lunes, marzo 21, 2011

Sobre Libia

Una mínima lógica parda debería llevar a pensar que una guerra de la que Estados Unidos se quiere escaquear no puede ser una buena guerra. Es mi opinión, y ojalá me equivoque, que la precipitada decisión que se ha tomado en los últimos días respecto de la intervención en Libia (zona de exclusión aérea, una leche: intervención) le va salir muy cara a quienes la han tomado, Barack Obama el primero; aunque también tengo por muy probable que el que ha metido a todos en el berenjenal, es decir el presidente Sarkozy, se las arreglará para salir de rositas. Al tiempo.

La intervención en Libia es de un cinismo que asusta con sólo mirarlo. Sus defensores se llenan la boca hablando de salvar al pueblo libio o, como le gusta decir al líder de la oposición, tal vez porque algún cráneo previlegiado se lo aconseja, «la gente». Sacar los misiles a pasear para conseguir que alguien deje de arrear cebollazos a otro está muy bien, desde luego. Pero plantea el leve problema de que, prácticamente en cada minuto de la existencia del mundo desde hace seiscientos años por lo menos, dentro de algunas fronteras alguien ha estado agrediendo a alguien. ¿Qué tiene esta situación de distinta a las demás?

Yo, qué queréis que os diga, llevo un par de días acordándome de Hitler y de la intervención absolutamente necesaria en Checoslovaquia en favor de los sudetes. Goebbels también podría haber dicho que eso de colocar a Europa al borde de la guerra tenía sentido por proteger a la «gente» germanoparlante del único Estado entonces democrático del Este de Europa que, por mor de la intervención, además, dejó de serlo. A Hitler, es mi opinión, los sudetes le importaban ein verdammt.

El pueblo libio está hoy siendo atacado por su ejército. Pero hace dos o tres meses, o veinte años, no estaba mucho mejor. Experimentaba el mismo déficit democrático y el peso de un régimen policial que al que se movía, más que sacarlo de la foto, lo sacaba del mundo. Hace dos o tres meses, sin embargo, el presidente de Libia, puesto que se había avenido a colocarse enfrente del terrorismo islámico internacional (obteniendo claramente la contraprestación de que no le preguntasen qué hacía con la mano que escondía tras la espalda), era friendly. Hasta le regalaron al capullo aquél de Lockherbie; ole con ole y ole con eso de «los países democráticos nunca negocian con terroristas». Qué va, sólo los sueltan...

Las defensas antiaéreas de Libia eran tan vulnerables hoy como lo pudieran ser hace, un suponer, tres años. Hace tres años, sin embargo, nadie pedía que Libia fuese atacada. Nadie lo consideraba siquiera necesario. Se puede decir, y será verdad: es que hace tres años, en la comunidad internacional habría habido muchos que se habrían opuesto a una agresión contra Libia. Y, sin embargo, ahora están a favor. ¿Se han convertido a la democracia? Pues no. ¿Cuál es el interés de Quatar en Libia? ¿Salvar al pueblo libio? Pero, ya puestos, ¿por qué no ataca, o pide que sean atacados, Bahrein, o Yemen, que los tiene más cerca?

Es curioso que nadie, al menos que yo sepa, destaque el paralelismo existente entre la declaración actual de intervención contra Libia y la primera (ojo, primera) guerra del Golfo. No hay nada, repito, nada, que nos diga hoy que el resultado no vaya a ser el mismo: Gadafi, vencido, podría permanecer al frente de su país; sin tener poder sobre su propio espacio aéreo, vale; sin poder levantar un ejército, vale; pero presidente de su país al fin y al cabo, firme en el machito, impasible el ademán, y pillando lo que fuese que pillase ya con anterioridad. En efecto, en 1991 los EEUU dejaron a Sadam al frente de Iraq, una vez más desconociendo la Historia, que es bastante clara al menos desde 1918. Porque si hubo un septiembre de 1939, no nos quepa la menor duda, fue porque Alemania salió de la Gran Guerra perdedora, pero no invadida, mucho menos intervenida. A pesar de lo que, como digo, la Historia canta con melodías prístinas, se dejó a Sadam en su sitio, y una década después los americanos tuvieron que ir a por él aperreados, fanés, descangallados y mintiendo.

Las declaraciones hasta el día de hoy nada dicen sobre derrocar a Gadafi como objetivo. Instan a Gadafi a respetar a su oposición. Se lo ponen fácil. Todo es cuestión de discutir el concepto de respeto. Eso sí, lo mismo sacan beneficio del hecho evidente de que Gadafi es un loco mesiánico, y quizá prefiere inmolarse.

Si es tan cierto que la ONU tiene un strong commitment a favor de la democracia, ¿qué hace su jefe con nombre de cancioncilla de los muppets que no ha echado de la Asamblea General a la mitad del aforo? Claro, tiene el problemilla de que China, es probable, vetaría su propia expulsión, porque los chinos podrán ser chinos, pero no son gilipollas. Curiosa institución multinacional ésta en la que Alemania carece del papel que le corresponde por haber sido una dictadura hace siete décadas y China, sin embargo, lo ve reconocido a pesar de ser una dictadura desde hace casi el mismo tiempo. Esta institución, que sigue usando mapas de 1945 para distinguir demócratas de no demócratas, es la que se supone que tiene que aportar el waiver declarando lo que es lucha por la libertad y lo que no lo es. Es como si Ronald Biggs te extendiese cerfificados de penales.

Otro argumento muy de moda estos días: ayudamos al pueblo libio para que monte una democracia e irradie el ejemplo a la zona, convirtiéndola al parlamentarismo y el régimen de libertades. Aparte de que este argumento rezuma un colonialismo digno del general Kitchener (pobres magrebíes mongolitos, vamos a enseñarles el camino que ellos no ven por sí solos), además tiene, cualquier observador medianamente avezado lo puede ver, visos de ser falso. Los fusiles trajeron la democracia teórica al Afganistán, y hoy es el día que se habla y no se para de pucherazos y que al frente del país se encuentra un señor usualmente vestido con una manta que cree en los derechos humanos y en la igualdad (por ejemplo, de los sexos) lo mismo que yo en Peter Pan. En Iraq, la democracia no ha parado la sangría de muertes y agresiones y ha terminado por mutar en un pacto de distribución de áreas de poder, o sea el mecanismo tribal disfrazado de pitufo.

Todo esto, a mi modo de ver, esconde dos grandes cuestiones. Primera cuestión: si la dictadura es mala per se, ¿por qué esperar a que bombardee a su población? ¿Quiere esto decir que si eres un dictador, mientras no le tires misiles a tus opositores, puedes seguir con el momio, ONU dixit? Y segunda cuestión: ¿por qué una intervención? Todo lo que tiene Gadafi es el dinero del petróleo. ¿Se ha intentado secarle esa fuente antes de hacer otras cosas?

Contrariamente a lo que opina el señor Blanco López, yo sí veo una identificación entre la situación actual y la conocida como Foto de las Azores. En ambos casos, se está llevando a los pueblos a traspasar líneas rojas muy jodidas al albur de argumentos sencillitos, simplificaciones de simplificaciones, que tienen poco que ver con los presupuestos filosóficos que se airean y mucho más que ver con la necesidad imperiosa que tiene el gobierno de recuperar terreno internacional, después de unos años en los que ha hecho, mutatis mutandis, el imbécil. Stefan Zweig retrata magistralmente en su impagable El mundo de ayer a los soldados que morirían reventados en los campos de batalla de la Gran Guerra cantando y vitoreando, inmaculadamente limpios y aseados, desde las ventanillas de los primeros trenes que salieron al frente. Ellos también llevaban dos o tres ideas muy sencillitas por todo equipaje.

No es el qué. Es el cómo, y el por qué.