lunes, abril 25, 2011

La "normalidad" del 36: mayo de amenazas y caramelitos

Abril del 36 es también un mes especialmente relevante para demostrar que la violencia, que estaba en las calles, también tomó, lo cual es si cabe más grave todavía, el Parlamento. Una de las cosas más incomprensibles de la mitología republicana es la relacionada con la visión de la República como un tiempo de excelso parlamentarismo. Bien que en la España republicana hubo oradores de mucho mérito, el tono general de los debates está lejos de ser mesurado y de la calidad retórica.

Un ejemplo bastante claro de lo que digo se dio en el debate de investidura del 15 de abril, en el que se produjo una anécdota que, extrañamente, no tuvo tanta relevancia para la iconografía franquista como lo fue el debate, producido algunas semanas después, entre Santiago Casares Quiroga y José Calvo Sotelo, durante el cual éste habría sido, tal es la interpretación franquista, amenazado de muerte. Como veremos más adelante, esa amenaza es algo que no está del todo claro. Pero no cabe terreno para la duda en el diálogo producido el 15 de abril.

Como decíamos, se celebraba en dicho día el discurso de investidura del gobierno Azaña. Respondió a la exposición gubernamental el diputado derechista José María Gil Robles, quien realizó una intervención trufrada de dicterios y acusaciones contra la labor del Gobierno. En los turnos de réplica pidió el uso de la palabra José Díaz, ex anarquista y dirigente para entonces del Partido Comunista en España.

- Yo no sé -dijo Díaz en el curso de su intervención-, cómo morirá el señor Gil Robles.

En ese momento, se oyó una voz en la bancada que, en estricto respeto de las normas de la etiqueta parlamentaria, gritó: «¡En la horca!».

Díaz prosiguió:

- Yo sé que su Señoría morirá con las botas puestas.

Aunque aún no se había estrenado en España esa peli que se llamó Murieron con las botas puestas, la frase tenía toda su intención: quería decir que Díaz le auguraba a Gil Robles una muerte distinta de la que finalmente tuvo, o sea en la cama.

Se montó la mundial. Pasionaria, siempre tan atenta a pasar a la Historia como un dechado de equilibrio, respeto y humanidad, se dirigió a los bancos de la derecha y remachó:

- Si queréis, le ponemos unos zapatos.

Doña Dolores ya había saludado la decisión de Gil Robles de abandonar la Comisión de Actas lamentando que ahora no podría llamaro asesino en la cara.

Gil Robles contestó:

- ¡Yo no soy un asesino como vosotros!

Con lo cual, la mundial se elevó al cuadrado.

En la sesión del día siguiente, 16, la tensísima sesión el entierro del alférez De los Reyes durante la cual los diputados creyeron estar a punto de ser invadidos por un turba de uniformes cabreados, el tono se radicalizó, provocando frases épicas de Azaña, tales como: «Las llamas son una enfermedad endémica de España. Antes se quemaban herejes y ahora se queman santos». Interesante teoría viniendo del principal responsable del orden público.

También contestó Azaña a la acusación de Calvo Sotelo, recién llegado del entierro del alférez, de que el Frente Popular era una formación comunista con un seco y rotundo: «a mí nadie me dicta rumbos». Es de suponer que en los siguientes tres años se acordaría de esta frase unas cuantas veces. Calvo Sotelo le contestó de una forma que probablemente a Azaña, que tan alta opinión tenia de sí mismo, no le gustó: «Su Señoría es un turista, y España es el paisaje; a mí lo que me interesa es el paisaje y no el turista, que pasa».

En este mismo mes, Azaña es entrevistado por Ilya Ehrenburg para el Pravda. «Los últimos acontecimientos”, dice, “demuestran que la intranquilidad no está dominada». ¿Intranquilidad? Señor presidente, por favor, defina «desorden» o «caos»...

El 1 de mayo, Día del Trabajo, desde la glorieta de Atocha hasta el número 3 de Castellana, se celebra una manifestación monstruo de no menos de 300.000 asistentes, que portan caricaturas de los políicos de la derecha y retratos de Stalin y Lenin. Acaban frente a la presidencia del Gobierno, donde presentan un pliego de peticiones que incluye la incautación de industrias privadas, medida a la que Azaña se niega porque «significaría violencia», argumento que es muy esclarecedor del modo en que para entonces se hacía política en España: ya no preocupaba tanto cumplir o no la legalidad como evitar la violencia.

La jornada de Madrid, en todo caso, fue pacífica. Pero eso no quiere decir el 1 de mayo lo fuese. En Moneva, Zaragoza, el juez municipal cayó muerto en la calle, tiroteado. En Alomartes, Granada, hubo dos muertos causados por la guardia civil durante el intento de asalto de una iglesia. Se produjeron agresiones a templos en casi una decena de poblaciones.

El 3 de mayo se produce el extraño caso de los caramelos envenenados, una serie de hechos extremadamente útiles a la hora de valorar en qué medida la España del 36 estaba de los nervios. Ese día dos tipas y un tipo aparecieron en la calle Baracaldo, del barrio de Tetuán de las Victorias. Eran Julia, apodada La Caballo; Antonio, apodado El Miseria; y Palmira, conocida por sus compañeros de cátedra de Filosofía Pura como La Platanera. La Caballo decía estar buscando a su hijo, que se habría escapado de un colegio de monjas porque allí le obligaban a tomar caramelos envenenados. Dijeron saber de buena tinta que eso se hacía sistemáticamente por parte de los religiosos, con el fin de diezmar la población de futuros proletarios.

Es evidente que estos tres personajes jamás estudiaron en un colegio religioso. ¿Cuándo se ha visto a unos curas o monjas repartiendo caramelos? En todo caso, esta historia prendió en unas mentes que estaban ultrapreparadas para creérsela. Se formó una turba de metafísicos, intelectuales y activistas de los derechos humanos, que sólo por casualidad llevaba palos y hachas, que se dirigió a la zona de Bravo Murillo, donde asaltaron la iglesia de Los Ángeles y, además, lincharon a alguno de los responsables, especialmente monjas.

Al día siguiente, otra multitud de la misma calidad ética asalta unos depósitos de combustible existentes entonces en Cuatro Caminos, con la intención de usar su contenido para quemar la capilla del Ave María, la iglesia de San Sebastián, el colegio de San Vicente de Paúl y la iglesia de los Comendadores. Dado que la labor es mucha y la gasolina poca, las turbas paran en la misma calle a los coches y les solicitan amablemente, palo en mano, que les presten la gasolina que llevan en los depósitos. Así aprovisionados, encienden como una tea la iglesia de la calle Garibaldi, en Tetuán, así como el colegio de Nuestra Señora del Pilar, cuyas gestoras, monjas, son tan amablemente tratadas que tienen que huir del incendio bajando por las ventanas descolgándose por sábanas anudadas. Quince profesoras de un colegio de la calle Villamil son maltratadas y golpeadas.

Todos estos sucesos provocan una convocatoria de huelga en la construcción. ¿El motivo? La «descarada provocación de la reacción».

El surgimiento de la leyenda urbana es algo que es motivo de estudio por parte de los expertos. Nunca se podrá saber cómo surgió la historia de los caramelos envenenados. La historiografía franquista siempre sostuvo que se había urdido en la fiesta del 1 de mayo, pero nunca presentó, que yo sepa, pruebas. Lo que sí está claro es que era un bulo, un bulo manejado con asombrosa irresponsabilidad por quienes tienen la obligación de no dejarse llevar por las pasiones y no hacer las cosas en caliente. De hecho, durante el día 3 se habló de niños muertos. Cinco niños, se decía, habían fallecido en la casa de socorro de la glorieta de Ruíz Giménez y uno más agonizaba en el colegio de la Paloma. En la tarde, una manifestación se dirigió a la mentada casa de socorro. Lo cual no es muy extraño, vista la situación. Pero lo que sí lo es, es que dicha manifestación fuese encabezada por un diputado de la nación: Wenceslao Carrillo; quien, una vez comprobado que en la casa de socorro no la había palmado infante alguno, poco, si algo, hizo para rebajar los ánimos. El día 4 por la noche, tanto el Gobierno como la Casa del Pueblo y el Partido Comunista dieron a la luz sendas notas oficiales desmintiendo las muertes de niños envenenados. Habían tardado más de 24 horas en comprobar la falsedad de los hechos y, por supuesto, no habían hecho gran cosa por impedir los disturbios.

Otro ejemplo , en mi opinión, de esta retórica de lo temerario es un discurso de Indalecio Prieto, el plañidero socialista que en su exilio mexicano trataría de convencernos de lo mucho que hizo por la concordia del país y bla, con ocasión de la campaña electoral para la repetición de elecciones en Cuenca (ésas en las que estuvo a punto de presentarse el general Franco). En el curso de dicho mitin, el político y diputado aseveró cosas como que durante la represión del golpe de Estado revolucionario del 34 se había matado a ancianos y niños a bayonetazos, y que se había torturado a personas colocándoles astillas de madera en las uñas de los pies. Claro, Prieto necesitaba estos datos para soportar su teoría final: «¿qué extraño es que después gentes con el alma herida por tanta vileza se entreguen al desmán y sacien de cuando en cuando su furor en una venganza?»

Eso sí, como Prieto nunca daba hilo sin puntada y siempre caminaba con un pie en la calzada y otro en la acera, más atrás trató de curarse en salud, afirmando que en estas violencias no había nada de revolucionario y sentenciando con una frase, como poco, curiosa: «lo que no puede soportar un país es la sangría constante del desorden público sin finalidad revolucionaria inmediata». Corolario: si hay finalidad revolucionaria inmediata, se pueden dar hostias. Se ve que la ETA lee libros de Historia.

Prieto fue a Cuenca a pedir tranquilidad y tratar de que no hubiese malas milongas. Pero como lo hizo de la manera flácida que acabamos de ver, ni puñetero caso que le hicieron. El mismo día de su mitin se declaró la huelga general y se quemaron domicilios de derechistas, el hotel donde se alojaban y un teatro. Se asaltó la sede de Acción Popular y el convento de los padres Paúles, cuyos muebles y biblioteca fueron destrozados. A las puertas del hotel donde estaba Miguel Primo de Rivera, una niña fue herida de un disparo, lo que provocó la detención del falangista y la quema de su coche en la misma puerta del hotel.

Los nombres de Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Sánchez Román, Fernández de los Ríos, Besteiro o Martínez Barrio, suenan durante el mes de mayo como candidatos a presidir la República en lugar de Alcalá-Zamora. Pero todo eso son, al menos en mi teoría, chistes floreados. Hay tres personas que, en ese momento, saben. Dos de ellas son el ticket Azaña-Prieto, dos señoritos del progresismo patrio que están convencidos de ser una unidad de destino en lo universal y de tener España a sus pies. Eso lo creen mientras España se mata y se fostia en la calle, convoca huelgas y actos terroristas de derecha, lo quieran ellos o no. Pero, aún así, ellos se creen capaces de manipular y dominar a las tendencias que en la izquierda ellos mismos han colaborado a desmandar. Así pues, sueñan con ser uno Presidente de la República y el otro jefe del Gobierno, ante lo cual, por lo visto, todos los situados a su izquierda, desde Largo Caballero hasta la FAI, se iban, siempre según ellos, a mostrar de acuerdo.

La otra persona que controla, muchísimo más que ellos, es Largo Caballero, auténtico factótum en mi opinión del cese de Alcalá, y que sabe que cuenta con votos más que suficientes en el PSOE, más la no desdeñable presión desde la UGT, que domina al completo, como para bloquear la llegada de Prieto a la presidencia del Consejo de Ministros. Por lo que respecta a Azaña, Largo Caballero sabe que el pígnico señor listo metido a estadista inteligente dice eso de que a él nadie le marca rumbos. Pero él, sin embargo, se los ha marcado.

Las derechas no participaron en el proceso de elección de compromisarios que, sumados a los diputados, debían votar en el Palacio de Cristal de El Retiro madrileño al nuevo okupa de la más alta magistratura patria. Para ellas, el proceso estaba viciado y no iba con ellos; verdaderamente, no iba con ellos. Pero hay un dato curioso que no se debe soslayar para entender en qué longitud de onda emitían para entonces los españoles conservadores. Un periódico de la órbita de Acción Popular, gilrroblista por lo tanto, publicó una encuesta sobre el candidato ideal a presidir la República desde las derechas. ¿Ganó Gil Robles? Pues no: ganó Primo de Rivera.

El 26 de abril, la votación no tuvo sorpresas. Muy minoritariamente fueron votados, junto con Azaña, el voto en blanco (diputados cedistas), Largo Caballero, Lerroux, José Antonio y González Peña. ¿Se cantó el himno de Riego, himno de la República, tras la votación que eligió al presidente de la misma? Pues no. Se cantaron La Internacional y Els Segadors.

La pimienta de la jornada, en todo caso, fue la mano de hostias que se arrearon dos socialistas en los alrededores del palacio. Luis Araquistain, jefe de máquinas del largocaballerismo; y Julián Zugazagoita, más prietista que los gayumbos de Prieto, se enzarzaron en una pelea, al parecer porque a Araquistain no le había gustado un artículo de El Socialista, publicación que entonces dirigía Zugazagoitia.

Entonces Azaña empezó el jueguecito de consultas que debía terminar en llamar a Prieto. Pero para cuando Prieto fue a verle, éste ya sabía que no obtendría los votos necesarios para aceptar la tarea (de hecho, el grupo parlamentario socialista votó, por 49 votos contra 19, no participar en el gobierno). Por esta razón llegó al frente del Ejecutivo Santiago Casares, probablemente uno de los políticos más sectarios de la Historia de esa República tan sectaria.

Para muestra de lo que tenía en la cabeza este señor Casares basta alguna que otra frase de su discurso de investidura (las cursivas son mías): «Se han acabado las contemplaciones con los enemigos abiertos o enmascarados de la República. Al enemigo declarado lo aplastaremos, y a los emboscados los buscaremos también para aplastarlos. No puedo presenciar tranquilo cómo cuando esos enemigos se alzan contra la República y son llevados ante los tribunales, algunos de éstos perdonan sus culpas y los absuelven. Hemos de pensar en las leyes que hayamos de traer a la Cámara para cortar este abuso radicalmente».

El comentario de texto de esta frase es democráticamente repugnante. Bajo el gobierno azañocasarista, algo que de todas maneras ya decía la protofascista Ley de Defensa de la República, lo punible era estar contra la República; no era serlo mediante actos violentos o ilegales, sino serlo, sin más. Casares no hace en su discurso distingos entre los enemigos violentos, ilegales o terroristas, y los demás. Un enemigo es un enemigo, y lo que hay que hacer es aplastarlo; discurso que, por cierto, recuerda al del general Videla en Argentina. Por lo demás, tiene huevos la pública confesión casarista según la cual Montesquieu fue un autor de cómics y, por lo tanto, su exigencia de independencia entre los tres poderes es una futesa.


Con todo lo más interesante estaba por llegar en el turno de réplica.