miércoles, noviembre 02, 2011

Sobre la memoria histórica

En alguna ocasión, en los comentarios está, lectores del blog me han pedido que desarrollase un poco más in extenso los comentarios que, sueltos por ahí, voy dejando sobre la memoria histórica. La última vez que ha pasado esto ha sido hace poco, cuando escribí que el objetivo de prolongar in aeternum la guerra civil, que es una cosa de la que el franquismo vivió de coña, se repite ahora en la memoria histórica. Comprendo que la afirmación es un poco fuerte pero, de todas formas, tengo la mala costumbre de decir algo que pienso cuando lo pienso. Pero es cierto que algunos temas merecen cierta explicación. Aquí va la mía.

En primer lugar, debo aclarar que, para mí, la memoria histórica no es una ley. Es un proceso. Un proceso moral, sociológico, cultural, del que la Ley de la Memoria Histórica es sólo un elemento más. De hecho, partidarios o supporters del proceso de memoria histórica lo son, téngolo comprobado, personas que no se han leído la LMH; incluso puede darse el caso de que incluso ni sepan de su existencia. A mi modo de ver, el hecho central del proceso de memoria histórica no es la ley que lleva ese nombre; es, más bien, la iniciativa judicial del entonces magistrado Baltasar Garzón que conocemos, habitualmente, como [tentativa de] Causa General al franquismo.

Habitualmente, cuando he expresado, en persona y electrónicamente, mi opinión al respecto (en algún foro de internet hay comentarios míos, con mi nombre, bastante más profusos que este post), me he encontrado con una primera respuesta: ¿acaso, se me pregunta, estás en contra del derecho de las personas a encontrar los restos de sus seres queridos y enterrarlos en algún lugar donde puedan honrarlos y visitarlos? Como esta pregunta es bastante habitual es por lo que me interesa, para que mejor se me entienda (quien quiera entender, claro; luego están los trolls, que sólo entienden, y eso apenas, el significado de las palabras espagueti y astronauta), dejar claro que, para mí, la búsqueda de los restos de los antepasados represaliados es sólo una porción, y no demasiado grande, del proceso memoria histórica. Es un escalón más de una escalera que España lleva subiendo casi 40 años, escalera cuyos primeros peldaños, y esto es algo con lo que yo estoy totalmente de acuerdo, fueron el rescarcimiento de los vivos. Pues habría tenido coña, en mi opinión, que se hubiese gastado un solo euro en desenterrar a un muerto mientras quedase un vivo con derecho a pensión reconocido, pero sin recibirla.

A mí me parece excelente que, puesto que existe una enorme sensibilidad hacia dónde estén los restos de los seres queridos (y el «puesto que» lo escribo porque yo soy de aquéllos a los que la situación o futuro de su cuerpo tras la muerte se la refanfinfla poti-poti), el personal los busque. Eso sí; también digo, en el tiempo presente, que tal y como están los tiempos, no parece que esté tocando la hora en la que lo que pluga sea que esas entidades subvencionadoras llamadas Administraciones Públicas se gasten el erario en estas cosas. Los tiempos son los que son y, puesto que en pueblos, ciudades, provincias y comunidades autónomas hay mogollón de vivos que necesitan con urgencia algún tipo de ayuda para poder comer, vestirse o coger el autobús, parece lógico que los muertos deban esperar.

No obstante, como digo, el debate, o cuando menos mis opiniones sobre este debate, van mucho más allá.

En 1940, al amparo de un régimen que entonces era un régimen fascista de libro, se inició un proceso de historiografía unívoca. En la Historia sólo hay dos roles posibles. Uno es el de los perdedores, y consiste en padecerla. El otro es de los vencedores, y consiste en escribirla. Mucha de la Historia que conocemos es, en realidad, una historia de vencedores. Sabemos mucho menos de pueblos contemporáneos de los egipcios que de los propios egipcios porque éstos fueron los que ganaron a la hora de las hostias, motivo por el cual es su versión, no la de los otros, la que nos ha llegado. En los tiempos modernos esto ha cambiado, porque las enormes capacidades de archivo y transferencia de la información, unido al hecho de que el mundo ya no tiene un solo dueño (ni siquiera el pérfido mercado), hacen que imponer una sola versión se haga difícil. Pero esto es lo que, sin ningún lugar a dudas, trató de hacer el franquismo dentro de las fronteras del país que gobernaba.

El oxígeno que respiraba Franco en el interior de su escafandra sectaria era el miedo a lo que había antes de que él levantase el sable. Como a Franco todo lo que le importó en su vida fue poseer y conservar el poder, por lo tanto, para poder seguir respirando las mismas miasmas necesitaba que el miedo se conservase. De ahí la represión, la negación del otro, el rechazo frontal a la reconciliación como «contubernio», el anticomunismo cerril (Franco fue el primer y mejor alimentador de la identificación República=comunismo); y, lo que más nos interesa para estos párrafos, la construcción de una historiografía única.

Suelo decir, cuando hablo de estas cosas, que la historiografía franquista incluye algunas cosas, no muchas, que son mentira. Ello porque no se basa tanto en inventar la realidad como en presentar sólo la parte de la misma que le interesa; la producción de Arrarás es un muy buen ejemplo de lo que digo; por no citar a modernos autores vivos, y muy vivos; no sé si se me entiende. La versión franquista de la guerra civil no negaba que hubiese otro, pero le negaba por completo el derecho a defenderse; algo que no le ha faltado ni a los nazis. En ese sentido, Franco no se parece a Hitler; a quien se parece más, para su escarnio, es a Stalin.

Todo este proceso tenía una base solidísima, y es que, en los diez años siguientes al final de la guerra civil, se escribieron yo calculo que no menos de 5.000, si no 10.000, testimonios directos, de la barbarie republicana; y todos eran, básicamente, verdad. El gobierno republicano, por cariño, por incapacidad, por estulticia, por sectarismo, o por lo que fuese, permitió que en su seno creciesen una especie de subprocesos revolucionarios, que actuaron ya antes del estallido de la guerra civil, cuya operativa se basaba en la extorsión, la amenaza, el atentado; y, más posteriormente, la tortura y el asesinato.

La historiografía franquista se basó en explotar todas estas verdades a base de escribir medios libros. Los capítulos que necesariamente habría escrito cualquier otro historiador, dedicados a la violencia de las derechas, a la actitud antidemocrática, cuando no directamente terrorista, de los principales proveedores ideológicos del régimen (Falange y tradicionalistas), a los errores de las clases conservadoras económicas, etc., simplemente no eran escritos. No existían.

En este sentido, la historiografía primera de la guerra civil escrita en el exilio republicano es muchísimo más interesante que la franquista, porque el republicanismo exiliado entró, nada más perder la guerra, en un enorme proceso de autocrítica cuyo destilado principal fue que todas las tendencias del republicanismo, con excepción de los apelados y los negrinistas, llegó a la conclusión de que los culpables de la guerra civil habían sido los comunistas. Lo cual, dicho sea de paso, cerraba la interpretación de la guerra civil en falso; pues si los comunistas pueden considerarse, es al menos mi opinión, responsables de la deriva de la República ya en la guerra, ni de coña se les puede responsabilizar de la deriva de la República durante la República. De ésta última tienen bastante más responsabilidad los señores Largo, Azaña, Prieto, Casares, Alcalá-Zamora, et alia. Factor común Ejército español, Iglesia Católica, Francisco Franco, et etiam alia.

Llegados los años del relativo remanso de las pasiones guerreras, finales de los cincuenta, sesenta y tal, la cosa empieza a cambiar. Pero como lo que tenemos entonces es un franquismo cuyo principio secular es el inmovilismo, y un bando contrario enquistado en una serie de prejuicios relapsos, ese pretendido equilibrio llega desde un hispanismo practicado por intelectuales fundamentalmente sajones, que le aportan a la Historia de la guerra civil mucho savoir faire y el principio, hasta entonces magro, de equilibrio entre versiones. Este es un proceso encomiable pero lamentable, porque hispanista y español son palabras con el mismo nivel de sinonimia que las que puedan tener hooligan y centrocampista; ambos conceptos se refieren a la misma cosa, pero uno está en el campo y el otro en la grada. Los hispanistas hicieron su labor, algunos de ellos muy bien, pero, como no podía ser de otra manera, en su labor analítica se les escaparon cosas, incluso muchas cosas. Sin quererlo, pues, plantaron la semilla de interpretaciones históricas sencillitas; el tipo de interpretación que hace un español que juzga, un suponer, a Enrique VIII y sus varios matrimonios.

Una de las cosas que nos dejó el franquismo en herencia fue este efecto: la ausencia de una historiografía sobre la guerra civil propiamente española, acrecida más allá del enfrentamiento en sí, que mitigase lo que de irreconciliable había en las interpretaciones al uso. Esa labor la hubieron de asumir en Princeton y en Cambridge, y salió como salió. Al final, como la interpretación de la guerra civil siguió siendo un tejado de dos aguas, incluso los hispanistas que teóricamente levitaban sobre esa realidad sectaria acabaron cayendo por una pendiente o la otra, razón por la cual alguno de ellos ha llegado a escribir libros sobre el tema, literalmente hablando, infumables. Es evidente que la política de subvenciones, gavelas, premios y premietes, ha tenido mucho que ver en esto; unida a un, en mi opinión, excesivo endiosamiento, hijo de la secular tendencia hispana a sobrevalorar todo lo que viene de fuera, que ha tenido como resultado cosas como que un destacado hispanista haya amenazado con irse de España si no se exhuma a Federico García Lorca, como si su decisión de irse del país fuese a provocar suicidios en la calle.

España, por lo tanto, tuvo que vivir unos 30 años (el proceso no dura todo el franquismo, pero sí su mayor parte) aceptando barco como animal acuático, República como compendio de todos los males, y franquismo como Ente Salvador; mientras, en el exterior y también en el interior en número cada vez mayor, envejecían miles de españoles que sostenían la teoría exactamente recíproca, en la cual los términos eran los mismos, y lo único que se cambiaba eran los sujetos de las frases. ¿Los jóvenes? Los jóvenes, mayoritariamente, y esto es algo que demuestran trabajos tan poco sospechosos de propaganda franquista como los de Ruedo Ibérico, pasaban del tema olímpicamente.

La superación intelectual lógica de esta situación habría sido la interpolación entre ambas situaciones; pero eso nunca, o casi nunca, ocurre. Cuando el franquismo comenzó a renquear y hasta dentro de España se hizo imposible censurar toda discrepancia, lo que nació fue el embrión del proceso de memoria histórica.

Eso que podríamos denominar tercera historiografía de la guerra civil (primera, la franquista; segunda, la hispanista) es un simple franquismo inverso. Ahora, lo que se hace es mitigar, cuando no esconder, la mitad de las cosas que hasta ahora se ha contado, para construir una narrativa de la guerra civil que, en el fondo, adolece de los mismos defectos de parcialidad que la anterior. En su inicio, sin duda, los motivos de este proceso son justificadísimos: reivindicar a quien ha sido vilipendiado por la Historia oficial: Azaña, por ejemplo, quien, por ser apelado, hasta lo ha sido (léase a Mauricio Carlavilla) de peligroso homosexual que se paseaba por su residencia de El Pardo tocando culos. Pero este primigenio objetivo, digamos, legítimo, pronto se corrompe al contacto con el deseo de contar las cosas, again, como no ocurrieron.

Esta historiografía encuentra mucha base en la propia II República, porque sus propagandistas contemporáneos ya utilizaron esa herramienta con profusión. Así, comienzan a producirse libros que cantan con gozosa alegría el adelantado progresismo de la Constitución republicana del 31; escondiendo, eso sí, que la combinación de este texto con la Ley de Defensa de la República hace que la identificación de la República con un régimen de libertades sea más que cuestionable; porque un régimen en el que un ministro puede hacer las cosas que la LDR describe sin intervención de los jueces no tiene, la verdad, demasiada clara la división de poderes que es connatural a toda democracia. De la República se toman también materiales como llamarle Bienio Negro al gobierno de las derechas (que bastante negro fue, sí; pero no olvidemos que la matanza de Casas Viejas, por citar solo un ejemplo, data del presunto Bienio Blanco-Ariel Cachondeo-Puro y T'o er mundo é güeno), o llamarle Revolución de Asturias al golpe de Estado revolucionario en toda España montado por Largo Caballero, según confesión de sus propios muñidores, para instaurar la dictadura del proletariado.

La historiografía memoria histórica es selectiva, como lo fue la franquista que la provoca. Acepta de forma absolutamente acrítica el principio general (sin el cual buena parte de su edificio intelectual se caería) de que la II República era un régimen democrático, homologable tanto a las democracias modernas (o sea, la Francia, Reino Unido o RFA de los sesenta y setenta) como a las contemporáneas (Francia y Reino Unido de la época) y que la única razón de los golpistas fue frenar ese progreso en aras de los intereses de unos pocos: terratenientes, banqueros, curas, meapilas requetés y falangistas. Se propugna, por lo tanto, que lo único que quería la República era construir un Estado laico, con divorcio, autonomías y reforma agraria; es decir, se «olvida» de otras cosas que pretendían algunas de sus fuerzas integrantes (entre ellas la más numerosa, o sea, según se mida, o bien el PSOE o bien la CNT), tales como la lucha de clases, la dominación de la clase obrera, la prohibición de las órdenes religiosas, etc.

Ambos fetos malformados, la historiografía (neo)franquista y la historiografía (neo)antifranquista, se apoyan sobre un hecho que es, también, muy importante entender de nuestra guerra civil: cualquier tesis, cualquiera, se puede apoyar con fuentes bibliográficas. Sobre la guerra civil han escrito tantos, y han escrito tanto, se dice que del orden de 50.000 libros, que no hay interpretación que no encuentre suelo en el que asentarse. Todo consiste en seleccionar las fuentes adecuadas.

En este punto, animo al lector al que haga un ejercicio, un tanto cansado, pero muy revelador, cuando lea libros sobre la guerra civil. Tome usted las notas a pie de página y anote meticulosamente el libro de la bibliografía a que se refieren. Cuando termine el libro, compare la lista resultante con la bibliografía citada. Si hace ese ejercicio, mogollón de veces se dará cuenta el lector de que el autor del libro, en realidad, sólo cita, eso sí machaconamente, un pequeño subconjunto de los libros citados en la bibliografía. El resto están ahí para hacer bulto. No pocos libros analíticos sobre la GCE, ora de tirios, ora de troyanos, en realidad, beben de escasas fuentes. Como debe de ser cuando uno, lo que intenta, es que la existencia de versiones contrarias no le estropee una buena tesis de partida.

Ambas cosmovisiones históricas, la franquista y la antifranquista, estaban, en realidad están según mi optimista opinión, condenadas a morir. El tiempo juega en su contra. Durarán lo que dure la influencia del franquismo en nuestra forma de vernos y de pensar sobre nosotros mismos. De hecho, hace diez o quince años, eso es lo que parecía. Eran entonces años en los que este amanuense, que lleva bastantes años leyendo y tomando notas sobre la personalidad de Francisco Franco, se encontraba rodeado de conciudadanos, no pocos de ellos más que razonablemente cultivados, que apenas sabían de quién se les estaba hablando. Poco a poco, en el poso de la ignorancia y el pasotismo, el asunto iba quedando en manos de quienes debía, esto es de los que investigan la Historia, y se iba enderezando.

Pero en esto, como dice no se qué canción, llegó Fidel.

En España hay, desde finales del siglo XVIII, una zanja. La zanja recorre el país de parte a parte y es tan ancha, tan profunda, que no es posible cruzarla. De un lado de la zanja está media España, y en el otro lado está la otra media. Varias veces en los últimos 200 años se han encontrado pequeños pasos que comunicaban los lados de la zanja, momento en el cual los integrantes de cada orilla se han repartido unas hostias como panes. La última guerra civil producida en España amplió esa zanja y la profundizó. Muerto Franco, sin embargo, y por primera vez en esos dos siglos, lo que se planteó fue tender puentes que ocultasen la zanja. La Transición enterró el franquismo porque, a base de taparse la nariz muchas veces, consiguió enterrar el franquismo en la zanja, debajo de los puentes, donde ya no se le veía; en 1982, en un mitin en Las Ventas, Joaquín Leguina dijo esto mismo cuando comenzó su discurso diciendo: «hoy, el franquismo está encerrado bajo una losa de dos toneladas».

Cuando el PSOE, casi medio siglo después, recuperó el poder político que en justicia le correspondía por ser la principal fuerza sociopolítica del país, quizá muchos esperasen que Felipe González volase los puentes y reconstruyese la zanja; no pocos de sus correligionarios lo deseaban, y no menos de sus contrarios lo temían. González, sin embargo, había leído, tengo por mí que mucho, a Besteiro. De él había aprendido que ni zanja, ni hostias. De hecho, la política de González se basó en orillar el problema de la zanja, aunque no por ello dejó, como escribía algunos párrafos más arriba, por comenzar a subir la escalera de la reparación histórica, comenzando por los vivos.

De una forma inesperada, sin embargo, a finales de los años noventa, y comienzos del siglo XXI, es decir un cuarto de siglo después de que se hubiese tapado la zanja, España entró, socialmente, en un estado de crispación creciente que se hizo especialmente patente en las elecciones del 2004. Tras dichas elecciones, y por primera vez desde la llegada de la democracia, llegó al poder un político zanjista; aunque debe reconocerse que Zapatero no inventa la crispación, que ésta es anterior a él, y que ya venía siendo practicada, a su manera, por su antecesor, José María Aznar.

José Luis Rodríguez Zapatero, es mi opinión, considera que es justo abrir la zanja de nuevo. Considera que hay diferencias objetivas entre unos españoles y otros; unos son buenos, y los otros, no. Lo lícito, en España, es defender las cosas que él defiende. Oponerse a ellas es ilícito, o de ultraderecha, o antidemocrático, o. Para ser zanjista no hace falta tener unas ideas y defenderlas como las adecuadas; hace falta creer que quien no las defiende no merece el pan y la sal, que no es exactamente lo mismo. El catolicismo español ultramontano o el franquismo, que no por casualidad se entendían tan bien, son otros ejemplos de zanjismo.

Uno de los elementos de los que el zanjismo se acuerda para perfeccionarse es el proceso de memoria histórica.

Esto es así porque la memoria histórica no es, siempre por supuesto a mi entender, un proceso para reivindicar las voces hasta ahora calladas de los represaliados por el franquismo. ¿Hasta ahora? A día de hoy, y contando desde el 78 que tenemos la actual Constitución, llevamos 33 años pudiendo decir lo que nos viene en gana. Más de 12.000 días en el curso de los cuales, quien se ha sentido en la necesidad de reivindicarse; de escribir un libro, o colgar un cartel, o hacer un acto reivindicativo, o tocar un réquiem en un cementerio; todo aquél que ha sentido la necesidad de hacer todo eso, lo ha podido hacer. Cualquiera que sepa un poco de esto sabe que, de 1976 a esta parte, a los entonces no menos de 40.000 libros sobre la GCE se han unido no menos de 15.000 más con testimonios de toda laya; la mayoría de una laya bien definida, la laya que faltaba. En cualquier librería especializada, el lector encontrará lo que de la República y la Guerra Civil le quisieron contar Pasionaria, y José Díaz, y Álvarez del Vayo, y Azaña, y Marcelino Domingo, y Martínez Barrio, y Alcalá Zamora, y Maura, y Peirats, y Pestaña, y Maurín, y Orwell, y Mera, y Sánchez Albornoz, y Gordón Ordax, y García Oliver, y Casanovas, y Aguirre, y Bruno Alonso, y Cordón, y Líster, y Pietro Nenni, y Koltsov, y Krivitsky (bueno, a éste no gusta citarlo), y Castro, y Carrillo, y Alberti, y Ossorio, y Zugazagoitia... Todo ello además de más o menos innominados mitantes de las Juventudes Socialistas, de la CNT, de la FAI, del PSOE, del POUM, del Izquierda Republicana, del PCE, de Unión Republicana, de Esquerra Republicana, artilleros, aviadores, espías, mediopensionistas, todos ellos republicanos. Hace décadas que tenemos las dos versiones de lo del Alcázar, y del Santuario de la Virgen de la Cabeza, y de Brunete, y de Belchite, y de las batallas de Teruel, de la del Ebro, de la caída de Bilbao, de Gernika, de Oviedo, de los movimientos de Queipo en Sevilla. Hace décadas ya que no queda ni un sólo hecho de la República ni de la guerra civil que esté contado por una sola fuente. Reivindicar, exactamente, ¿qué? ¿La represión franquista? ¿Defenderá alguien, de verdad, que el español medio está mediatizado por una falta de información sobre la represión franquista? ¿Que queda un solo español mínimamente interesado por el tema que no sepa que Franco fusiló a decenas de miles de españoles tras la guerra civil?

No, el problema no es ése. El proceso memoria histórica no va de eso. Se viste de eso, pero no va de eso. El proceso de memori9a histórica es un proceso zanjista en el punto y hora que propugna, o intenta, imponer una visión histórica de la guerra civil española. Quedarse solo en la cátedra intelectual de interpretación del pasado. Y, para conseguirlo, ha inventado un concepto muy bonito: el negacionismo.

Negacionista es aquél que niega la producción de unos hechos evidentes para todo el mundo. El negacionismo más evidente es el del Holocausto. Yo tengo libros negacionistas en mi biblioteca que si no fuera por la repugnante realidad de la que hablan serían divertidos, porque los arabescos conceptuales que sus autores tuvieron que hacer son, verdaderamente, dignos de risible encomio. Existe, en efecto, un negacionismo franquista. Existe una corriente de pensamiento que niega los elementos negativos del franquismo, ve en él una fuerza impulsora del desarrollo económico, intelectual y político de España y, además, matiza, si no niega efectivamente, los datos malos del régimen (notablemente, los fusilamientos).

Pero, además del negacionismo, existe también la memoria histórica. Un proceso que lo que hace es tirar al agujero negro del negacionismo todo lo que no le gusta. Un proceso que pretende que haya cosas que no se puedan decir, porque son, presuntamente, negacionistas.

Se pretende que en España no se pueda decir, sin ser negacionista, que en la primera mitad del 36 se produjeron más de 150 asesinatos políticos perpetrados por activistas de izquierdas y jaleados por otras muchas gentes, y que una parte de la represión franquista se dirigió contra estos cabestros, animales de bellota, asesinos tan crueles e hijos de puta como lo fueron sus verdugos. Recordar, en una palabra, que la República amparó, de palabra, obra u omisión, a asesinos, ladrones y torturadores sectarios, es negacionismo. Además, es llamar hijos de puta a todos los represaliados del franquismo. Porque el proceso memoria histórica consiste en comprar una idea empaquetada: los amables supporters del Frente Popular eran todos buenos. Y punto pelota.

Se pretende que en España no se pueda decir, sin ser negacionista y/o franquista, que una dictadura no se mantiene 36 años a base de apalizar al personal en las comisarías; para muestra, la del general Primo de Rivera, que nació para durar 103 años y duró seis. Que dictadores como Franco, o Castro, tienen, nos guste o no, algo más. Que reconocer ese algo más, que los convierte en autócratas mucho más longevos que la media, no significa ni justificarlos ni alabarlos. Significa, simple y llanamente, decir que hay mucho que desbrozar en el franquismo sociológico. Pero, no. Eso es negacionismo.

Se pretende que en España no se pueda poner en duda los sinceros deseos democráticos, de libertad, por lo tanto, para todos, de la totalidad de las fuerzas integrantes del Frente Popular. Decir esto es ser franquista. Y vuelva la burra al trigo negacionista.

Al proceso memoria histórica le importa tres cojones que las tres afirmaciones que acabo de recensionar no tengan nada de originales. Que se puedan rastrear sin dificultad en las páginas de escritores como Madariaga, y no digamos la entrevista de Carmen Sarmiento en Buenos Aires a un crepuscular Sánchez Albornoz (que no sé si TVE, que anda ahora redifundiendo tanto Informe Semanal de los tiempos de Maricastaña, querrá redifundirnos), en la cual el viejo historiador republicano lo pudo decir más alto, pero no más claro. Todo eso, al proceso memoria histórica le da igual, porque a todos estos outcomes no se les concede la vitola de ciertos ni de certeros. Son conceptos equivocados. De hecho, como andemos cien metros más, acabará don Claudio convertido en un franquista peligroso; don Claudio, el que se levantó en las Cortes republicanas durante la discusión de la reforma agraria para explicarle a sus señorías que no es lo mismo propietario que señor, pues los segundos carecen de derechos reales, pero, lógicamente, no fue entendido por nadie. Hoy, los herederos de aquella audiencia incapaz de comprender que una cosa es comprar una tierra y otra heredar un derecho graciable, pretenden dar lecciones de sabiduría al resto del país. Es lo que hay.

El negacionismo, ya lo he dicho, existe. Pero no existe por sí mismo. Su oxígeno vital es el proceso memoria histórica. Si el proceso no existiese, si no existiese esa tentativa de asaltar la verdad y hacerla sectaria, los negacionistas no venderían un puto libro. Si los venden a puñados, si decenas y decenas de personas hacen cola cada verano en las ferias del libro para que estos exégetas de la dictadura les echen una firmita en la página 2, es porque existe el proceso memoria histórica. Un proceso ampliamente apoyado por el poder político, y connatural al ser humano es, en un encuentro entre el Cádiz y el Barça, ponerse de lado del Cádiz. Producido este fenómeno, entramos en una espiral: Quienes son custodios de la verdad prorrepublicana quieren ocupar más espacios del discurso sobre la guerra civil, ergo la gente se pone del lado del débil, y los negacionistas venden más. Como los negacionistas venden más, los prorrepublicanos se cabrean y redoblan los esfuerzos para tomar la colina de la verdad histórica. Entonces los negacionistas venden más. Y, como se decía del Bolero de Ravel, así, mucho.

Dije, y lo mantengo, que el objetivo del proceso memoria histórica es prolongar la guerra civil in aeternum. La explicación, en el párrafo anterior.

La memoria histórica no va de quitar de las calles de España las placas de las calles dedicadas a los caídos de la División Azul o al general Muñoz Grandes. Va de imponer una sola interpretación de por qué existió la División Azul o de quién fue este señor que la comandó, que luego fue jerifalte franquista pero que, no se olvide, estuvo a punto de prestar su sable al golpe de Estado revolucionario del 34.

Hace poco, en una localidad española, Sevilla si no me traiciona la memoria, se convocó un homenaje a Agustín de Foxá. La Administración de turno negó la cesión del local necesario. Es insultante, se dijo, que un colaborador apasionado de un régimen dictatorial y represor reciba un homenaje en España. La apelación es curiosa. Francisco Largo Caballero era primer ministro en un momento en el que, en España, centenares, si no miles, de personas, eran masacradas contra las tapias por delitos existentes o inexistentes, simplemente porque alguien, en la República, los consideraba merecedores de la muerte. Y, sin embargo, nadie parece considerar insultante que la estatua de este señor esté en la Castellana de Madrid.

Todo esto es de una ignorancia que asusta de pensarla. Salvo Castelar y un par de despistados más, el que piense que todos los espadones, reyes, obispos y políticos que están petrificados en las estatuas que pueblan las esquinas de nuestras ciudades son santos varones que jamás levantaron la mano contra nadie, es que o es gilipollas, o se lo hace por una apuesta. El conocimiento histórico no consiste en rememorar la Historia, sino en superarla comprendiéndola. Hay muchas formas de comprenderla y, precisamente por eso, hay escuelas históricas y opiniones históricas. Cuando de la Historia se deriva una sola interpretación, lo único que podemos aspirar a tener claro es que esa interpretación monopolística no es la verdad. La verdad, siempre, huele a discrepancia.

Quien sinceramente busca una verdad, se limita a defenderla. Y, consecuentemente, puesto que no le dan miedo las verdades de otros, las permite, las ampara incluso y, acto seguido, las rebate. Si puede, claro.

Lejos de ello, el proceso memoria histórica, más que definirse por lo que quiere que recordemos, se define por lo que no quiere que sepamos.

A lo largo de la guerra de la Independencia; de la represión conservadora practicada sobre los liberales, en distintos puntos del siglo XX, por Fernando VII e Isabel II, repleta de palizas en las comisarias; de tres crudelísimas guerras carlistas; de innúmeros disturbios anticlericales y levantamientos rurales de variada laya; de las luchas vinculadas a la I República; de las guerras Marruecos y de Cuba (varias, en ambos casos), no exentas de motivos interiores; de la Semana Trágica y su triste aftermath; de huelgas generales violentas y violentamente reprimidas; de asonadas militares, desde Riego hasta Primo de Rivera; a lo largo de un montón de disturbios, violencias, y, por supuesto, nuestra última guerra civil, llevamos 200 años echando muertos a la zanja. Y no la hemos cubierto.


Ya está bien con la puta zanja de los cojones.