el camino su paso para pedirle algún favor usando sus encantos. El rey, que ya lo era entonces, escuchó cómo algunos cortesanos ponderaban la belleza de la dama, ante lo cual preguntó su profesión; y, cuando le dijeran que era comerciante, se limitó a comentar: "pues haría mejor quedándose en su boutique que viniendo aquí".

Muy pronto tras los esponsales entre Luis y MA, comienza la esposa una correspondencia con su madre, la emperatriz María Teresa (Walburga Amalia Cristina), esposa del emperador Francisco I. Correspondencia que se irá haciendo cada vez más desesperada, y de la que forman parte también las misivas entre la propia emperatriz y Florimond Claude, conde de Mercy-Argenteau, o sea el diplomático enviado por Austria para controlar la movida (véase, a este respecto, D'ARNETH, Alfred, y GEFFROY, A. Correspondence secrète entre Marie-Thérèse et le comte de Mercy-Argentau, París, 1875).

El conde tranquilizaba a su jefa. Según él, había que tener en cuenta que, al casarse, el Delfín apenas tenía 16 años y que, además, todo el mundo decía que había tenido un estirón muy brusco y rápido, lo cual habría mermado sus capacidades libidinosas (sería la primera noticia que tengo de un joven de 16 años que rechaza un polvo, con una pelirroja además, por cuestiones de crecimiento; pero, en fin, lo mismo eran otros tiempos...)

El principal problema para Luis XVI es su abuelo, el rey. Luis XV, en efecto, no puede entender que su nieto haya tardado más de cinco o seis minutos en preñar a su mujer. Un día que aborda a su nieto y le viene a decir que si no le gusta su mujer o qué, éste le contesta que sí, que la ama, pero que "necesita tiempo para vencer su timidez". Mosqueada, María Teresa le informa a su embajador, julio de 1770, que le ha pedido cuentas al Delfín, y que éste le ha explicado a su mujer "que ignoraba todo lo concerniente al estado del matrimonio", pero que ya vivía en total intimidad con su mujer. Cosa que María Antonieta le confirma por  esas fechas a su preceptor, el abate Vermond.

No obstante, ya hemos visto que en agosto estas previsiones se rompen, y el Delfín se va a dormir solo. En octubre de ese año, la emperatriz MT está ya de los nervios, y le escribe a su hija para que "tengas paciencia y redobles tus caricias". Mas... ¿cómo se le toca la picha a un tipo que duerme en habitación aparte?

Es febrero de 1771 y los esposos llevan ya meses durmiendo separados. Mercy-Argenteau le confiesa a su jefa que no entiende nada. De mayo de ese año se ha conservado una carta de María Teresa a su hija, respuesta a una de ella que, que yo sepa, no se ha conservado, pero en la que es probable que María Antonieta compartiese con la hacedora de sus días su intención de montar un buen pollo con la cuestión. Esto se deduce del hecho de que María Teresa le diga: la douceur, la patience, son les uniques moyens dont vous devez vous servir (la dulzura y la paciencia son los únicos medios de los que debes servirte). Y el 9 de junio: ne vous decouragez pas, espérez en Dieu, tout ira bien. Tres días después, MT le escribe a su embajador en París estas líneas: Van Swieten [el médico de la corte austrohúngara] est du sentimant que si une jeune fille et de la figure de la Dauphine ne peut échauffer le Dauphin, tout rémedie serait inefficace... ¿suponen estas líneas que el médico de Viena insinuaba la homosexualidad del Delfín, y es por eso que si un pibón como María Antonieta no le hacía tilín, "todo remedio sería ineficaz"? No queda claro.


Del 23 de septiembre es una dolorosísima carta de María Antonieta a su madre, en la que la hace partícipe de la noticia de que la duquesa de Chartres ha parido un feto muerto; y apostilla que "por terrible que parezca, me gustaría al menos estar en sus circunstancias". Pocas veces, una mujer torturada por la necesidad de ser madre se ha expresado con mayor crudeza.

Para entonces, el rey ya no se corta en decir en público, incluso delante de su nieto, que no tiene más esperanza de tener descendencia que del conde de Artois. A finales de 1772, las gacetas parisinas publican que María Antonieta está embarazada; pero sólo es un bulo.

En marzo de 1773, en una situación que la correspondencia de los austríacos califica ya de absolutamente incomprensible, comienzan las labores médicas. Lassone, médico del Louvre, tiene una larga conversación con el Delfín, de la que nada trasciende (de momento).

A mediados de 1774 muere Luis XV y su nieto se convierte en rey. Todo el mundo piensa que eso va a cambiar el approach sexual del monarca, pues ahora tener descendencia ya no es cuestión de pasarlo bien o mal, sino de Estado. De hecho, en septiembre la reina empieza a vomitar y todo Dios orgasma por las esquinas de Versalles. Pero es, mala suerte, una indigestión. En diciembre de dicho año, tras una ceremonia pública, unas verduleras parisinas, tal y como MA le cuenta a su madre en una carta, la increpan amablemente animándola, con lenguaje grueso y metáforas bien denotadas, a tener descendencia y cumplir su obligación como la condesa de Artois, que acaba de quedarse encinta. María Antonieta, refugiada en sus habitaciones, llora lágrimas amargas y, por qué no decirlo, ambiciosas: la gravidez de la condesa amplía las posibilidades de que el tronco real francés transcurra en el futuro por otros derroteros. María Teresa le escribe recordándole a su hija sus obligaciones conejeras. Y ésta retruca, encabronada: la nonchalance n'est sûrement de mon coté. Más o menos: no soy yo quien no tiene ganas.

La situación es ya insostenible. Toda Francia se hace lenguas de una situación veramente extraña, y por París comienzan a circular letrillas que vienen a insinuar, de forma elegante, si algún día no decidirá el rey pedirle a su primer ministro, Maurepas, que resuelva la cuestión frotándose a su mujer.

Pero la situación está a punto de dar un giro inesperado.

Durante los años 1762 a 1787 se publicó en Londres un pasquín llamado Mémoires secrets pour servir à l'histoire de la République des Lettres en France depuis 1762 jusqu'à nos jours, que era algo así como un confidencial, un Hush-Hush, de la vida de París y de la Corte. Esta publicación semiclandestina afirma, en su número de 4 de noviembre de 1775, que el rey, faché de n'avoir point d'enfants et ayant consulté la Faculté à cet égard, celle-ci l'a determiné à subir l'operation convenable, c'est-a-dire a se faire couper le filet, en termes de l'art. El rey, pues, ha consultado su problema con los médicos y, parece ser, ha consentido hacerse cortar la carne. Mejor haríamos en decir: la piel.

Porque el rey es un estrecho. De pito. Es lo que hoy conocemos por un fimótico.

Y éste era, quizás, todo el problema. Cualquier persona bien informada en París lo sabía porque, como apunta Stefan Zweig en su biografía de María Antonieta, en realidad en la Corte todo el mundo, las camareras, los cocineros, los maestresala, hablaba de ello con libertad de tiempo atrás. Tuvo que ser, sin embargo, aquel periódico semiclandestino el que oficializara las cosas. De hecho, el tema de la fimosis del rey se convierte en un asunto de tanta actualidad en las calles, que todo el mundo quiere ayudar. En diciembre de 1776, un abate que está diciendo misa delante del rey le entrega al final de la misma una carta en la que el buen cura le informa al monarca de que conoce una postura con la que el rey podrá superar su defecto físico. Sic.

En junio de 1777, el emperador José II llega a París. Largamente esperado durante tres años, por fin ha podido viajar a Francia para ver a su cuñado y ponerle los puntos sobre las íes. Es, de hecho, el emperador el que se planta delante del temblón Luis XVI, y le dice: macho, te la tienes que tirar. Y si el forro no te da, te lo sajas; faltaría más.

Y Luis contesta: Jawohl, Mein Führer.

Si la operación finalmente tuvo lugar o no, en realidad no se sabe. Hoy en día, se tiende a pensar que no. De las correspondencias que nos han llegado de personajes mayores y menores de aquella Corte se deduce que fue versión muy extendida en la misma a principios de aquel invierno en el sentido de que el rey se había hecho abrir el prepucio para descubrir su bálano al mundo. Sin embargo, para las Navidades, el tema de conversación de los salones elegantes en París era que, tal vez, el tema se había resuelto por sí mismo. Como veremos ahora, esta tesis es la que averiguaron los "servicios secretos" españoles. Sea una cosa o la otra, lo cierto es que Luis y MA acabaron por tener cuatro hijos.


Pero este post va de algo más. Va, también, de cómo se siguió, con enorme interés como es lógico, en Madrid todo este tema. España, como país básicamente antibritánico y profrancés tras el desembarco de los Borbones en su corona, mantenía un interés vivísimo en los asuntos de Francia; además, hay que tener en cuenta que aquel palacio de Versalles era la Casa Blanca de su época. Por todo ello, Madrid tenía en París, para entonces, un embajador que era un auténtico primera fila de la política patria: don Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda. Señorial, hidalgo y muy gastador, Aranda se estableció en la Ciudad de la Luz, donde daba unas fiestas de puta madre que eran la admiración de toda la ciudad; para entonces, la única forma que encontraba España de seguir afirmando su poder era gastándose dinero en botellones de lujo.

Pero Aranda hizo más. A partir de noviembre de 1773, cuando las trompas de Falopio de la condesa de Artois entran en movimiento browniano y la cosa de la corona se pone interesante, Aranda se mete de hoz y coz en el tema de la sexualidad del entonces Delfín, y escribe unas cartas a Madrid, a Carlos III, que resultan de lectura bien divertida. Stefan Zweig afirma que Aranda llegó a sobornar a las camareras de la Corte para que le vendiesen las sábanas de cada noche, y así poder comprobar si estaban manchadas de sangre, para así saber de primera mano (o mejor, de primera sangre o primer semen) cuándo habían jincado los delfines; como vamos a ver ahora mismo, esta especie tiene muchas posibilidades de ser cierta .Por todo esto Aranda, y con mucha mayor base que otros embajadores, duda de la consumación del matrimonio, y le escribe a Carlos III:

Supónese que en la ropa de ambos príncipes hai manchas que manifiestan el acto, pero no faltan quienes las atribuyen a expulsión exterior del Delfín, sin acabar de penetrar, no por debilidad, sino por mortificarle algún dolorcillo en la punta al insistir su introducción. Apóyase la completa operación, en que de tiempo a esta parte manifiesta más apego [¿a?] la Delphina; pero el estar en duda un asunto tan interessante que se huviera publicado con aplauso, parece inclinar a que no se ha conseguido aun el fin principal.

(Estas cartas estarán, supongo, en el correspondiente archivo público. Pero, en cualquier caso, se pueden consultar, si se encuentra ejemplar claro, en la divertidísima Les correspondances des agents diplomatiques étrangeres en France, de Jules Gustâve de Flammermont).

O este texto, de 5 de agosto de 1774. Obsérvese la meticulosidad informadora del embajador español:

[ Hay] Quien dice que el frenillo sujeta tanto el prepucio que no cede a la introducción y causa un dolor vivo en él, por el cual se retrahe S.M. del impulso que conviniera. Quien supone que el dicho prepucio está tan cerrado que no puede explayarse para la dilatación en la punta o cabeza de la parte, en virtud de lo que no llega la erección al punto de elasticidad necesaria [el conde de Aranda parece no aprovechó bien las clases de Física de la ESO, ésas en las que explican la diferencia entre elasticidad y dureza].

Si fuera lo primero, a muchos ha sucedido lo mismo y aun acaece regularmente en los primeros ensayos; pero como suelen estar con mejores ganas de las que tendrá S.M. por su temperamento o inocencia, con el acaloramiento, un quejido y una buena resolución, se rasga el frenillo del todo o lo que basta para la continuación del uso, que insensiblemente deja después corriente el acto [????]; pero cuando son tímidos, entra el cirujano con una pequeña incisión y liberta el inconveniente.

Si fuera lo segundo, sería operación más dolorosa y grave en su edad, porque exige una especie de circuncisión, pues si no se redondease el corte de los labios [sic] quedaría imposibilitado el uso.

Por fin, el muy meticuloso, y muy bien informado, Aranda, envía un despacho el 27 de septiembre de 1777, informando a su rey de que la reina está embarazada. Bueno, en realidad no le informa de eso: le informa, literalmente, de que hace ocho días que le tenía que haber venido la regla. No tengo a mi disposición el original en español arandino, pero aun en francés, versión de Flammermont, el texto es, sinceramente, la hostia: C'est que, quelques jours avant le rétard mentionné, le roi avait consommé entièrement son mariage, ce dont, pendant sept ans, le roi lui-même, avait fortement douté; car bien qu'on tint pour certain que la voie était ouverte, on atribuait l'imperfection de l'accomplisement de l'acte à une sensation ou à une douleur au moment de la meilleure disposition du Roi, qui l'obligeait à se retirer, et par conséquent à ne jamais obtenir l'emission du liquide fécondant dans l'endroit où il devait se rendre... 

Confieso que Aranda me asombra. No sólo sabía qué día tenía la reina el periodo. Es que, además, sabía que, el día que el rey se la tiró, todavía le dolió el frenillo y se tuvo que retirar, por lo cual el rey anduvo todavía unos días convencido de que, como el mítico Onán, había derramado su liquide fécondant en lugar yermo, donde no haría descendencia.

Digámoslo bien alto: ¡Gloria al Cuerpo Diplomático español, carajo!

PS: Como luego me decís que si no cito bibliografía, cosa que ya os he explicado muchas veces que ocurre porque pocas de mis lecturas se publicaron ayer, os haré otra recomendación. CAMPAN, Jeanne-Louise-Henriette Genet, Madame Berthollet, dite;‎ Mémoires sur la vie privée de Marie-Antoinette, reine de France et de Navarre ; par Mme Campan, lectrice de Mesdames, et première femme de chambre de la reine. Mis en ordre et publiés par M. Barrière.‎Es un libro muy entretenido, aunque un poco caro. La mejor oferta que os puedo hacer es de 200 euros.