martes, abril 06, 2010

La revolución iraní (1)

Comienzo hoy una serie de posts que espero te entretengan y te enseñen algunas cosas. Cuando yo empecé a leer sobre el asunto del que voy a tratar, pronto me di cuenta de que, en realidad, no sabía nada de aquello sobre lo que leía. Es posible que esto te ocurra también a ti, por lo cual la pequeña aventura de conocimiento que apenas intento esbozar te podría a resultar de gran interés. Eso, al menos, espero.

Voy a ir con cuidado, porque en estos post, además, voy a tiburcear. El que realmente sabe de Asia es Tiburcio; yo apenas paso, a veces, de saber que Asia queda un poco más allá de Guadalajara. A su digno magisterio, en todo caso, someto estas notas, y de paso se las dedico.

Supongo que todos estaremos de acuerdo si a la pregunta de cuál es la revolución más importante del siglo XX, contestamos que la Revolución Rusa. Sin embargo, no tengo tan claro que unos contertulios de dentro de cien o ciento cincuenta años estén de acuerdo con esa afirmación. Es posible, si todo sigue como va, que dentro de ese tiempo la revolución tenida por más importante, por duradera y generadora de consecuencias, sea la revolución islamista; o sea, Irán y otras cosas que ocurrieron antes, durante y después de la revolución jomeinista. No me extrañaría demasiado que dentro de cien años poco o nada quede del marxismo ortodoxo y, sin embargo, es más que probable que la ley coránica siga aplicándose en muchos lugares como se aplica hoy en día, y que el islamismo siga siendo una entidad política de orden mundial. Por esta razón, a mi modo de ver, es adecuado que volvamos la vista hacia el Irán de finales de los setenta y repasemos un poco los presupuestos y praxis de aquella revolución.

Pero antes de empezar con la Historia propiamente dicha hay que escribir otro post. Un post en el que te quiero decir dos cosas. La primera, más corta, es simple: si eres de esas personas que utilizas indistintamente las palabras «árabe» y «musulmán», que sepas que estás cometiendo un primero, y gordo, error. El arabismo es una cultura y organización social propia del área de donde nació la irradiación del islamismo; pero en el mundo hay mogollón de musulmanes no árabes; de hecho, no he echado la cuenta, pero tengo la sensación de que son muchos más.

A nadie en sus cabales se le ocurre apelar de árabe a un indonesio, a un bosnio o a un chino (musulmán, claro está; que hay muchos más de los que crees). Pero, por razones que probablemente tienen que ver con la geopolítica, mucha gente apela de árabes a los persas mesopotámicos y, cuando habla de la revolución jomeinista, habla del peligro árabe, de la influencia árabe, etc.

Cuando los árabes, de la mano de Mahoma y de sus generales, comenzaron a expandirse por la Tierra toda, exportaron dos cosas: su civilización, y sus creencias. Y hay quien tomó una cosa, u otra. Los magrebíes, por ejemplo, tomaron las dos cosas. Los maronitas se arabizaron, pero siguieron siendo cristianos. Y los persas tomaron la creencia, pero no el arabismo. Así pues, que te quede claro, porque es importante: ser musulmán no quiere decir que se sea árabe. Esto es especialmente cierto cuando se es persa y se habla farsi porque los persas, cualquier tomo de Historia Antigua te lo desvelará, habían saltado muchas vallas cuando los árabes todavía eran un pueblo de cabreros y camelleros nómadas sin profeta. Pero no es eso todo. Porque los persas son, sí, musulmanes. Pero unos musulmanes especiales, distintos.

La segunda cosa que voy a contarte hoy es qué narices quiere decir eso de musulmán shií o chiita. Un chiita no es un chimpancé con hipo. Un chiita es un creyente, en ocasiones un hondo creyente, musulmán. Con unas creencias especialmente bien dotadas para alimentar una revolución como la que impulsó el ayatollah Jomeini.

Los musulmanes tienen tres ciudades sagradas: en La Meca está la casa de Alá y la famosa piedra Ka'aba; los musulmanes deben peregrinar allí al menos una vez en la vida. También en Arabia está Medina, la ciudad a donde Mahoma huyó (huída que puso el reloj cronológico de los musulmanes a cero), donde murió y fue enterrado; y Jerusalén, ciudad a la que miraban en sus rezos los primeros musulmanes y que fue testigo del viaje a los cielos del profeta.

Pero los chiitas tienen cuatro ciudades santas más. Najaf, lugar donde está enterrado el imán Alí, que es casi tan importante para ellos como el propio Mahoma; Kerbala, lugar donde se produjo el martirio de Hussein, el hijo de Alí, y de sus acólitos; Meshed, donde está enterrado el imán Reza; y Qom, donde está enterrada Fátima, la hermana de Reza.

Pero, ¿qué es ser chiita?

Todo empieza el 8 de junio del 632. Ese día murió Mahoma. En otro post he dicho que Pablo de Tarso y Mahoma me parecen, con enorme diferencia, los dos personajes punteros de la Historia de las religiones porque en ambos casos no hace falta ser creyente para distinguir en ellos a dos personas de una inteligencia estratégica y capacidad de empatía social absolutamente fuera de lo común. Hasta el punto de que creo firmemente que todo aquel estudioso de los personajes de la Historia que no se detenga en Pablo y Mahoma está dejando de lado dos de los objetos de estudio más interesantes que puede encontrar en el devenir del hombre.

Mahoma y Jesús tienen notables diferencias. Jesús es profeta pero al mismo tiempo es el Dios cuya profecía anuncia. Mahoma es sólo profeta y de hecho su sucesor al frente de los musulmanes, Abu Bakr, se empeñó mucho en convencer a sus acólitos de que debían adorar a Alá, no a Mahoma. Jesús aclara a las primeras de cambio que su reino no es de este mundo, que al César lo que es del César y tal, porque vive (si es que vivió, claro) en un entorno en el que el pueblo que incuba su creencia vive una dominación que no puede soñar con sacudirse. Mahoma, sin embargo, es un líder religioso y a la vez un líder militar, un hombre de conquista. No llama a sus fieles a darle a nadie lo que es de nadie sino a dominar. Ciertamente, la Iglesia cristiana pronto descubrió las mieles de meter el cuezo en el poder temporal. Pero en el caso del islamismo de Mahoma, ese maridaje no es posterior: es esencial. Mahoma es un líder religioso y un líder político y, precisamente por eso, el 8 de junio del 632 fue tan problemático, ya que Mahoma, en un gesto de cierta torpeza naïf cuando menos curioso en persona con tanta inteligencia estratégica, murió sin dejar un hijo ni haber señalado con su dedo de poder a un heredero.

A Mahoma sólo le sobrevivió una hija, Fátima, que estaba casada con Alí ibn Abi Talib, quien asimismo era primo de Mahoma. Siendo muy niño, Alí había abrazado la religión musulmana, convirtiéndose en un islámico de primera hora, en un camisa vieja, con la gran ventaja de que, además, y al revés que otros primeros conversos de mayor edad que él, él no había tenido ni la ocasión ni la oportunidad de adorar a otros dioses. Era, por lo tanto, un musulmán puro, de principio a fin.

Por alguna razón que quizás se me escapa, sin embargo, en el entorno de Mahoma había personas que preferían a otro candidato, Abu Bakr, el padre de Ayesha, la esposa preferida del profeta que, además, era la que estaba con él cuando murió. Abu podía exhibir medallas tan importantes como Alí. Era converso de primera hora como él y, además, era el lugarteniente elegido por Mahoma para acompañarlo a Medina en ocasión de la Hégira. Él fue el elegido, pues, decisión que fue aceptada por Alí, el cual participó en el homenaje al nuevo líder de la grey musulmana.

Pero Abu Bakr murió muy pronto, apenas dos años después, en agosto del 634.

Tras dicha muerte, tampoco le llegó el tiempo a Alí. Abu Bakr había designado sucesor en la persona de Omar ibn al-Jattab, el primer gran general de los ejércitos que, Corán en mano, se harían temibles durante varios siglos en todo el norte de África y una parte de Europa llamada Hispania. Un esclavo persa se apioló a Omar en el 644, pero una vez más el consejo designado para elegir al nuevo líder pasó de Alí y se decidió por Utmán ibn Affan. Pero también Utmán fue asesinado, en el 656, luego veremos cómo; y entonces, sí. Entonces, Alí se convirtió en el cuarto califa de los musulmanes.

Hay quien ha querido ver en esta resistencia para el nombramiento de Alí una serie de conflictos de índole tribal y social. El islamismo, como el cristianismo unos cuantos siglos antes, basó una gran parte de su éxito en elaborar mensajes que fuesen atractivos a los oídos de los más desposeídos. Dentro de la escala de simpatías por este origen, Alí era, probablemente, el líder islámico más proclive a los pobres y desheredados, lo cual tiene su lógica pues él mismo nació pobre de solemnidad. Es posible que la resistencia a que fuese califa proviniese de clases y clanes de comerciantes y creyentes bien situados, a los que no les gustarían estas cositas. De hecho, Utmán había permitido ciertas ostentaciones de riqueza entre sus protegidos, lo cual incrementó la oposición a su persona. La cosa fue seria. En el 656, los descontentos montaron una patota, se fueron a Medina, rodearon la casa de Utmán, lo encontraron leyendo el Corán y lo mandaron al sitio donde no hacen falta ojos para leer.

Alí adoptó una postura conciliadora. Para empezar, se negó a ser califa con el sólo apoyo de los asesinos de Utmán, y sólo aceptó el puesto cuando los notables de La Meca y Medina le dieron su apoyo. Pero ni aún así pudo evitar que la comunidad musulmana se abocase a una guerra civil.

Elementos utmanófilos, pertenecientes por lo tanto a las castas y clanes para las cuales el tercer califato fue un chollo, se negaron a aceptar a Alí, aduciendo que la comunidad musulmana no había sido consultada. El principal portavoz de esta resistencia fue Muawiya ibn Abu Sufyan, gobernador de Siria. Muawiya, que era, como Utmán, un Banu Umaiya, decretó la persecución de los asesinos de su compadre y responsabilizó a Alí de los hechos.

En Siffin, a orillas del Éufrates, las dos primeras, incompatibles, versiones del islamismo se vieron las caras para repartirse unas hostias como panes. Se ha dicho que fue una batalla un poco como nuestra guerra civil, en el sentido de que se enfrentó un ejército de milicianos enfervorizados pero de escasa organización militar (Alí) con una armada organizada y acostumbrada a la batalla (Muawiya). Pero no hubo batalla, propiamente. Dice la tradición que Muawiya ordenó a sus soldados que atasen ejemplares del Corán a las lanzas y proclamasen: «Que decida la palabra de Dios». Esto era algo que ningún musulmán podía saltarse, así pues se llegó al rápido acuerdo de resolver las cosas mediante un arbitraje decidido por dos representantes, uno por bando. No obstante, la elección no quedó clara, pues al parecer Muawiya no jugó muy limpio, por lo que los dos se sintieron califas. Lo que siguieron fueron años de un Islam dividido.

En enero del 661, en la ciudad iraquí de Kufa, Alí fue asesinado. A su muerte quedaban dos hijos, Hassan y Hussein, que ahora representaban la casa del profeta, pues eran descendientes suyos. Hassan tenía un carácter pacífico y contemplativo, así que se retiró a Medina. Pero Hussein tenía el punto guerrero de su abuelo. Por eso, se resistió a Muawiya y, a la muerte de éste en el 680, a su hijo Yazid, nombrado por su padre heredero del califato.

En el otoño del 680, Hussein abandona Medina con su pequeño ejército y se dirige a Iraq, hacia Kufa, para hacerle la guerra a Yazid. Éste, sin embargo, lo cerca antes de llegar, en Kerbala. Allí, viéndolo todo perdido, Hussein aceptó su martirio, motivo por el cual, para los chiitas, esta historia tiene gran importancia, yo diría que más o menos la misma que la pasión de Jesús para los cristianos. Pero, sobre todo, la historia de Hussein marca un elemento importantísimo del chiismo: su, digamos, pasión por el martirio. El martirio es parte importante y fundamental del chiismo, porque está en su origen.

Los califas Umayya, Omeya para nosotros, iniciaron una feroz persecución del chiismo. Apostatar de Alí era conditio sine qua non para demostrar que se era musulmán.

¿Hay otras razones, además de las históricas, para la división básica de los musulmanes entre sunitas y chiitas? Pues sí. Existen razones teológicas para ello. Mahoma pronunció una máxima o hadith que dice: «Os he legado lo que siempre os guiará si queréis aceptarlo: el libro de Dios y las prácticas de mi vida». Los sunitas hacen una interpretación estricta de esta frase y por lo tanto sostienen que la religión islámica se basa en el Corán y en lo que Mahoma hizo. Los chiitas, sin embargo, consideran que esta frase debe interpretarse como las prácticas de Mahoma y de su familia. Esto hace que el chiismo crea en una continuidad de imanes o intérpretes de la ley coránica, que llega hasta el décimo segundo imán (873); y que les lleva, aquí está la importancia, a conceder a la familia de Mahoma (es decir, a Alí y a sus hijos) no la condición de meros humanos falibles, sino la de claros receptores del mensaje divino.

Ambos musulmanes, suníes y chiitas, creen en el Mahdi, es decir en un último imán que llegará algún día, creencia que es muy cercana al mesianismo judío que rodea la figura de Jesús. Los suníes creen que ese Mahdi será alguien del linaje de Mahoma que llegará al final de los tiempos. Los chiitas, sin embargo, creen que ese Mahdi fue el décimo segundo imán, Muhammad ibn Hasan ibn Alí, que nació en Samarra en el 868 de nuestra era, hijo del undécimo imán; y que habría permanecido oculto desde el martirio de su padre (874); en algún momento regresará como redentor (esta teología puede parecer chorras, pero antes de decir cosa tal, más le valdría al lector de educación cristiana darse cuenta de que eso es lo que él cree o ha creído en algún momento de su vida: Jesús vino, se fue y volverá algún día). Mientras tanto, el islamismo chiita avanza gracias a los fuqaha, los doctores especialmente versados en la interpretación de la ley coránica.

Por debajo de todo esto, como ya he pretendido insinuar, hay importantes elementos de carácter social. El chiismo es una religión más cercana a las personas de extracción más humilde y, en general, atractiva para ellos, así como los más jóvenes, pues sabido es que la juventud es etapa proclive a las causas perdidas, discriminadas o preteridas. Arrastra tras de sí una honda tradición de persecución e incluso clandestinidad, lo cual forja el carácter y hace a sus creyentes especialmente duros. Esto tiene su importancia a la hora de estudiar la revolución jomeinista de Irán.

En el siglo XVI, el sha Ismail consagró el chiismo como religión oficial de Persia. Lo hizo en el marco de un enfrentamiento frontal con el sunismo del imperio otomano. Pero, fuera de éstos, son escasos los periodos en los que, en lugares como Egipto o el Yemen fatimí, el chiismo ha sido la religión oficial.

La formación religiosa de un chiita tiene seis grados. En el inicio, el novicio es un talib ilm, estudiante. Cuando se gradúa se convierte en un mujtahid, que, por lo que he leído, viene a ser algo así como alguien que se lo ha currado para tener una opinión fundada. El tercer grado es el de mubelleh-al-risala o portador del mensaje. El cuarto es hojat al-Islam o autoridad en materia de Islam. El quinto es ayatollah o signo de Dios. Y el sexto y último es ayatollah al-uzma, que quiere decir gran signo de Dios.

Ayatollah al-uzma vivos hay como setenta, y muchos, por los que he podido ver, tienen portales en internet. La Constitución de Irán de 1906 estableció que estos grandes signos de Dios no pueden ser arrestados. De hecho, si el Sha Palhevi pudo expulsar a Jomeini fue porque sólo era ayatollah a secas.

El hawza o círculo es la célula de aprendizaje teológico chiita, formada por un maestro que tiene que ser hojat al-Islam o superior, y los que aceptan ser sus discípulos. Y aquí hay una importante diferencia en el mundo musulmán. El clero sunita es un clero estatal. En los países sunitas, la religión es el Estado, el Estado es la religión y, consecuentemente, el clero es una parte del Estado y es mantenido por él. Pero los maestros chiitas no son mantenidos por el Estado. Son mantenidos por los discípulos de su hawza, que deben pagar un quinto de sus ganancias. Ésta es una de las razones por las cuales el Sha nunca pudo con Jomeini. Estuviera el ayatolá en Qom o en las cercanías de París, y aparte del hecho de que era persona de notable austeridad en sus necesidades personales, que es algo que ayuda, Jomeini se llevaba consigo su bienestar y su poder, porque éstos no dependían de la generosidad de ningún patrocinador, ni público ni privado, sino de la creciente masa de sus acólitos. Estuviera donde estuviera, Jomeini era igual de fuerte.

Ésta es, pues, la base de creencias sobre la que se asienta la revolución, a mi modo de ver, más interesante del siglo XX.

lunes, abril 05, 2010

Gran Vía




Estas dos fotos resumen cien años y son un pequeño homenaje a la Gran Vía madrileña, que en estas horas cumple un siglo. Es obvio que en momentos así todo el mundo quiere hacer homenajes. El mío, pequeñito, se va a limitar a recordar algunas cosas que ocurrieron hace ahora veinte lustros, cuando esta vía fue abierta e inaugurada.

Lo primero que hay que decir es que, en todo caso, la idea ni es nueva, ni es especialmente ambiciosa. El más ambicioso proyectista concerniente al tramo de lo que más o menos hoy es la Gran Vía fue José Bonaparte, el rey impuesto por su hermano Napoleón, quien albergó la idea de competir con los Campos Elíseos de París generando una gran avenida que empezaría en el palacio real y terminaría en Cibeles. De haberlo hecho, la cirujía realizada sobre la ciudad habría sido aún más traumática que lo que fue. Pues habéis de saber que construir la Gran Vía supuso deshacerse de más de 2.000 viviendas que había en las angostas calles que estaban antes donde hoy está la avenida.

Hace ahora cien años, comprarse el periódico costaba 0,03 céntimos de euro; el billete de tranvía costaba lo mismo; un kilo de patatas costaba 6 céntimos. Un cocido completo, 21 céntimos, y un filete con patatas, 45. En Madrid, entonces, había 735 coches matriculados, a los que habría que añadir las entonces conocidas como motosacoche, que fueron las primeras motocicletas que se vieron por la ciudad.

Los ídolos de masas de hace cien años eran toreros. Concretamente Bombita, el Guerra y Bienvenida, conocido como el Papa Negro. Este Papa Negro la arma bien gorda ese año de 1910 en la plaza de Córdoba. Tras realizar una faena aseada con la muleta, se saca de no se sabe dónde un pañuelo, se seca el sudor, se acerca indolente al toro, le seca, asimismo, el sudor de la frente al morlaco; y luego se aparta unos pasos, toma la espada, se cuadra, y lo mata. En todos los cafetines de España se describe la escena como si se hubiera visto. 2010 es también el año (2 de octubre, para ser exactos) que Vicente Pastor, tras meritoria faena, consigue que el público de Madrid berree y flamee pañuelos pidiendo una oreja; es la primera oreja que corta un torero en Madrid.

Lo más de lo más de la moda de aquel Madrid de hace cien años es abandonar el chocolate con picatostes y la reunión social a eso de las siete, para imitar la costumbre inglesa del five o'clock tea. Los madrileños, quieran o no quieran, se aficionan al agüilla amarilla, con limón o una nube de leche, y a las pastitas. No sé si se nota, pero ambas son cosas a las que yo, personalmente, nunca les he encontrado la erótica.

El 21 de abril, pocos días después de comenzar las obras de la Gran Vía, se produce otro gran acontecimiento madrileño: el Ayuntamiento decreta el fin de la normativa que prohibía a las tabernas abrir en domingo. Y es que Madrid, como España, sigue siendo católica a machamartillo... eppur si mouve. El primer domingo que abren las tabernas se bebe en la ciudad más vino que en los seis días anteriores sumados.

De todas las ocasiones que ha dado la Gran Vía de servir para el saber popular, quizá la más ingeniosa era la broma que se decía en los tiempos de la dictadura, cuando la calle se llamaba Avenida de José Antonio. ¿En qué se parece, decían los sardónicos, la Falange a los almacenes SEPU (situados en la Gran Vía)? Pues en que en ambos casos se entra por José Antonio, y se sale por Desengaño...

jueves, abril 01, 2010

Companys (y 5)

La evacuación de Barcelona fue problemática para Companys. Los grupos más radicales, que al fin y al cabo eran los que habían mandado en la zona durante toda la guerra, le reprocharon la orden de abandonar la ciudad sin lucha, porque tenían la misma ilusión que tenía el primer ministro Negrín: que, por mal que estuviesen las cosas, llegase el estallido de la segunda guerra mundial a salvar al bando republicano. Companys, sin embargo, conocía la verdad. Todos los hombres de 17 a 45 años estaban movilizados. Las armas de la policía de la ciudad habían tenido que enviarse al frente. Cataluña, en enero de 1939, estaba en la misma situación que lo estará Berlín en mayo de 1945. Y Companys no era Hitler; no era ningún loco mesiánico.

Lo que sí quiso Companys para sí fue el mismo destino que algunas semanas después tendría el socialista Julián Besteiro. Con absoluta frialdad, el presidente de Cataluña quería quedarse en el Palau de la Generalitat, esperando a los franquistas, para que éstos lo encontrasen en su sitio.

Pero había un factor final que explica todo su Via Crucis: el amor a su hijo.

De su primer matrimonio, Companys había tenido dos hijos, uno de los cuales tenía serios problemas mentales. Existen testimonios de que en no pocas visitas que el padre le hizo, solía tener estallidos de ira contra él, que el presidente catalán aguantaba con estoicismo. Lo tuvo internado en Suiza, pero luego lo cambió a un sanatorio en Bélgica porque el primero no podía pagarlo. Curiosos tiempos aquellos en los que los políticos, cuando se encontraban con que no podían pagar un manicomio, buscaban otro más barato en lugar de dedicarse a vender licencias urbanísticas y otras actividades lucrativas.

Tras salir de España, Companys se radica en París, en el número 1 del boulevard de la Seine. Allí comenzará a experimentar la soledad. A los ojos de muchos catalanes y catalanistas Companys, con su decisión de abandonar Barcelona, es el responsable de la caída de la región y, por lo tanto, le dan la espalda. Otro que le da la espalda con displicencia es el sector negrinista, promotor del llamado SERE, es decir el servicio para asistir a lo exiliados, avalado primero por Negrín y después dirigido, con el que Companys apenas tendrá relación.

La Generalitat de Catalunya se instaló en el número 25 de la rue Pepinière y allí, en abril de 1940, e formaría el primer gobierno catalán en el exilio (Pons i Pagés, Pompeu i Fabra, Serra i Hunter, Rovira i Virgili y Pi i Sunyer.

La segunda semana de junio de 1940, los alemanes entran en París. Pocos días antes, el primer ministro francés Daladier ha recomenado a Companys que abandone la ciudad. La propia policía francesa cierra la sede de la Generalitat en la rue Pepinière. Pero el presidente catalán tenía razones para no alejarse de París.

Tras haber tenido que salir de España, Companys había traído a su hijo Lluis junior, Lluiset, a un sanatorio cercano a la capital francesa que le costaba 10.000 francos mensuales. A ultimísima hora, Companys y su segunda mujer, Carme Ballester, abandonaron París para irse a la Bretaña norteña, a un pequeño pueblo llamado La Baule-les-Pins. El plan era que alguien llevase a Lluiset allí.

Al llegar los alemanes, sin embargo, el director del centro psiquiátrico se acojona y libera a los enfermos mentales, que se dispersan a la pata la llana. Eso sí, aceptó, en un rapto de altuísmo más que dudoso, hacerse cargo de dos pacientes que, quizá solo por casualidad, eran los que más pagaban: una princesa rumana y Lluiset Companys. Los metió en un coche y se los llevó.

En la carretera, sin embargo, esta expedición se encuentra con un raid alemán, que les obliga a salir del coche y tirarse a la cuneta. En la confusión, Companys se levanta, echa a andar y se pierde. Horas después, lo descubrirá un médico del ejército francés que se retira ante el avance de Hitler. Este hombre se percata de que el muchacho, que entonces tiene 19 años, no es normal, y se lo lleva. Lluiset Companys aparecería en un hospital de Limoges, tiempo después de que su padre hubiera sido fusilado.

Companys espera a su hijo en La Baule. Pero su hijo nunca llega. Está perdido en la campiña francesa, o en manos de unos médicos militares en retirada que no pueden saber quién es o dónde está su padre. El mismo padre que espera, espera, hasta que acaba haciéndose a la idea de que, vivo o muerto, ha perdido a su hijo. Y es en ese momento cuando siente todo perdido y ya le da igual.

La Baule está en plena zona alemana. La mayor parte de los republicanos que están en el área de Francia controlada por los alemanes huyen hacia el sur, a la llamada Francia libre. Muchos catalanistas instan a Companys a hacer lo mismo. Pero él, definitivamente, se niega. “No volveré a huir”, dice; “soy un hombre que siempre ha dado la cara. Por fuerza abandoné Barcelona tras mi hijo enfermo. También ahora que el gobierno francés me indicaba la conveniencia de abandonar París. Pero eso se ha acabado; pase lo que pasé, no me moveré de nuevo”.

Lluis Companys ha tirado la toalla.

El 13 de agosto de 1940, Companys almuerza y luego, según su costumbre, da un corto paseo para bajar la comida. A la vuelta a la casa, la mujer que se ocupa de las labores del hogar le dice que unas personas han estado por allí preguntando por él, y que volverán algún tiempo después.

La Gestapo.

Companys, al escuchar la noticia, se sienta en el salón de la casa, toma un libro de la biblioteca de dueño (Vidas de santos; hasta donde yo sé, ese libro sigue en manos de la familia de Carme Ballester) y se pone a leer, indolentemente. Apenas unos minutos después, los alemanes llegan y lo detienen. Los cuatro agentes alemanes registraron la casa buscando las enormes fortunas que los republicanos se llevaron de España. A Companys le encontraron 70.000 francos. Si eso es tdo lo que se llevó de España, tenía de corrupto lo mismo que Justin Timberlake de letrista de Los Chichos.

El 24 de septiembre, la Gestapo traslada a Companys a Madrid (de hecho, los alemanes le entregan, no en la frontera, sino en la Puerta del Sol). Luego lo llevan a Barcelona, al castillo de Montjuïch. Según testimonios de los familiares que consiguieron visitarlo ya en Barcelona, la gran preocupación de Companys seguía siendo su hijo, a quien estaba convencido que los alemanes iban a matar en cuanto lo encontrasen. Teniendo en cuenta el cariño de los nazis por los bipolares, psicóticos, esquizofrénicos y mongólicos, es como para temerlo, desde luego. Existen algunos testimonios, no del todo claros, de que Companys pudo ser torturado, así como de la existenci de un plan para liberarlo, que habría sido descubierto con antelación y del que, por lo menos, yo no sé quién o quiénes eran los impulsores (EDITO: Gracias a Cavalls, compañero de prestigioso foro sobre la Guerra Civil Española, he podido saber que este liberador era, con casi total seguridad, Jaume Fortuny, quien lo contó en su libro Tornarem a morir? Barcelona, Portic, 1984.)

El juicio militar de Companys duró escasos 20 minutos. Fue acusado de rebelión militar y el fiscal le colgó los 50.000 muertos producidos en Cataluña durante la guerra.

Integraron dicho tribunal: Manuel González González, general de división, presidente; Manuel Gonzalo Calvo Cornejo, general de división; José Irigoyen Torres, general de brigada; Federico García Rivero y Rafael Latorre Rodas, vocales; Enrique de Querol Durán, general de brigada y fiscal auditor; Ramón de Colubí fue su defensor de oficio; el coronel Velázquez fue el ponente.

Todos los testimonios indican que Colubí hizo su trabajo, pero era un trabajo imposible. Por su parte, Companys intervino para aceptar toda la responsabilidad en lo ocurrido, pedir que no se castigase a nadie, y afirmar, así lo asevera la sentencia, que no guardaba rencor a nadie.

Lluis Companys pasó la última noche de su vida charlando hasta el amanecer con el capellán de la prisión. Se presentó en el foso descalzo, para morir pisando la tierra catalana. Delante del pelotón de fusilamiento, declaró: “matáis a un hombre honrado”. Luego dio un viva a Cataluña, y sonó la descarga.


He dicho, al iniciar esta serie, que Lluis Companys me merece tanto respeto como persona como no me lo merece como político. La historia de su muerte es la historia de un martirio personal en el que todo lo que le importa a su protagonista es la seguidad de su hijo discapacitado, por encima de la propia; lo cual es enormemente loable y conforma la figura de un hombre honrado, consigo mismo y con los demás.

Como político, sin embargo, Companys deja mucho que desear. Es un ejemplo de cómo un nacionalista puede llegar a sufrir serios problemas de miopía estratégica. Todo, o casi todo, lo que hizo y no hizo Companys desde el 19 de julio de 1936 tuvo como objetivo defender el estatus de Cataluña. Por seguir manteniendo en objetivo mayor de un autonomía semifederal, casi independiente (que no otra cosa fueron Cataluña y Euskadi durante la guerra civil, para desgracia de una República a la que mejor le habría ido con un esfuerzo bélico unificado y coordinado), Company se alió con quien hizo falta. Ya en 1934 se dejó llevar por los cantos de sirena de sospechosísimos elementos del Estat Catalá. En 1936, de nuevo, se echó en brazos del faísmo radical, de consenso imposible, avalando con su presencia y sus pecados de omisión una Cataluña revolucionaria que dejó una honda huella entre esa sociedad catalana, que también la hubo y bien nutrida, que recibió a los franquistas en Barcelona aplaudiendo hasta con los tobillos. Luego, cuando los comunistas se impusieron a los faístas, ya se puso más de canto porque Negrín se lo quería quitar de enmedio; pero para entonces, la verdad, ya daba igual.

Que Companys amaba a Cataluña no merece duda. Lo que ya es más jodido de discutir son las consecuencias de dicho amor.