viernes, abril 13, 2012

China y la URSS


[Nota previa a los lectores: al que se chive a Tiburcio que he escrito de Asia, le corto las pelotas con una navaja oxidada. Que luego se pone muy mostoso, y un elefante coñazo es mucho coñazo]



Canta EL:
Cuando te digo, digo, digo
china del alma
tú me contestas
chinito de amol.

Canta ELLA:
Cuando te digo, digo, digo
chino del alma
tú me contestas
chinita de amol.

Canta EL:
Chinita tú, chinito yo.

Canta ELLA:
Chinito tú, chinita yo.

Cantan ambos:
Y nuestro amol así selá:
siemple, siemple igual (...)

Esta coplilla tontuela se cantó en España hace años, cuando los chinos eran un hecho más o menos exótico en nuestro país (más o menos, digo, porque tengo documentada, en un libro de Bravo Morata, una emigración masiva de chinos a España en los años veinte del siglo pasado). Fue rescatada por una figura elevada de la música ligera española de todos los tiempos: Fofito, que la cantaba creo que con su padre, el inolvidable Fofó, asumiendo el papel de china del alma.

Los chinos tienen ese atractivo inenarrable de lo que no se entiende. Exóticos como son, son el objeto de chistes diversos (mi preferido es el del chino que sacó dinero del banco porque se casaba), algunos de ellos realmente imaginativos (como ése chiste andaluz que dice que los chinos compran la foto el carné en los estancos) y de leyendas urbanas, de las cuales la más conocida es aquélla de que cada chino muerto en España era inmediatamente sustituido por otro chino que venía de no se sabe dónde. Como se ve, el hecho de que no los distingamos es el centro de las coñas.

Una vez le pregunté, no a un chino, sino a un japonés, quiénes eran las orientales más guapas. Me contestó, sin dudarlo, que las coreanas; afirmación que tiene mérito teniendo en cuenta lo que el japonés medio piensa del coreano cultivado. Luego le pregunté si ellos nos veían a nosotros tan iguales como nosotros les vemos a ellos. Su respuesta fue realmente florentina: “We know that British are different”.

Una amiga mia, china de origen aunque nacida en España, me dejó un día helado cuando me contó que había ido a la Embajada a arreglar los papeles porque aquel verano se iba a China a visitar a los parientes; entabló allí conversación con otro chino afincado en España, que también iba a hacer el viaje, y que le preguntó: “Y tú, ¿qué día regresas?” A mi amiga le costó entender que aquel tipo no le estaba preguntando qué día volvía a España, sino qué día viajaba a China. Aquel chino, viviera donde viviera, fuera la que fuera su vida, entendía que viajar a China es una acción que se define con el verbo regresar.

Los chinos, pues, nunca se van de China; lo cual les convierte en personas difíciles de domeñar y de llevar por carriles que no sean los suyos. Es lo que, con mayor o menor educación, dicen aquéllos que han tenido la suerte o la desgracia de negociar con ellos: son tercos, son tenaces, son incansables. Son el tipo de gente capaz de desobedecer a quien no esperaría de nadie, pero lo que se dice absolutamente de nadie, que le desobedeciese. Y eso hicieron.

Hablemos hoy, pues, de la compleja, difícil, y tormentosa, relación entre la China Comunista y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.



Si en algún momento de los tensos años setenta del siglo XX se le preguntase a algún sovietófilo occidental quién era el principal enemigo de la URSS, habría contestado, sin dudarlo: los Estados Unidos. Y no cabría reprochárselo, teniendo en cuenta que ésa y no otra era la respuesta oficial del Kremlin. Sin embargo, desde muchos puntos de vista, esa afirmación era incierta. Más o menos en el momento en el que el general Franco comenzó a bailar la conga parkinsoniana, los más sinceros de la élite soviética, convenientemente inyectados de pentotal, habrían dado otra respuesta.
Paradójicamente, el desarrollo del comunismo durante el siglo XX tuvo la consecuencia de encontrarse con que su peor enemigo era… el comunismo.

En 1921, un grupo de doce mataos chinorris funda el Partido Comunista Chino, que no se lo piensa dos veces antes de colocarse bajo el palio de la Tercera Internacional. Desde Moscú, los dirigentes internacionalistas ordenan al comunismo chino que se integre en el Koumingtang, la formación nacionalista de Chang Kai Check, que entonces le lleva un cerro de puntos a los comunistas, lo que hace que todo el mundo considere  que tiene la liga del poder en la mano. Con este movimiento, Stalin esperaba controlar al Kuomingtang, al que no regateaba la ayuda, pero metiéndole dentro ese pequeño gusanito alien comunista que algún día eclosionaría por la barriga de la oposición china, devorándola. Sin embargo, Chang Kai Check le salió rana, porque era tanto o más ambicioso que el georgiano, y en 1927 se monta en Shanghai una matanza de comunistas para abrir boca. Stalin, acostumbrado a este tipo de putadas aunque sólo sea porque él mismo las perpetraba constantemente, aconsejó a los comunistas chinos, terminada la II guerra mundial, que se llevasen bien con los nacionalistas y gobernasen con ellos. Cuando tales cosas les decía, habían pasado apenas semanas después de las bombas atómicas en Japón, que no son otra cosa que, en acertada expresión de Gore Vidal, una patada a la URSS arreada en el culo del Japón.

A Stalin, sin embargo, no le salieron las cosas como quería. Para que hubiera sido así, el comunismo chino tendría que haber sido como lo fue, por aquella época, el español; esto es, un movimiento con dirigentes pastueños, dispuestos a hacer, decir, escribir, fusilar, opinar y defender todo aquello que desde Moscú se les encomendase en cada momento. Mao Zedong, sin embargo, no era Pasionaria; o más bien al revés. Mao quería hacer la revolución en un país, en su visión, situado en la cúpula del mundo, con capacidades que ningún otro territorio de la Tierra tenía ni tiene; y consideraba que eso le daba derecho a hacer las cosas a su manera.

El comunismo chino, por lo tanto, le hace la guerra al Kuomingtang y en 1949 proclama la República Popular China, enviando a sus oponentes a las Baleares chinas, a darse de hostias en el Parlamento, cosa que llevan haciendo 60 años con una dedicación sólo posible en un esforzado trabajador oriental.
A la llegada de Mao al poder en China, todo el mundo en Occidente sueña con la entente de hierro entre la URSS y China que creará un superpoder capaz de superar a los Estados Unidos. Esto se dice y se repite, con indisimulada alegría, en montones de tertulias más o menos pollas de la época; la época, dorada época, en la que se ligaba citando páginas de El Capital. De hecho, el primero que dice creer en ello es el propio Mao, que coge un avión a Moscú y se pasa allí dos meses de vellón. Sería interesantísimo que, si hay papeles de las horas y horas de reuniones que se produjeron en aquel tiempo, apareciesen algún día y alguien los editase. Nos permitiría ver cómo Mao llegó ante Stalin y le dijo: macho, tú eres el boss; pero en mi queli mando yo. Si te piensas que yo voy a ser como Checoslovaquia o Hungría, más vale que vayas aflojando.

Mao era un tipo tremendo. No se lavó los dientes en su vida y no por casualidad es Medalla de Oro al Genocida del siglo XX (70 millones de muertos, que se dice pronto). Stalin no se esperaba a un tipo así; que se le pareciese tanto, quiero decir.

De aquella visita el resultado fueron siete tratados de amistad y cooperación, en los que Mao, además de meterle la mano en la bolsa a Stalin (le sacó un crédito de 300 millones de dólares al 1% de interés) le dio la primera en la frente, dejándole claro que no era lo mismo que los territorios fuesen controlados por comunistas que por comunistas chinos. Así pues, Zedong le arrancó a Stalin el reconocimiento expreso de la soberanía china sobre Manchukuo, el territorio ocupado por Japón del que fue emperador Pu Yi el Po Llas; y el compromiso de que la URSS le retrotraería a los chinos cualesquiera posesiones orientales arrancadas a los japoneses y, muy en especial, Port Arthur, enclave que los soviéticos ambicionaban como yo unos buenos torreznos.

Dicen los que saben de esto que, en el fondo, lo que hizo Mao fue jugar la baza de Tito. Es decir, aprovechar que Stalin estaba de los nervios con la defección yugoslava, que le hacía temer que su ajedrez de dominator comunista se le fuese, poco a poco, a freír vientos. El chino supo, por lo tanto, poner cara de póker (hay que reconocer que esto los chinos lo bordan) y hacer como que pensaba en apuntarse a la moda contrasoviética, provocando que Stalin desabrochase, disimuladamente, el cinturón de sus pantalones. Dentro de esta estrategia de palo y zanahoria, Mao no tiene ningún problema en demostrarle a Moscú su férrea solidaridad soviética metiendo de hoz y coz en la guerra de Corea miles y miles de soldados (total, tenía más…) Por lo demás, en 1953, como es bien sabido, a Mao le toca la lotería porque Stalin va y la espicha; para colmo, detrás de Stalin llegará un ucraniano pígnico que resulta que se quiere llevar bien con Occidente, lo que le deja al chino todo el espacio de chico malo.

En 1955, se produce el primer movimiento de importancia de este nuevo líder del comunismo mundial que, aunque Moscú todavía no lo sepa, está jugando a sustituirlos al frente de la vanguardia proletaria del planeta. En la ciudad indonesia de Bandung, y bajo los auspicios del general Sukarno, 29 países asiáticos y africanos se reúnen en una conferencia de donde surgirá el Tercer Mundo como concepto y una cosa que ahora no se sabe lo que es pero que fue chupi lerendi de famosa hace décadas: el Movimiento No Alineado.

El Movimiento No Alineado, como su propio nombre indica, pretende luchar contra la bipolaridad de la geopolítica mundial, tratando de establecerse en algún lugar entre los EEUU y la URSS. Eso de la no alineación fue en realidad una castaña pilonga de la hostia, porque hay que estar muy mamado para creerse de verdad que líderes como Mao o Gadafi estaban equidistantes de ambos bloques. Pero, como tantas ideas que la gente, y los politólogos muy en especial, querían creer, tuvo más éxito de David Bisbal.

En todo caso, a efectos de lo que aquí estamos contando, lo importante es que Chou En-lai, o sea The Chinese Moratinos, estuvo en Bandung. Y ese gesto, el de no alinearse, le sentó a Khruschev peor que si los chinos le hubiesen hecho una colonoscopia con un soplete oxiacetilénico. Eso sí, como para los chinos da igual que el gato sea blanco o negro mientras cace ratones, como pacientemente le explicaron a Felipe González cuando estuvo por allí, nunca terminan de soltar amarras. Si la mano derecha de Mao se desalinea, su mano izquierda firma la sólida condena sin fisuras del titismo, pone de gilipollas a los húngaros por querer cambiar las cosas y aplaude con las orejas cuando los soviéticos les invaden.

A pesar de todos estos gestos para la galería, en el entourage del Kremlin están, ya, literalmente acojonados con el tema chino desde Bandung. Khruschev da un paso en 1957 firmando un acuerdo secreto con Pekín cuya guinda es la tecnología atómica; Mao, para entonces, está que no mea por conseguir la bomba, y se hace literalmente pajas con la idea de lanzarla contra Japón o Estados Unidos (al fin y al cabo, un contraataque nuclear… ¿a cuántos chinos podría matar? ¿Dos, tres, diez millones? ¿Y a quién le importa?).

Estados Unidos reacciona inmediatamente. Firma un acuerdo con el gobierno formosano para instalar en la isla cabezas nucleares. Mao eyacula para dentro del susto. Llama a la solidaridad comunista contra tamaña agresión… y se encuentra con un elegantísimo silencio de la URSS en la ONU. Es en ese momento cuando Mao, impulsado por las circunstancias, da un paso que mesmerizará a cohortes enteras de jovenzanos en las universidades europeas durante dos o tres décadas. Ese paso adelante consiste en condenar a la URSS por revisionista, y afirmarse, desde el tercermundismo, como marxista auténtico. Ha nacido el maoísmo, a la izquierda del prosovietismo. Detrás de mi vendrá, bla bla bla.

Mao vuelve a Moscú, pero esta vez no son sonrisas lo que despliega. Acusa a los soviéticos de imperialistas (o sea, como ir y plantarse delante de Zerolo, y llamarle homófobo), y anuncia su célebre Gran Salto Adelante, en realidad Gran Hostia en los Morros (pero esa es otra historia). En 1958, los chinos se estrenan como potencia solidaria con los oprimidos del Tercer Mundo con el bombardeo de las islas Quemoy y Matsu y la conocida como crisis de los estrechos.

A Khruschev se le hinchan las pelotas. Pasa al ataque, acusando a los chinos de capullez revolucionaria. Y, además, da un paso acojonante: se presenta en Camp David, a darle la mano a Ike Eisenhower. La hostia en vinagre. El líder ruso sigue con el órdago a grande: suspensión de la ayuda económica a China, repatriación de los asesores residentes en el país, denuncia del acuerdo nuclear secreto, y cambio de alianzas. En 1962, cuando India y China lleguen más o menos a las manos, la URSS se decantará por el primero de ellos.

Ahora le toca mover ficha a China. Mao podrá ser un asesino y un cabrón, pero es más frío que los caños de las fuentes públicas de Anchorage, Alaska. Busca aliados en la trastienda cabreada del leninismo. Rápidamente, encuentra a la Albania del incomparable líder Enver Hoxa. Con ocasión de la muy conocida crisis de los misiles, China se jacta de la URSS, aseverando que se ha bajado los pantalones delante de Kennedy.  Khruschev se cachondea de los chinos delante de todo Dios, recordando que, por muy gallitos que sean, ahí tienen Hong Kong, Macao y Taiwan, limpios de polvo y paja marxistas-leninistas.

En el año 1964, probablemente a causa de su intención de emascular el carácter vitalicio de los cargos en el PCUS, los comunistas rusos se pasan a Khruschev por el forro. Y los comunistas chinos, siempre tan aficionados los chinos a los fuegos artificiales, explosionan su primera bomba atómica (en 1967, de hidrógeno). Ambos hechos trabajan en favor de la reconciliación, que parece verse confirmada por lo mucho que se ven Chu En-lai y Alexei Kossigin. Pero ni modo. La URSS acaba por declarar su total respeto a la frontera sino-soviética procedente del siglo XIX, lo cual, Mao se apresura a recordarlo, supone pasar totalmente de las palabras escritas por Vladimir Lenin, quien no consideraba justo imponer a los chinos las fronteras zaristas.

En estas estaban las cosas más o menos cuando estalló la guerra de Vietnam. El conflicto vietnamita es una de esas cosas en las que se olvida el hecho de que, no pocas veces, una guerra es varias guerras a la vez. Como mínimo, está la que todo el mundo conoce, esto es la librada por Estados Unidos contra el comunismo; pero está también la librada entre comunistas, esto es entre soviéticos y chinos. 

Inicialmente, el Vietcong obtiene su fuerza y acometividad del apoyo soviético, relación que se estrechará tras la victoria y llegará a su máximo en 1978, con el ingreso de Vietnam en el Comecon (la especie de mercado común soviético); de todas formas, ya llovía sobre mojado porque dos años antes, en el IV congreso del Partido de los Trabajadores de Vietnam, todos los miembros relevantes prochinos habían sido laminados. Todo esto, a Mao, le pone de los nervios, porque sabe que ahora corre el peligro de tener a un aliado de su peor (repetimos: peor) enemigo en su mismo patio de atrás. Pekín no quería a nadie; a nadie, ni amigo, ni enemigo, en Indochina. Consideraba el área su zona de influencia y, consecuentemente, se consideraba con fuerza moral para exigir que Moscú no tocase pito en esas tierras. Pero no era ésa la idea de Moscú, pues para los soviéticos la cagada americana en Vietnam, desde muchos puntos de vista inesperada, les regalaba la posibilidad, a la que ya habían renunciado casi al completo, de desarrollar su propia área de influencia en Asia; este papel, el de disciplinado corresponsal del Kremlin, es el que tenía que haber jugado China en los planes de Stalin, y para el cual firmó el pacto de amistad del 14 de febrero de 1950.

Consecuentemente con estos objetivos, la URSS, en cuanto un Vietnam de aquel lado del Telón de Acero comenzó a tomar cuerpo, comenzó a diseñar el proyecto de una Federación Indochina, al mando de Ho Chi Mihn, líder carismático tercermundista que, para horror de los chinos, comenzaba a tener su propia claque de amiguetes en las sociedades occidentales (porque sí: en Occidente fueron muchas las asambleas y manifestaciones en las que se blandieron pancartas con retratos de este señorito, cuya política provocó uno de los mayores éxodos por hambre y pobreza extrema de su siglo).

Aquel proyecto era un torpedo en la línea de flotación de Bandung y el montaje del movimiento no alineado en Asia, especialmente porque la causa comunista no las tenía precisamente todas consigo en Indonesia. Poca gente parece recordar ahora que Pekín, conforme la presencia militar americana en Vietnam comenzó a debilitarse, llegó a defender ideas tan poco coherentes con los objetivos revolucionarios como que algunos países de la zona permaneciesen aliados de los Estados Unidos, o que la VII Flota anclase en el mar de China. De hecho, ya en 1959, cuando Leónidas Breznev propuso un pacto de seguridad colectiva en Asia (embrión de la Federación Indochina), Pekín respondió abriendo contactos con la ANASE (Asociación de Naciones del Asia Sureste: Singapur, Malasia, Indochina, Tailandia y Filipinas), de perfil anticomunista. China, elegantemente, anuncia a sus nuevos amiguitos que renuncia a controlar las poblaciones chinas residentes en sus costas, e, incluso, no sólo tolera la deriva proamericana de Filipinas e Indonesia, sino que no tiene reparo en venderles combustible a precio de amigo.

Hay que tener en cuenta, además, que China tenía muy serios conflictos territoriales con Vietnam, centrados en las islas Hsisha y Nansha. Las primeras están entre la isla de Hai Nan (china) y la costa vietnamita. En 1974, fueron ocupadas por tropas vietnamitas, posteriormente desalojadas por los chinos. Con estos mimbres, nadie se extraña que los chinos procediesen a la invasión del país a finales de los setenta, como una operación punitiva de castigo por la invasión vietnamita de Camboya, que terminó con el régimen de ese intelectual pacifista de altura llamado Pol Pot, de tendencias, a la par que praxis, bastante maoístas (algunos años antes, cuando Alexandr Sholzenitsyn anunció en la televisión francesa que alguien, en nombre del comunismo, acabaría por organizar una matanza masiva en Indochina, toda la intelectualidad francesa se alzó para motejarlo de tonto'l'culo para arriba, pasando por vendido a los Estados Unidos).

En los inicios de los años setenta, los problemas entre soviéticos y chinos eran un montón. Estados Unidos, por su parte, estaba en trazas de sacarse de encima el marrón de Vietnam (muy pronto, Kissinger y Le Dhuc To comenzaron a negociar) y, además, tras la guerra del Yon Kippur estalló la crisis del petróleo. Cuadruplicado el precio del crudo, en Washington se dieron cuenta de que eso podía suponer un balón de oxígeno para una URSS que ellos sabían (aunque cara a la galería no lo dijesen) que estaba comatosa (como de hecho ocurrió; muchos años habrían de suspirar los rusos con nostalgia por los tiempos de Breznev, con sus tiendas llenas de género). En esas circunstancias, el siempre culebrero presidente Richard Nixon se dio cuenta de que había que mover ficha. Además, Nixon era un tipo que vivía obsesionado con su gran rival histórico, John Fitzgerald Kennedy, y necesitaba dar un aldabonazo internacional histórico del calibre de la crisis de los misiles o el famoso Ich bin ein Berliner.

Así las cosas, vaya si movió ficha don Ricardo.

Aquel proceso se conoció en su tiempo como “la diplomacia del ping pong”; y fue así porque, entre los actos de hermanamiento y normalidad entre los pueblos estadounidense y chino, los temibles pimponeros chinos fueron invitados a hacerse unas partiditas con los americanos (entre ellos, Forrest Gump). En todo caso, el punto crucial de aquel proceso fue la llegada a Pekín de Richard Nixon.

Es importante reflexionar un poco sobre lo que venía a significar este gesto. Suponía, simple y llanamente, cargarse Yalta. A tomar por culo el mundo bipolar de viejos aliados mirándose con eterna desconfianza. There’s a new kid on the block, y tiene los ojos rasgados. China entra en la ONU, con su veto y todo.

Con ese gesto, Washington dio alas al movimiento tercermundista. Algo que, desde luego, le planteó problemas, y muchos, empezando por la propia Indochina; pero que, a la larga, tal y como los estrategas de la Casa Blanca esperaban, fue mucho más jodido para la URSS. Y es fácil de explicar. Que EEUU era el enemigo de China, iba de suyo; pero que China se presentase en Nueva York y bramase en la sede de la ONU contra el “social-imperialismo” soviético, ya tenía muchos más bemoles; más aún que lo calificase sin rubor de su peor enemigo.

Esta es la razón, además, de que el maoísmo acumulase tantos acólitos en las juventudes occidentales de la época; muchos jóvenes y no tan jóvenes de izquierdas se sintieron, por fin, liberados de poder decir lo que sabían o sospechaban de tiempo atrás: que la URSS, lejos de ser la Vanguardia del Progresismo Mundial, se había convertido en una abuela cabreada e hiperburocratizada, que repetía el gran pecado de su enemigo americano: el imperialismo. Había que defender a los países del Tercer Mundo de esa doble tensión invasora, y el gran defensor era el maoísmo. Entre la pasión que los humanos ponemos siempre en creernos lo que queremos creer, y que los Estados Unidos, en el marco de su acercamiento a Pekín, “se olvidaron” de airear las atroces matanzas, torturas y crímenes cometidos por el régimen, el maoísmo consiguió cargarse a decenas de millones de sus compatriotas (algunos de ellos enterrados vivos, cositas así) mientras en los cenadores de Occidente se lo consideraba el no va más de la Libertad.

En 1978, China denuncia el polvoriento y ajado tratado de amistad firmado un día entre Stalin y Mao (probablemente, por una cuestión de elegancia, esperaron a la muerte de éste, en 1976); y firma un tratado de amistad con Japón, que compromete todavía más la posición de la URSS en Extremo Oriente. Con la llegada de los años ochenta, que se identifica sobre todo con dos culos: el de Reagan, que se aposenta en el despacho oval; y el de Margaret Thatcher, que se aposenta en Downing Street; con la llegada de los ochenta, como digo, los problemas de la URSS, ya, serán otros. También hay que tener en cuenta que Mao esta muerto y que los nuevos líderes chinos van prefiriendo, cada vez más, posiciones más pragmáticas (lo cual aleja el fantasma de un conflicto); y que los llamados dragones asiáticos dejan de ser convidados de piedra en la tertulia oriental.

La URSS va a comenzar, en los ochenta, un auténtico Via Crucis, que los chinos contemplarán como siempre: con su cara de póker, que esconde de puta madre sus sentimientos.



Que esconde, simple y llanamente, que se lo están pasando de puta madre.