viernes, mayo 27, 2011

La «normalidad» del 36: epílogo

Una vez que están contados los hechos, de una forma básica, compete, a mi modo de ver, realizar alguna recapitulación y volver al principio. Todo este conjunto de posts fue escrito por una sola razón, confesada en el primero de ellos: la sorpresa que produce, o al menos me produce a mí, lo poco que se sabe, se dice y se comenta sobre estos seis meses de la Historia de España tan importantes para su devenir. Dicho sea con todos los respetos, a veces da la impresión de que hay gente que opina sobre las causas y orígenes de la guerra civil española más o menos con el mismo bagage que un tipo que disertase sobre la Europa de posguerra sin haberse siquiera leído que se celebró una conferencia en Yalta, otra en Teherán, otra en Potsdam, etc.

En torno a los sucesos ocurridos en el tercer periodo de la II República hay un silencio, o un desconocimiento, que yo no sé, la verdad, si es fingido, estudiado, espontáneo o mediopensionista. Pero que existe, existe. Una de las razones puede ser que es inevitable hablar de ese periodo acudiendo en parte a fuentes franquistas, y es un hecho que en este tema de la GCE hay mucho opinador que, simple y llanamente, borra de un plumazo todo lo escrito en la España de Franco reputándolo de mentira. Esto ocurre, sin ir más lejos, con la Causa General. Cierto es que para construir dicha causa, funcionarios de la Nueva España se pasearon por pueblos y ciudades buscando represaliados por el marxismo debajo de las piedras y que, en consecuencia, con casi total seguridad algunos de ellos se los inventaron o, incluso, cabe la posibilidad, apuntada a veces, de que algún mártir del marxismo figurante en los legajos en realidad fuese mártir exactamente de lo contrario. Pero entre sostener esto y sostener que la Causa General describe unos hechos que no se produjeron hay un trecho enorme que repele la racionalidad y que, sin embargo, mucha gente recorre de un solo paso y con notable desparpajo.

Mucha gente considera que entender la Historia en un sentido levógiro o dextrógiro equivale a apartar todo lo que le molesta. Arrarás, cuya obra rezuma sentido vengativo por todos sus poros pero no por ello deja de estar documentada, es una víctima propiciatoria de este proceso; Manuel Benavides, por citar uno, es una víctima del lado contrario. En consecuencia con este modus historiandi, pues, si una persona que se acerca al 36 acepta como fuentes fiables sólo la versión vertida por los periódicos de izquierdas y los políticos y militares exiliados que lo describieron, con mayor o menor acierto, desde sus buhardillas de París, Londres o Ciudad de México, evidentemente lo que le sale es lo que le sale. Nos ha jodido. Y al tipo que se le ocurra historiar la Alemania nazi usando el diario de Goebbels también le saldrá un arbolito de Navidad que te cagas.

Sorprende, por lo tanto, y aquí me repito con mi primer post, que tan poco se sepa del año 36, a pesar de que es, junto con 1808, el año, de largo, más importante para la Historia Contemporánea de España. A partir de esa ignorancia se generan una serie de lugares comunes que, como su propio nombre indica, son de común uso y abuso. Me referiré, para no ser muy pesado, sólo a los, en mi opinión, más importantes.

El Frente Popular fue una coalición democrática. El Frente Popular fue una coalición de fuerzas tradicional y sinceramente democráticas con otras tantas que no buscaban, en lo absoluto, la realización de la obra democrática parlamentaria que España necesitaba. El comunismo estaba en el Frente Popular porque esa estrategia: la formación de coaliciones politico-sociales con fuerzas burguesas y otras sensiblidades obreras, había sido dictada por la Internacional. Pero su objetivo era el que era. Para ellos, y en las decisiones y discursos de dicha Internacional está bastante claro, el objetivo era quemar esa etapa como una más hacia la implantación de la dictadura del proletariado, o «democracia popular» como comenzaron a llamarla cuando se dieron cuenta de que mucha gente fruncía el ceño al oír la palabra dictadura.

En el Frente Popular había, además, grupúsculos de escasa importancia, como el POUM, cuyas intenciones eran bien evidentes, y no hay más que leer sus publicaciones de la época, como Nueva Era, para darse cuenta de lo que querían y pretendían. Bastantes semanas antes del 18 de julio, Jordi Arquer escribía en los cíceros de esa publicación pidiendo el estallido de la guerra civil, por ejemplo.

Con todo, el elemento fundamental de esta ecuación es el largocaballerismo. Los partidarios de este estuquista fundador de una de las tres grandes tendencias estratégicas del PSOE (es mi teoría que el PSOE, desde la II República, ha sido, y sigue siendo, una combinación de largocaballerismo, besteirismo y prietismo) se afanaron, en las décadas subsiguientes a la producción de la guerra, en convencer al mundo de que Largo nunca fue golpista; que eso de El Lenin Español no le gustaba nada; y que las soflamas pronunciadas en sus mitines públicos, que en la posguerra citaban con profusión en sus libros Arrarás, Aznar, Comín, Carlavilla y cualesquiera otros propagandistas franquistas, eran sólo gestos para la galería.

Es una teoría difícil de creer. Largo Caballero conoció a Pablo Iglesias, y lo admiraba. Lo admiraba tanto que aspiraba a ser él: el líder indiscutible del socialismo español. Cuando, en 1917, fracasó la huelga general de Besteiro, vio el cielo abierto, y se las prometió muy felices. Dominaría la UGT, la cual a su vez dominaría el ámbito proletario, y se erigiría en gran líder de las masas obreras. Unos cuantos catalanes de gatillo fácil, más aún tras la muerte del más listo de todos (Salvador Seguí), le aguaron la fiesta. Apareció una cosa llamada CNT que tenía el atractivo de ser, por utilizar una terminología zapateril, la izquierda de la izquierda. Y se llevó a las plantillas de las fábricas de calle.

A partir de más o menos 1923, Largo ya no hace otra cosa que mirar de reojo a los anarquistas. Su obsesión por aplastarlos en el ámbito obrero llega al paroxismo de admitir ser Consejero de Estado en medio de una dictadura militar, gesto por el cual, vaya hombre, las Cortes republicanas, que exigieron responsabilidades hasta a los bedeles que una vez que habían abierto una puerta al general Primo de Rivera, nunca le pidieron cuentas. Tres o cuatro minutos después de proclamada la II República española, los anarquistas deciden que no les va a traer lo que ellos quieren, y se ponen de canto. Tres o cuatro minutos después de fundada la II República, pues, Largo Caballero comienza a pensar que no va a poder ser el gallo más gallo del gallinero revolucionario, y eso le preocupa.

Como en el primer periodo de la II República (1931-1933) las cosas se hacen rematadamente mal, llegan las derechas en el segundo periodo (1933-1936) que lo hacen, si cabe, peor, y, además, le dan la gran oportunidad a Largo. El jefe obrerista con apellido de ponche inventa su mantra particular: «¡Atención al disco rojo!» Busca un pollo de gafitas, con estudios y un par de idiomas, que sea su W. W. Beauchamp (guiño para los fans de Sin perdón), o sea su amanuense culto que le ponga a toda su estrategia de poder un armazón ideológico, y lo encuentra en la persona de Luis Araquistain; de modo y forma que todo aquél que quiera saber cómo veía Largo el mundo no tiene nada más que leerse la colección de Leviatán de aquellos años.

La pareja Largo-Araquistáin, a la que les unirá con el tiempo ese apóstol de las libertades del hombre que se llamó Julio Álvarez del Vayo (que quería, en la guerra, eliminar el derecho de asilo en las sedes diplomáticas, sabiendo como sabía que, de hacerse así, centenares de civiles serían masacrados), perpetra una teoría distinta de la de los comunistas. Si éstos piensan, en 1934, que la revolución no está madura y que es el momento de montar Alianzas Obreras y, con el tiempo, un Frente Popular con los burgueses, pero sin ir a las armas, Araquistain dice que el país ya está maduro para la dictadura del proletariado y que, ítem más, si los obreros no se andan listos les pasará lo que a Thälman en Austria, o sea que llegarán los fascistas, se los apiolarán y se pondrán en el machito.

Este endeble y sencillito poso ideológico es el que anima el estallido del golpe de Estado revolucionario del 34, cuyo primer objetivo era Madrid y la gobernación del país. Largo, sin embargo, falla, porque si en algo se parece a Besteiro es en que ambos no tenian ni puta idea de agitación social; cualquiera que se estudie las movidas anarquistas de la época llegará, creo yo, a la convicción de que los de la FAI sabían mucho más de agitación obrera que Besteiro, Largo Caballero, Pasionaria y McGyver amalgamados en un solo Mazinger.

Lo que le queda a Largo del 34 es más miedo. Habiendo fallado él, la cosa se queda a huevo para que los anarquistas se hagan con el movimiento obrero. Por eso, en el 36, entra en el Frente Popular; en su visión, se está rodeando de aliados. Por eso, en el 36, se deja querer por los comunistas y su idea de la unificación socialcomunista. Por eso deriva su discurso hacia una apuesta total por la dictadura del proletariado y la anulación de la derecha.

Por eso, en suma, abandona todo presupuesto democrático serio y, en ese abandono, puesto que en el platillo no democrático está él además de los comunistas, los grupúsculos marxistas y el apoyo tácito inicial al FP de los anarquistas; en ese abandono, digo, inclina al propio Frente Popular, que no dudo que inicialmente fuese una fuerza de esencia democrática, hacia una identidad revolucionaria, sectaria, guerracivilista y propendente a la dictadura. Largo Caballero es el gran culpable, en el terreno de la práctica, de que el Frente Popular fuese lo que fue. En el terreno de los pensamientos, las teorías y, por qué no decirlo, las chorradas, el mayor culpable es Manuel Azaña, sorprendente compañero de viaje de todo lo descrito quien, además, se dejó hacer por Largo, quien lo desactivó y encerró en la Jefatura del Estado para que se hiciese allí todas las pajas que le diese la gana y, con el tiempo, le dictase a su secretaria páginas autocompasivas hasta la arcada.

El Frente Popular, por lo tanto, pudo ser una coalición democrática, y eso con dudas, hasta el 15 de febrero. Pero el 16 de febrero por la noche deja de serlo y ya, hasta finales de julio, no siente la necesidad de cambiar.

El golpe de Estado se apoya en intereses minoritarios. En una escena abracadabrantente estúpida de la ínclita serie de TVE La República, el general Sanjurjo le escribe una carta a otro militar invitándole a unirse a un golpe de Estado contra el régimen para defender los privilegios de la patronal y de la Iglesia. Ésta es la visión básica de la versión histórica Ricitos de Oro contra Fascistéitor: había unos tipos en España que vivían de narices aplastando al pueblo, llegaron los Lobeznos democráticos, pusieron en peligro esos privilegios y, automáticamente, estos cresos y purpurados montaron un golpe de Estado militar para no perder sus tan queridas ventajas.

Esta verdad es un subconjunto de la verdad. Es evidente que los intereses patronales, sobre todo terratenientes, y de la Iglesia católica española, operaron a favor del golpe de Estado del 36. Aunque no deja de ser sorprendente que Franco tuviese que embargar en zona nacional hasta los aparatos de dentista que tenían alguna porción de oro; si todos los ricos de España estaban con él, ¿por qué le faltaba el dinero?

Con todo, sin embargo, estos hechos son verdad. Pero lo que no lo es, y aquí reside la gran, yo casi diría que dolorosa, tergiversación del 36, es que fuesen el único apoyo de los conspiradores.

Hay una cosa de la que José Antonio alardeaba mucho, y con razón: Falange no era un partido de señoritos. Girón de Velasco, Sancho Dávila, Hedilla et altera, estaban lejos de ser catedráticos de Metafísica pertenecientes a rancias familias de abolengo. Lo mismo cabe decir del tradicionalismo y del carlismo, formaciones extremadamente populares en Navarra, que es una esquina del mundo donde, como en todas, hay un porcentaje nada desdeñable de pringaos.

Los seis meses que transcurren entre las elecciones del Frente Popular y el golpe de Estado tensionan a la sociedad española hasta límites insostenibles. Como ya he escrito, en la sesión de la Comisión Permanente de las Cortes del 15 de julio, Gil Robles afirma que, de celebrarse elecciones en dicho día, las derechas fascistas ganarían de calle. Él lo tenía que saber bien, que para entonces apenas tenía juventudes japistas, que se habían pasado en masa, con armas y bagages, al falangismo (aunque el estallido de la guerra descubrirá que, en realidad, las fuerzas falangistas son más magras de lo que todos pensaban). En la universidad, el SEU presentaba dura batalla a la FUE, cosa que no se puede hacer si en tu militancia sólo tienes a los cuatro hijos de papá.

En toda sociedad hay gente que grita mucho, que acampa en la Puerta del Sol y tal, cosa que está bien; pero hay otra mucha gente que ni acampa, ni grita, ni nada, pero no por eso deja de tener una opinión. Es error común en el análisis político trabajar como si esa mayoría silenciosa no existiese. La mayoría silenciosa de la España de la II República, sin embargo, es extraordinariamente importante para explicar su historia. La mayoría silenciosa, cuando fue llamada por Largo Caballero a apoyar el golpe de Estado revolucionario, se quedó en casa, haciendo fracasar el movimiento. La mayoría silenciosa, en aquellos lugares en los que el golpe de Estado del 36 triunfó, también se quedó en sus casas. Los dirigentes obreros confiaban en que la posición de los alzados se vería minada por un rosario de huelgas generales en zona nacional que, sin embargo, no se produjeron. Se puede pensar: eso es por causa de la represión. No parece, sin embargo, que a los manifestantes de Tiananmen, de la plaza Tahir, de tantos lugares, les haya callado la represión. Los movimientos pueden ser sofocados, pero se producen. En el caso de la zona nacional, sin embargo, no los hubo. La razón, además de que eran ciudades encañonadas, es que la gente estaba harta. Hasta los huevos. Así de sencillo.

Los golpistas del 36, por lo tanto, puede que, a la hora de ser apoyados de palabra y obra, lo fuesen por ese estrecho círculo de oligarcas que se nos quiere hacer creer. Pero de omisión, fueron apoyados por media España. Y suponer que media España, en 1936, era rica y poderosa, terrateniente o gran industrial, es, por decirlo mal y pronto, desconocerla.

Conocer la guerra civil, entender la guerra civil, pasa, en mi opinión, por tratar de comprender los porqués de esa media España para apoyar el golpe de Estado, de palabra, obra o, sobre todo, omisión.

En el relato de los meses de febrero a julio está, a mi modo de ver, no menos del 80% de esa explicación.

La violencia de las izquierdas fue reactiva, o, dicho de otra forma, yo pegué porque me pegaban.

Es cierto que, cuando llegan las elecciones de febrero del 36, las derechas gobernantes han «pegado». Decenas o cientos de activistas de izquierdas están en la cárcel, la autonomía catalana no existe, y los sindicatos, aunque legales, se mantienen a medio gas. Pero eso no es una «provocación», sino una actuación lógica.

Lo que los hagiógrafos del Frente Popular olvidan con elegancia es que lo que ellos llaman Revolución de Asturias fue, en realidad, un golpe de Estado. Un golpe de Estado montado por Largo Caballero, con notable torpeza eso sí, medio amalgamado con otro de parecido jaez que querían dar las izquierdas en Portugal (las armas acumuladas para el golpe luso acabaron en la casa del doctor De Buen en Moncloa), montado para tomar el poder de los centros neurálgicos de Madrid (no de Oviedo), y por el que sus impulsores, como poco, pretendían subvertir la voluntad libremente expresada por los españoles en unas elecciones de que gobernasen los radicales y la CEDA. Largo Caballero decidió que la CEDA era una organización fascista y que, por lo tanto, cuando llegase al gobierno convertiría el país en una dictadura (cosa en la que se equivocó, y esto es algo que los historiadores suelen ser renuentes a reconocer); y, en consecuencia, decidió, asimismo, que era lícito alzarse en armas contra dicho gobierno. Esto es, como digo, lo mínimo que pretendía Caballero; porque si analizamos sus discursos públicos y el poso de Leviatán y Claridad, veremos que el estuquista no se escondía a la hora de aseverar que lo que buscaba era la dictadura del proletariado.

Cuando las izquierdas, o el Frente Popular, reclamaron, en febrero del 36, la salida de la cárcel de sus correligionarios, exigieron, no lo olvidemos, la liberación de personas que habían sido condenadas por golpismo. Su actitud, por mucho que joda, era exactamente la misma que la de aquél que, hace unos años, fuese a unas elecciones proponiendo en su programa electoral el indulto (y el reingreso en la Guardia Civil con el mismo grado) del teniente coronel Antonio Tejero. Y no sólo la reclamaron, sino que la ejercitaron, sin mediación de juez alguno; simplemente, en un acto de ilegalidad flagrante, abrieron las puertas de las cárceles para que corriese el aire.

Alguna gente, a veces, me pregunta en correos privados qué me ha hecho Azaña para que lo tenga en tan poca estima. Pues bien: esto me ha hecho. Ya es jodido que unos tipos obreristas se lancen cuesta abajo por la pendiente del hago lo que me da la gana, subvierto la legalidad y todo eso. Pero que un tipo que se consideraba lo plus de lo plus del pensamiento hispano; un tipo sedicentemente defensor de la buena libertad y el orden democrático; un tipo que se llenaba la boca aseverando que sus ideas eran las correctas para el devenir de España en libertad; que un tipo, por lo tanto, llamado Manuel Azaña, se prestase, sin un pestañear, sin un siquiera amago de dimisión o de no colaboración, a este juego ilegal, no tiene, sinceramente, pase. Se pongan sus hagiógrafos, que los tiene en ambas orillas del río español, decubito prono, o decubito supino.

Así pues, el 16 de febrero las izquierdas españolas no estaban agredidas por las derechas, porque las derechas hicieron lo que tenían que hacer, esto es sofocar un golpe de Estado y reimponer la legalidad democrática; porque, como recuerda Mariano Ansó en su libro Yo fui ministro de Negrín, Gil Robles, sofocado el golpe en Asturias, con Franco en el Estado Mayor y la sociedad española con la sensación de necesitar ser protegida frente a la subversión obrerista, lo tuvo a huevo para construir esa dictadura que Largo temía, y no lo hizo. Avaló, ciertamente, una represión durísima. Pero los hechos dirigidos por la pareja Doval/Reparaz, con ser enormemente criticables, no lo son menos que la reacción de las izquierdas, que antes y después de obtener el poder mintieron sobre la materia afirmando cosas como se les habían arrancado ojos a niños a lo vivo; con lo cual, por cierto, le hicieron un flaco favor a los auténticos represaliados.

La violencia del 36 es, siendo generosos, tan culpa de las izquierdas como de las derechas. Y eso, digo, es ser generoso, porque cuando hay dos partes que son violentas y una gobierna, ésta última es, por definición, más responsable, pues al que gobierna se le exije que propenda al orden público.

La desesperación de obreros y campesinos justifica su violencia. Éste es un argumento moral y, por lo tanto, pertenece a la subjetividad. Puede haber personas que consideren que nada justifica la violencia y, en efecto, puede haber otras que sí vean justificación en que una persona sea violenta cuando está especialmente puteada.

Pero el problema que no ven muchos de los que esgrimen este argumento, en la calle, en los foros de internet o en los libros universitarios, es que aquí no estamos hablando de la opinión de Manuel o de Hermenegildo, sino de la actuación de un gobierno.

Los teóricos de la democracia la definen como aquel estado de cosas político en el que las minorías son respetadas. Un gobierno no democrático gobierna sólo para los que le interesa: los arios, los ricos, los pobres, los tontos, los listos. Un gobierno democrático gana gracias al apoyo de los arios, o de los ricos, o de los pobres, de los tontos o los listos; pero gobierna para todos. Quien no hace eso, estando en el gobierno, peca de sectarismo y difícilmente puede ser calificado como demócrata de facto.

Las minorías no fueron respetadas en el 36. Fueron agredidas, y en esa agresión, además, perdieron la ocasión de disputarle el liderazgo de dicha minoría a quienes nadaban como pez en el agua en aquella atmósfera de violencia, porque era la suya. Las minorías no fueron respetadas, en gran parte, porque el gobierno, las personas que se llamaban ministros, directores generales, gobernadores civiles, diputados de la mayoría, se erigieron en tertulianos de bar y decidieron obrar no como responsables públicos, sino como si tuviesen todo el derecho a regirse por su sola, mera e individual opinión. Así las cosas, si un gobernador civil, en su fuero interno, consideraba que estaba bien que un derechista recibiese una mano de palos, y si al final lo mataban mala suerte, pues entonces pasaba de protegerle.

Esto es un problema de derechos y deberes. Alguien que está puteado tiene todo el derecho a sentirse puteado e, insisto, a los ojos de algunas personas puede incluso adquirir el derecho moral a coger una estaca y liarse a leches. Pero a ese derecho se contrapone el deber de unas autoridades a garantizarle al señor contra el que el otro tipo levanta la estaca su derecho a caminar libremente por la calle sin ser agredido.

El Frente Popular dibujó una España de derechos asimétricos que fue oro molido para quienes querían alzarse contra su gobierno, puesto que recibieron la callada y pasiva aquiescencia de todos aquéllos, que eran muchos, que se rebelaban contra ese orden de cosas. Y lo que le pasa a mucho juzgador de este periodo es que eso no le parece mal porque, al fin y al cabo, esa asimetría de derechos favoreció a gentes que le caen simpáticas.

Pero la democracia es otra cosa. La democracia va de reconocerle sus derechos al que te cae mal.