viernes, marzo 23, 2012

El mito del rey zombi y la movida de Madrigal de los Altos Timos


Lo más suave que se puede decir del rey Sebastián de Portugal es que era algo rarito. No se le conoce pulsión alguna por holgar con mujer, mucho menos casarse con una, a pesar de que es obligación de rey hacerlo y procrear; algunos historiadores especulan con que pudiera tener tal o cual enfermedad. Religioso hasta la médula, estaba empeñado a parar al turco, y por eso realizó la expedición a Marruecos de la que, por pasar, hasta pasó su tío, el todopoderoso Felipe II. Así las cosas, era inevitable que Sebastián encontrase la muerte en aquella expedición, concretamente en las tierras de Alcazarquivir.

Eran los primeros estertores de 1580. Sebastián murió en la batalla, que fue un auténtico desastre para los portugueses, que se pasaron años después pagando rescates para recuperar a tanto conde y duque como apresaron los turcos. Sin embargo, una anécdota estúpida (unos soldados que pidieron asilo en una villa asegurando que venían con el rey), unida al deseo que los portugueses tenían de que ese rey sin descendencia siguiese vivo, garantizando así su independencia; unido todo ello a tendencias mesiánicas existentes en la religiosidad popular lusa, generaron el mito sebastianista o, como yo lo llamo aquí, mito del rey zombi. Casi todo un país creyó, lo cual quiere decir que quiso creer, que el rey Sebastián en realidad estaba vivo, y vagaba de incógnito por aquí y por allá. Como pasó con Hitler tras el final de la segunda guerra mundial, por toda la península ibérica se multiplicaron los friquis y enteradillos que debían haber visto al rey en tal o cual lugar.

Más allá de la leyenda y los relatos más o menos exagerados, se planteó la cuestión de quién heredaría el trono. Y había varios candidatos. El más popular entre los portugueses era, sin lugar a dudas, el prior de Crato, don Antonio, hijo de del infante real don Luis y de una plebeya, pero que había sido legitimado por su padre. También estaba doña Catalina, duquesa de Braganza. El duque de Saboya. El príncipe de Parma. Catalina de Médicis, reina madre de Francia. Y, por supuesto, Felipe II, quien, como sabemos, acabaría por llevarse el gato al agua.

La candidatura a la corona portuguesa, pues, parecía el metro de Sol. En junio de 1580, apoyado por las gentes, el prior de Crato se hace proclamar rey en Santarem. Sin embargo, sus amplios apoyos populares despiertan los recelos de la nobleza, que pacta rápidamente con el rey castellano. En Alcántara (25 de agosto de 1580), las tropas del de Crato son derrotadas, motivo por el cual éste huye a Francia; es posible que en esa batalla participe un hijo de pastelera madre, al que volveremos a ver algunos párrafos más abajo. 

En 1589 se producirá la intentona más seria de recuperar el país por parte de don Antonio cuando una escuadra inglesa, al mando de Francis Drake, desembarque en Peniche e intente, sin éxito, tomar Lisboa.

Conforme se desarrollaba esa competición en lo más alto, en lo más bajo, esto es entre la clase común lusa, se desarrollaba, como la peste, el mito sebastianista. Un importantísimo fondo de este mito son las cancioncillas proféticas de Bandarra, el zapatero de Troncoso. Este Bandarra, que al parecer (ojo, ojo, ojo… ¡mis fuentes NO son hebreas! :-p) era de inspiración judaica, razón por la cual andaba el Santo Oficio buscándole las vueltas. Compuso unos versos cantados en plan Nostradamus, vaticinando que en Portugal nacería un Mesías que salvaría, lo primero que todo, el país. Este tipo de ideas mesiánicas se mezcló pronto con la creencia de que el Sebas estaba vivo todavía. Y, verdaderamente, incluso nosotros, ciudadanos de la contemporaneidad, sabemos lo fácil que es conseguir que esa leyenda sea creída; no sé si alguien, alguna vez, ha hecho alguna estimación de cuántos estadounidenses creen o han creído en los últimos años que Elvis seguía vivo; pero tienen que haber sido millones. Incluso yo, en mi adolescencia coruñesa, tuve algún amiguete que creía a pies juntillas que Jim Morrison andaba por ahí vendiendo castañas.

Una cosa que no sé, y me gustaría saber, es si la expresión coloquial española que define al vago o desaliñado como “un bandarra” tiene, o no, alguna relación con este trovador mesiánico.

En el fondo, todas estas creencias seudoreligiosas no dejaban de ser machadas que la sociedad portuguesa hacía para esconder los temblores que le provocada el hecho, palmario de toda palmatoriez a finales del siglo XVI, de que el país ya no era lo que había sido, y que Os Lusiadas venía a tener con la realidad más o menos la misma relación que la España medieval con el mundo del Capitán Trueno.

Pero ya sabemos lo que pasa; cuando en pueblos y ciudades las esquinas están petadas de gente que quiere creer, surge, con facilidad, el descuidero que les ayuda amablemente a alimentar su fe.

Hasta cuatro tentativas de tangar al pueblo portugués con el cuento del sebastianismo registra la Historia. La primera surgió en 1584 en Alcobaça, y se conoce como El rey de Penamacor. Cuatro años después de que Felipe I de Portugal y II de España ocupase la corona lusa, este antiguo lego carmelita se dedicó a pasearse por la localidad contando presuntas anécdotas de la batalla de Alcazarquivir y asegurando que él era el rey Sebastián. Finalmente, alguien le denunció, y fue detenido por los alguaciles, conducido a Lisboa y, una vez allí, condenado a galeras. Condenado a galeras estaba cuando se formó en Lisboa la célebre Armada Invencible, en los sótanos remeros de alguno de sus barcos acabó el bueno de aquel Sebastián de pacotilla. Todo parece indicar que, en tocando la flota la costa francesa, se escabulló.

Al año siguiente, un tal Mateo Alvares prueba suerte en Ericeira. Cantero de profesión (o al menos eso era su padre) había nacido en las Azores. Tal vez a causa del anticiclón, no debía de estar muy bien de la cabeza porque, tras trasladarse a la península, se estableció algo así como un ermitaño eremita en Sintra y luego en la mentada playa de Ericeira. Allí empezó a comer orejas con el rollo de que si era el rey de Portugal y toda la pesca, consiguiendo reunir un selecto grupo de amiguitos, por los que se hizo declarar rey de Portugal y a los que nombró condes, duques y lo que se terció. En la iglesia de Ericeira le robó la diadema a la virgen local, con la cual “coronó” a su reina.

O Rei de Ericeira acabó por alzar sus armas contra el pérfido rey español, y con su pequeña tropa hostigó la zona. Felipe II, desde El Escorial, le mandó a los boinas verdes, los cuales no tardaron en desarmar al ejército rebelde y llevarse al pollo aquél, cargado de cadenas, a Lisboa, donde lo colgaron del cuello el 14 de junio de 1585. Como los regentes filipinos estaban un poco hasta los huevos de los bandarras, Alvares y priores de Crato, le cortaron la mano derecha al cadáver en señal de humillación, y la cabeza la dejaron meses expuesta en la calle, en el extremo de una pica.

Con todo, el tercer caso de timo del rey zombi es el más elaborado, el más rocambolesco, el más complicado y, también, el más recordado: hablamos de la conspiración de Madrigal.

El centro de este trile es un presunto rey Sebastián de Portugal que, por no ser, ni siquiera es portugués. Y, por supuesto, no era rey, sino repostero. Se trata de Gabriel Espinosa, pastelero español que, durante su etapa en el ejército, había formado parte de las tropas con las que el duque de Alba había penetrado en Portugal para combatir al prior de Crato. Pero no es él, como se dice hoy, el autor intelectual de la movida.

El autor del timo es, en realidad, un fraile: Fray Miguel dos Santos, agustino, provincial de la orden en Portugal, consejero espiritual, en su día, del muy religioso rey Sebastián, así como confesor del prior de Crato. Con estas mimbres, militó obviamente en el partido cratense de don Antonio, y por ello había sido detenido por los filipinos y encarcelado en España. Tras unos años de cautiverio, fue perdonado y enviado como vicario al convento de monjas de Santa María la Real, en Madrigal de las Altas Torres.

En Madrigal coincidió el bueno de Fray Miguel con Ana de Austria, hija de don Juan de Austria y, por lo tanto, nieta por bastardía de Carlos V y sobrina, o sobrinastra, del propio Felipe II. Con esas cosas que tenía el rey Prudente, que hacía y deshacía con las vidas de la familia real sin que le temblase la mano, había decidido, cuando Ana tenía seis años y tras quedar huérfana del bastardo, que profesaría la vida religiosa; así pues, ni corto ni perezoso, y sin consultarla obviamente, la metió en Santa María la Real (suerte tiene Urdangarín de no haber caído en sus manos).

El agustino luso oficiaba, como vicario, de confesor de la ilustre monja forzada. Poco a poco, el taimado fraile se dio cuenta de lo que tenía delante: Ana, por mucho que llevase desde los seis años enterrada en el convento, no dejaba de ser miembro importante de la casa de Austria; y, además, puesto que la su vocación nunca le había sido demandada para meterla en el convento, es más que probable que, a lo largo de las confesiones, fuese dándose cuenta el hombre de Dios de que a aquella mujer su destino, por decirlo finamente, le daba por culo.

Blanco y en botella, debió pensar el fray: cojo a esta tía, que no sabe del mundo la media porque lleva rezando rosarios desde antes de la primera regla, y la convenzo de que: a) el rey Sebastián sobrevivió a la batalla de Alcazarquivir; b) ha escogido Madrigal para esconderse; c) quiere casarse con ella.
Para que nadie lo reconociese, le contó el confesor a la monja, Sebastián utiliza como tapadera el humilde oficio de pastelero.

Parece ser que Espinosa, el pastelero, y Fray Miguel, el muñidor, se conocían de los tiempos en los que el primero era soldado del duque de Alba y había entrado en Portugal con la intención de hacer albóndigas de prior de Crato.  Como el mundo entonces era el lapo de un cuervo, ambos se encontraron en Madrigal, uno de vicario y el otro vendiendo bollitos. El fraile, entonces, convenció a Espinosa de que se trabajase a la monja con el rollo de yo soy el rey zombi, la animase a casarse con él (cabe pensar que ella no hubiese conocido mucho varón antes, así pues no sería difícil atraerla) y, una vez emparentado con la sobrina del rey de España y, por lo tanto, titular de derechos sobre la corona portuguesa, ambos se presentasen en el país, llamando al pueblo a alzarse. El final del timo consistiría en que, una vez triunfada la revolución, Espinosa declamaría su pastelera verdad, abdicando en favor del prior de Crato, que era el verdadero candidato del fraile.

Todo esto se fraguó en 1594; esto es, Felipe II era rey de Portugal desde hacía ya 14 años. Contó, desde luego, con la activa colaboración de Ana de Austria, sospecho que sin tener demasiada idea de que se iba a casar con un pastelero pero, en todo caso, loca, a sus veintiséis añitos, por salir del convento.

Había un problema, eso sí. Habiendo nacido don Sebastián en 1554, con lo que en ese momento tendría 40 años, ¿cómo tenía aquel aspecto de viejo, pues Espinosa andaba por los cincuenta? A esto, el pastelero contestaba diciendo que su vida había sido muy difícil tras escapar del campo de batalla marroquí; y, además, en un claro precedente del fenómeno just for men, comenzó a teñirse las canas para parecerse al rubio rey que supuestamente era.

El agustino trató de redondear el embuste trayendo a Portugal al médico Joao Mendes Pacheco. Mendes era famoso en todo Portugal por haber atendido una vez a un misterioso herido que tenía el rostro velado; todo el país se hacía pajas con la idea de que fuese el famoso Sebas Prestley. Fray Miguel, como digo, lo trajo a Madrigal para que “adverase” la identidad de “su” Sebastián. Pero Mendes le salió rana, porque se negó a reconocer a Espinosa; se conoce que fraile y médico no se pusieron de acuerdo en la cifra.

Siguiente problema: si Espinosa era Sebastián, entonces él y Ana de Austria eran… medio primos. El auténtico Sebastián, en efecto, era sobrino de Felipe II y, consecuentemente, sobrino-nieto de Carlos V, abuelo de Ana de Austria. Esto lo salvó Fray Miguel convenciendo a a la monja de que el pastelero era portador de una dispensa del Papa (que, obviamente, no le enseñó; siempre he pensado que Anita debía de estar tan loca por salir del convento que se había creído incluso que le hubieran dicho que la iban a rescatar el capitán Kirk y el doctor Spock) por la cual ambos, a pesar de ser parientes, podían consumar el himeneo. El presunto Sebastián, además, tenía, o decía tener, otra dispensa, por la cual Ana era liberada de sus votos monjiles.

En una más que probable estrategia de bola de nieve (para sostener una mentira cuentas otra, y para sostener la segunda una tercera, cada vez más gordas), Fray Miguel acabó refiriéndole a Ana de Austria que tenía un hermano joven, de unos veinte años, que vendría personalmente a sacarla del convento. Este papel corrió a cargo del hijo de Espìnosa el pastelero.

¿Por qué fracasó el plan? Bueno, además de porque era un poco carallada, quiero decir. Pues fracasó porque Espinosa era un bocas. El hijo del pastelero no vivía en Madrigal, así que el padre tuvo que ir a buscarlo. En una etapa de descanso de dicho desplazamiento, en una posada, Espinosa se tomó cuatro whiskies en mal momento y comenzó a hablar y a mostrar, chulesco, unas joyas de Ana de Austria que ésta le había dado. Con la tal apoyatura, comenzó a jactarse de que se tiraba a una tía de la alta nobleza. Aquello no pasó desapercibido en aquella Castilla donde todo el mundo se conocía y, finalmente, el alcalde de Valladolid, Rodrigo de Santillán, ordenó su detención. Lo trincaron cuando estaba a escasa distancia de Madrid, o sea, calculo yo, en las inmediaciones de la plaza de Cristo Rey, tal vez. Se le encontraron en su poder cartas de la propia Ana de Austria, y otras donde se le daba trato de Majestad. De hecho, la primera sospecha de la poli es que había detenido al prior de Crato.

La cosa no terminó bien para los conjurados. A doña Ana le dijo su tío el rey: si no querías caldo, toma dos tazas; porque los jueces la sentenciaron a permanecer cuatro años en una celda del convento de Nuestra Señora de la Gracia (Ávila) de la que sólo podía salir para oír misa. A Luisa Delgado y María de Nieto, las típicas amigas cómplices, monjas también, les cayeron ocho años de reclusión como la de su colega.

De hecho, Ana de Austria, despojada además de todos sus títulos, ya no saldría de la vida conventual, en la que moriría teniendo 63 años.

Espinosa, por su parte, fue condenado a la horca, sentencia que se ejecutó en la plaza mayor de Madrigal el 1 de agosto de 1595. Genio y figura hasta la sepultura, cuando tenía ya la cuerda alrededor de su cuello, dijo: “Merezco mi suerte, pero si supieran quién soy…”

Fray Miguel dos Santos fue degradado como fraile y provincial el 16 de octubre del mismo año, y ahorcado tres días después. Murió afirmando que era Espinosa quien le había engañado.

Tres años después, en 1598, aparece en Venecia un tipo que se hace llamar El Caballero de la Cruz, y que dice ser el rey Sebastián. El embajador español monta un pollo que te cagas y exige que le entreguen al impostor. Pero lo protegen los portugueses, que quieren creer; tanto, tanto quieren creer que ni el hecho de que el tal señor no se parezca en nada (pero en nada, nada, nada) al rey Sebastián; ni el hecho de que hable italiano, los frena de considerar que es el mesiánico monarca zombi. A los venecianos, que para entonces tienen preso al tipo, les quema en las manos, así que lo sueltan. En Florencia, El Caballero de la Cruz no tendrá tanta suerte. Las autoridades lo apresan y se lo entregan a los españoles, que se lo llevan a su Guantánamo particular de Nápoles. Una vez allí, lo interrogan, hay que suponer que no sin violencias, y acaban arrancándole la verdad: se trata de Marco Tulio Catizone, calabrés, timador profesional. Tras varios dimes y diretes procesales, en 1602 es condenado a galeras, con la idea española de llevarlo a Lisboa, donde quedará demostrado el embuste.

Un año después, sin embargo, un tal Fray Estebam de Sampayo, del partido sebastianista, logra contactar con Catizone, que se encuentra en los sótanos de la nave capitana de una flota napolitana surta en el Puerto de Santa María. Le envía cartas apelándolo de Majestad y el otro contesta diciendo que sí, que soy el rey y tal. Se escapan, pero son apresados ambos y Catizone es, finalmente, ejecutado, junto con algunos de sus cómplices, en Sanlúcar de Barrameda, el 23 de septiembre de 1603.

El sebastianismo ni siquiera murió entonces. Por increíble que parezca, en el siglo XIX se encuentran trazas en Portugal de la creencia en o príncipe encuberto; mito que cruzó el mar hasta Brasil, pues se detecta, a mediados de dicho siglo, en la zona de Pernambuco.




Dicho lo cual, quitémonos las caretas: póstrate, oh lector portugués de este post, ante tu Monarca. No hace falta que hagas huelga general el 26, que ya me encargo Yo. I'm Sebastian, and I'm back.