miércoles, octubre 06, 2010

Madrid

Ya sé que el resultado de las elecciones primarias en el PSOE de Madrid, el domingo pasado, puede entenderse de muchas maneras. La mayoría de ellas, interpretaciones centradas en el corto plazo que, probablemente por eso, aciertan, porque el corto plazo es el agua donde mejor respiran las escamas de la clase política. No obstante lo dicho, también hay alguna que otra interpretación de largo plazo, que son las que a mí más me gustan. En ese sentido, yo creo que lo que pasó el domingo 3 en Madrid es que una federación regional acostumbrada a ser federación, pero no regional, se encabronó definitivamente y quiso dejar claro que eso de manipular lo madrileño como si lo madrileño no existiese se ha acabado. Un proceso interesante y curioso, en el que ya llueve sobre mojado, y que, quizá, abre toda una dinámica histórica de nuevo cuño.

Madrid es la capital del Reino, y poco más. También podría decirse poco menos, cierto es, pero el «poco más» tiene mucho sentido en un país, como España, que se ha instalado en un continuado debate regional. Hasta cierto punto, Madrid no existe o ha tardado mucho en existir. De hecho, sin la famosa reforma provincial de 1830, realizada por el ministro Francisco Javier de Burgos y vigente hasta hoy en día (con permiso de las veguerías catalanas), es posible que Madrid, como provincia, siguiera siendo la realidad móvil y blandi-blub que fue durante siglos.

Madrid fue ganada para la corona cristiana por el rey Alfonso VI en el año 1083, en el curso de una campaña contra las poblaciones de la entonces denominada Transierra, integradas en el reino dinúnida toledano, que, por lo tanto, incluía el alfoz (especie de trasunto medieval del distrito) madrileño. ¿Qué dimensiones tenía dicho alfoz, dicha Comunidad de Madrid primigenia? No es fácil saberlo porque juzgamos tiempos que no habían inventado aún ni la videoconsola ni la costumbre de ponerlo todo por escrito, orígenes ambos de la felicidad y desgracia humanas; pero los historiadores vienen a señalar que aquel alfoz era un territorio relativamente concentrado, con algunos señoríos dispersos, que abarcaba el propio Madrid, Torrelodones y sus excelentes rimas, La Zarzuela aún sin inquilino, El Pardo donde aún era mal rollo nacer ciervo, Alcobendas que de aquella ya esperaba el metro, Villanueva, Barajas que aún era un pueblo de bajos vuelos, Viveros, Vaciamadrid, Perales del Río, Torrejón de Velasco, Húmera y los terrenos del arroyo Butarque, de los Meaques y de Antequina.

Dos años después cae la propia Toledo y los cristianos clonan el reino musulmán, de modo y forma que las tierras toledanas abarcan desde la sierra del Guadarrama hasta Sierra Morena, y tienen por gran puerto comercial el de Valencia.

A Madrid ciudad le cuesta tomar identidad propia, aunque con la reforma de Alfonso XI, que crea la figura de los corregidores, especie de delegados del Gobierno cuya función es sentar sus reales, nunca mejor dicho, allí donde residen, para así contrarrestar el elevado poder de los nobles; con la llegada de los corregidores y del de Madrid, digo, la ciudad comienza a tener su personalidad política. En las Cortes castellanas de 1425 no asiste ningún representante de Madrid; pero entre las 16 villas que están representadas en las de 1437 ya está la futura capital de España. Este hecho supone la creación de algo parecido a una provincia, es decir los territorios de los cuales lleva el voto el diputado.

Es cierto que aún en 1474, cuando se repartan las aljamas o mezquitas de Castilla, y dado que el reparto se hace por obispados, todavía se habla del obispado de Toledo como, por así decirlo, cabeza de partido. Pero en algún momento entre dicho año y 1490, cuando hubo un nuevo repartimiento, se pasa a la filosofía provincial, así pues en este último año Madrid es citada como provincia propia junto con las otras que conforman Castilla y que son: Ávila, Burgos, Córdoba, Cuenca, Guadalajara, Jaén, Murcia, Salamanca, Sevilla, Soria, Toledo, Valladolid y Zamora.

A finales del siglo XVI, más concretamente en el censo de 1594, la provincia de Madrid está dividida en cinco partijas o distritos, que son: la Villa de Madrid, el condado de Puño en Rostro, el Sexmo de Casarrubios, la Alcarria (Zorita de los Canes), y Maqueda. La partija de la Villa de Madrid incluye poblamientos como Getafe, Villaverde, Fuencarral, Chamartín, Aravaca, los carabancheles, Las Rozas, Majadahonda, Vallecas, Pozuelo, Leganés, Vicálvaro, Coslada, Alcorcón, San Sebastián de los Reyes o Fuenlabrada. El condado de Puño en Rostro ocupa sitios como Alcobendas, San Agustín (sin apellido), El Álamo, Barajas o Griñón. El Sexmo de Casarrubios incluye las moralejas (de Enmedio y La Mayor), Brunete, Quijorna o La Zarzuela. Zorita y Maqueda están formadas por las poblaciones de su área. Por lo tanto, la provincia no tenía unidad territorial, pues toda el área de Zorita estaba separada de las otras partijas. Además, en términos actuales, diversas poblaciones eran de Madrid y hoy no lo son: Borox, Casarrubios del Monte y Valmojado son hoy de Toledo. Asimismo, todo el partido de Zorita de los Canes, menos Brea, está hoy en Guadalajara. Por lo que se refiere a Maqueda, Parla y Mejorada del Campo están en Madrid, pero el resto de las poblaciones están en Guadalajara, Toledo o Cuenca.

Todavía el censo de 1717, un siglo después, establece una composición de la provincia de Madrid en la que hay un montón de poblaciones que hoy forman parte, sobre todo, de Guadalajara y Toledo, que son en realidad las dos provincias con las que Madrid se ha batido tradicionalmente el cobre territorial.

Felipe V, un rey francés al fin y al cabo, cuando logra gobernar a sus anchas en España y en Castilla, se da cuenta de que la distribución territorial del país es un sudoku de la leche y por lo tanto promueve su reforma. Crea los corregimientos y las alcaldías mayores; un poco más tarde, reinando ya Fernando VI, se crearán las intendencias o provincias. Carlos III remata la faena publicando, en 1785, una distribución provincial completa de España. En esta descripción, como no puede ser de otra manera, figuran muchos pueblos que hoy no existen por ser sardinitas que se han comido peces más grandes. Ambroz, por ejemplo, hoy forma parte de Vicálvaro (que, asimismo, forma parte de Madrid); Fuente el Fresno estuvo un día, con su identidad propia y todo, en algún lugar de San Sebastián de los Reyes; Húmera, cuyo nombre no ha desaparecido, ha sido engullida por la muy muy pija Pozuelo, o sea, Pozuelo; a la ampulosamente llamada Moraleja La Mayor se la ha tragado, para entonces, la teóricamente más modesta Moraleja de Enmedio. Getafe se ha comido Perales del Manzanares, Leganés la Polvoranca… como se ve, hay poblaciones que ya entonces tienen vocación de ser importantes.

En total, la provincia de Madrid de Carlos III tenía unas 325.000 hectáreas, bastante menos que ahora. Y es que la reforma de Carlos III no logra lo buscado, que es conseguir la integridad territorial de las provincias. Sin ir más lejos, entre Madrid y Toledo se le queda al buen rey un tamponcillo llamado distrito de Chinchón, perteneciente nada menos que a Segovia.

En 1799, por real orden, se disuelve el partido guadalajareño de Colmenar Viejo, que es otorgado a la provincia de Madrid. En 1801, la provincia queda organizada en dos grandes partidos, que son Madrid y Alcalá de Henares. Madrid gana mucho este año, pues, con la incorporación del corredor del Henares. Además, es en este año de 1801 que dependerán de Madrid, por primera vez en su Historia, San Fernando de Henares, San Lorenzo de El Escorial y una buena parte de El Pardo, hasta entonces considerados Reales Sitios y, por lo tanto, con entidad específica. En la reforma de 1801 le apiolamos 38 ayuntamientos a Guadalajara y 49 a Toledo.

Aunque esta división no dura mucho. En 1810 José Bonaparte, el rey francés 2.0, copia en España la estructura francesa y aprueba una división por prefecturas. El afrancesado de amenazador nombre pero dulce apellido Armando Melón es quien realiza esa nueva división, que marca un antes y un después.

Los franceses de 1810 son revolucionarios. Amigos de las ideas nuevas. Racionalistas. Melón actúa, al diseñar sus cartografías, sobre una división de cosas que se basa en criterios históricos. Hasta 1810, los municipios o grupos de municipios lo son por razones históricas: éstas fueron tierras del conde de Tal; este pueblo ha dependido siempre del mercado mensual de Pascual; cosas así. Melón, como buen enciclopedista, entiende que esas cosas son farfolla. Que la mejor forma de dividir las tierras es seguir las pautas que la propia tierra da.

En otras palabras: en 1810, los terrenos de España dejan de dividirse por razones históricas, para pasar a organizarse según criterios geográficos. Ya otro afrancesado, el cura y erudito riojano José Antonio Llorente, se había basado en los ríos en un primer proyecto para la nueva administración napoleónica. Eso sí, los franchutes mantienen la calificación de dos subprefecturas en Madrid, una en la ciudad y otra en Alcalá, pues más que probablemente era ése el punto de vista más lógico en la época. La reforma bonapartista deja fuera de Madrid localidades como San Martín de Valdeiglesias , Cenicientos, Aranjuez o Cadalso de los Vidrios.

Con todo, será con la reforma de 1830, hasta hoy definitiva, con la que Madrid, al albur de ser la capital y de lograr la cohesión provincial buscada en el proyecto, gane más. Queda la provincia formada por 225 ayuntamientos y casi 8.000 kilómetros cuadrados, de los que gana, respecto al censo de finales del XVI, casi 6.000, siendo Guadalajara y Toledo los principales contribuyentes netos. A Guadalajara le gana, por ejemplo, todo el arco de la sierra norte, incluyendo poblaciones como Torrelaguna, Buitrago, el muy sabroso Patones o La Puebla de la Sierra, que cito aquí porque me gusta muchísimo más el nombre que tenía entonces: La Puebla Nueva de la Mujer Muerta; o las áreas de Collado-Villalba, Cercedilla y Colmenar Viejo; además de Galapagar, Guadarrama o Miraflores de la Sierra. Como puede verse, pues, la Sierra de Madrid, tal y como hoy la conocemos, era, en realidad, la Sierra de Guadalajara, hasta hace hoy algo menos de 200 años.

A Segovia le quitamos el valle del Lozoya, Rascafría, Chapinería, Chinchón, Navalagamella, Navalcarnero, Robledo de Chavela, San Martín de la Vega, Villaconejos, Villanueva de la Cañada… A Toledo Cenicientos, Aranjuez, Estremera, Fuentidueña, Humanes, Móstoles, Nuevo Baztán, Paracuellos, Perales de Tajuña, Pinto, Pozuelo, Talamanca, Torrejón, Villaviciosa… Eso sí: a Guadalajara le cedimos el área de Zorita, y a Toledo Maqueda, Seseña o Valmojado. No se pudo evitar acabar con todas las interpolaciones, pues, por ejemplo, el término de Majadahonda quedó dividido en dos, una parte en Madrid y otra en Segovia.

La reforma de 1830 fue una reforma económica. Buscó que todas las provincias de España tuviesen en su interior recursos suficientes como para conseguir su desarrollo económico. Madrid, hasta entonces, era económicamente poco relevante, aunque su condición de broche entre las dos Castillas le había labrado la capitalidad. El intento fue, por lo tanto, permitirle a la provincia vivir por sí misma; poder ser, algún día, entidad propia.

Madrid creció, con las décadas y los siglos, siendo tierra de nadie. Políticos, escritores y simples viandantes han destacado, en estos últimos doscientos años, que ser de Madrid era en realidad ser de cualquier otro sitio, concibiendo la ciudad (en este caso la ciudad, no la provincia) como un ente abierto a todo y a todos. En el siglo XX, en todo caso, Madrid se beneficia de dos grandes tendencias centralistas, ambas llevadas a cabo por dictadores. El general Primo de Rivera, inventor del circuito de firmes especiales como se llamaba entonces a la red de carreteras, concibió ésta con la forma radial que hoy tiene, en la que todo acaba por confluir en Madrid. Por su parte, el general Franco, cuando ganó la guerra civil, tenía claro cuáles eran sus tres grandes enemigos: los partidos políticos en general, el comunismo en particular, y los nacionalismos periféricos. Por ello, con la única, curiosa y explicable excepción de Navarra, hizo que el franquismo abominase de lo periférico y se convirtiese en un régimen rabiosamente centralista.

Cuarenta años así tiñeron al sentir madrileño (pues, a mi modo de ver, aún no se puede hablar de madrileñismo, cuando menos en el sentido político) de cierto complejo de culpabilidad.
Este complejo de culpabilidad explica que, al llegar la Transición democrática, la sociedad madrileña no se sintiese especialmente feliz con la idea de formar parte de ninguna autonomía. Parecía obvio que Madrid no podía unirse a ninguna de las dos autonomías a las que naturalmente podía pertenecer, es decir Castilla León o Castilla La Mancha (especialmente esta segunda, por ser Madrid provincia situada, como se decía en tiempos de Felipe II, aquende los puertos), entre otras cosas porque éstas habrían recelado de ello, ante el peligro de ser fagocitadas por la fuerte personalidad de la capital. Madrid, pues, había de ser comunidad uniprovincial, como oportunamente demandan los ayuntamientos provinciales el 25 de febrero de 1983, iniciando un rapidísimo proceso por el cual en junio ya están constituidas las instituciones madrileñas.

Madrid tiene una bandera que apenas se ve, salvo en el culo de los coches, un himno cuya música no son capaces de tararear ni mil madrileños, y que tiene una letra que es una estupidez, por mucho que se deba a la pluma sagrada, dicen, de Agustín García Calvo. Así pues, da la sensación de que Madrid es autónomo por la mera circunstancia del pacto alcanzado entre la UCD y el PSOE en el verano de 1981, al calor del buen rollito consensual creado por el golpe de Estado del 23-F, por el cual se acuerda entre las dos grandes fuerzas políticas la redacción de una monstruosa cláusula Camps que afecta a todo el Estado: lejos del sistema que habían inventado los nacionalistas, en el cual autonomías propiamente dichas sólo serían las históricas, ahora se acuerda que todas las autonomías, incluso las que no tienen casi demanda social, serán, con el tiempo, autonomías plenas, con su educación, su sanidad, y hasta su policía si les peta.

Es Madrid, pues, una autonomía al tran tran, como en el mus. Una autonomía eternamente puesta en solfa, sobre todo por el gran poder que compite con ella: el Ayuntamiento de Madrid. Todos los alcaldes de Madrid, de una forma o de otra, han pensado que, en realidad, la Comunidad de Madrid debería ser la antigua diputación provincial, esto es una institución con competencias únicamente más allá de la raya del oso y el madroño. Cada vez que la CAM mete las zarpas en algo que afecta a la villa, a su alcaldía se le rebotan las almorranas. Esto, como bien demuestra el ticket Aguirre/Gallardón, no tiene nada que ver con las ideologías políticas; de todas formas, Joaquín Leguina podría contar, supongo, que más o menos lo mismo le ocurría a él con don Enrique Tierno, el de los bandos.

Pero Madrid es una economía muy rica. Lo entendió a la primera Leguina, quien pensó que los madrileños bien podían soportar una pequeña sobrepresión fiscal que él quería utilizar, si no recuerdo mal, para hacer del viejo asentamiento de Polvoranca una especie de Silicon Valley castizo. Que la cosa no le saliese porque hubiese una rebelión ciudadana no desmiente el hecho central de que en Madrid, haber, haber, hay mucha pasta.

Curioso destino éste, pues. Hay en España autonomías cuyos ciudadanos se sienten muy autónomos pero que andan siempre sur la paille. Y la CAM, que es tan consciente de carecer de identidad excluyente que se define como La Suma de Todos, nada en pasta.

La pregunta es si esto está cambiando.

Desde la sociología e incluso la Historia podría sostenerse que Madrid está sometida desde hace unos treinta años a un lento pero constante proceso de mutación. En los años ochenta, la eclosión de eso que se dio en llamar la movida, y que fue un movimiento entre cultural e identitario, comienza a armar las cosas. Por lo demás, es en esos años cuando en el seno del PSOE la nomenklatura gobernante, deseosa de olvidar que una vez hubo una dictadura en España y que ellos no hacían gran cosa para derribarla, comienza a desplazar a quienes sí tenían un nutrido currículo opositor. El PSOE debela electoralmente al Partido Socialista Popular, fagocita a su líder Enrique Tierno y, para que se estrelle, lo encauza como candidato a la alcaldía de Madrid, que se tiene por feudo difícil de atacar por el flanco izquierdo. En las elecciones, sin embargo, socialistas y comunistas consiguen ganar la gobernación de la ciudad y Tierno es alcalde.

Ciertamente, Tierno le hizo muchas putadas a Madrid, la mayor de ellas, a mi modo de ver, ser uno de los impulsores del primer boom inmobiliario de la capital que comenzó a hacer impagable el sueño de tener una vivienda aquí. Pero con su estilo culto y a la vez socarrón y política de guiños a la galería, de la cual quizá el mayor exponente sea su famoso «todos a colocarse, y al loro», logró encandilar a los madrileños, hasta el punto de que su muerte provocó en Madrid la mayor manifestación de duelo colectivo desde la muerte de Franco.

A lo largo de los ochenta y los noventa, y al calor de esta evolución social de Madrid como lugar de aluvión pero con su personalidad, surgieron diversas voces que hablaban y se quejaban del maltrato histórico hacia Madrid o, si se prefiere, el mal negocio de ser la capital. En mi opinión, si ser capital es mal negocio yo soy Raphael vestido de lagarterana, y es quizá por esa incongruencia de base que dichos movimientos llegan a poco; los propios rebeldes que consiguieron que Leguina diese marcha atrás con su 4% intentaron luego crear un partido madrileñista, con escaso éxito.

Esperanza Aguirre cambia esto. A mi modo de ver, alguien hay en su equipo que se ha estudiado muy bien el discurso del nacionalismo y le ha recomendado clonarlo. La estrategia es, en el fondo, sencilla. El nacionalismo vive siempre, o casi siempre, de definir un enemigo opresor. España oprime a Cataluña o al País Vasco. Roma se gasta la pasta que gana Lombardía. Praga pone su bota sobre el cuello de los Sudetes. Europa impide que Alemania tenga su espacio vital. La Europa continental siempre está intentando engañar a las Islas Británicas.

Tras la rocambolesca pérdida de la gobernación de la Comunidad de Madrid por parte del PSOE, este partido inicia una estrategia notablemente equivocada con la CAM. Dice Vito Corleone: ten cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos. Los estrategas socialistas no han visto The Godfather, porque hacen exactamente lo contrario. Tratan de rendir a la Comunidad de Madrid por hambre presupuestaria. Lo cual es todo lo que necesitaban en la Puerta del Sol para sacar a pasear su estrategia clonada.

El gobierno olvida Madrid. El gobierno no invierte en Madrid. Al gobierno no le interesa Madrid. Son éstos mensajes que hemos escuchado los residentes en Madrid machaconamente en los últimos años y, a juzgar por las encuestas, han cebado. He aquí el hecho histórico: el discurso nacionalista ha funcionado en una de las regiones menos nacionalistas de Europa. Tras los diferentes exabruptos nacidos al albur de la discusión sobre el nuevo Estatuto de Cataluña, el discurso social español avanza hacia un esquema inverso: un esquema en el que son los catalanes los que se llevan un dinero discutiblemente suyo, mientras los madrileños han de aportar lo que sin duda lo es. Cualquier persona que conserve textos y folletos de la época en la que la policía le daba de hostias a Jordi Pujol por cantar según qué cosas en público sabrá que ese discurso, hace medio siglo, circulaba en la dirección exactamente contraria.

Lo que para muchos será una mera anécdota, para mí tiene su importancia. Me refiero a la historia del político del PP que se permite criticar a Trinidad Jiménez por tener acento de Málaga. Como digo, muchos pensarán que es una fruslería o una idiotez. Y quizá lo sea. Pero, para mí, es un síntoma. Hace quince años, además de ser una idiotez, a nadie se le habría ocurrido cometerla. Pero hoy resulta que para un político existen expectativas claras de poder erosionar la imagen de una candidata (bueno, ex candidata) a presidir Madrid a base de decir que ni siquiera sabe hablar como hablamos aquí. En Cataluña, por cierto, no son pocos los catalanes que se ponen como el puma de Baracoa con el catalán de baja calidad que al parecer habla su president. Ojo.

Así interpreto yo los resultados del día 3. Hasta antes de ayer, puesto que no existía Madrid, puesto que Madrid era una entelequia, en su Federación Socialista se podía entrar desde Moncloa como Montgomery en Bruselas, poner a todo dios firmes, y decidir que a las elecciones se presentase Paco Porras o quien le saliese al jefe de los melendrillos. Pero, esta vez, la FSM le ha contestado al jefe: eso hazlo en Barcelona, si tienes huevos. Tomás Gómez ha trabajado su imagen como candidato de la militancia, que quiere decir de la militancia madrileña. A Madrid, han dicho los militantes el domingo, ni Dios le dicta la redacción del día.

Si son escaramuzas que empiezan y terminan en sí mismas o es signo de algo más permanente, más estructural; si son signos, en suma, del nacimiento de la identidad política madrileña, el tiempo lo dirá.