lunes, abril 16, 2012

Los magos de Hitler


En algunos comentarios previos a artículos anteriores he dejado caer que algún día sería interesante hablar un poco sobre la corte de pollas mistabobos que rodeó (o pudo rodear) un día a Adolf Hitler. En realidad, se ha dicho y se ha escrito mucho sobre este tema de la afición o la fe de Hitler en los magos y los hacedores de horóscopos aunque, la verdad, se hace muchas veces con un tono como si la actitud de Hitler tuviese algo de nuevo. Lo cierto es que la creencia de los grandes hombres de Estado en ideas más o menos incomprobables sobre fuerzas extrañas que guiarían sus destinos no es cosa que convierta al Führer en un personaje novedoso en la Historia. Los generales de los ejércitos del mundo, hasta no hace demasiado tiempo, no movían un dedo si el arúspice del momento no le otorgaba al día y la hora elegida la vitola de propicios. Bien conocida es la anécdota atañente a Tiberio (recogida por Graves en su conocida novela I Claudius) quien, encontrándose fuera de Roma, semiexiliado y apartado del poder, recibió la profecía de un astrólogo en el sentido de que sería emperador. Astrólogo al que Tiberio, siempre según la probablemente dramatizada historia contada en el libro, había decidido matar el mismo día que le llegó la misiva con el nombramiento.

Incluso en la guerra civil española encontramos la figura del coronel Mangada, quien jugó un papel fundamental en los primeros estertores del conflicto (si no recuerdo  mal, fueron partidas controladas por él las que frenaron a los falangistas de Valladolid, en el enfrentamiento en el que moriría Onésimo Redondo), y que era, según testimonios diversos como el de Zugazagoitia, un tipo creyente en la parasicología y los espíritus y bla.

Esto de creer en lo inmaterial e inexplicable es algo que, por lo tanto, le da tanto a orientales como a occidentales, negros que blancos, pailanes y cultivados, truchas y boquerones. Hitler, en esto, no aporta nada nuevo. Lo realmente importante de su afición tiene que ver, lógicamente, con el enorme impacto que tuvo en la vida de tantas personas, y es esto lo que hace tan relevante hablar de esta materia.

Para hablar de este asunto, en todo caso, es importante deslindar dos planos. Un plano en el de los desarrollos más o menos intelectuales de teorías teosóficas panalemanas. Es éste un terreno propio de charlatanes, sin duda, aunque también hubo en él implicadas personas de cierta altura intelectual. El autor de este blog, por muchos esfuerzos que hiciese, no lograría llegar, en la descripción de este fenómeno, ni a la mitad de la altura alcanzada por el para mí mejor libro sobre la materia que se ha publicado: The occult roots of Nazism: secret Aryancults and their influence on nazi ideology. . Como digo, el lector no puede encontrar una aproximación más seria, exenta de polladas, y al tiempo sistemática, que este excelente libro de Nicholas Goodrick-Clarke.

No obstante, como digo, y aunque se toquen o se comuniquen, una cosa es el desarrollo de teorías, la mayoría puras mamonadas (no puede ser de otra manera, partiendo casi todas de las alucinaciones de Helena Blavatsky, la Von Daniken de su siglo), sobre la existencia de unas raíces teosóficas de la superioridad aria; y otra el tema de los horóscopos, las cábalas, y, sobre todo, el origen de la cruz esvástica. Esto lo aprendí leyendo a Goodrick-Clarke y observando el escaso papel que en sus descripciones juegan nombres como Ernst Schäffer o Louis de Wohl.

Lo primero que hay que decir, en todo caso, es que Adolf Hitler era una persona evidentemente proclive a este tipo de milongas. El movimiento völkitsch al que Hitler se unió en los años veinte para hacerlo suyo (entre otras cosas, absorbiendo las tendencias anticapitalistas del Partido de los Trabajadores Alemanes, de donde le viene esa pátina que tenía en sus primeros tiempos) ni de lejos es por completo un movimiento místico. Sin embargo, muy pronto las teorías que sustentan la idea de la superioridad aria comienzan a contar con personal que las mezcla con ideas míticas que quieren enraizar a los alemanes con todo tipo de mitos del pasado (una pulsión que, si nos ponemos, está hasta en Wagner). Es probable que la repugnancia hacia todos los pueblos europeos (pues el ultranacionalismo alemán presupone la superioridad sobre todos ellos) hacía necesario desplazar el origen mítico mucho más allá. En apoyo de esta idea acudieron, poco a poco, dos vías: una, el mito de la Atlántida, que hacía a los arios los habitantes originales de la isla perdida; otra, el Tibet y zonas de la India, conocidas cunas de la Humanidad, así como de la espiritualidad humana.

En todo este tema ocupa un lugar interesante la cruz gamada. Voy a ser un tanto epidérmico en mi descripción porque, la verdad, aquí lo confieso, a mí leer sobre estas memeces me levanta dolor de cabeza. Al parecer, tanto Hitler como los miembros de la Sociedad de Thule y otros mistabobos de parecido jaez creían a pies juntillas en una teoría numerológica que le será muy familiar a los aficionados a los sudokus. Se trata de elaboraciones de casillas, cuadros con casillas en cada una de las cuales se pone un número, de manera que todas las líneas sumen lo mismo. Se consideraba que estos cuadros establecían puntos de equilibrio y tal, siendo la más famosa de estas casillas la de nueve (tres por tres), donde por lo tanto se colocaban los enteros menores que la decena y mayores que uno, con el 5 en el centro (en los libros que he leído se explica que es que el 5 es el número del equilibrio y el poder y bla; yo creía que era el 7, pero, vaya…). Una vez hecha la combinación guay, las cifras periféricas, que no son el 5, se hacen rotar, formando cada combinación un conjunto de casillas ligado con un elemento. Entonces se toma una de esas enéadas, la, por decirlo así, positiva, se agrupan sus números adecuadamente y se busca una secuencia de suma que dé por resultado 360, que por lo visto es el número de la perfección. Y se toma otra enéada, la chunga, y usando la misma secuencia los números suman 666 que, como todo el mundo sabe, es el Número de la Bestia, el número hiperchungo, la puta mierda total. Pues bien: dibujadas las trayectorias de esta secuencia de sumas, en ambos casos se dibuja una cruz gamada.

Si no tenéis mejor plan para masturbaros hoy, id a la página 140 del libro de Robert Ambelain, Los arcanos negros de Hitler, que allí os la frotarán a gusto con esta movida.

Hitler sería, según algunas versiones, todo un señor creyente de este rollo de las cifras místicas tibetanas. Según escribe Richard de Grandmaison (autor de cuya seriedad no puedo hablar, aunque sí que sus datos fueron publicados, en septiembre de 1977, por una publicación tan seria como la francesa Historia. El mismo artículo, meramente traducido, fue portada del número 115 de Historia y vida, algo menos de un año después), Hitler creía en el poder de las cifras y los colores de los cinco dhyani-budas, que no sé muy bien lo que es pero parece ser eran como cinco divinidades, más una sexta que sería conocida como el portador de la piedra fulminante.

El primer personaje de este desfile de conseguidores, cortabolsas y charlatanes es el húngaro Trebitsch Lincoln,  quien fallecería en Shanghai en 1943 portando el nombre, entre gallego y chino, de Chao Kring.

Lincoln fue siempre un vendedor de corbatas de puta madre. En 1909 consiguió la nacionalidad británica, tras lo cual consiguió comerle la oreja a diversos capitalistas británicos hasta el punto de ser diputado en la Cámara de los Comunes; que, la verdad, tiene huevos. Los ingleses probablemente consideran que los españoles somos tontos; pero nosotros, al menos, todavía no hemos nombrado a Rappel diputado.

Siempre en conflicto con su cuenta corriente, Trebitsch Lincoln dio muchos barrigazos por Europa durante sus años de juventud, hasta que, a finales de los años veinte, se convirtió al budismo… bueno, a un budismo un tanto raro, porque se consideraba a sí mismo Buda resucitado, y tal.

Tras la I guerra mundial, Hitler podría, según algunas versiones, haber tomado contacto con este Ignatius Timothy (tal era su nombre verdadero), en Munich. Otras versiones nos dicen que el conocimiento le vino por su relación con Erich Ludendorff, con mucho el militar alemán más aficionado a las teorías teosóficas arianistas, quien le habría nombrado jefe de censura tras el golpe de estado de Kapp, tras cuyo fracaso el futuro Führer y el pollas éste se habrían conocido. En realidad, la caída en desgracia de Timothy fue rápida cuando Hitler empezó a tocar poder. En el momento en que el NSDAP empezó a ser un gran negocio, las tensiones para apartar a este estafador fueron muchas; y las posibilidades no pocas porque, siendo como había sido un truquero durante años, tenía el armario lleno de escándalos y escandalillos, que la Gestapo supo usar con mano diestra. Aun así, algunas fuentes dicen que, tras haber sido exiliado por Himmler de Alemania y de Europa, recaló en Sanghai, donde abrió su segundo templo budista (el primero fue en Berlín) y, desde allí, habría llegado a ofrecer a los nazis el levantamiento de todos los budistas del mundo en favor del Eje. Lo cual revela la catadura del muchacho, pues no hace falta ser budólogo para saber que los budistas no obedecen como un solo hombre, mucho menos en cuestiones temporales o bélicas.

No obstante, el papel de Chao Kring en la vida de Hitler podría no ser despreciable, pues quizás fue el húngaro el que reconvertió, en la cabeza del alemán, las teorías teosóficas arianistas que con seguridad ya conocía, mezclándolas con los arcanos tibetanos, algunos mitos serios o inventados de por allí, y generando el totumrevolutum que acabaría cristalizando cuando aparezcan en escena los hermanos Schäffer.

En 1919, en casa del escritor alemán Hans Heinz Ewers, le presentaron a Hitler a un astrólogo llamado Louis Christian Hausser. Este Hausser era todo un tipo. Lo habían expulsado de Inglaterra por un asunto bastante oscuro del que, desgraciadamente, poco sé. Se fue a París, donde trabajó de corredor de apuestas. Dilapidó el dinero de su mujer y para mantener su tren de vida tuvo que realizar algunos robos, por lo que hubo de huir del país, a Suiza. Luego fue a Londres y, finalmente, a su ciudad natal, la capital de Baviera.

El día que conoció a Hitler, Hausser le leyó la mano, afirmando haber leído todo tipo de poderes y bellezas futuras; y, además, le habló largo y tendido sobre su teoría de una nueva era en la que Alemania surgiría liberada de sus ponzoñas. Luego le trazó el horóscopo, el cual “decía” que Hitler sería el continuador de la obra del propio Hausser (que, se me ha olvidado mencionarlo, igual de Chao Kring se reputaba a sí mismo el Mesías).

A partir de aquel momento mágico, Hausser acompañó a Hitler en algunos de sus viajes propagandísticos. Aunque se separaron cuando Hausser decidió presentarse a las elecciones como diputado socialista. En 1939, durante una entrevista con un periodista francés, Hitler todavía recordaba a Hausser, y destacaba la importancia que había tenido para él; ello a pesar de que el mago había muerto once años atrás.

Louis Christian Hausser es considerado como uno de los iniciadores de Hitler en los misterios de la esvástica; de ser cierto esto, sería una de las principales causas de que el Führer, una vez que estuvo en el poder, se empeñase en organizar una histórica expedición alemana al Tibet; expedición que, si bien sirvió poco para los objetivos mistabobos que portaba, es hoy de gran importancia para los etnólogos, así como para muchos budistas, por la cantidad de información relevante y sistemática que aporta sobre aquel lugar, entonces tan inaccesible en más de un sentido.

Sin embargo, el realizador de aquel sueño no sería obviamente Hausser, ya muerto, sino Ernst Schäffer y su hermana Otti. Schäffer era muy aficionado a los estudios orientalistas, que le sirvieron para llegar al entorno de Hitler. Por lo que se refiere a su hermana, al parecer gozó durante algún tiempo de las preferencias de Hitler, siempre equívoco en sus relaciones con las mujeres, incluso por encima de algunas grandes musas del Führer bien conocidas de la historia, correspondientes al periodo entre Geli Raubal y Eva Braun, como la inglesa Unity Midford o la cineasta Leni Riefenstahl.

Schäffer partió hacia el Tibet antes de que estallase la guerra, esto es, en lo mejor del hitlerismo en términos de poder. Fue acompañado por cinco orientalistas y veinte miembros de la SS, al parecer escogidos por su lealtad. De mis lecturas no saco en claro si fue Hitler o Himmler quien dirigió con mayor presencia la expedición; personalmente, me decanto por el segundo, que estaba igual de obsesionado que su jefe por aquellas cosas, era igual de gilipollas pero, teniendo en cuenta el fuerte papel de las SS en el viaje, tiene lógica que fuese su muñidor. 

Algunas teorías (de las que se hace eco Grandmaison) dicen que Himmler poseía un mapa con la localización exacta de los lugares donde habrían de encontrarse, enterrados, los fragmentos de una piedra mítica que explicaría los orígenes de la cruz gamada. Sinceramente, me parece una historia bastante difícil de creer. No está claro de dónde podía haber sacado Himmler ese mapa, y, por lo que se refiere a la piedra, Grandmaison, que escribía en los años setenta del siglo pasado, aseguraba que los alemanes la encontraron y que incluso estuvo expuesta en un museo secreto de la Gestapo, pero que se la llevaron los rusos. Pero los rusos, o sea los soviéticos, se fueron a tomar por culo, las cosas han cambiado, al menos algo, y la puñetera piedra, que yo sepa, sigue sin aparecer. En todo caso, el enorme parecido de la historia con las típicas fábulas de piratas huele demasiado como para que pueda ser tomada por verdadera.

Schäffer volvió de aquella expedición, muy poco antes de empezar la guerra, con innúmeros datos etnológicos de altísimo valor pero, al menos que yo sepa, huero de las cosas que se suponía debía traer, tales como impresiones milenarias o cuadrillas de superhombres. Eso sí, Schäffer, que no debía de ser ningún atontao, resulta que regresó del Tibet siendo todo un crack en la movida ésa de las nueve casillas de las narices, y habiendo desarrollado una habilidad para hacer horóscopos como otros se tiran cuescos, lo cual le granjeó la constante confianza de Hitler (otros dicen que dependencia). Nunca sabremos, la verdad, si la acción de enviar a personas a la muerte mediante tal o cual acción guerrera pudo estar influenciada, a la postre, porque a Hitler le hubiese dicho el pollo éste que el sudoku del día lo mandaba. Según Grandmaison, Schäffer habría traído del Tibet un acuerdo entre Alemania y los tibetanos para repartir sus zonas de influencia en el porvenir místico del mundo (sic). Otra movida de esta historia que a mí, la verdad, me cuesta bastante creer; por el lado tibetano.

Al comenzar el año 1944, Ernst Schäffer introdujo en el entourage hitleriano a un discípulo suyo que sería, según al menos lo leído, el último Octavio Acebes de Hitler: un suizo llamado Krafft. Probablemente, este movimiento por parte del jefe de la expedición tibetana tuvo como motivo el hecho de que los dos hermanos estuviesen perdiendo caché ante Hitler (sobre todo porque Eva Braun le había puesto la proa a Otti), y como forma de introducir un nuevo elemento de influencia.
Y aquí, mientras Krafft traza sus muchos horóscopos, nos encontramos con el último personaje de esta extraña nómina. Pronto los alemanes, al parecer, se dieron cuenta de que los aliados, a veces, eran capaces de adelantarse a decisiones que se tomaban de acuerdo con proyecciones astrológicas. Lo cual podría no ser casualidad. El responsable podría ser Louis de Wohl, un refugiado húngaro en Inglaterra que se ganaba la vida como echador de cartas. Al parecer, tenía la costumbre de enviar al Ministerio de la Guerra predicciones astrológicas sin firma. Es posible incluso que, como destacan quienes han escrito sobre el tema, acertara con alguna (es vieja estrategia del astrólogo predecir muchas cosas, hasta que acierta).

Aquel acierto y otros que pudieron haberse producido (hay quien dice que describió con acierto el futuro de Montgomery y de Rommel… será, en todo caso, el de Rommel; porque el de Montgomery no quedo claro hasta el final de la guerra, pero, en fin…) le valieron ser reclutado por el ejército británico para “predecir” las predicciones de Krafft, esto es, adelantarse a los movimientos del ejército alemán ordenados por un Hitler fuertemente mediatizado por los movimientos astrales. A Louis de Wohl se le atribuye, por ejemplo, haber predicho, ante el escepticismo general aliado, la batalla de las Ardenas. De Wohl, en todo caso, nunca aclaró estos hechos, pues mutó tras la guerra, convirtiéndose en un novelista histórico de no escaso valor, y acercándose a la Iglesia católica, asunto sobre el que escribió varios libros, especialmente tras una entrevista con Pio XII, en 1950.




Hasta aquí lo que este bloguero sabe sobre los magos de Hitler, porque lo haya leído en libros y artículos que no fuesen, bajo su criterio, una mera sarta de imbecilidades. Debéis comprenderlo: al contrario que con otros muchos temas tratados en este blog, este de la vertiente mística y teósofa de Hitler es un tema en el que se han escrito toneladas de barbaridades, teorías sin cuento y sin base real alguna, y simples y directas estafas al lector; tantas, tantas, que ni yo mismo puedo aseguraros no haber sido estafado en algún punto de este artículo.

Lo que sí tengo por cierto es que todas las cosas que he contado en este artículo: la obsesión por la cruz gamada, por una presunta numerología india o tibetana; la convicción de que en Tibet podían ser encontrados unos superhombres descendientes, como los alemanes, de una primigenia raza aria destinada a dominar el mundo; todas estas cosas son, desde luego, coherentes con la teosofía pangermanista; un edificio teórico que existía desde antes que al padre de Hitler le saliesen pelos en los huevos, y algunos de cuyos principales arquitectos, de hecho, incluso a pesar de ser contemporáneos de Hitler, o no lo conocieron, o lo conocieron apenas.

El testimonio que nos dejó el doctor finés Félix Kersten, quien trató largamente a Heinrich Himmler y dejó escrito una especie de diario de notas de sus encuentros, dibuja a un lugarteniente de Hitler constantemente proclive a creer teorías, digamos, alternativas (en una de las jornadas, diserta interminablemente sobre la pertinencia de las teorías del famoso doctor Kneipp, que todo lo curaba con hierbajos) y de no mucha inteligencia personal. Himmler, de hecho, era lo suficientemente bobo como para pensar cosas como: que era posible una alianza entre Alemania y los EEUU; que era posible recluir a todos los judíos del mundo en la isla de Madagascar; o que, con ofrecerle al final de la guerra al conde Bernadotte (intermediario oficioso con los aliados) la vida de 40.000 judíos, le sería olvidada por sus enemigos la muerte de todos los demás. Parece el tipo de capacidad analítica capaz de creer que el mundo se rige con fuerzas inmanentes que hacen a unos hombres fuertes y a otros débiles, y que todo está escrito en un canto rodao que alguien enterró en el Tibet.

Pero hay, a mi modo de ver, datos que apuntan en la dirección contraria. Como es sabido, Hitler decidió, tras el desastre de Stalingrado, tomar notas taquigráficas de sus reuniones de Estado Mayor, ante la sospecha que tenía de que sus generales lo engañaban. Parte de estas actas sobrevivió a la guerra, y han sido publicadas ya con profusión. Me las he leído, y puedo decir que lo que se ve en esos papeles es a un jefe supremo de las Fuerzas Armadas que se rige por factores como la disponibilidad de unidades motorizadas, la orografía, etc.; el tipo de factores que todo militar tendrá en cuenta en una guerra. No hay traza de que Hitler llegase a esas reuniones habiendo consultado antes con astrólogos o similar.

Otro elemento sospechoso es que en esta historia, como en otras de los escritores misbabobos, se produce con mucha frecuencia el fenómeno de que las afirmaciones no sean comprobables. Así, muchos autores nos dicen que al círculo astrológico de Hitler se contrapondría otro formado por Himmler, su astrólogo particular (un tal Wulf), Eva Braun y Martin Bormann. Qué casualidad: al terminar la guerra, ninguno de ellos estaba en condición de prestar testimonio a favor, o en contra.
También se dice que algo hay en las actas de Nuremberg, donde algunos imputados, por ejemplo Schellenberg, habrían hablado sobre el tema, pero fueron cortados rápidamente por la Corte, por considerar que aquello era irse por las ramas. Honradamente, todavía no he podido pensar en leerme las actas de Nuremberg de cabo a rabo, así pues no puedo adverar que sea así.

En fin, todas éstas son afirmaciones incomprobables. Yo lo único que sé es que cuando le saco este tema a mis amigos budistas, les falta poco para buscar un bonito barranco por el que despeñarme.