miércoles, abril 27, 2011

Que los cierren, o los vendan

Que los cierren. O que los vendan. Es lo mejor.

Los medios de comunicación de titularidad pública son un invento del siglo XX lo cual, en el caso de España, viene a significar, como ocurre con casi todo lo surgido en dicho siglo, que son un invento de Franco. Antes del franquismo, en efecto, no existían medios públicos. Los juramentados por el final de la guerra civil que, nucleados por el coronel Casado, se dirigieron a los ciudadanos de Madrid para comunicarles que habían dado un golpe de Estado, necesitaron para ello los micrófonos de una radio privada: Unión Radio, la creación de una de las primeras familias de empresarios en medios de España, los Urgoiti. En lo que se refiere al papel, durante todo el siglo XIX y la primera mitad del XX, tirios y troyanos se veían obligados a fundar sus propios medios de comunicación en apoyo de sus ideas y carismas, razón por la cual la vida de los periódicos españoles de la época tendía a ser más corta. El Estado, y el gobierno, hablaban a través de la Gaceta y, por supuesto, de los medios que les eran afines (y que podían dejar de serlo).

Franco inventó la Televisión Española en un momento en el que si no la montaba el Estado no la montaba nadie, porque no era negocio. También inventó la Radio Nacional de España, que durante muchos años, para que nadie se viniese a engaño, tenía una sintonía que era claramente una retreta militar, y además ostentaba el monopolio de los informativos radiofónicos de ámbito nacional. Además, creó toda una red de periódicos del Movimiento que garantizaba la llegada de la voz del régimen a cualquier rincón del país. Además del Movimiento en sí, el partido único tenía sus publicaciones, así como el sindicato único. Todo ello público de toda publicidad.

De Franco he aprendido, pues, que quien tiene medios públicos es por razones dos: la primera, porque tiene miedo de que le critiquen; la segunda, porque quiere salir en los papeles y en las pantallas cuando lo considere necesario. Es obvio que nadie en el Prado del Rey de, digamos, 1969, se planteaba si las audiencias de El Pardo del día eran informativamente relevantes o no; simplemente, en la televisión pública, uno cuenta a quién le ha dado Franco la mano esa mañana, aunque ese alquien sea la Asociación de Ojeadores del Somormujo del Alto Aragón.

A pesar de ser la tele, la radio y la prensa públicas un invento franquista, su desmontaje sólo afectó a la tercera pata de la banqueta. Las dos primeras permanecieron, como reza la retórica de quien las inventó, impasible el ademán. Y no sólo eso, sino que los medios públicos han acabado por ganar, en la España presente, tantos o más partidarios que los que tenían en tiempos de Franco.

Hay un argumento bastante manido: eso del «servicio público». A mí me recuerda bastante a esa otra frase tan famosa de «Madrid está de puta madre porque tiene una extensa oferta cultural»; sintagma habitualmente pronunciado por gente que jamás va al teatro, cree que el ballet es un plato de la cocina francesa y cuando pasa delante de una sala de exposiciones cambia de acera.

Respecto del pretendido servicio público de los medios ídem hay dos realidades. Una, la mayor parte de la gente no hace uso del citado servicio público. Dos, la inmensa mayoría de los minutos de los medios públicos, además, no son servicio público. ¿Es servicio público la serie Gran Reserva, u Operación Triunfo, o aquel hito en la Historia de España que se llamó Cristal e inauguró la era de los culebrones?

Aunque, bien pensado, el servicio público existe. Ha existido siempre. Empezó con Crónicas de un pueblo, una serie muy divertida que se rodaba en la villa de Santorcaz en la que, entreverados entre las vivencias típicas de este tipo de comedias (la farmacéutica que se enamora del maestro, las ocurrencias de Braulio el cartero, y tal) se colaban unos simpáticos monólogos del alcalde (interpretado, si no recuerdo mal, por un comisario de policía en la vida real) en los que se nos explicaban las enormes virtudes del Fuero de los Españoles, que en los tiempos de Franco hacía las veces de Constitución d'aquela maneira.

Cuando llegó la democracia tuvimos a Curro Jiménez, un Robin Hood cañí que, conforme a la UCD se le pusieron amargas, fue ganando en calidad metafísica y se fue, nunca mejor dicho, centrando. Y así podíamos seguir contando flores hasta llegar a los tiempos presentes, en los que nos ponen en la pantalla a una republicana partidaria del voto femenino confesando que está orgullosa de militar en el PSOE... Si es que la vida está repleta de casualidades. Y casi todas ocurren en los medios públicos.

Enfrentemos las cosas. Con la llegada de la democracia, muchos creímos o creyeron que eso mismo, la democracia, era una categoría en sí misma y que, por lo tanto, igual que todo lo que se hizo bajo la dictadura era inadecuado, parcial y manipulador, todo lo que naciese bajo la democracia sería pertinente, imparcial y leal. No fue cierto, sin embargo. Yo no sé, honradamente, si lo que funciona en el medio público es la llamadita del político de turno («Mañana inauguraré una fuente pública en Almogoncillos de las tres Gónadas; ¿por qué no mandáis una unidad móvil del informativo de las tres?») o, directamente, que el periodista sabe perfectamente lo que se espera de él o ha sido, incluso, seleccionado por tener las neuronas en la situación adecuada como para entender que la fuente pública de Almogoncillo es un paso más hacia el Nuevo Amanecer, la Unidad del Destino en lo Universal, el Estado Social de Derecho, la Igualdad de los Españoles o cualesquiera otros grandes objetivos de filosofía política y, en consecuencia, merece un sitio bajo el sol del informativo de las tres, sí o sí. Lo importante es el resultado: el resultado es que hemos tenido, durante estos últimos 35 años, que ya nos vale, un canuto, el medio público, que mana leche cuando mandan los lecheros y Mirinda cuando mandan los mirinderos.

Había una fórmula para salvar esto, la tan traída y llevada fórmula BBC (aunque la BBC también tiene lo suyo, nos vayais a creer). Básicamente, dicha fórmula es: dejar a hacer a los periodistas. Pero, claro, hay que utilizar pretéritos para hablar de esto, porque basta asomarse a cualquier tertulia política en la televisión o en la radio para darse cuenta de que, a día de hoy, los periodistas suelen ser aún peores que los políticos. Son tan sectarios como ellos, o más, y encima más maleducados. El debate periodístico-prostibulario es ya un clásico de nuestro devenir.

Lo hemos intentado poniendo al frente del machito a políticos, a periodistas de prestigio, incluso a profesores académicos. Lo hemos intentado montando comisiones de expertos y otras hierbas. Pero el resultado siempre es el mismo: en España no sabemos hacer medios públicos imparciales. Y cabe incluso la pregunta de si son necesarios. Yo no pago ni un duro por ver la tele, y aún así tengo en la pantalla más canales que los que puedo atender. La radio privada provee de cualquier cosa, desde discusiones interminables entre partidarios de las distintas gremiales del taxi (un clásico de los desplazamientos por Madrid) hasta 24 horas non stop de reggaeton (un clásico de los locales de hostelería atendidos por inmigrantes). Entre el quiosco e internet cualquier fenotipo humano, desde el que piensa que Zapatero no ha tenido una flatulencia en su vida hasta el que considera que Aznar es la reencarnación de Nostradamus, puede encontrar no una, sino setecientas referencias que le permitirán orgasmar comilfó. Y si alguien tiene nostalgia del servicio público, por ahí tienes las cabinitas para orinar que nos ha puesto Gallardón. ¿Para qué queremos, exactamente, los medios públicos?

Va siendo hora de terminar el desmantelamiento de los medios de comunicación del Movimiento.