domingo, septiembre 25, 2011

Aquella paz tan desastrosa


Tengo mis dudas de comentar mis lecturas en este blog, aunque a veces me lo piden o me lo insinúan, a causa de la puñetera manía que tengo de leer libros que, muy habitualmente, están descatalogados. Es, me temo, el caso de este libro, así pues no sé si no debería escribir este post.

Según el ISBN (tecleando Sisson en el el campo del autor), este libro, Cien días rojos, ni siquiera ha sido traducido al español. La búsqueda en páginas sajonas de la edición original tampoco da muchos resultados. Así pues, es un libro difícil de encontrar pero, ésta es mi opinión, de cierto interés para la lectura.

Cien días rojos tiene la virtud de ser un libro escrito en primera persona, relatando vivencias propias e incluyendo incluso cuatro fotos que intuimos fueron sacadas por el propio autor, que abarca un periodo de gran intensidad e interés. Edgar Sisson (Edgar Grant Sisson, como podéis ver en la imagen que corrige a lápiz el bibliotecario de la Biblioteca de Hartford, de donde procede mi volumen) fue, por lo que él mismo nos cuenta, un publicista americano muy cercano a la administración del presidente Wilson, que fue enviado por éste en la segunda mitad de 1917 a Rusia para realizar, en el entorno del nuevo régimen, labores de propaganda a favor de los Estados Unidos y su condición de aliado del país. El libro cuenta esta visita y abarca desde finales de noviembre de 1917 hasta marzo de 1918; por lo tanto, es una crónica que va desde los días inmediatamente seguidores de la salida y encarcelamiento de Kerensky por los bolcheviques, hasta la definitiva instalación de los mismos en el poder, tras la disolución de la Asamblea.

Existen otros recuerdos de estos tiempos, como los de John Reed (citado con, todo hay que decirlo, displicencia por Sisson) o Rhys-Jones, los más famosos yanquis prosoviéticos. Éste es de un entorno distinto e ideológicamente distante. Sin caer en el tono panfletario, en este caso antisoviético, el autor no esconde sus querencias, que no son tanto en contra del régimen soviético como a favor del wilsonismo; lo que pasa es que, en el punto y hora en que tiende a pensar que Wilson fue de alguna forma tradicionado por Lenin y Trotsky, sus lecturas de la realidad se dejan llevar un poco. Pero, la verdad, bastante más se dejan llevar las de Reed, y no por ello han dejado de haber sido consideradas durante décadas y por sedicentes intelectuales la verdad verdadera, sin mácula de mentira.

El libro se llama cien días rojos, pero mejor habría hecho en llamarse: Rusia antes, durante y después de la Paz. Porque la paz, la llamada paz de Brest-Litovsk, es la verdadera protagonista del libro. Teóricamente, lo que Sissons debería contarnos en su díario deberían haber sido sus labores imprimiendo pasquines con la traducción de los puntos de Wilson, o tratando que la prensa local se hiciese eco de tal o cual enfoque americano (entiéndase; entonces, el Izvestia y el Pravda eran sólo dos periódicos más, aunque los otros ya empezaban a ser suspendidos y perseguidos por razones varias...). Sin embargo, aunque todo esto nos lo cuenta (incluso con excesivo lujo de detalles, lo cual hace partes del libro algo coñazo), claramente el percorrer de los acontecimientos le supera, y se ve obligado a referirlo.

El hilo argumental, como digo, es la mal llamada paz de Brest-Litovsk, pues más debería llamarse capitulación soviética a la remanguillé. Cualquier persona interesada en este momento histórico concreto debe hacerse con este libro, leerlo y anotarlo en decenas de fichas, porque en él va a encontrar el puntilloso relato de cómo se vivió la paz con alemanes, austriacos, búlgaros, rumanos y turcos (o sea, con los alemanes) firmada por el Comisario del Pueblo de Asuntos Externos, Leon Davidovitch, alias Trotsky, en la ciudad de Petrogrado, principal centro del país en ese momento.

Sisson escribe su libro en 1931, cuando gran parte de la campaña internacional contra Trotsky, lanzada por Stalin y sus palmeros de Palacagüina en Europa Occidental, todavía no he tenido lugar; en realidad, casi no habla de Stalin en todo el libro. Y, sin embargo, para Trotsky ya reserva un juicio bastante poco positivo. El anuncio de que la URSS va a iniciar unas negociaciones bilaterales para firmar la paz con los beligerantes contra el zar dispara las alarmas en las cancillerías aliadas (algo que Sissons vive en lógica primera persona), que exigen, de inmediato, al partido bolchevique que garantice que nunca firmará una paz en la que se permita liberar tropas del frente de Este para trasladarlas al Oeste; es decir, una paz que refuerce a Alemania para proseguir la guerra contra Francia, Inglaterra y Estados Unidos. La URSS, o mejor dicho Trotsky, asegura que así lo hará, pero en la práctica no lo cumple. La cláusula final se referirá a los movimientos de tropas no ordenados con anterioridad a la firma del documento, lo cual dio a austriacos y alemanes un tiempo precioso.

Por otro lado, Trotsky se despliega a lo largo de decenas de páginas como un estratega bastante torpe que, con una mano, asegura que quiere que la de Brest sea una conferencia multilateral en la que se firme una paz definitiva entre todos los beligerantes; y con otra lanza propagandas dirigidas a los soldados y obreros de todos esos ejércitos, incluidos sus teóricos aliados, llamándolos a rebelarse contra sus jefes y gobernantes capitalistas. Sisson es de la opinión, en que la que han creído muchos historiadores, de que el verdadero muñidor de esta estrategia de mierda fue Lenin, quien no contaba tanto con la paz de Brest como con una rebelión comunista en Alemania que le restase presión.

Al final de la Historia, Trotsky se descolgará con una de esas chorradas infames que pasan a la Historia como tales, aquello de "Ni paz, ni guerra", que venía a significar que Rusia no firmaba la paz pero al mismo tiempo retiraba su ejército de los frentes; más que nada porque Lenin, en ese momento, lo estaba disolviendo para crear la Guardia Roja, o sea un ejército a su pleno servicio que luego le haría tantos servicios a Stalin (porque es que Stalin, se pongan los leninistas debubito supino o decubito prono, está en Lenin).

La idiotez de Trotsky, muy probablemente concelebrada con el propio Lenin, provocó la ofensiva alemana en Rusia, la llegada incluso a Riga y la firma acelerada de la paz de Brest por los rusos, en lo que fue, en realidad, la firma de una capitulación, puesto que los alemanes, cuando los rusos les dijeron que firmaban las condiciones iniciales, respondieron aquello de: "las cosas han cambiado, muñeca", y se apiolaron parte de Polonia, los países bálticos y Ucrania.

Ucrania, por cierto, es un elemento importantísimo en las negociaciones de paz, y leyendo las páginas de Sissons, en este punto bastante neutrales, uno se acaba por dar cuenta del porqué de que los ucranianos odien tanto a los rusos; por qué, digo, además de pequeños detallitos como que éstos matasen a aquéllos de hambre.

La Rada ucraniana no quería ni la guerra ni el bolchevismo. Ambos los rechazó y, de hecho, los representantes no comunistas del parlamento ucraniano llegaron a firmar bilateralmente con Alemania una paz que, sin embargo, no tuvo en su momento aplicación alguna, porque para cuando firmaron, los bolcheviques habían entrado en el país a sangre y fuego, aunque, en realidad, como las comunicaciones eran muy malas, aún no lo sabían con certeza. Los telegramas literales entre Stalin, en Moscú, y los jefes de la delegación de Brest sobre el tema, que Sissons reproduce en su libro, suenan a la guerra de Gila.

Así pues, los creyentes del centralismo democrático, vulgo leninistas, demostraron en las primeras semanas del 18 que eran muy centralistas, pero poco democrátricos; Ucrania tuvo que aceptar, siquiera momentáneamente, el bolchevismo, sí o sí, o por fuerza de las armas y de la represión.

El bolchevismo, de hecho, es el segundo gran protagonista del libro. Dos elementos fundamentales señalaría yo aquí. En primer lugar, la crónica que hace Sisson de sus visitas a viejos revolucionarios no bolcheviques, la mayoría en situación de semidetención, y sus opiniones depresivas sobre la realidad y el futuro; ellos, revolucionarios al fin y al cabo, saben bien de qué palo va Lenin, y por eso lo temen. Especialmente emotiva, diría yo, es la visita al príncipe Kropotkin.

En segundo lugar, Sisson estuvo presente en el Palacio Tauride durante la última sesión de la Asamblea rusa, tras la cual la democracia se apagaría en la URSS durante siete décadas, o sea dos franquismos completos. Su descripción de los marinos que formaban parte del cuerpo de seguridad de la Asamblea apuntando con sus armas a los mencheviques cuando hacían uso de la palabra pone los pelos de punta. Es puntillosa su descripción de cómo los bolcheviques, minoritarios, van llevando la asamblea a ebullición hasta que la hacen saltar por los aires. Una crónica tensa, casi telegráfica, de cómo se entierra una democracia, incluso algo que ya sólo se lo parece, como aquella Asamblea.

Al final de su estancia en Petrogrado, y aprovechando que los siempre valientes dirigentes bolcheviques abandonaban la ciudad en fila de a siete por la llegada de los alemanes, Sisson se las arregló para robar una maleta entera de cables soviéticos originales. Quizá por eso podríamos considerarlo el primer inventor de Wikileaks. Llevaba copiándolos un tiempo, con ayuda de algunos amigos en el interior de la Escuela Smolny, donde estaba la cúpula bolchevique, pero ahora que se iban, fue más allá y los robó. Se los llevó a Estados Unidos, donde los publicó, algunos años más tarde, en un folleto destinado a demostrar que Lenin era un agente alemán (sic); y los reproduce en el anexo de este libro. Resultan una traca final bastante divertida y entretenida. No revelan, eso sí, que Lenin fuese un agente alemán. Lo que revelan, en realidad, es que la negociación de la paz fue, por parte soviética, tan torpe, tan amateur, tan falsamente sobrada, y tan influida por aspectos interiores (necesidad de acordar la paz para perfeccionar la eliminación de oposición interior; necesidad de la paz para poder licenciar el ejército; asunto ucraniano; etc.); las cosas, digo, se hicieron tan mal, que al final a Lenin no le quedó más remedio que bajarse los pantalones, y resignarse a no morir con el ano incólume.

Lectura, pues, recomendable; especialmente, para amantes de la Historia de la diplomacia.