miércoles, abril 18, 2012

Carlomagno


El árbol genealógico de Carlomagno no es fácil de contar. Veréis. Pipino de Lenden, que fue mayordomo (=gobernante efectivo) de Austrasia, una nación franca, casó con Iduberga, quien le dio tres hijos: Grimoaldo, quien le sucedió en el cargo y sería padre de un rey merovingio (Kildeberto); Gertrudis; y Bega. Bega, que entre los godos era nombre de pollo, no de polla, casó con Angisela, una de las dos hijas del arzobispo de Metz, Arnulfo.

El matrimonio de Bega y Angisela tuvo un solo vástago, a quien pusieron el nombre del abuelo y es por ello que se lo conoce como Pipino de Heristal. Casó Pipino dos veces: con Calpaida y con Plectruda, con las que tuvo cuatro hijos. El primero de ellos debía de ir todo el día colocado, pues se llamaba Drogón; luego estaba Grimoaldo, como su tío-abuelo; luego Childebrando; y, finalmente, Carlos Martel, que fue quien heredó el cargo de mayordomo de palacio y cuyo nombre era memorizado por los escolares de mi época por haber parado los pies a los musulmanes. Charly casó también dos veces, con Crotudis y Suanahilda, con las que tuvo seis hijos: la primera, Hiltruda, llegaría a ser casi reina, pues se casó con Odilón, que era duque de Baviera; luego están Carlomán, Jerónimo, Remigio, Bernardo, y Pipino, conocido por la Historia como el Breve, que llegaría a ser rey de los francos.

Pipino el Breve y su mujer Bertrada tuvieron, asimismo, seis hijos: Rotaida, Adelaida, Carlomán, Pipino, Gisela… y Carlos, futuro Carlomagno.

Este conjunto padres e hijos se despliega más o menos entre el 650 y el 780, que son los años en los que las dinastías merovingias acaban por irse a tomar por saco y llega la breve, pero intensísima, dominación carolingia.

Pipino de Lenden,  ya lo hemos dicho, era mayordomo, o sea gobernador, de Austrasia, y a su muerte legó el puesto a su hijo, Grimoaldo. Grimoaldo se sintió el rey más poderoso de la nación franca de la época, motivo por el cual llegó a situar a su hijo, Kildeberto, al frente de la corona merovingia. Pipino de Heristal, nieto de Pipino de Lenden y sobrino de Grimoaldo, recogió buena parte de esa hegemonía ejercida por ambos, acumulando en su sola persona tres mayordomías o gobiernos: la de Austrasia, la de Neustria, y la de Borgoña. Sin embargo, Pipino de Heristal murió en el 714 sin dejar las cosas muy claras, con lo que la vieja Galia conquistada por Julio para los romanos se hundió en algo muy parecido a una guerra civil, agravada porque los islamitas, viendo las cosas propicias, atravesaron los Pirineos y se hicieron con la Septimania (el territorio encabezado por Narbona). 

A causa de esta necesidad fue por lo que Carlos Martel, probablemente un hijo bastardo, se hizo con el control del poder y derrotó a los musulmanes en Poitiers. El prestigio conseguido con dicha victoria, unido al apoyo sin fisuras de la Iglesia, le permitió gobernar incluso sobre territorios que no eran suyos, como Aquitania, pasando del formal rey merovingio, Thierry IV, quien, de todas formas, acabó por morir.

Carlos Martel murió en el 741, dejando dos hijos ya mayores, Pipino, llamado El Breve, y Carlomán. A pesar de que ambos tenían la ambición de continuar la dinastía, la nobleza franca, celosa de sus privilegios, les obligó a restaurar a un monarca merovingio: Kilderico II. Sin embargo, ambos fueron los gobernadores efectivos de la tierra franca bajo su mando, puesto que Carlomán fue mayordomo de Austrasia y Pipino de Neustria y Borgoña; Carlomán, en cualquier caso, abandonaría pronto el cargo, con lo que su hermano se los quedó todos.

Pipino, con el poder en la mano, envió cartas a Roma, donde el Papa Zacarías le prometió su apoyo. Con estos mimbres, tomó preso a Kilderico, lo recluyó en un monasterio, y en el 751 se proclamó rey de los francos, culminando con ello el proceso de creación de la dinastía que se suele conocer como de los Pipínidos que, como acabáis de leer, no son unos peces de río, sino unos tipos. El monje Bonifacio, santo para la Iglesia católica, acabó coronando al rey en Soissons, sellando con ello una alianza de hierro entre los pipínidos y la Iglesia. No contento con dos coronaciones, en el 752 Pipino se hizo coronar de nuevo por el Papa Esteban II, junto con sus hijos Carlos (futuro Carlomagno) y Carlomán, en la abadía de Saint-Denis. Acto seguido, Pipino pagó el tributo que el Papado había exigido por su apoyo, y se desplazó con sus marines a Italia, donde guerreó contra el rey lombardo Astolfo, le conquistó una serie de tierras y, en lugar de quedárselas, se las regaló al Papa; con lo que creó una realidad que duraría más de un milenio y que conocemos como los Estados Pontificios. Asimismo, arrebató la Septimania a los musulmanes, colocándolos de nuevo al otro lado de la raya del Pirineo, y sometió a la siempre celosa de su autonomía Aquitania.

A la muerte pipinera, en el 768, los hijos del rey, Carlos I y Carlomán, se repartieron el reino, pero el reparto duró poco. En el 771 murió Carlomán, y su hermano, simplemente, pasó totalmente de los derechos dinásticos de sus sobrinos y se quedó con todos sus terrenos por el artículo 33. Necesitaba esa concentración, pero… ¿para qué?

Pues para llevar a cabo su destino. Carlomagno era un tipo extraordinariamente competitivo, ambicioso y vital. Esto se nota por lo muy follador que era, costumbre que le acabó legando a su hijo y que vendría a dar algunos problemas, como veremos. Era una persona ambiciosa e hija de su tiempo, la Alta Edad Media; un periodo más cultivado de lo que parece y en el que el sueño y la procura del regreso al Imperio Romano era algo ambicionado incluso por quienes no podían ni medianamente aspirar a ello. El modelo estaba bien cerca: no muy lejos de aquellas cortes itinerantes centroeuropeas de la época, estaba el imperio del Este, Bizancio, del cual los viajeros decían auténticas maravillas y que, a finales del siglo VII, ya había vivido algunos de sus momentos dorados; algunos, incluso, muy dorados. Bizancio, además, de la mano de la ambición de Justiniano, había sentado sus reales en Italia, en lo que claramente operaba como tampón para la creación de un imperio occidental que compitiese con él; algo que al Papado le tenía a mal traer, pues las tendencias bizantinas a apartarse de lo que hoy llamaríamos ortodoxia vaticana eran muchas y constantes: arrianismo, nestorianismo, etc. La Iglesia necesitaba un campeón, y ya en tiempos de Carlos Martel, abuelo de Carlomagno, se había decidido por los francos, porque veía en ellos la capacidad de aglutinar toda su tierra, cosa que los germanos tenían mucho más difícil (tan difícil que tardaron mil años en conseguirlo).

Carlomagno, pues, es la suma de un proyecto personal muy ambicioso y un proyecto político-estratégico del principal, en realidad único, poder multinacional de la época: el Papado.

Tan sólo un año después de unificar la corona con la muerte de su hermano, Carlomagno se lanzó contra los sajones, es decir el Este de su nación y, tras cinco años de pelas, organizó la marca (o territorio fronterizo) de Sajonia, hasta entonces renuente al catolicismo, y que Carlomagno evangelizó a cristazos (a ver si va a resultar que los misioneros españoles de Latinoamérica fueron los únicos…). Estando Carlomagno en Zaragoza (no citaré aquí las acciones hispanas del rey franco, porque creo que merecen un artículo aparte), el conde local Widukind se sublevó contra el yugo occidental, lo que provocó una campaña carolingia que resulta muy difícil encontrar argumentos que permitan no calificarla de simple y puro genocidio. Sinceramente, dudo mucho que en la Sajonia actual queden muchos sajones sin sangre franca. Después de esto, Carlomagno siguió invadiendo por Frisia, y hacia el Báltico. En el 799 estaba ya a las puertas de la nación de los daneses. Vencedor de los ávaros en Panonia, también incorporó Baviera a sus posesiones.

Del 773 es su campaña italiana, donde derrotó al rey Desiderio en Pavía, con lo que el rey franco se convirtió en rey franco-lombardo. Como después controlase totalmente Espoleto y Benevento, pudo con ello consolidar la formación de los Estados Pontificios. Dejó Italia al cargo de su hijo Pipino.
Ya lo hemos dicho: todo esto, sobre todo la invasión de Italia y la anexión del norte de la península, lo hacía Carlomagno en el marco de una guerra de bloques multinacionales con Bizancio. Es normal que Constantinopla contestase. Contestó en el 788, con un desembarco masivo de tropas en el norte que, sin embargo, fueron derrotadas por la oriflama en Istria.

En el año 800, hecha gran parte de la labor inicialmente ambicionada por el rey y la Iglesia, Carlomagno fue coronado emperador en Roma. Por fin el Papa tenía lo que quería: un contrapoder occidental plenamente obediente de la doctrina católica, totalmente alejado de las peligrosas teorías de los teólogos ortodoxos. La coronación produjo una inmediata segunda guerra con los bizantinos, esta vez en el Véneto.

Ésta es, sucintamente, la labor carolingia, que es muy fácil de escribir en unos parrafitos pero que fue, en realidad, hercúlea. Carlomagno luchaba contra dos fuerzas contrarias a sus designios: por una parte, el contrapoder bizantino; y, por otro, el nacimiento, cada vez más claro, del fenómeno de los señores feudales, por naturaleza disgregador y enemigo de un proyecto centralizador como el del emperador franco. A despecho de todos estos problemas, Carlomagno contaba, como ya hemos dicho, con él mismo, pues era una auténtica fuerza de la naturaleza; y con la suerte de haber nacido, crecido y llegado al poder en el momento en que la Iglesia católica se sintió lo suficientemente madura y fuerte como para reconstruir: formalmente, el imperio romano; en la realidad, una nueva potencia multinacional, un nuevo imperio, capaz de garantizar su poder en Europa, y que de hecho lo garantizó durante casi mil años.

El proyecto eclesial-personal, muñido entre el Papado y Carlomagno, para crear un imperio occidental unificado, era, sin embargo, un proyecto condenado a fracasar. Sólo el impulso personal de un estadista fuera de lo común y el escaso desarrollo que en su tiempo tenía aún el mecanismo feudal (fue durante la época carolingia que el esclavismo desapareció; tenían los hombres que dejar de ser esclavos para poder pasar a ser siervos) dilató el desenlace. El imperio occidental era imposible y pronto desapareció tras la muerte de su creador, en el 814. Sin embargo, lo que está claro es que la experiencia carolingia sirvió para dotar a toda Europa de un esquema cultural y religioso común, que contó además rápidamente con un mecanismo muy efectivo de difusión y armonización con las peregrinaciones jacobeas. El sueño imperial quedaría en manos de los otónidas, y pronto comenzaría a hablar alemán.

El sucesor de Carlomagno, su hijo Luis I el Piadoso, fue objeto de una evidente presión clerical para mantener la unidad del imperio; sin embargo, frente a la intención eclesial eclosionó rápidamente la nobleza, sobre todo la de origen germánica, defensora de las viejas tradiciones centroeuropeas que demandaban la repartición del reino entre los hijos varones del emperador.

La descendencia de Carlomagno no presentaba problema. Pipino, llamado El Jorobado, murió antes que su padre (811); Pipino el segundo, que fue rey de Italia, también le precedió (810).  Carlos, que fue rey de Neustria, murió en el 811. Y los otros dos hijos, Drogón y Hugo, abrazaron la vida santa, uno como obispo de Metz y el otro como abad de San Quintín. La familia venía completada con dos hijas: Berta y Rotruda.

Luis el Piadoso trató de compatibilizar los deseos de Iglesia y nobleza en las Ordinatio Imperii del 817, que establecían las previsiones sucesorias. Su primogénito, Lotario, heredaría la condición imperial, quedando por encima de sus hermanos: Pipino, que recibiría Aquitania; y Luis, que sería rey de Baviera. Bernardo, hijo de Pipino el hijo de Carlomagno y, asimismo pues, tan nieto del emperador como los hijos de Luis, y que además era rey de Italia, sublevó a la península contra estos acuerdos, pero fue rápidamente reprimido.

El problema surgió por el hecho de que, una vez alcanzado este statu quo, extraordinariamente frágil, Luis se encoñó con un amor otoñal, Judit de Baviera, y no se le ocurrió otra cosa que casarse con ella. Judit le dio otro hijo y heredero legítimo, a quien la Historia conoce como Carlos el Calvo. Automáticamente, la madre comenzó a mover sus palillos para meter a su infante en la herencia.

En la gusanera asamblea de Worms, año 829, Luis cedió a las presiones de su churri y metió a Carlos el Calvo en las previsiones sucesorias, creando casi de la nada un reino para él que abarcaba parte de Alemania, Alsacia, Retia y una parte de Borgoña. Sin embargo, los partidarios de Lotario, viendo que iba a heredar a ese paso un imperio de chichinabo, pusieron pies en pared y obligaron al emperador a volver a suscribir los acuerdos del 817. Sin embargo, en el 831, los llamados legitimistas, partidarios de Carlos el Calvo, forzaron una nueva vuelta de la tortilla: a lo que ya se le había ofrecido se unían ahora unas cuantas tierras como para cogerse un pedo mundial: Champaña, Mosela, además de Provenza y Septimania. Esto provocó una fulminante alianza entre unitarios, partidarios de Lotario; y regionalistas, que apoyaban a Pipino y Luis, llamado El Germánico para distinguirlo de su piadoso padre. Esta alianza dio un golpe de Estado en el 833, desentronó al emperador, y encerró a Carlos el Calvo en un monasterio. Sin embargo, a la hora de repartirse el poder entre los tres ganadores, dos de ellos se encontraron con que Lotario no estaba dispuesto a renunciar a la condición de emperador que le había legado su padre (curiosa postura la suya: afirmaba la legitimidad de la legación hecha por aquél a quien él mismo había derrocado); por lo que Luis y Pipino pronto (834) favorecieron el regreso de su padre.

Luis el Piadoso, de nuevo al frente del machito, exilió a Italia a su hijo Lotario, sacó a su benjamín del monasterio, y le concedió todavía más territorios. En el 838, lo coronó rey en Quierzy; el mismo año, muerto Pipino de Aquitania, lo coronó monarca también de este territorio; ello a pesar de que el rey muerto dejaba heredero, quien acabaría por ser Pipino II de Aquitania.

Las presiones de la Iglesia, que prefería al primogénito de Luis el Piadoso (designado emperador a la muerte de su padre, veían en él una garantía de estabilidad para el proyecto imperial) hizo que, de nuevo en Worms, 839, se llegase a un nuevo pacto, que repartía el imperio entre Lotario y Carlos, dejando de lado al tercer hijo superviviente, Luis el Germánico.

Un año después de Worms, Luis el Piadoso moría y, como no podía ser de otra forma con estos mimbres, inmediatamente estalló la guerra civil. Lotario, que formalmente era el emperador ahora, reclamó la totalidad del imperio para sí, reclamación que venía intensamente perfumada de incienso. Enfrente se encontró a sus dos hermas, Carlos y Luis, quienes le vencieron en Fontenoy-en-Puisaye, año 841.

Finalmente, dos años más tarde, y sobre todo porque Lotario había podido retirarse a Italia con gran parte de sus tropas y, consecuentemente, seguía siendo una gran amenaza, los hermanos llegan a un acuerdo en Verdún. El imperio occidental queda partido en tres partes: el occidental-occidental (terrenos, en el mapa, a la izquierda del Escalda, Mosa y Ródano), para Carlos; el occidental-central, con capital en Aquisgrán, para Lotario, en calidad de emperador; y el occidental-oriental, básicamente las tierras de Angela Merkel, para Luis (que es por eso, no porque tuviese un Volkswagen, que fue llamado el Germánico).

En la Francia Occidental, Carlos tuvo muy pronto problemas, sobre todo con las incursiones normandas, unos auténticos porculos de la época, y el fortísimo sentimiento autonomista de los aquitanos, que no querían estar en más reino que el suyo (además, no se olvide, tenían un candidato legítimo a reinar sobre ellos). Tras fracasar el sitio de Toulouse, Carlos tuvo que reconocer los derechos dinásticos de Pipino II. Inmediatamente después, los bretones, oliendo la debilidad, se sublevaron y le derrotaron en tres batallas seguidas; consiguieron lo mismo, porque Carlos tuvo que reconocer la condición real del caudillo bretón Nominoë y, después, de su hijo Erispoë.

El tercer elemento de puteo, las invasiones normandas, se hizo especialmente intenso en la década del 850, en la que los normandos llegaron al Mediterráneo por Septimania; esto es, bajando el cauce de los grandes ríos franceses, se cruzaron el país de parte a parte. Para colmo, Bernard de Plantavelue en Borgoña, y Unifredo en Septimania, comienzan una larga serie de rebeliones de las casas nobles, cada vez más fuertes y seguras frente a la autoridad central del rey.

En el año 855, el viejo sueño católico-carolingio se diluye todavía más con la muerte de Lotario, que supone la división de su reino central en tres: Luis II, que fue proclamado emperador, recibió Italia; Lotario II recibió la entonces llamada Lotaringia, es decir la franja norte del reino; y Carlos, por último, recibió Provenza.

Por si fuesen poco las tensiones descritas, están las guerras entre los propios parientes. Luis el Germánico intentó, en el 858, invadir el frágil reino de Carlos el Calvo. En el 863, sería éste el que movería ficha, pues falleció su sobrino Carlos de Provenza, e intentó anexionársela. Sin embargo, en el 869, a la muerte de otro sobrino, Lotario II, entró en Lorena, fue coronado rey en Metz y se repartió el reino con su hermano Luis.

La muerte del emperador y rey de Italia, Luis II, ocurrió en el 875, momento que aprovechó Carlos el Calvo, que de verdad tenía una perra de cojones con eso de quedarse la Provenza, para quedarse con ella. Para llevar a cabo este plan, le mandó un e-mail al Papa Juan VIII, ofreciéndose como Rambo Imperial a destajo, siempre y cuando se le apoyase en sus pretensiones territoriales. El Papa dijo aquello de Dios lo quiere, y el mismo día de Navidad del 875, Carlos el Calvo era coronado emperador en Roma y, un año después, rey de Italia en Pavía.

Ese mismo año de 876 murió el hermano de Carlos, Luis el Germánico, y el reino oriental fue repartido entre sus tres hijos: Carlomán, Baviera; Luis, Franconia; y Carlos, llamado El Gordo, Alsacia, Suabia y Retia. Cómo no, su tío el alopécico, ya embarcado en el rollo imperial, se lanzó sobre ellos para destronarlos; pero le dieron hasta en el cielo de la boca en la batalla de Andernach. Entonces regresó a Italia y, apenas se había encontrado en Vercelli con el Papa, cuando un mensajero le trajo la noticia de que en la Francia occidental los nobles se habían levantado contra él. Montó una expedición contra ellos, pero murió (877) en pleno traslado.

El hijo de Carlos el Calvo, Luis II El Tartamudo, heredó el reino occidental de su padre, pero apenas tenía autoridad, porque aquel territorio adelantaba a pasos agigantados la Edad Media. Allí mandaban los nobles, y los normandos incursores (de hecho, fue la circunstancia de que aquellos francos necesitasen protección contra ellos, que sólo les podían dar los condes, que aceptasen rápidamente la servidumbre). En el 879, apenas llevaba dos años reinando, El Tartamudo la palmó, y fue sustituido como hombre fuerte del imperio por Carlos El Gordo, uno de los hijos de Luis der Deutscher, a quien hemos visto salir muy bien parado en la herencia de papá. Fatty repitió la jugada de su tío el calvo: se fue a ver al Papa, le prometió la reunificación del imperio, y consiguió ser coronado rey de Italia en Pavía en el 879 y, dos años más tarde, emperador. Además, en el 880 heredó los terrenos de su hermano Carlomán a su muerte, y en el 882 los de Luis II, lo que le permitió unificar el viejo reino de su padre.

A la muerte de Luis El Tartamudo, Carlos III El Gordo se reunió con los hijos de éste, Luis III y Carlomán, en la bella villa lorenesa de Grondeville. A ambos les garantizó su neutralidad en la herencia del tartaja, eso sí, a cambio de obtener una parte de Lorena. De hecho, Carlos el Gordo se convirtió en algo así como el guardaespaldas de los dos reyes francos, pues fueron sus tropas las que fueron a Provenza a guerrear contra un noble que se había hecho coronar rey, y que debía de estar bastante acelerado, porque se llamaba Bosón.

Luis III y Carlomán morirían en el 882 y 884, respectivamente, con lo que sus reinos pasaron a las manos de Carlos el Gordo; quien, por lo tanto, más o menos reunificó una vez más el imperio carolingio. Además, en el 887, cuando Bosón de Provenza murió, su hijo, Luis II el Ciego, le rindió pleitesía.

Todo, sin embargo, era un sueño. El Papa podía hacerse todas las pajas que quisiera en Roma pensando que tenía un emperador como los de Constantinopla (con todo y que el imperio de Oriente también tenía lo suyo…), pero no era verdad.  A finales del 885, los normandos saquearon París, y el emperador, en un gesto humillante, lejos de derrotarlos, aceptó el vasallaje de pagarles tributo. Tampoco pudo con Guido de Spoleto cuando se rebeló en Italia. En sus últimos años, además, Carlos el Gordo se volvió tolili e, incluso, buscando curarlo o mitigar su locura le trepanaron el seso, aunque no sirvió para nada. En el 887, meses antes de su muerte, fue depuesto. Y ahí se acabó todo.
Arnulfo, hijo bastardo de Carlomán, uno de los hermanos de Carlos el Gordo que había muerto tan prematuramente, se sublevó en Baviera y, el mismo año de la muerte del Gordo, fue coronado rey de Germania en Francfort (nueve años después, sería coronado emperador). Murió en el 899, momento en el que la Germania fue dividida entre sus dos hijos: Zwentiboldo se quedó con Lorena y Luis IV, llamado el Niño, reinó en el resto hasta su muerte en el 911, que la dinastía germánica de origen carolingio se extinguió, dejando paso a la Casa de Sajonia.

En Italia se produjeron guerras sin cuento entre nobles que habían casado con mujeres de estirpe carolingia, con lo que la corona imperial pasó como una falsa moneda: en el 891, Guido de Spoleto (casado con Adelaida, hija de Pipino y nieta de Carlomagno); Arnulfo, ya lo hemos visto, 896; 898, Lamberto de Spoleto (hijo de Guido y, por lo tanto, bisnieto de Carlomagno); 901, Luis III el Ciego, hijo de Bosón, el último que hizo un intento unificador (su legitimidad carolingia, bastante tenue, venía de que su padre, Bosón, se había casado  con Ermengarda, hija de Luis II rey de Italia y, por ello, nieta de Lotario, el primogénito de Luis el Piadoso); y en el 915, Berenguer I, rey de Italia, hijo de Eberardo de Friul y Gisela, la única hija de Luis el Piadoso.

Por lo que se refiere a la Francia occidental, a la muerte de Carlos el Gordo los nobles decidieron elegir mejor a alguien que les protegiese de los normandos, pasando del pedigree carolingio. En consecuencia, eligieron al defensor de París, el conde Eudes, como rey. Así, Eudes inició una dinastía inicialmente llamada Robertiana pero que pronto, a causa del mote que tenía uno de los sobrinos de Eudes, se llamó de los Capetos.

Los Capetos reinarían en Francia durante siglos. Pero no fue fácil su llegada. La presión de la legitimidad hizo que, en el 898, año de la muerte de Eudes, su hermano, el duque Roberto de Neustria, entronizase a un carolingio: Carlos el Simple, hijo de Luis el Tartamudo. Este rey de Francia tuvo un largo reinado y, además, en el 911 heredó las tierras de Carlos el Niño a su muerte. Sin embargo, en realidad sus fuerzas efectivas eran tan pocas que cuando Conrado de Sajonia se hizo con la Germania, no lo pudo impedir. Además, dentro de la propia Francia las tendencias disgregadoras eran muy fuertes: Guillermo el Piadoso en Aquitania, Vilfredo el Belloso en la vieja marca hispánica (Cataluña), Ricardo el Justiciero en Borgoña, Balduino II en Flandes, y el pesadísimo Rollón, jefe de los normandos, pasaban de su rey como de deglutir deyecciones y reinaban a su gusto.

En estas circunstancias, hasta Roberto de Neustria se alzó contra el rey y se hizo coronar. Carlos le venció y mató en Soissons, pero fue inmediatamente derrotado por un ejército de borgoñones. Radulfo capturó a Carlos el Simple y lo encerró en prisión, donde moriría (929).

Una última dilatación imperial, ya inútil, se produjo a la muerte de Radulfo, cuando el hijo de Roberto de Neustria, Hugo, llamado el Grande, se trajo de Inglaterra a un hijo de Carlos el Simple, Luis IV, llamado, con alguna exageración, de Ultramar. A este Luis IV se sucedió su hijo, Lotario; y a éste, su hijo, Luis V el Holgazán. Finalmente, en el 897, a la muerte de Luis V, el hijo de Hugo el Grande, Hugo Capeto, se hizo proclamar rey, cerrando, para siempre, la puerta de la época carolingia.

Aunque no soy experto en genealogía, el otro hijo de Luis de Ultramar, Carlos; y el hijo de éste, Otón, heredaron de Luis el Niño, quien asimismo lo heredó de su hermano Zwentiboldo, el ducado de Lorena. Así pues, los carolingios entran en el siglo XI siendo ya, simplemente, duques de Lorena. Entiendo, por ello, que la casa de Lorena será la que recoge actualmente la sangre de Carlomagno.




Fue un sueño bonito. Pero mal colocado en el tiempo. Era una era centrífuga, como bien sabrán, pronto, o ya están sabiendo para entonces, los califas musulmanes que reinan en Hispania, y que se disuelven en reinos de Taifas cada día antes del Telediario. Sin embargo, por mucho que fallase, fue crucial para Europa, y para la identidad europea. De la mano de Alcuino de York (el desarrollador de la teoría de los siete cielos), y otros ideólogos religiosos, el imperio carolingio construirá una identidad capaz de ser reconocida desde los suburbios de Varsovia hasta la verja de los almonteños. Europa, después de Carlomagno, ya no volverá a ser lo mismo. Perdió la batalla con Bizancio, eso sí, por armarse como contrapoder imperial efectivo. Pero los Papas aprendieron la lección. Algunas décadas más tarde volverán con una nueva iniciativa, mucho más exitosa para el cristianismo occidental, que es lo que conocemos como Cruzadas.

Pero ésa es ya, otra historia, para otro momento.