lunes, noviembre 21, 2011

¿Y los indignados?


Como bien reza su título, el gráfico que aquí os pongo reproduce la evolución histórica de lo que podríamos denominar las tres «tasas indignadas», o sea los tres viveros donde puede estar el no-voto indignado: la abstención, el voto en blanco y el voto nulo.

Realmente, colegir que todos quienes toman la opción de no votar, votar el blanco o votar nulo son supporters del movimiento 15-M es hacer una generalización bastante bestial, sobre todo en lo que se refiere a la abstención. Abstenerse, la gente se abstiene por muchas razones que no necesariamente se identifican con una postura activa en pro de un sistema diferente y cualesquiera que sean las cosas que defienda este movimiento (que ése es su gran problema, por otra parte; saber de qué va). Pero, bueno, aceptando barco como animal acuático, lo que nos enseña este gráfico es que en el 2011 no se ha producido un rebrote bestial, significativo de este fenómeno. Pero la cosa tiene sus matices.

Porque rebrote ha habido; eso sí, no es el mayor de la historia. Si en el 2008 y el 2011 hubiesen votado las mismas personas (que es como yo creo que hay que hacer la comparación, para evitar efectos demográficos), en torno a un millón de personas más se habrían abstenido y votado en blanco/nulo. Sin embargo, si hacemos el mismo ejercicio con el 2000, encontraremos que entonces hubo 600.000 teóricos indignados más que en estas elecciones (siempre y cuando entonces hubiese votado el mismo número de ciudadanos que ayer). La cifra es, también, inferior a las elecciones de 1989, 1986 y 1979.

Sin embargo, también es cierto que el voto nulo supera los 300.000 sobres por primera vez en 25 años, algo que también le pasa al voto en blanco. Pero, aún así, cabe recordar que entre los dos no llegan al 3% del electorado. Un conjunto de votos que está en torno a un 40% por debajo de los conseguidos por una formación como, por ejemplo, UPyD.

A este indignado movimiento siempre le quedará el terreno para la especulación sobre qué porción del pastel de la abstención le corresponde. Formas de cálculo, hay muchas.

El ejercicio que yo he hecho es el siguiente: % de abs/nulo/blanco sobre el promedio de porcentajes históricos. Es decir: en qué medida ha habido ayer más de cualquiera de las tres cosas respecto de lo que la historia nos dice podría ser el el abstencionismo y la votación nula o blanca «estructural».

Haciendo este cálculo, resultaría que de la abstención de ayer 2,2 puntos porcentuales (546.156 votantes) serían imputables al 15-M; 0,53 puntos de votos en blanco (131.067) y 0,24 de votos nulos (58.279) serían también imputables al movimiento. En total, en torno a 725.000 oersonas o, si se prefiere, el 8% de la abstención, el 39% del voto en blanco, y el 18% de los votos nulos producidos ayer. Una vez más, las cifras son discutibles, porque siempre quedará la duda sobre cuántos electores que ya eran abstencionistas, que ya votaban en blanco o nulo, se han unido al movimiento, que, es de suponer, no serán pocos.

Los resultados, así calculados, no son, en modo alguno, malos. Revelan un rebrote en buena parte escondido, porque se entrevera en cifras a mi modo de ver difíciles de interpretar. Sin embargo, hay un par de cosas que tener en cuenta. Pescar, han pescado. Pero:

a) No han pescado, ni de lejos, lo suficiente como para poder decir que comprometen el sistema electoral, le «sacan los colores». La gente ha votado; no ha votado mucho menos que en el pasado ni reciente ni más remoto, y no les ha otorgado un nivel de apoyo que se pueda considerar material o significativo frente a los resultados de los propios partidos.

b) Lo que, desde mi punto de vista, es peor para los estrategas (si es que los tiene) del movimiento: lo que ha pescado, lo ha pescado entre los que ya le eran proclives antes incluso de que la indignación existiese, pudiéndose estimar que ha movilizado a unas 725.000 personas que se podría pensar hace tiempo no eran cercanas a sus postulados.

Se puede argumentar, desde luego, que 725.000 almas no es moco de pavo; es una cifra bastante equivalente, por ejemplo, al crecimiento de votos del Partido Popular, que ha ganado por goleada. Pero es que la prioridad del movimiento 15-M no está en el crecimiento del PP, sino en la sangría del PSOE. El PSOE ha perdido 4.300.000 votos en números redondos, y éste es, claramente, el nogal bajo el cual está el 15-M esperando la caída de los frutos para recogerlos. Y el movimiento, como mucho, se ha llevado uno de cada seis votantes desengañados del PSOE. Su cosecha ha sido muy parecida a la que se ha llevado IU, es decir la otra alternativa que yo veo cercana a los indignados; IU y el 15-M han competido en el mismo «mercado» y, básicamente, han empatado. Pero su empate deja encima de la mesa la pequeña duda de dónde están los 3 millones de votos que aún sobran, y por qué ni una ni el otro han sido capaces de captarlos. En el ámbito de la izquierda, por lo tanto, el PSOE retiene, impulota, la posibilidad de aplastar a ambos (enviando uno al olvido y otro a la representación testimonial en el Congreso) en el momento en que consiga que sus votantes vuelvan. A menos, quizá, que indignados e IU se uniesen; pero, teniendo en cuenta las características del movimiento 15-M, ¿cuántos miembros-barra-simpatizantes perdería si se identificase con una opción política concreta?

En suma, quienes crean en este movimiento multiforme e indefinido tienen terreno para el optimismo. Pero, en mi opinión, al mismo tiempo cometerían un grave error si cayeran en él.