martes, abril 10, 2012

Versalles, explicación para todo

Confieso que una de las cosas que más me entristece es ver, oír o leer a un intelectual utilizar lugares comunes; entendiendo por "lugar común" ese conceptito de todo a 100 epistemológico, normalmente soportado por leyendas urbanas o cosas que la gente quiere creer, a veces por ideología, a veces, simplemente, porque leer un poquito para averiguar el fondo de las cosas, que no la verdad, es demasiado cansado.

Esta actitud de ir por la vida con dos de pipas, manejando conceptos simplicissimus y sacando conclusiones de los mismos, es algo que se espera, como es lógico, de quien es iletrado y, además, le parece de puta madre serlo; hay mucha gente así. De hecho, sé que a este blog llegan muchos de éstos; y lo sé por la cantidad de comentarios que dejan escritos. Y que nadie más que yo lee, evidentemente, porque el sótano comentarial de este blog está moderado (por muá), y tengo por norma no pasar comentarios que considere insultantes ad hominem para personas vivas. Dicho de otra forma: en mi blog se insulta, si se quiere, a Stalin, a Frascuelo o a Solón; pero sólo porque están muertos. Está prohibido insultar a personas vivas; por ejemplo, yo.

Y da la casualidad que este modus operandi cabestro, que va por la vida guiándose con cuarto de mitad de idea y ciscándose en todo aquél que no la comparte, se suele regir por las siguientes características:

a) Sus comentarios son anónimos. Jamás dan la cara.
b) Sus comentarios contienen siempre insultos personales, normalmente hacia el autor del texto (o sea, normalmente, yo mismo).
c) Sus comentarios van aderezados con sintagmas del tipo "todo el mundo sabe", "está sobradamente demostrado", "el que dude de XXXX es que es un XXXX", o similar. Dicho de otra forma, son comentarios en los que, siempre, las tesis defendidas no se apoyan en hechos, ni en fechas, ni en datos, ni en nada que se le parezca. Se apoyan en pretendidos consensos mundiales de los que nadie duda. Y, por si alguien duda, se suele dejar ya, por un siaca, la correspondiente deyección hermenéutica de que quien dude es que es un bla o un bla o un bla; factor común, fascista.

Como se ve, esta subespecie internetera, que la mayoría de la gente conoce con el sustantivo troll, aunque yo prefiero las siglas PRM (Polemista Retro-Masturbatorio), es todo menos un intelectual. De los intelectuales cabe esperar que sostengan tantas interpretaciones de las cosas como intelectuales hay; pero que todas se basen en el conocimiento. Lamentablemente, no es así.

El primer problema con los intelectuales es que, de tiempo atrás, se ha aceptado como socios de su cotolengo a personas cuya cultura no está en modo alguno adverada. Ya Santos Discépolo escribió aquello de que en el siglo XX es "lo mismo un burro que un gran profesor"; pero lo que se le olvidó apostillar es que esto ocurre, muchas veces, porque el pollino suele ser asimilado al scholar.

Esta movida es una secreción natural del fenómeno del manifiesto político. Cuando empezó a haber cosas de éstas, los promotores de los manifiestos, aquí y fuera de aquí, se dieron cuenta de que sus bemoles posicionamientos eran  más respetados si llevaban la vitola de haber sido avalados "por intelectuales". Lo lógico, entonces, habría sido limitar la posibilidad de rubricarlos a dichos intelectuales; pero no: lo que se hizo fue dejar que todo Dios los firmase, y asumir que, por el hecho de firmar un manifiesto, se era "intelectual".

Fue de esta forma tan peripatética que diversos personajes accedieron a la condición de intelectuales. Los actores, por ejemplo. Hoy ya nadie duda de que un actor es un intelectual; pero para demostrar sus capacidades reales están los concursos de la tele, a los que van de cuando en cuando y en los que, la mayoría de las veces, se les preguntan cosas que si leyesen deberían contestar con la nalga izquierda, pero sobre las que resulta que lo desconocen todo. Canónico en mis recuerdos es, en este sentido, algún programa de Un, dos, tres, responda otra vez en el que participaron actores, a los cuales Chicho Ibáñez solía colocarles preguntas de su gremio, pensando que así acumularían respuestas. Sin embargo, lo recuerdo bien, a una laureada actriz de la escena española, que todavía anda por los programas de la tele hoy en día, le preguntaron literatos franceses; y ella, que al parecer había representado a Molière, a Racine; ella, que digo yo, leñe, que habría visto en la tele española la famosísima versión de sobremesa que se hiciera de El conde de Montecristo, no supo decir ni un puñetero nombre. Cero respuestas, a 25 pesetas cada una... caray con la "intelectual".

Existe, no obstante, el intelectual con pedigree, o sea con papel colgado de una pared que dictamina su condición de tal. Estoy hablando del catedrático o profesor universitario. Aquí, ya, las dudas son pocas. Un tipo que ha logrado ser profesor universitario no puede ser un piernas. Yo, de hecho, lo pienso así; y lo pienso a pesar de que, como muchos, pasé por la universidad española y por lo tanto, como todos los que tal vivencia tuvimos, tuve profesores, y los caté. Supongo que como mucha gente, pasé, por lo tanto, por la experiencia de recibir clases de personas que daban toda la impresión de haber adquirido su vitola profesoral en cualquier feria veraniega, junto con el perrito piloto. Tuve un profesor de materia lingüística que escribió BERBO en el encerado, y se quedó tan campante. Sic.

Como digo, no obstante, respeto mucho el proceso de adquisición de la cátedra, que obliga a estudiar y a saber y a publicar y a escribir; motivo por el cual, cuando es un catedrático el que escribe, programo mi córtex para recibir datos procedentes de fuente fiable, sólida. De alguien que, opine lo que opine, opina porque sabe; porque se lo ha estudiado.

Y es por eso que me jode tanto cuando compruebo que, en realidad, el amanuense apenas se ha esforzado en saber.

Todo este conjunto de párrafos superferolíticos viene a cuento de un reciente artículo que le leo al profesor Vicenç Navarro quien, por lo que he podido barruntar de lecturas complementarias, es una especie de muso del pensamiento de izquierdas. Bien por él, ciertamente; y quede claro que no dudo que, como economista, estoy seguro que tendrá ideas interesantísimas. Como historiador, ya no tanto.

Dedica su trabajo el profesor a recensionar la campaña de opinión pública existente en Alemania, por la cual se pone a los griegos de vagos para arriba, y la inmoralidad básica de la misma en su opinión. Hasta ahí bien. Es este un tema opinable, ciertamente, pero las opiniones son libres, siempre y cuando no expresen a niveles excesivos de cabestrez tal y como la he definido above. Lo malo es cuando acude a argumentos históricos para sustentar la dicha opinión.

Acusa Navarro a Angela Merkel y a un etéreo e indefinido establishment alemán de adolecer de gravísimos desconocimientos de la Historia de Alemania y de Europa. Y justo es esperar, cuando alguien dice cosa tal, que no adolezca de lo mismo. Ahí reside lo doloroso de sus líneas.

Leamos:

La primera ignorancia es desconocer las terribles consecuencias de querer penalizar a todo un país por su comportamiento supuestamente inmoral. Alemania es un ejemplo de ello. El Tratado de Versalles, firmado el 28 de Junio de 1919, era el Tratado de Paz que terminaba con la Primera Guerra Mundial. Los vencedores de aquel conflicto, Francia, Gran Bretaña y EEUU, impusieron un castigo a Alemania, perdedora de aquella guerra, castigo que tenía como objetivo penalizar al pueblo alemán por su responsabilidad en haber causado la I Guerra Mundial. Con aquella penalización se intentaba prevenir que Alemania causara en el futuro otra guerra. Como dijo el Primer Ministro francés Georges Clemenceau, el objetivo central de las enormes sanciones impuestas al pueblo alemán era prevenir una II Guerra Mundial. La historia, sin embargo, mostró el enorme error de aquellas políticas de sanciones encaminadas a penalizar el comportamiento considerado inmoral de un país. La Segunda Guerra Mundial siguió a la Primera, y en cierta manera, la II Guerra Mundial era una respuesta a la política de sanciones firmada en Versalles en 1919. En realidad, el economista Keynes, de Gran Bretaña, que había dimitido de la delegación británica en Versalles por su desacuerdo con aquellas políticas sancionadoras que iban a aprobarse en el llamado Tratado de Paz, había ya alertado que aquellas sanciones empeorarían todavía más la situación alemana, creando las condiciones para que apareciese un movimiento de protesta, canalizado por el nazismo, tal com oocurrió.

Este párrafo mezcla cosas que son ciertas con otras que no lo son y el resultado es, la verdad, bastante confuso. Es cierto que los países ganadores de la Gran Guerra establecieron una cifra de reparaciones bestial para la Alemania perdedora. Es cierto, también, que una parte del sentimiento vengativo alemán estaba basado en la humillación de Versalles. Pero aquí acaban las certitudes.

Las reparaciones de Versalles poco pudieron tener que ver con la eclosión del nazismo si el Plan Young, impulsado en los tratados de Locarno, ya reducía drásticamente la cifra de reparaciones a pagar y, además, le daba a Alemania más de medio siglo de plazo para pagarlas; de hecho, de haberse aplicado Locarno hasta su completo run-off, el último pago alemán se habria producido en 1988. Los acuerdos de Locarno no es que sean previos a la llegada al poder del NSDAP en Alemania; es que son previos al putsch de la cervecería que lanzó Hitler disparando al aire (y gritando, por cierto: "¡La era del capitalismo ha terminado!"), en el que quedó como el culo y por el que fue a la cárcel, donde se dedicó a hacerse pajas con Rudolf Hess en unas cuartillas que han pasado a la Historia con el nombre Mein Kampf. De hecho, el gran problema para Europa fue lo mucho que Hitler aprendió de aquella experiencia fallida, y que se puede resumir, precisamente, con el concepto "con la matraca sobre Versalles no me como ni un rosco". Es entonces, ya lo he dicho, cuando escribe su librito; cuando empieza con su discurso antijudío que, como acertadamente ha señalado un fino analista de los discursos hitlerianos como Ian Kernshaw, hasta entonces no existía; cuando se erige en pantalla contra la reacción comunista; y cuando comienza a explotar los sentimientos nacionalistas del pueblo alemán.

Entiéndase: yo no estoy diciendo que la humillación de Versalles no tuviese nada que ver con la audiencia concedida a la sociedad alemana al nazismo. Pero:

1) Si Versalles fuese la principal razón de dicha audiencia, ¿acaso Hitler no habría triunfado antes de 1930? Cabe recordar que, en dicho año, y a causa del estallido de la Gran Depresión, las potencias ganadoras de la I Guerra Mundial hicieron uso de la cláusula del Plan Young que permitía suspender los pagos de las reparaciones por causas excepcionales. Alemania dejó de pagar con el acuerdo de sus otrora enemigos.De hecho, una cosa que el profesor Navarro olvida, o tal vez desconozca, es que Adolf Hitler siempre abominó del Tratado de Versalles; pero hasta minuto y medio antes de invadir Polonia, repitió hasta la saciedad que siempre respetaría Locarno.

2) Si Versalles fuese la principal razón de dicha audiencia, y puesto que el gran muñidor de Versalles es Francia, ¿acaso la II guerra mundial no habría empezado con una agresión a Francia? Lejos de ello, todos los actos del nazismo se centraron en "el otro lado"; allí donde estaban los territorios que, según la visión ultranacionalista alemana, le pertenecían a la nación; o sea, la famosa Lebensraun, que pesa bastante más en la teórica nazi que el problema de las reparaciones.

Sorprende que un especialista en economía no se dé cuenta de que atribuir la eclosión del nazismo al cabreo por las reparaciones de la I guerra mundial supone preterir algunos elementos de enorme importancia, precisamente en el campo económico. Como he dicho antes, el discurso social panalemán es sólo tardíamente proario y racista. La inquina contra los judíos no está en el origen de la estrategia del NSDAP, por mucho que el antisemitismo sea ideología hondamente enraizada en la Europa (no la Alemania) del siglo XIX (de hecho, el primer gran estallido social antisemita de los tiempos contemporáneos no se da en Alemania, sino en Francia; es lo que conocemos como Escándalo Dreyfuss, con su famosérrimo J'accuse de Zola). Como muy acertadamente explica Karl Dietrich Bracher en su im-pres-cin-di-ble Die Deutsche Diktatur (La dictadura alemana, publicada en dos tomos en España por Alianza; el título en alemán lo pongo en honor de mi amigo Otis B. Driftwood), los primeros odiados por los alemanes, en aquella posguerra tan complicada, no son los judíos, sino los checos.

Hay un hecho que puede escapar al ojo del analista más o menos desinformado; pero no a los de alguien que está juzgando aquellos tiempos desde el conocimiento económico. El final de la I guerra mundial supuso la eclosión de un elemento desastroso para Alemania en lo económico, que fue la disolución del imperio austro-húngaro y la consiguiente eclosión de unidades nacionales más pequeñas; notablemente Austria, Hungría y, sobre todo, Checoslovaquia. Todos éstos eran territorios que hasta entonces habían disfrutado de la protección económica de una metrópoli poderosa y de unos mercados interiores más o menos cautivos gracias a la existencia de barreras arancelarias. La independencia de estas naciones colocó en primera línea estratégica el objetivo de ser competitivas, cosa que hicieron a base de tirar sus costes, proceso del cual la principal pagana fue la economía alemana, como Japón ha sido hace menos tiempo la principal pagana de la eclosión de gigantes económicos en su área de Asia-Pacífico. El libro de Bracher, precisamente dedicado al análisis de las fuertes corrientes subterráneas que incluso un siglo antes de Hitler ya estaban cociendo el pensamiento ultranacionalista alemán, concede mucha importancia a la percepción de esta competencia como injusta y procedente de untermenschen por parte del alemán medio; que fue quien, al fin y a la postre, votó a Hitler. Y creo que es fácil entender que el hecho de que alguien te quite el puesto de trabajo es un motivo bastante más cercano para votar a tal o a pascual que la necesidad de pagar reparaciones que, para colmo, años antes de la aparición de Hitler en la escena alemana, ya se estaban pagando piano, piano.

Todo esto sin haber entrado en el error más garrafal del párrafo citado, que es su mera existencia, esto es: la comparación en sí. Comparar el sentimiento de poder de los ganadores de la guerra sobre Alemania con el sentimiento de poder de la actual Alemania sobre Grecia es, con perdón del profesor Navarro, comparar churras con merinas. Para que las merinas fuesen churras, haría falta no sólo que Alemania forzase la imposición en Grecia de un gobierno más o menos tecnocrático que ha procedido a recortes traumáticos en su gasto público. Haría falta que Alemania, además, hubiese intervenido el ejército griego, dominando por completo su existencia y crecimiento. O haría falta que tropas alemanas ocupasen, por ejemplo, las islas griegas y otras zonas turísticas, y las hiciesen suyas (como hicieron los franceses con la cuenca del Ruhr, o las zonas germanoparlantes de Alsacia y Lorena). 

Con todo, si discutible es su análisis sobre la Historia de Alemania, más aún lo es los conocimientos que demuestra sobre la de Grecia. Citando las frases de su artículo más enjundiosas:


Este supuesto se podría aplicar también a Grecia, país que ha estado gobernado por unos establishments de ultraderecha por la mayoría del tiempo desde el final de la II Guerra mundial. Las políticas corruptas, responsables de unos Estados altamente represivos y con escasa sensibilidad social, fueron realizadas por sus clases dirigentes griegas apoyadas precisamente por las clases dirigentes alemanas. El enorme endeudamiento del Estado griego, basado en parte en la escasez de recursos (generada por un enorme fraude fiscal por parte de los componentes de su clase dirigente) y en unas políticas fiscales enormemente regresivas, con unos gastos militares (aproximadamente el 30% de su presupuesto público) totalmente hiperbólico, se realizó con el apoyo del capital financiero alemán y estadounidense. Es más, la banca Goldman Sachs jugó un papel importante en la creación de la deuda pública, su ocultación y, más tarde, su especulación. El establishment alemán estaba involucrado en las políticas llevadas a cabo en Grecia, que condujeron directamente al mal llamado “problema de la deuda pública griega”. Y la banca alemana fue la que financió la expansión del gasto militar en Grecia (ver mi artículo “Lo que no se dice sobre Grecia”, publicado en mi blog www.vnavarro.org el 28.03.12). ¿Dónde está la crítica de la supuesta moralista Angela Merkel de los banqueros de su país, que se beneficiaron enormemente del comportamiento irresponsable e inmoral de la clase dirigente griega? Y, ¿cómo es que la prensa del establishment alemán está tan silenciosa sobre el papel central que el capital financiero, incluido el alemán, jugó en crear “la crisis de la deuda pública griega”? El pueblo griego no se benefició de aquellas políticas. Fue la burguesía financiera alemana la que se benefició.

Errores que aprecio en este texto:

1) La Historia de la Grecia moderna y de sus problemas NO comienza tras la II guerra mundial. Comienza mucho antes, con su independencia a principios del siglo XIX. Extender el time span tiene la consecuencia inmediata de que el Gran Hermano que mira a Grecia deja de ser Alemania, como pretende en sus tesis el profesor Navarro, sino Inglaterra (y, tras la II guerra mundial, Estados Unidos). Pero, claro, esto no cuadra con la visión del artículo. 

2) Grecia ha tenido periodos de dictadura, en efecto. Están el general Metaxas, Papadopoulos, y los coroneles. Pero también ha tenido extensos periodos de democracia, durante los cuales, eso es cierto, los griegos han votado a una clase política endogámica y que se sucede a sí misma. Pero la han votado, entre otras cosas, porque, mientras los políticos vivían bien, le garantizaban a los griegos un determinado nivel de vida; pacto que la crisis financiera del 2008 ha hecho imposible (y éste, y no otro, es el problema griego). Ya que el profesor Navarro se quiere (como digo, en mi opinión equivocadamente) ceñir al periodo de la posguerra mundial, en ese medio siglo no es moco de pavo el periodo agregado de gobierno del PASOC, partido que difícilmente se podrá definir como "de ultraderecha"; partido que continuó el rally de gastos militares, y de endeudamiento público, de funcionarización de la población activa griega, de construcción de un Estado del Bienestar hipergeneroso (y financiado por otros), etc.

3) El fraude fiscal no es cometido en Grecia por "la clase dirigente". Si fuese así, todo el problema de la Hacienda helena sería meter en el trullo a, como mucho, 2.000 personas (como también se predica, por cierto, y con parecidos niveles de análisis epidérmico, de la crisis islandesa, que tiene muchísimos más matices). El fraude fiscal en Grecia lo practica el griego medio. Lo practican los médicos, los arquitectos, los abogados, los pequeños empresarios. Todo Dios o, mejor dicho, todo Zeus. El fraude fiscal forma parte de la cultura económica griega; y es importante entender esto porque tiene mucho que ver con la inquina de la sociedad alemana hacia los griegos, porque jode mucho pagar religiosamente todos los años para que una parte de lo pagado, vía fondos europeos, se vaya a otros tipos que no pagan porque no les sale de los cojones.

4) Como decía en 1), aseverar que las políticas estructurales griegas, que el articulista califica de "corruptas" sin alejarse demasiado de la realidad en mi opinión, han sido posibles por el apoyo de Alemania, es darse una hostia en todos los morros contra la realidad geopolítica griega.

Grecia fue durante todo el siglo XIX un territorio tutelado por Inglaterra, constantemente preocupada por la posibilidad de que una excesiva influencia rusa (y alemana) en los Dardanelos, vía Turquía, le pusiera el problemas en el Mediterráneo, mar que los británicos consideraban su piscina olímpica particular y que, obviamente, adquirió una importancia comercial estratégica con la apertura del canal de Suez. De eso, es ese protectorado de facto el que permite la existencia y crecimiento de la clase política clientelar griega, pues son los ingleses los que no quieren no oír hablar de que Grecia piense por sí misma. Este proceso se repite, elevado a la séptima potencia, tras la II guerra mundial, donde el problema sigue siendo el mismo: la elevada influencia de Rusia (ahora URSS) en la zona. Ahora, sin embargo, son los Estados Unidos los que intervienen en la zona, prohibiendo el partido comunista (como en Alemania) e interviniendo directamente en la política griega. Alemania difícilmente pudo ser actor protagónico de ese proceso, porque estaba bastante malita en aquel momento y además, ejem, acababa de perder una guerra.

De hecho, el artículo de Navarro afirma que lo que habría que hacer hoy con Grecia es lo que se hizo con Alemania tras la II guerra mundial, que él describe así: perdonarle a Alemania más de la mitad de la deuda pública, deuda que Alemania, debía a los vencedores (que eran los mismos que ganaron la Primera Guerra Mundial), a fin de ayudar a la reconstrucción de aquel país.

Bueno, la verdad es que se hicieron bastantes más cosas. La primera, ojo, invadir el país entero (y repartírselo entre los ganadores). La segunda, discutir entre los ganadores cuál habría de ser la estructura constitucional del país (me refiero, obviamente, a la República Federal; en la Democrática, ni discusión hubo). La tercera, permitir que el juego democrático alemán se produjese únicamente entre las formaciones e ideologías que le molaban a quienes ejercían el protectorado (a estadounidenses, británicos y franceses les molaron varios; a los soviéticos sólo les moló ellos mismos). Y la cuarta, exigir al pueblo alemán un sacrificio enorme, con años de escasez pavorosa, para sacar adelante el país. Porque si es lógico esperar que alguien de la calle considere que los alemanes fueron ricos y vivieron todos metiéndose longanizas por el culo desde el día 1 en que llegó el Plan Marshall, no es ésta, desde luego, una interpretación que le quepa a alguien que conozca la Historia de cómo vivieron los alemanes durante los años cuarenta y aún parte de los cincuenta.

A Alemania se le perdonó una deuda que no podía pagar, efectivamente. Pero ni modo se hizo eso a cambio de que se pudiera poner a pagar pensiones generosas al día siguiente, o permitir un fraude fiscal acromegálico, o unas estructuras de gasto público para las que carecía de ingresos interiores. La sociedad alemana sudó mierda para poder encontrarse a las puertas de los años sesenta en los niveles de prosperidad y calidad de vida que para entonces eran la envidia de Europa. Blood, toil, sweat and tears...

Con todo, el problema fundamental del artículo, en lo que a Grecia se refiere, está en el punto 1) antes referido. Un economista, a mi modo de ver, no puede olvidar, o desconocer, que en Grecia ya existió una llamada Comisión Financiera Internacional mediante la cual, a principios del siglo XX, las potencias europeas del momento controlaron el presupuesto griego, incluso impusieron su derecho de nihil obstat sobre la emisión de moneda (que mayor cesión de soberanía económica no se puede imaginar), a causa de que Grecia había llegado a la bancarrota de su deuda externa. Insisto: hace cien años. Cien. Años. Pretender que el problema griego tiene treinta, cuarenta o cincuenta años, es errar gravemente en el análisis. Grecia ha hecho default varias veces en su Historia reciente; y es esta multirrepetición del efecto la que hace pensar que hay algo esencialmente mal diseñado en su sistema ecosocial. Éste es, a mi modo de ver, el problema que hay que analizar; problema que es de enorme complejidad, se compone de un montón de elementos y no, desde luego, de una limitada lista de conceptos sencillos.

Os dejo, como coda de estas notas, dos regalitos. Son dos fotos que he hecho con el móvil de un cuadrito que adorna mi despachito. La primera foto es de cuerpo entero:



No sé si lo distinguís bien, pero es un bono estatal griego. Su fecha de emisión, que figura en la columna de la izquierda, es 1898. tiene, pues, 114 añitos.

Las tres columnas de texto de la mitad inferior son iguales. El bono está redactado en griego, inglés y francés. Me interesa especialmente un párrafo, que es el que he intentado reproducir en la segunda foto: 



 


Mi traducción: 

Si los recursos prescritos por el artículo 11 del Real Decreto del 22 de abril/4 de mayo 1898 son insuficientes para el servicio del préstamo, las garantías mancomunadas de Francia, Gran Bretaña y Rusia pasarán a ser operativas bajo las cláusulas y condiciones de la Convención concluida en París, en el 17 a 19 de marzo de 1898, entre estas tres potencias y Grecia.

Da la impresión de que el problema existe desde hace algún tiempito.