lunes, abril 23, 2012

Los carolingios en España


Allá por los años cuarenta o cincuenta del siglo pasado, según me informó una vez el arzobispado compostelano, en la catedral se dejaron de rezar algunas misas por el alma de algunos personajes principales de la Historia de Europa de los últimos siglos, que habían tenido especial atención hacia el fenómeno jacobeo. O sea, las misas se siguen diciendo, pero ya no se les dedican, quizá por entender que los cristianos que aún están en carne mortal ya han pedido suficientemente por su acceso a la Gloria y la Gracia de Dios. La consulta que les hice tiene que ver con que Gonzalo Torrente Ballester, en uno de sus libros de juventud (Compostela y su ángel, creo que se llama) afirma que a principios de agosto de cada año, una de las mismas celebradas en la catedral se encomienda al alma de Carlomagno desde la muerte de éste. De ser cierta la afirmación, y Torrente no tenía por qué mentir, serían más de 1.100 misas las que en Compostela se dijeron para rogarle a Dios que acogiese en su seno al rey franco. Rúa del Franco se llama, también, la principal vía enológico-tapera del Santiago actual, pequeña arteriola medieval que llevaba a la catedral a los peregrinos; y del Franco se llama porque, para los primeros jacobeos, franco era sinónimo de peregrino. Ellos dirían, pues, "peregrinas como un francés" como nosotros decimos "trabajas como un chino".

Para Santiago, en efecto, Carlomagno es un personaje fundamental. Pero no es el único rincón de España que le debe mucho. Cataluña, sin ir más lejos, le debe el inicio de su muy querida identificación nacional, que comenzó a surgir, embrionariamente, cuando consiguió no ser territorio vasallo de Córdoba; logro que le debe, en tu totalidad, al emperador franco (con minúsculas).

Es por ello que, como comentaba en mi post anterior, la labor hispana de Carlomagno merece un artículo especial.

Para entender lo que el emperador hizo en España debéis comprender el elemento fundamental de la tesis del artículo anterior: el imperio carolingio es un proyecto multinacional que combina la ambición personal de poder con un proyecto de dominación religiosa; o, más concretamente, de construcción en la Europa Occidental de un poder tan ancho en sus territorios, tan poderoso en sus armadas y en sus ideas, como el imperio oriental nucleado en Constantinopla; bueno, si podía ser más, mejor.En la Europa premedieval hay una tensión entre Este y Oeste que, en algunos puntos, recuerda a la Guerra Fría. Constantino el Grande cambió la capitalidad del imperio romano por pura cobardía o admisión de debilidad. Sabía que no podría con la presión de los germánicos que, además, como se ha señalado repetidas veces, no habían invadido el imperio violando a sus vírgenes, sino alistándose en su ejército; en realidad, los posibles de una resistencia romana al poder godo eran inexistentes, porque habría sido como pedirle a un cuerpo que luchase contra sus propios macrófagos: de perder, perdería; de ganar, moriría

La fundación del imperio de Oriente, sin embargo, dejó pendiente la cuestión de la dominación. El egalitarismo es probablemente la más bonita de las filosofías del hombre; pero, tal vez por eso, es totalmente extraña a las pulsiones humanas. El hombre siempre propende a la dominación, porque en una diferencia, la que sea, siempre hay alguien que ha de ganar, y alguien que ha de perder. La elección de Constantino fue enormemente acertada, porque escogió situar el nuevo experimento de imperio romano en un territoril fértil, encrucijada del comercio y el transporte, puerta del Oriente, y con unos enemigos que, en el momento en que el Grande tomó su decisión, eran mucho menos temibles que aquellos alemanes rubios, altos, secretos o confesados adoradores de árboles, que ya por entonces coqueteaban, a su manera, con la idea de la supremacía aria. En realidad, Consti se equivocó; la realidad es que cuando alguien es poderoso y rico, el deseo de robarle ennoblece y alimenta a sus vecinos, así pues, como las moscas van a la mierda, búlgaros, eslavos en general, siriacos, persas y demás, pronto se aplicaron a rapiñar aquel chollo llamado Constantinopolis.

Justiniano, un tipo muy inteligente que tuvo, además, la suerte, de que la poca inteligencia que le faltaba se la aportó su señora, fue el primero que, propiamente, se dio cuenta de aquel error. Como digo, fue probablemente Teodora Fernández de Kirchner, mucho mejor conocedora que su costillo de la lorza oriental del imperio, la que se dio cuenta de que la dominación soñada de eso que hoy llamamos Oriente Medio nunca se produciría. Desde los lágidas y los seléucidas, la ancha franja de territorios desde el Nilo hasta el Éufrates había aprendido a ser ella misma, y no estaba dispuesta a jugar un juego de sumisión. Por esta razón, Justiniano resucitó el viejo sueño imperial old fashion, y decidió entrar en Italia, a plantarle cara al ostrogodo, y de paso al Papa.

A partir de ahí, se inicia un fenómeno de flujo y reflujo, en el que la parte teóricamente más proclive al fracaso en el inicio, Roma, acabará entrando a saco en Constantinopla, en el verdadero final del imperio oriental, que no es, por lo tanto, la entrada de los turcos que toda mi cohorte demográfica estudió en la escuela como inicio del Renacimiento. Y, en esa estrategia exitosa, a pesar de que es en buena medida fallido, el experimento carolingio ocupa un lugar de primer nivel. Sin Carlomagno, no habría existido la idea imperial occidental. Pero la idea imperial occidental no podría existir si Hispania no fuese elemento fundamental de la misma. Idea en potencia, porque la península está tomada por los musulmanes y, los siglos VIII y IX, ya se puede poner el Papa decubito prono o decubito supino, no hay quien les tosa. Además, una idea Europea, una especie de OTAN religiosa que se proteja de todo lo que le amenace, aun no existe: ningún Papa llamará a la Cruzada para recuperar España, como la llamaría siglos más tarde para tomar Jerusalén.

España es, tiene que ser, una de las joyas de la corona imperial. Para Carlomagno, pues, mirar más allá de los Pirineos no es una opción. Es, yo al menos estoy convencido de ello, una de ésas conditia sine quibus non que Roma le pone para consolidar su alianza estratégico-moral-religioso-militar.

A Carlomagno, en el marco de esta alianza, no le vale sólo con defender la cruz; defiende, además, determinada cruz, esto es, la unidad eclesial total, pues Roma teme, y hace bien en temer, las tendencias centrífugas entre los cristianos; que son tan fuertes que en Constantinopla generarán incluso crueles masacres en los siguientes 500 años. No olvidemos lo mucho que tuvo que remar el papado para obtener la conversión de Recaredo.

Carlomagno, además, juega la baza evidente de lo que efectivamente lo es, y es su condición de único contrapoder de los musulmanes. Aupado sobre la victoria de su abuelo, Carlos Martel, quien en Poitiers frenó definitivamente el avance musulmán hacia el centro del continente, Carlomagno se convierte en una fuerza militar de importancia, la única capaz de hacer sombra a Córdoba; y esto es algo en lo que se fijan no sólo los cristianos, pues la corona asturiana no tardará en tratar de tenerlo cerca; sino, también, los propios enemigos musulmanes del califa.

Es un grupo de éstos el que se desplaza a Paderborn, en la actual Alemania, a entrevistarse con un Carlomagno que está organizando en ese momento la marca sajona. Van presididos por Sulaiman Ibn al-Arabi, molt honorable walí en cap de Barcelona, y le ofrecen su apoyo si entra en la península y le prometen la entrega de Zaragoza, es decir de la cuenca del Ebro. A Carlomagno la oferta le pone, pues sabe que necesita crear una marca hispana que deje fuera del alcance de los moros la Septimania; además, dominar la cuenca del Ebro le pone en posición de fagocitar a los navarros y, quién sabe, incluso a la incipiente monarquía asturiana pospelagiana. Sin embargo, la expedición fue un fracaso porque, a la llegada a la capital maña, el walí de la ciudad se negará a entregarla, con lo que las tropas carolingias deberán retirarse con cierta precipitación. Tanta, que serán malamente emboscados en Roncesvalles por vascos, o tal vez gascones, en una batalla que se convirtió en el primer poema épico de la literatura francesa: La canción de Roldán.Y que, como casi todas las cosas que los franceses cuentan de sí mismos en tonos épicos, es eso que los hebreos llaman un midrash; en vallekano, una puta rallada de cabolo.

Tras esta derrota militar, Carlomagno, que de todas formas controla los Pirineos, pone sus ojos en la iglesia hispana. Es un proceso que ya hemos contado en parte cuando hablábamos del origen del mito de Santiago.

Para Carlomagno, la iglesia de la península es un problema. En los tiempos visigodos, los obispos, reunidos sistemáticamente en concilios toledanos, han sido medio Estado. Están acostumbrados a serlo y, además, registran el apoyo de la monarquía asturiana, que está dispuesta a luchar contra los musulmanes pero, al tiempo, recela de ser integrada en un imperio franco.

En el 784, durante el concilio de Sevilla, esta situación más o menos larvada estalla con la querella del adopcionismo. El arzobispo Elipando de Toledo, en efecto, se muestra partidario de una concepción teológica por la cual el Jesucristo hombre no fue propiamente hijo de Dios, sino hijo adoptivo (de ahí el nombre). La ortodoxia romana sostenía (y sostiene) que Jesús es hijo único de Dios (nacido de Dios padre antes de todos los tiempos, reza el Credo; es el rastro que en los tiempos modernos dejó esta querella). En defensa de la ortodoxia se alzan el obispo Eterio de Osma y el monje Beato de Liébana, el inventor del mito jacobeo. Pero, en realidad, ésta es una movida mucho más profunda. Detrás del conflicto está la mano de Carlomagno, defensor de la ortodoxia romana; y detrás de la actitud de Elipando, por mucho que creyese lo que decía, está la intención de sustentar la autonomía de la Iglesia española.

En ese punto, en Oviedo se produce un cambio importantísimo: Mauregato, rey hasta ese momento, es sustituido por Alfonso II, quien decide inclinarse del lado carolingio, por lo que rápidamente rompe con la Iglesia de Toledo. En el 792, Carlomagno muñe un concilio en Ratisbona cuyo principal objetivo (cumplido) es obligar a retractarse al gran apoyo de Elipando, el obispo Félix de Urgel. Siete años después, el concilio de Aquisgrán lo condenará a permanecer en Lyon hasta su muerte. Este movimiento permite el control total por parte de los clérigos carolingios de la sede de Urgel, elemento fundamental para la consolidación del poder franco en la Marca Hispánica.Y, lo que es más importante, sella la alianza entre los monarcas asturianos y el imperio carolingio, una alianza que marcará el destino de España. El destino, en primer lugar, de la sede compostelana, pues el entendimeinto entre Oviedo y Aquisgrán supondrá el apoyo incondicional del imperio carolingio hacia el mito jacobeo; Carlomagno "enviará" toneladas de francos a la sede compostelana, y Santiago se convertirá en la gran luz de la cristiandad medieval, construyendo un cordón umbilical entre la España y la Europa cristianas. Más a largo plazo, esta alianza, unida al efecto traumatúrgico y unificador de la empresa de la Reconquista, convertirá a España en el stronghold del proyecto imperial romano, haciendo de nuestra tierra el principal baluarte del catolicismo en el mundo (con permiso de Polonia, mucho más católica que nosotros, pero históricamente menos decisiva en lo militar, que es de lo que se trata). En el siglo XIX, cuando media Europa haya abandonado a los papas, España seguirá siendo católica, apostólica y romana.  

Territorialmente hablando, sin embargo, en Cataluña termina, prácticamente, el imperialismo carolingio en España. Los navarros se independizaron del poder omeya en el siglo VIII con la ayuda de unos nobles muladíes, es decir visigodos en origen que se convirtieron al Islam: los Banu Qasi, nietos y bisnietos de Fortún, conde visigodo. En el 806, Córdoba somete estas tierras, que piden ayuda a los carolingios. Sin embargo, en la segunda década de este siglo, los Banu Qasi volverán a tomar el control de la zona del Ebro y acabarán por echar a los francos. Antes, en el 810, la dominación franca en Aragón, ejercida por un conde llamado Oriol, es desplazada por un noble local, Aznar Galindo; y, aunque este Ansar altomedieval no consiga deshacerse del todo de los francos, finalmente, una alianza entre los Banu Qasi y los Arista, desde Navarra, acabará de echarlos.

Como resultado, Carlomagno sólo conseguirá dos elementos de poder permanentes en España: uno, el control de Cataluña; otro, el impulso del mito jacobeo, inventado por sus aliados en la polémica adopcionista, en el marco de una alianza estratégica con la monarquía asturiana, intensificada además, cuando los navarros y aragoneses se ponen de canto. Su gran fracaso será controlar a la Iglesia local.
Todos estos elementos son de extraordinaria importancia para la Historia de España, y es por ello que la etapa carolingia es tan importante. La peregrinación jacobea será fundamental para España y para Europa. El control de la Marca Hispánica como único territorio hispano de influencia carolingia tenderá a hacerlo distinto: Carlomagno es, sin duda, el primer plantador del hecho diferencial catalán. Máxime si se tiene en cuenta que no sólo aparta Cataluña del resto de las dominaciones en la península, sino que lo hace sin crear una estructura de real dependencia respecto de Aquisgrán. La Marca Hispánica, de hecho, se conformó como una débil unión de condados independientes, coordinados por una asamblea anual, en los cuales todos los nobles al frente soñaban con consolidar un poder vitalicio a su favor.

Esta situación, además, se radicalizó o agravó cuando las querellas de Luis el Piadoso con sus hijos envolvieron el imperio franco en una guerra civil. Los condes catalanes hubieron de tomar partido y, en las sucesivas políticas de alianzas con los contendientes, van teniendo cada vez más poder.
Bera, que fue el primer conde barcelonés, intentó sacudirse el yugo franco en el 820, sin conseguirlo. A partir de ahí, Aquisgrán dejará de confiar en los nobles locales y nombrará gobernadores francos, como Rampón o Bernardo de Septimania. Este Bernardo cometió el error de apoyar a Luis el Joven en las querellas entre los hijos del Piadoso, puesto que el tratado de Verdún, que creaba el territorio occidental para Carlos el Calvo, supuso su cese inmediato y su sustitución por dos clientes del nuevo rey: los hermanos Sunifredo y Suñer. Ambos conseguirán que sus hijos les sucedan en el cargo condal, creando con ello el germen de un poder catalán hereditario por sí mismo.

Con la muerte de Carlos el Calvo, 877, los enormes problemas de estabilidad que se le plantean al reino franco, y que ya hemos visto, dejan enorme libertad a los condes locales, que reinan sobre Cataluña prácticamente sin oposición. El nombramiento del defensor de París, Eudes, como rey, y la consecuente ruptura de la línea carolingia, generará toda una serie de rebeliones de nobles que, a lo largo de todo el territorio franco, entenderán que dicha ruptura les otorga fuerza moral a ellos para independizarse. Flandes, Borgoña o Aquitania inician estos procesos, como lo inicia Cataluña de la mano de Vilfredo, considerado el primer gobernante autónomo de la región, y que a su muerte dejará sus tierras a sus hijos: a Sunifredo Urgel; a su hijo voyeur, Mirón II, Cerdaña y Besalú; y a sus hijos Borrell y Suñer, Barcelona y Gerona.

Una vez conseguido el poder civil efectivo, los catalanes se aplican al siguiente paso, que es construir una Iglesia propia. En el año 888, los condes catalanes crean un arzobispado en Urgel; su arzobispado propio, lo que explica que sea tan importante la Seo para el catalanismo.

No se puede decir, por lo tanto, que la huella carolingia en España sea ni débil ni despreciable. España es, en gran parte, la oposición al francés. Y en eso seguimos.