lunes, abril 05, 2010

Gran Vía




Estas dos fotos resumen cien años y son un pequeño homenaje a la Gran Vía madrileña, que en estas horas cumple un siglo. Es obvio que en momentos así todo el mundo quiere hacer homenajes. El mío, pequeñito, se va a limitar a recordar algunas cosas que ocurrieron hace ahora veinte lustros, cuando esta vía fue abierta e inaugurada.

Lo primero que hay que decir es que, en todo caso, la idea ni es nueva, ni es especialmente ambiciosa. El más ambicioso proyectista concerniente al tramo de lo que más o menos hoy es la Gran Vía fue José Bonaparte, el rey impuesto por su hermano Napoleón, quien albergó la idea de competir con los Campos Elíseos de París generando una gran avenida que empezaría en el palacio real y terminaría en Cibeles. De haberlo hecho, la cirujía realizada sobre la ciudad habría sido aún más traumática que lo que fue. Pues habéis de saber que construir la Gran Vía supuso deshacerse de más de 2.000 viviendas que había en las angostas calles que estaban antes donde hoy está la avenida.

Hace ahora cien años, comprarse el periódico costaba 0,03 céntimos de euro; el billete de tranvía costaba lo mismo; un kilo de patatas costaba 6 céntimos. Un cocido completo, 21 céntimos, y un filete con patatas, 45. En Madrid, entonces, había 735 coches matriculados, a los que habría que añadir las entonces conocidas como motosacoche, que fueron las primeras motocicletas que se vieron por la ciudad.

Los ídolos de masas de hace cien años eran toreros. Concretamente Bombita, el Guerra y Bienvenida, conocido como el Papa Negro. Este Papa Negro la arma bien gorda ese año de 1910 en la plaza de Córdoba. Tras realizar una faena aseada con la muleta, se saca de no se sabe dónde un pañuelo, se seca el sudor, se acerca indolente al toro, le seca, asimismo, el sudor de la frente al morlaco; y luego se aparta unos pasos, toma la espada, se cuadra, y lo mata. En todos los cafetines de España se describe la escena como si se hubiera visto. 2010 es también el año (2 de octubre, para ser exactos) que Vicente Pastor, tras meritoria faena, consigue que el público de Madrid berree y flamee pañuelos pidiendo una oreja; es la primera oreja que corta un torero en Madrid.

Lo más de lo más de la moda de aquel Madrid de hace cien años es abandonar el chocolate con picatostes y la reunión social a eso de las siete, para imitar la costumbre inglesa del five o'clock tea. Los madrileños, quieran o no quieran, se aficionan al agüilla amarilla, con limón o una nube de leche, y a las pastitas. No sé si se nota, pero ambas son cosas a las que yo, personalmente, nunca les he encontrado la erótica.

El 21 de abril, pocos días después de comenzar las obras de la Gran Vía, se produce otro gran acontecimiento madrileño: el Ayuntamiento decreta el fin de la normativa que prohibía a las tabernas abrir en domingo. Y es que Madrid, como España, sigue siendo católica a machamartillo... eppur si mouve. El primer domingo que abren las tabernas se bebe en la ciudad más vino que en los seis días anteriores sumados.

De todas las ocasiones que ha dado la Gran Vía de servir para el saber popular, quizá la más ingeniosa era la broma que se decía en los tiempos de la dictadura, cuando la calle se llamaba Avenida de José Antonio. ¿En qué se parece, decían los sardónicos, la Falange a los almacenes SEPU (situados en la Gran Vía)? Pues en que en ambos casos se entra por José Antonio, y se sale por Desengaño...