martes, noviembre 30, 2010

¿Por qué tanta WikiSorpresa?

Charles-Maurice de Talleyrand-Perigord es tenido por muchos como el prototipo del diplomático. Esto es así, sobre todo, por las muchas peripecias que pasó la Francia de la Revolución Francesa, el Imperio napoleónico y más allá, a todas o casi todas de las cuales supo el buen Carlos Mauricio sobrevivir. Una anécdota de Talleyrand cuenta que, en cierta ocasión, cenaba en un acto oficial en compañía de la emperatriz, señora de Bonaparte. Josefina, queriendo poner en un aprieto al siempre correcto diplomático, le planteó la siguiente frequently asked question: «Si vos fuéseis es un barco con el emperador y yo y el barco se hundiese, ¿a quién salvaríais primero»? Talleyrand sorbió su copa, se tomó dos segundos para pensar y, luego, le dijo a la emperatriz: «Estoy seguro, Majestad, que nadáis como un pez».

En público, un diplomático jamás expresa su ira, su rechazo o su mala hostia, a menos que quiera. Es una regla primaria de la regla diplomática. Cuentan de José María de Areilza, entonces embajador de la España franquista en Argentina, que esperaba un día en la Casa Rosada a que le recibiese Eva Perón, la cual era famosa por hacer a sus visitantes calentar los sillones del antedespacho. Y así fue. Areilza esperó y esperó, pero la puerta del despacho no se abría. Finalmente, intimó al secretario a averiguar si había algún problema. El secretario entró a hablar con su jefa, y se dejó la puerta entreabierta. Gracias a eso, el embajador pudo oír a la Perón que decía: «Dile que entre a ese cerdo español». Él se asomó y dijo: «Señora, el español se va, el cerdo se queda».

Esta anécdota tiene todos los visos, todos, de ser falsa. Como digo, un diplomático incumpliría sus funciones y su esencia si cometiese tal tropelía. No se trata de que insultar a Eva Perón pudiese provocar un conflicto entre España y Argentina, que estaban de aquélla muy lejos de dejar de ser amigos; se trata de que la diplomacia se basa, fundamentalmente, en una de las máximas de la familia Corleone: ten cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos.

La mala hostia diplomática se desarrolla en formas más sutiles. Otra anécdota famosa, que por cierto que yo sepa su protagonista aún está en condiciones de confirmar o desmentir, nos habla de que Fernando Morán, siendo ministro de Asuntos Exteriores de la España felipista, fue a visitar a Margaret Thatcher a Downing Street. La Dama de Hierro le ofreció un té y Morán, conocedor de las costumbres británicas (acostumbrados al té con una nube de leche), le dijo que sí, pero le matizó que lo quería con limón. Muchos británicos, en efecto, detestan el té con limón, por considerar que el cítrico le quita todo el sabor. Al llegar las tazas, Morán le dijo a la primera ministra: «Probablemente soy un estúpido, pero es que me gusta con limón». La Thatcher le contestó: «Es posible que tenga usted razón... en lo del limón, por supuesto».

Todo esto lo cuento para sostener un poco la siguiente afirmación: la diplomacia, cuando funciona bien, se instrumenta a partir de señores que no paran de sonreír en público, y en privado pueden ser los mayores hijos de puta de la partida. El diplomático escribe los párrafos más floripondiosamente vacíos cuando el papel es público, y se despacha en los papeles privados o secretos con una sinceridad cruda y, en ocasiones, muy cruel. Quien no sepa esto es que o tiene una visión de Teletubbie de las relaciones internacionales, o desconoce la Historia. Es por ello que cuesta entender que la reciente filtración de una serie de comunicaciones diplomáticas estadounidenses al portal Wilikeaks haya causado tanto interés y tanto escándalo. Por lo visto, aún hay personas en este mundo que se asombran de que haya diplomáticos americanos que consideran a Zapatero un inútil o a la Merkel una triste. Por lo visto, aún hay gente en este mundo que considera que saber eso le descubre algo.

Como digo, esto será porque no leen. Si leyesen, y teniendo en cuenta que los hechos diplomáticos acaban siendo Historia y en buena parte sometidos al conocimiento público, pues no tiene sentido someter la correspondencia de Luis XIV a la ley de secretos oficiales francesa, podrían darse cuenta de que, al menos lo que se ha sabido hasta el momento no deja de ser una cagarruta al lado de otras muchas cosas que han ocurrido en el pasado. Sin salir de España, por ejemplo, tenemos los temerarios movimientos diplomáticos de Madrid respecto de la naciente Estados Unidos con el fin de conservar los derechos de navegación del Mississipi y el papel que en ello jugó ese estado llamado Kentucky, asunto del que espero que algún día tenga tiempo para hablar. Tenemos, por citar otra época totalmente distinta, la correspondencia dirigida a Stalin durante la guerra civil española por los asesores soviéticos, donde ponen al ejército español republicano de chupa de dómine o describen problemazos en el seno de las Brigadas Internacionales que comprometen esa imagen de Amigos para Siempre que se le ha querido dar a esos cuerpos; o, sin salir de ese periodo histórico, con leer los papeles de la diplomacia nazi, también publicados, o el diario del conde Ciano, también se tendrá una buena imagen de las dobleces y tripleces con que se desenvolvían las potencias aliadas de Franco respecto de éste último.

Otro periodo de correspondencia diplomática que recomiendo vivamente es el del Imperio español, aunque en este caso las cargas jugosas son las de los extranjeros que residían aquí. Especialmente interesantes se me hacen las cartas de los embajadores venecianos, porque Venecia, en aquel entonces, era potencia comercial (cosa que siempre excita la diplomacia) y, además, era una nación sensible por estar en primera línea de fuego con el turco. Los embajadores venecianos en la corte de Felipe II, por ejemplo, se desempeñan con total sinceridad, quiero decir crueldad, en el delicadísimo asunto del hijo del rey, don Carlos, aquel psicópata de libro de torturaba animales de niño y que nunca logró estar ni medio bien de lo suyo, lo cual da para cienes y cienes de comentarios en las cartas diplomáticas de lo más mordaces. Aunque, probablemente, donde las cartas diplomáticas (y en este caso, quizá las más recomendables sean las francesas) alcanzan su cénit respecto a España es en la época de los grandes validos, Lerma y Olivares y, sobre todo, la época, impagable para los diplomáticos, en la que España, en un paroxismo monárquico, dejó que el país fuese regido por un retrasado mental como Carlos II.

Lo extraño, pues, no es que los diplomáticos americanos dispersos por el mundo se dediquen a averiguar que Gadafi es hipocondríaco o que Cristina Fernández de Kirchner podría estar mal de la cabeza; más bien, que no lo hiciesen sería motivo más que suficiente para despedirlos por no hacer su trabajo. Y si hay una sola persona, una sola, en alguno de los gobiernos de los países analizados, que diga algo así como «nunca pensé que pensaran eso de nosotros», lo mejor que puede hacer el primer ministro es mandarlo a casa ipso flato, porque es tonto, o tonta, del culo.

En realidad, a mí lo que me llama la atención es que, dentro de un cuarto de millón de documentos, lo que haya de más chicha sean precisamente estos rumorcillos tipo Sálvame de Luxe sobre si no sé qué primer ministro se purga con clorato efervescente o aquélla presidenta de la nación se masturba escuchando a Take That. Y lo digo porque son el tipo de papeles que estoy seguro que un secretario de Estado jamás lee, porque eso queda para sus subordinados dado que él necesita su tiempo para cosas mucho más importantes que tienen que ver con la estrategia exterior de verdad de su país. Estrategia que, además, no tiene nada que ver con lo que dicen esos papeles, pues si algún día a Estados Unidos le interesa aliarse con Argentina, no será la locura o la estupidez de su presidenta lo que les vaya a convencer de lo contrario.

Aquí caben, a mi modo de ver, dos posibilidades; que puede que incluso se den a la vez o estén interconectadas.

La primera posibilidad es que la culpa la tenga la selección periodística. Los periodistas han recibido 250.000 documentos y es obvio que no pueden publicarlos todos (ni siquiera pueden leerlos todos; yo siempre me pregunto, en esos macroprocesos judiciales con sumarios de 15.000 páginas, quién es el pobre esclavo que se los lee). Así las cosas, los periodistas hacen lo que se supone que saben hacer, que es seleccionar, cogiendo primero los documentos más importantes. Pero, como digo, cabe la posibilidad de que lo que un periodista juzga importante no sea necesariamente lo que realmente lo es. Puede que juzgue importante lo que entienda mejor o lo que considere más escandaloso. Así las cosas, puesto que lo que nos viene nos viene filtrado, es posible que el problema esté en el filtro que fabrica las píldoras de información que consumimos.

La segunda posibilidad es más sutil.

Imaginemos a un jerifalte del gobierno. Vamos a ponerle un nombre de ficción, y por casualidad, sólo por casualidad, voy a escoger éste: Hilario.

Hilario está en su despacho. Tiene delante de sí un informe que le han hecho sobre internet y Wikileaks. El informe pone los pelos de punta. Dice que, por mucho que se luche, nunca se tendrá el total poder para impedir que en algún servidor situado en alguna esquina del mundo alguien monte un portal donde cuelgue aquellos documentos que le lleguen, sin censuras. El informe también dice que garantizar el total secreto de los documentos diplomáticos es imposible. Fuera de los documentos ultrasecretísimos, esos que sólo leen Hilario, el Commander in Chief y la señora de la limpieza, la verdad es que las cartas, informes, propuestas, simulaciones, reportes y memorandos mil que se generan en las embajadas del mundo entero son tantos, y pasan por tantas manos, que es inevitable que alguien se los guarde inocentemente en su mp3 y luego los vomite en cualquier parte.

Así las cosas, Hilario toma una decisión.

Lo que hará será inundar al mundo de información. Si se filtra un documento, todo el mundo hablará de él. Si se filtran dos, uno sobre los chinos y otro sobre los húngaros, la mayor parte de la gente hablará del primero porque los chinos son más importantes que los húngaros; pero ya habrá una parte del mundo a la que, en realidad, los chinos empiecen a importarle poco. Si se filtran documentos sobre los chinos, los húngaros y los alemanes, la dilución será mayor. ¿Y si se filtra un cuarto de millón de documentos sobre todo Cristo que anda sobre la Tierra?

Para que el tema funcione, estos documentos no pueden ser plúmbeas descripciones sobre el funcionamiento de los mercados de futuros sobre materias primas en los diferentes países. Tienen que ser documentos que le entren por los ojos a un observador iletrado y le inviten a engancharse a ellos. Aquí es donde, como digo, puede que la tesis 1 y la tesis 2 se imbriquen y, en realidad, sean la misma tesis. Tenemos que hacer, piensa Hilario, que esos documentos vayan sobre cosas en el fondo insulsas pero que parezcan la hostia. ¿Qué mejor que los cables en los que los embajadores se despachan sobre lo imbéciles, rijosos o borrachos que son nuestros aliados o enemigos?

Una antigua historia cuenta la peripecia de una vieja que todas las semanas cruzaba la frontera entre Brasil y Argentina subida en una moto en la que llevaba un gran saco. La aduana brasileña la paraba, abría el saco y comprobaba que estaba lleno de café; la vieja estaba tratando de pasar café de contrabando al país vecino. Los guardas le requisaban el saco todas las semanas, pero la vieja aparecía puntual a los siete días, para repetir la escena.

Pasados los meses el jefe del puesto fronterizo la paró y le dijo: «Mire, señora, le juro que desde hoy la dejo en paz, pero tiene que decirme por qué cojones viene todas las semanas al puesto si siempre le quitamos el café».

«Fácil, contestó la vieja. Hago contrabando de motocicletas».

Lo mismo Hilario y la vieja de la moto son la misma persona.