lunes, abril 09, 2012

Polonia


Al contrario que otros países del entorno, Polonia nunca fue un enclave fácil para la Unión Soviética. Al terminar la segunda guerra mundial, Polonia tenía una larga tradición de colaboración con los aliados; disponía de un gobierno en la sombra en Londres; tenía conciencia política sobrada; y, last but not least, tenía muy poquitas cosas que agradecerle a la URSS porque, de hecho, la que pronto sería la quintaesencia del progresismo mundial a los ojos de los veletas de turno se había portado con Polonia, y se seguiría portando, como un sátrapa violento e invasor.

La sociedad polaca guardó como en un dorado camafeo familiar ese sentimiento de traición perpetrada por sus propios salvadores; Occidente, dejando que Yalta acabase por dejar caer Polonia en las manos de Stalin; y el propio Stalin, cercenando después de ello toda esperanza de independencia en el país. Poco a poco, además, y porque este tipo de sentimiento negativo necesita de instituciones estructuradas para conservarse, este tipo de oposición silenciosa acabó por escoger como caldo de cultivo la Iglesia católica, de inusitada fuerza en el país.

La segunda guerra mundial acabó con algo más de un tercio de la población de Polonia. Para que nos hagamos una idea, esto convierte dicha guerra en una tragedia unas diez veces mayor que la guerra civil española para los españoles. La mitad de los abogados o de los médicos, y un tercio de los catedráticos o sacerdotes, habían muerto en la contienda; sin contar con el hecho de que la minoría judía, normalmente de elevado nivel cultural y profesional, había sido literalmente laminada.

Otro tema que habitualmente olvidamos de la Polonia de la segunda guerra mundial, entre otras cosas por el intenso interés de los franceses hacia dicho olvido (en connivencia con los soviéticos), es que en Polonia se montó el movimiento de resistencia antinazi de mayor calado de toda Europa. La archifamosa Résistance gabacha es a la Home Army polaca, con su gobierno en la sombra radicado en Londres, su ejército propio, sus escuelas e incluso su pequeño “Estado del bienestar” que pagaba “pensiones” a sus necesitados, lo que Pocoyó es al Quijote.

Tampoco hay que olvidar, hecho éste sistemáticamente preterido a lo largo de todo el siglo XX porque no cuadraba, ni cuadra, con según qué visiones, que Polonia fue invadida por la URSS tan sólo 16 días después de que Alemania lo hiciese por el otro lado; todo ello merced a un pacto ruso-nazi que, por cierto, los comunistas españoles, ésos que antes, durante y después de la guerra civil hablaron y no pararon de frenar y combatir el fascismo, recibieron aplaudiendo con sus disciplinadas orejas.

En marzo de 1940, el Politburó de la Unión Soviética decretó la muerte segura de casi 22.000 presos polacos, 4.421 de los cuales fueron enterrados en las famosas fosas de Katyn. Muchos de los asesinados allí, por cierto, ni siquiera eran militares, sino reservistas. Estúpido matiz para el régimen Luminaria del Progresismo Mundial.

Con total desparpajo, la URSS permitió a esos mismos polacos a los que había masacrado crear unidades dentro de su ejército desde el momento en que Hitler les invadió. Los varsovianos, hasta los cojones, se levantaron en agosto y septiembre de 1944, en un movimiento de resistencia en el que murieron 250.000 personas (uno de cada tres muertos en la guerra civil española, y eso siendo generosos en el conteo de nuestras víctimas).

El final de la guerra supuso la erupción de un enfrentamiento larvado entre los grupos políticos polacos que rechazaban la influencia soviética, y los que veían en la misma la salvación frente a la barbarie nazi. Esta última tendencia, obviamente promovida desde Moscú, movió ficha con rapidez. En 1948, los partidos Socialista y Comunista celebraron un congreso de unificación, del que salió el Partido Unido de los Trabajadores, que se benefició del órdago estaliniano en Yalta, que acabó por entregar el poder en el país a los comunistas.

Justo es decir que los comunistas, conscientes de las amplísimas masas sociales contrarias a ellos, sobre todo en el campo, pusieron en marcha una política de desarrollo rápido para ponerles a estas capas sociales frente a las ventajas del sistema. En los primeros años de la Polonia comunista, en torno a un millón de campesinos pudieron abandonar el campo, a causa de la creación de otros tantos empleos en la industria.

Desde el primer momento, la nomemklatura comunista tuvo claro que la Iglesia era su gran contrapoder. Por eso se apresuró a embargar sus propiedades y tomar el control sobre sus organizaciones, como Caritas. Además, inventó un movimiento, en el de los Sacerdotes Progresistas, que resulta difícil saber en qué medida consiguió sus acólitos por convicción o “convicción”. Se llegó incluso a colocar bajo arresto en un convento de las montañas al primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszynski.

En 1953 falleció Stalin y eso, para Polonia, siendo como era un país en el que la élite comunista nunca había dejado de vivir con el rabillo del ojo puesto en los centenares de miles de polacos que iban a misa, que construían templetes clandestinos como respuesta a la prohibición de levantamiento de nuevas iglesias; para Polonia, digo, la muerte del medalla de plata al genocida del siglo XX, supuso el comienzo de un proceso acelerado y casi inmediato de desestalinización. En 1954, la cúpula comunista polaca arrestó a la práctica totalidad de la policía secreta estalinista. En diciembre de 1954, Vladislav Gomulka, dirigente comunista que había sido arrestado en los tiempos de Stalin por “desviaciones nacionalistas”, fue liberado. En 1955, por todo Polonia nacieron una especie de grupos de discusión política; aunque bien es verdad que era una discusión entre comunistas. El comunismo polaco, además, impulsó inmediatamente sus movimientos juveniles, lo cual, de una forma casi natural, provocó el nacimiento de la crítica interna más o menos light, muy propia de las personas en su primera juventud. En febrero de 1956 se produjo la famosa denuncia secreta de Khruschev sobre Stalin en el congreso del PCUS, que prácticamente se siguió, en Polonia, de la muerte de Boleslaw Bierut, cabeza del PCP estalinista. De hecho, el 20 de marzo de 1956, con ocasión del funeral de Bierut, Khruschev estuvo en Varsovia, y mantuvo otra reunión secreta, en este caso en el seno del comunismo polaco, en la que estuvo, de nuevo, crítico con Stalin.

En una decisión que no tiene parangón en todo el Bloque del Este, el Partido Comunista Polaco decidió realizar copias de aquel discurso del premier soviético, y distribuirlas públicamente. En el seno del comunismo polaco comenzaron a discutirse temas hasta entonces prohibidos, sobre todo el pacto Hitler-Stalin y las responsabilidades de Katyn. Fue en este ambiente en el que se produjeron los sucesos de Poznan.

En 1956, en Poznan, los obreros polacos “celebraron” la muerte del estalinismo montando una huelga monstruo en un gran complejo industrial metalúrgico que, paradójicamente, llevaba el nombre de Josif Stalin. El motivo fue un nuevo sistema de cálculo de los salarios y los seguidores del paro no menos de 100.000. En las concentraciones, los obreros coreaban un eslógan especialmente hiriente para orejas burocratocomunistas: “Muerte a la burguesía roja”. Lo que siguió fue una represión brutal, con 70 muertos y cientos de heridos.

El comunismo oficial polaco terminó con Poznan a sangre y fuego. Sin embargo, eso no quiere decir que se pudiese permitir seguir como si tal cosa. La presión sobre los comunistas era enorme e interna (no se olvide que muchos de los reformadores finales del comunismo terminal polaco eran entonces jóvenes cuadros del Partido). Como consecuencia, tras la represión, el régimen tuvo que abrir la mano. Las colectivizaciones en el campo se frenaron en seco; más aún, el péndulo fue empujado en sentido contrario y muchas tierras fueron devueltas a los campesinos. El régimen comenzó a autorizar la construcción de iglesias; más aún, los sacerdotes fueron invitados a sentarse en el Sejm, Parlamento polaco (institución, en todo caso, entre inútil y absolutamente inútil). En octubre de aquel 1956, el cardenal Wyszynski fue liberado. Ese mismo mes, entre aclamaciones populares, Gomulka fue colocado al frente del Partido. En las vísperas del primer plenario del Partido Comunista bajo Gomulka, Khruschev se presentó en Varsovia acompañado por un ejército de aparachitniks moscovitas, y no se fue hasta que Gomulka le juró por el mismísimo Lenin que era un devoto comunista. Quizás el juramento gomulkiano se vio de alguna manera influido por el hecho de que, antes de salir de Moscú, el premier soviético había dado órdenes a varias divisiones acorazadas soviéticas para que se acercasen, haciendo ruido, a la frontera polaca.

Desde algunos puntos de vista, se podría decir que, en 1956, la URSS tuvo dos problemas: Hungría, y Polonia. Moscú tenía que decidir en cuál de los dos poner las palabras, y en cuál los tanques; porque haber invadido ambos países a la vez podría haber sido intensamente contraproducente y, de haberse limitado al diálogo en ambos casos, es probable que el Telón de Acero se hubiese ido a tomar por culo. Gomulka, en este sentido, parece haber sido bastante más hábil que Imre Nagy a la hora de convencer a Khruschev de que a él no hacía falta convencerle a hostias.

Sin embargo, Gomulka pagó un precio, porque la penetración de nuevos cuadros en el comunismo oficial polaco se frenó en seco. Los protagonistas de aquellos círculos de calidad creados años antes,donde tan abiertamente se había discutido, fueron rápidamente enterrados en puestos simbólicos del Partido. Sin embargo, esto no supuso la tranquilidad para el PCP, que se vió rápidamente sobrepasado por la Iglesia.

El cardenal Wyszynski, durante su confinamiento en la montaña, se había convertido en un grandísimo devoto mariano. Lo cual no quiere decir que creyese en Rajoy, sino en la Virgen. El marianismo del primado polaco dejó una huella indeleble en el clero polaco y se reprodujo en el Papa Wojtila, uno de esos sacerdotes que hablaron con muchísima más pasión de María que de su Hijo o, incluso, de su Divino Esposo. Wyszynski colocó a Polonia bajo la figura de la Virgen (renovando el voto en tal sentido del rey Juan II Kazimierz, 300 años antes). Luego organizó la conocida como Gran Novena, en la cual, durante nueve años, miles de meditaciones fueron convocadas, durante las cuales fue paseada por todo el país una réplica de la conocida Virgen Negra de Czrestokowa, cuyo original se venera en el monasterio de Jasna Gora (en 1966, la paseada sería la Virgen original). Aquellos actos religiosos generaron demostraciones colectivas de miles y miles de personas que ya quisieran para sí los comunistas. La Gran Novena conforma una movilización que no tiene precedentes en la Historia de la cristiandad moderna.

Después de aquel intensísimo año de 1956, y por mucho que se esforzó el comunismo oficial, ya nada volvió a ser igual. El año dejó un trazo tan importante que en 1966 se celebró entre los progresistas su décimo aniversario, que estuvo centrado por una conferencia del marxista progresista Leszek Kolakowski, quien acusó a Gomulka de haber olvidado el 56 y fue, por ello, expulsado del Partido Comunista. También fue suspendido el profesor Adam Michnik, hijo de una familia judía que ya profesaba el comunismo antes de la segunda guerra mundial y que había sido encarcelado durante algún tiempo; pero dicha suspensión provocó la publicación de un manifiesto de miles de estudiantes y profesores universitarios, muchos de los cuales, además, enviaron sus bajas al Partido.

El comunismo oficial aprendió del affaire Kolakowski-Michnik que tenía que limpiarse de progres y críticos. En 1968, estudiantes polacos fueron expulsados del partido en capazos de cientos, si no de miles; para muchos de ellos, la expulsión fue mucho más allá de un simple extrañamiento político, pues supuso su inmediato llamamiento al servicio militar. Para cuando sucedió la Primavera de Praga, no quedaban en el Partido Comunista Polaco elementos que hubieran podido apoyarla.

En diciembre de 1970, sin embargo, se presentó otro episodio de la que bien puede ser vista como la lucha continuada entre el comunismo polaco y todos aquéllos cuya voz había sido callada tras la segunda guerra mundial por razón de la entrega del país al entorno soviético. En el país se produjo una subida rápida y elevada en el precio de algunos alimentos básicos (diez días antes de Navidad), lo cual lanzó un rápido movimiento de protesta en los astilleros Lenin de Gdansk (Dantzig en alemán). Las autoridades locales cometieron el error de prestar a los dirigentes obreros el sistema de megafonía de la fábrica para convencer a los manifestantes de que depusiesen su actitud; éstos lo utilizaron para convocar a todo el mundo a las puertas de la fábrica. Aquella multitud hizo dos cosas de ésas que mueven a cuestionarse la mitad de la historiografía, y tres cuartos de la politología, del siglo XX (y del XXI): la primera, cantar La Internacional; la segunda, exigir la dimisión de los gobernantes comunistas. Luego marcharon hacia el centro de la ciudad de Gdansk y atacaron la sede del Partido Comunista (menuda patota de fascistas, ¿no?). En Szczecin, los trabajadores convocaron una huelga en solidaridad con Gdansk y establecieron durante tres días una república de trabajadores (quisimos decir: otra república de trabajadores, ya que los regímenes soviéticos es lo que son. O eso dicen).

En un claro signo de desesperación mezclada con indecisión, el PCP llamó a los trabajadores a crear comités para elaborar sus reivindicaciones de una forma ordenada; curiosa incongruencia histórica ésta, en la que la figura del soviet, tras haber sido usada, sesenta años antes, para deteriorar un régimen, era usada ahora, a la desesperada, para salvar otro.

El propio llamamiento del PCP supuso la creación del Comité de Huelga Interfactorías, que eligió a sus representantes, entre ellos un electricista de Gdansk, que entonces tenía 27 años, llamado Lech Walesa.

Después de varios meses de tiras y aflojas, huelgas y negociaciones, las subidas de los alimentos fueron revertidas. No obstante, esto no se había hecho sin disparar hasta la muerte a 44 obreros del astillero, como poco (son las cifras oficiales). Demasiado para Gomulka, que fue elegantemente sustituido por Edward Gierek, un ex minero.

Gierek estableció en Varsovia la que se conoció como La Mafia de Silesia, la región minera donde había sido gestor. Tomó las grandes unidades de poder comunistas y las dividió en pequeñas unidades, buscando no tanto la eficiencia en la gestión como la ineficiencia en la lucha por el poder; la mayoría de los líderes comunistas no han trabajado para otra cosa que para prevenir las acciones de otros para desalojaros. Gierek, asimismo, también creyó en una estrategia en la que, por aquel entonces, creyeron muchos, casi todos, los gestores de los países comunistas satélite, quizá con la excepción del peripatético Nicolae Ceaucescu. Se trata de la estrategia de tomar préstamos milmillonarios en Occidente con los que financiar una mayor oferta de consumo para la población interior (reduciendo así su cabreo) y, al mismo tiempo, una modernización de la industria que la haría más competitiva. Se trataba de una especie de cuento de la lechera en la que las futuras exportaciones lo iban a pagar (más bien repagar) todo.

Y, en su inicio, funcionó. En la primera mitad de los años setenta, Polonia creció a tasas chinas, como lo hicieron los salarios. Pero para 1979 los créditos se habían acabado y la industria no había respondido. Se debían 20.000 millones de dólares y el país tenía un modo de vida económico el que debía de importarlo prácticamente todo, pagándolo en dólares.

En junio de 1976, subidas monstruo de los alimentos (entre el 70% y el 100%), provocan la huelga en 130 factorías. Apenas 24 horas después de haberla aplicado, el primer ministro apareció en televisión rectificando la subida de la carne y anunciando extrañas “consultas” con “representantes de la sociedad” (lo cual, bien mirado, venía a suponer la admisión por su parte de que el Partido Comunista ya no representaba, ay, a la clase obrera). Fue en este punto en el que un grupo de intelectuales y profesionales forma la KOR, Komitet Obrony Robotnikow, o Comité de Defensa Obrera. Los fundadores del KOR animaban a los trabajadores a crear pequeños KOR en cada fábrica y comunicarles cualesquiera casos de agresión, que publicaban en un Boletín. Otros grupos nacionalistas crearon un comité para la defensa de los ciudadanos y de los derechos humanos, y la Iglesia creó el llamado Movimiento por la Joven Polonia. Movimientos, todos éstos, que publicaban trabajos de intelectuales amortajados por el régimen, como Czeslaw Milosz o Witold Gombrowicz. Nada de esto podían prohibirlo los dirigentes comunistas. Sabían que una acción de este tipo sería inmediatamente denunciada en Radio Europa Libre, cuya recepción en media Polonia era imparable (las ondas hertzianas no saben de fronteras), generando con ello, además, problemas con los prestamistas occidentales sin los cuales el comunismo era una cáscara de huevo.

A finales de la década de los setenta, la estrategia de mejorar la capacidad de consumo de los polacos los había sumido en una humillante pobreza relativa y un déficit en la balanza de pagos de 25.000 millones de dólares. Para colmo, en octubre de 1978, en Roma, el colegio cardenalicio, según los no creyentes; o el Espíritu Santo, según los creyentes, tiene la humorada de elegir Vicario de Cristo en la Tierra a un tipo que está dispuesto a hacer lo que sea (incluso embarcar a la Iglesia católica en negocios financieros que lo más elegante que se puede usar para definirlos es la expresión “poco claros”) con tal de cargarse el comunismo en Polonia.

El 2 de junio de 1979, Karol Wojtyla, ya investido de los albos ropajes merengues del Padre Santo, visitó Polonia, en la que estuvo nueve días durante los cuales, como han escrito diversos observadores polacos, el Estado comunista prácticamente desapareció. La retransmisión de la misa monstruo celebrada en Varsovia ante un cuarto de millón de personas fue cautelosamente realizada en los planos para no dar la exacta medida de la multitud. Los comunistas hubieron de permitir la publicación de los sermones papales sin censura. Tras setenta años de ingeniería social, primero de Hitler, y luego de Moscú, para hacer de la sociedad polaca otra cosa, el cántico más repetido durante los encuentros con el Papa (“queremos a Dios en nuestras familias, queremos a Dios en la escuela, queremos a Dios en los libros”) dejó bien claro que Polonia se obstinaba en seguir siendo lo que siempre había sido: un stronghold católico. En nueve días, 30 años de trabajo social comunista se fueron a la puta mierda.

1 de julio de 1980. De nuevo, como no puede ser de otra manera estando la economía polaca como está, se decretan subidas de los alimentos. Comienzan las huelgas. En Lublin, una huelga general de once días. Son las fechas inmediatamente previas a los Juegos Olímpicos de Moscú, y en todos los países satélites es común el rumor de que la URSS está chupando alimentos de donde puede para poder dar una buena impresión al mundo; rumor que no ayuda demasiado a los comunistas polacos.

El gobierno hace ofertas diversas para parar la huelga de Lublin. Pero a mediados de agosto, los 17.000 trabajadores de los astilleros Lenin de Gdansk inician un movimiento de protesta por el despido de Anna Walentynowicz, una operadora de grúa con 30 años de experiencia en la factoría. Cinco meses antes de haberse jubilado con pensión, es despedida por repartir hojas clandestinas a la puerta de la factoría, y por pertenecer al Sindicato Libre de la Costa, fundado por un KOR, Bogdan Borusiewicz. Fue Borusiewicz quien, el 10 de agosto, había convencido a Lech Walesa, quien había sido despedido de los astilleros en el 76, para montar bulla. Cuatro días después, con la huelga a punto de comenzar, a los gestores del Lenin de repente se les aparece la virgen de Montserrat tocando la cobla, y readmiten a Walesa. Sin embargo, éste no cesa en la presión. El día 16, el director del astillero anuncia subidas de salarios, para equilibrar la subida de los alimentos, la readmisión de Walesa, y la de Walentynowicz. Walesa anunció por los altavoces de la fábrica el final de la huelga (que incluía la ocupación de los astilleros). Siendo fin de semana, la mayoría de los huelguistas comenzaron a desfilar hacia sus casas.

Sin embargo, dentro del astillero continuaron las protestas. Provenían de los trabajadores de las empresas auxiliares del astillero, que habían ido a la huelga en solidaridad con los obreros de Gdansk, y que ahora se sentían traicionados por los dirigentes sindicales. Walesa se dio cuenta entonces de que había cometido un error y, acompañado de la veterana gruísta y otros activistas, se plantó en la puerta del astillero para anunciar a los que se iban de que había que continuar la huelga, ahora en solidaridad con los trabajadores de las auxiliares. No obstante, apenas convencieron a unos cientos de trabajadores.

En ese momento, un sacerdote de Gdansk, el padre Henryk Jankowski, celebró una misa justo enfrente de los astilleros, que fue seguida por una ceremonia por la cual se colocó una cruz de madera en el punto donde los huelguistas de 1970 habían sido asesinados a tiros.

Los centenares de trabajadores que permanecieron en el interior del astillero aquel domingo elaboraron una plataforma reivindicativa de 21 puntos, entre los cuales figuraba la abolición de la censura, la liberación de los prisioneros políticos, o el derecho para formar sindicatos autónomos; en otras palabras, exigiendo del comunismo que dejase de ser comunista. El 18 de agosto, los astilleros de Szcecin se encontraron con una huelga. El día 24, por si fuera poco, se publicó una parte de una carta de Wojtyla al cardenal Wyszynski, escrita el 18, en la que llamaba a los obispos a “defender el derecho inviolable del pueblo polaco a su propia vida”. Todo el mundo entendió aquella carta, por mucho que estuviese escrita en elegante lenguaje vaticano, como un apoyo a las huelgas.

Lo era.

Las gentes de Gdansk entraban en el astillero comida para los trabajadores encerrados dentro. Médicos y enfermeras les procuraban atención sanitaria gratuita. Sacerdotes daban misa tras misa, mientras las tropas rodeaban el astillero. El mismo día que se publicó el mensaje papal, representantes del Partido abrieron una negociación con los representantes de los trabajadores que, hecho éste inusitado, fue retransmitida en directo por los altavoces al interior de los astilleros (no al exterior; las lineas telefónicas con Gdansk estaban cortadas).

Los denominados acuerdos de Szczecin (30 de agosto) y Gdansk (31) incluyeron aumentos salariales, y la aceptación de sindicatos independientes. El PCP echó en septiembre a Gierek, sustituido por Stanislaw Kania, quien duró poco, pues en octubre fue sustituido por el general Wojciech Jaruzelski. En noviembre de 1980, un tribunal reconoció la legalidad del sindicato Solidaridad. En enero de 1981, Walesa encabezó una delegación que fue a Roma a besar el anillo papal. Para entonces, el sindicato tenía 10 millones de miembros. De hecho, un tercio de los militantes del PCP eran ya miembros de Solidaridad; porque la gente puede ser tonta, pero no gilipollas.

Jaruzelski no estaba en la mejor de las situaciones. Cada vez que sonaba el teléfono y la secretaria le informaba que era Moscú, ya sabía lo que le tocaba: desde la sala de máquinas del leninismo se le exigía la imposición de la ley marcial. En abril de 1980, el general y Kania se reunieron secretamente con el dirigente del KGB Yuri Andropov (ser jefe del KGB ayuda para llegar al poder en Rusia, como bien sabe Vladimiro Putin) en un tren aparcado en una vía báltica. Los polacos le insistieron a los soviéticos en que tenían que dejarles restablecer el orden con sus propias fuerzas.

Solidaridad, además, supo medir sus fuerzas. Creó todo un sistema de debates libres y prácticas de libertad en el día a día; pero en momento alguno se postuló como alternativa al Partido Comunista y, lo que es más, nunca, en aquella época, cuestionó la propiedad centralizada de los elementos de producción (excepción hecha de las granjas rurales que ya habían sido transferidas a los agricultores).

El 13 de diciembre de 1981, finalmente, el general Jaruzelski llevó a cabo algo que podría definirse como una ley marcial light, usando la policía antidisturbios (ZOMO) y el ejército; pero que, en todo caso, supone un nuevo frenazo en seco del aperturismo. Se hicieron unas 5.000 detenciones, de las cuales 12 fallecieron. En la radio, el general afirmó que Polonia estaba al borde de un abismo, y que para el país la única vía de salvación era el socialismo. Las medidas retrotrajeron a Polonia a los tiempos totalitarios: se limitó el tráfico ferroviario, se limitó enormemente el aéreo, se impuso la música militar en la radio, y los presentadores de la televisión fueron obligados a llevar ropa militar. El primer mandatario polaco formó una junta con 16 generales y 5 coroneles, la llamada WRON (siglas polacas del Consejo Militar para la Salvación Nacional).

Jaruzelski decretó la ilegalización de Solidaridad, pero ya era tarde. Los polacos, y la propia Solidaridad, habían vivido 16 meses de libertad.

En 1988, muchas cosas habían cambiado en el mundo soviético. Polonia había empezado a ser un problema en el tiempo de Leónidas Breznev quien, de hecho, había encomendado el seguimiento del tema polaco a su mejor hombre, Mikhail Suslov. Yuri Andropov, a quien hemos visto enterándose de la movida de primera mano, quizás amenazando con una intervención soviética en el país, pocas oportunidades tuvo de ocuparse del asunto polaco cuando fue jefe de la URSS. Por último, Konstantin Chernienko es probable que, en plena mamandurria de vodka, no fuese capaz de distinguir Polonia del cárter de un tractocamión. Ahora en 1988, sin embargo, al frente de la URSS se encuentra un comunista joven, Mikhail Gorbachov, con ideas liberales y ganas de trabajar.

Nada querían los gobernantes polacos más que evitarle problemas a Gorbachov, sabiendo como sabían que el secretario general del PCUS tenía que atravesar los pasillos del Kremlin corriendo en zigzag, para evitar las navajas. Y, sin embargo, no pudieron evitarlo. En mayo de 1988, una nueva generación de sindicalistas de Solidaridad organizó una nueva ola de huelgas, probablemente animada por los cambios en la URSS y por la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán. En agosto del mismo mes, con la reivindicación de relegalizar Solidaridad, el Lenin de Gdansk fue de nuevo a la huelga. Frente a los cuadros comunistas, Jaruzelski dijo adiós a la represión por la represión. En los días anteriores, había leído decenas de informes de la policía secreta que aseguraban que el recuerdo de la ley marcial no tenía la menor afección en los trabajadores polacos. El 31 de agosto, como consecuencia, el general Czeslaw Kiszczak se reunió con Lech Walesa y representantes de la Iglesia. Fue un movimiento liberal que provocó la reacción inmediata de los más conservadores en el Partido, liderados por Alfred Miodowicz, que obligaron a Jaruzelski, el principal impulsor de las negociaciones, a trazar líneas rojas: ni Solidaridad sería relegalizada, ni los miembros más radicales de su círculo, como Jacek Kuron o Adam Michnik, formarían parte de los grupos de diálogo.

Moidowicz, quien tenía una elevada opinión de sí mismo, concedió una entrevista en el periódico oficial Tribuna Ludu, en la que afirmaba que los sindicatos oficiales, bajo su dirección, protegían al trabajador mucho más que Solidaridad; y que estaba dispuesto a debatirlo con Walesa en televisión. El 17 de noviembre, un día después de publicarse la entrevista, Walesa aceptó.

Fue un error, quizás el último, del comunismo polaco. El debate, contra la opinión de la mayoría de los funcionarios del partido, se celebró el 30 de noviembre. Walesa cocinó a Moidowicz a fuego lento y, luego, se lo comió con patatas y mermelada, mascando muy, muy despacio. Para colmo, mediante aquel debate, Walesa había superado la enorme barrera de censura en la que había sido encerrado durante años; y eso lo habían hecho los mismos que durante tanto tiempo habían trabajado para que la mayoría de los polacos supiesen de Walesa, pero no conociesen a Walesa.

Solidaridad fue relegalizada. En diciembre, Walesa fue recibido en París por François Mitterand, poco menos que como un jefe de Estado. Para Jaruzelski y su primer ministro, Mieczyslaw Rakowski, era claro que había que negociar; pero esta estrategia sólo fue aprobada por el Partido después de que los dos, junto con Kiszczak, amenazasen con dimitir si la propuesta no era aprobada, y se ausentasen dramáticamente de la votación.

Lo cierto es que los comunistas estaban convencidos de que serían capaces de retener el poder. Así lo ha afirmado el negociador del Partido (y presidente de la Polonia poscomunista), Aleksander Kwannievski. De hecho, estaban tan convencidos que permitieron a la televisión transmitir las sesiones de diálogo en directo. Acojonante. Personajes que habían desaparecido de la legalidad hace años, teóricamente borrados de la faz de la Tierra, de repente aparecían en televisión, frente a los dirigentes comunistas, con pegatinas de Solidaridad en el pecho.

Y, lo que es más importante: el muro de carga del leninismo, que no es otro que su reclamación del monopolio en la defensa de los intereses de la clase trabajadora, se había ido al carajo. Pero, claro, para entonces, el gobierno comunista polaco no podía ni ir a cagar si antes no le habían enviado de Occidente un par de dólares para el papel higiénico...

Todo lo que buscaba para entonces Giemerek, designado jefe de la negociación en la mesa política, era la organización de unas elecciones de juguete que, por supuesto, los comunistas ganarían. O sea: reconocimiento de la oposición, pero ni hablar de darles el poder. El 65% de los puestos del Sejm fueron reservados para lo que entonces se dio en llamar, en una humorada de cojones, “la coalición gobernante” (ahora se acordaban los comunistas de que, once upon a time, les apoyaron el Partido Unido Campesino y el Partido Demócrata). Además, claramente como respuesta a la presión soviética, se incluyó la figura de una presidencia, elegida por el Parlamento, con enormes poderes. Eran unas condiciones que garantizaban la pervivencia de Jaruzelski como hombre de poder en Polonia.

La oposición, lógicamente, dijo no. Pero Kannievski hizo una contraoferta: un Senado con 100 escaños, elegidos, todos, libremente.

En la primera vuelta de las votaciones, la oposición ganó 160 escaños de los 161 por los que luchaba, y 92 de los 100 puestos en el Senado; la “coalición en el poder” consiguió tres escaños en el Sejm, y ninguno en el Senado. 

A la luz de estos resultados, Walesa negoció con los dos aliados tradicionales del Partido Comunista para elaborar una coalición de gobierno. Ambos aceptaron, y fue de esa forma que Walesa pudo presentar la candidatura a primer ministro de su viejo amigo y colaborador, Tadeusz Mazowiecki. El 12 de septiembre, cuando Mazowiecki se presentó frente al Sejm (audiencia ante la cual, por cierto, se desmayó), el comunismo en Polonia había muerto. Bueno, muerto. Se había sometido, por fin, a unas elecciones, y había sacado lo que más o menos ha sacado siempre que ha intentado imponerse con argumentos, y no con tanques.




Josif Stalin, en famosa anécdota, había respondido con displicencia cuando Winston Churchill le había hablado en Yalta de la influencia del Papa: “¿El Papa? Pero, ¿cuántas divisiones tiene?”

Y es que todo el mundo se equivoca alguna vez.

Creo que corresponde a la verdad considerar a Polonia como el país del bloque soviético, de largo, menos totalitario y dictatorial de todos los que formaron parte del mismo. Cosa que consiguió Polonia sin que jamás se produjese en este país la entrada de los tanques rusos, como le ocurrió a húngaros o checoslovacos; hasta ese punto Moscú hubo de asumir que Varsovia era “algo especial”.

Simplificando mucho, podría decirse que mientras Moscú pudo creer, sinceramente, que era la alternativa mundial al poder estaounidense, no le importó que en Polonia, por así decirlo, pasasen cosas. Sin embargo, en el momento en que tuvo la conciencia de haber perdido la batalla; en el momento que llegó a la idea clara de que no podría con los Estados Unidos, y que a éstos les cabía esperar de Varsovia el primer punto de apoyo en su trastienda; en el momento en que tuvo conciencia de todo esto, decidió sacar el cuchillo de capar.

En diciembre de 1981, como hemos visto, la élite soviética declaró la ley marcial en todo el país, enviando a toda su oposición, sindical y social, a la clandestinidad. Sin embargo, para entonces Polonia tenía ya el tipo de problemas que tenían el resto de los satélites soviéticos, muy especialmente la RDA: había pedido, y obtenido, importantísimos créditos en Occidente para financiar un salto adelante industrial y tecnológico que nunca había llegado; ahora debía todo ese dinero; su producción se vendía así así en los mercados internacionales; y, para colmo, su moneda se depreciaba por minutos, encareciendo la deuda en cada movimiento.

El gran error de la élite polaco-soviética fue pensar que el mando en el gobierno se podía mantener como consecuencia de negociar con una treintena de personas en una sala.

Pero los hechos son mucho más fuertes que las negociaciones.