miércoles, julio 07, 2010

La guerra civil bis (y 11)

Nota previa: si todo va bien, pinchando aquí accederás al fichero rtf (así lo dejo para su conversión a formatos de E-book) con el texto completo de esta serie.

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Como afirmaba en mi anterior post, nada es casualidad en los últimos años cuarenta. Son los años en los que se consolida la guerra fría, las negociaciones sobre Berlín van naufragando poco a poco, y los bloques se definen. Para Estados Unidos, hablar de amenaza fascista es como hablarle en el 2010 a casi cualquiera de sentar a Franco en el banquillo. Hasta ese momento, el franquismo ha intentado, y ha fallado. Pero con la creación de la OTAN y el comienzo del despliegue militar USA en Europa, la cosa cambia.


El 11 de enero de 1950 será un señor llamado John Kee el que, por utilizar la expresión de Churchill, haga girar un poquito los goznes de la Historia. Míster Kee, presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes de Washington, declara públicamente que los EEUU deben establecer unas relaciones diplomáticas normales con España. Su argumento es que, sin España, la Europa occidental está incompleta. ¿No era España un país fascista? Bueno, sí, nos dice Mr. Kee; pero si «modifica su régimen y rectifica sus métodos armonizándose con el resto de Europa», ya la cosa cambia. A partir de ese mismo día, de esa misma declaración, los franquistas de trinchera, los ideólogos que ganaron la guerra, comienzan a perder terreno dentro del aparato de la Administración, en favor de los llamados tecnócratas, bien cobijados bajo el ala del almirante Carrero. La misión de estos tecnócratas, mayoritariamente reclutados en las filas del Opus Dei, será construir un régimen franquista con pinta de respetable. Ésta, y no otra, es la razón de su pujanza.

Casi simultáneamente a las declaraciones de Kee, Dean Acheson, secretario de Estado, declarará ante la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado que los EEUU están dispuestos a enviar un embajador a España en cuanto la ONU modifique su acuerdo de 1946. Argumenta Acheson, y no le falta razón, que la retirada de los embajadores, lejos de debilitar a Franco, lo ha consolidado, entre otras cosas, remacha, porque no se ve qué gobierno lo puede reemplazar; lo que es una clara alusión al patio de Monipodio en que se ha convertido el antifranquismo, con un teórico gobierno democrático en la sombra al que buena parte de sus «súbditos» teóricos dan por muerto.

Por si no estuviese suficientemente claro, Acheson termina su perorata anunciando algo que es fundamental: la disposición de los EEUU a darle a Franco créditos suficientes para sus proyectos económicos. La respuesta de Albornoz es premonitoria. «La actitud de los Estados Unidos respecto al régimen franquista», dirá, «aportará más que cualquier otro acontecimiento internacional una ayuda preciosa a los comunistas de la península». En esto acierta el viejo zorro republicano. A partir más o menos de ese momento, comunismo y antifranquismo comenzarán a ser, cada vez, más sinónimos.

Perú, Bolivia, Costa Rica y Colombia envían su «enterado» del mensaje de los EEUU mediante el gesto de designar embajadores en Madrid. Panamá rompe relaciones con la República.

De culo, y contra el viento.

Estalla la guerra de Corea. El 1 de agosto de 1950, un portavoz de la embajada española en Washington declara la total solidaridad de la España de Franco con Estados Unidos. Ese mismo día, el Senado aprueba créditos de 4.700 millones de dólares a naciones amigas para rearmamento; el conflicto coreano le ha enseñado a la Casa Blanca que la Guerra Fría se puede calentar, así pues los americanos quieren que sus gentes tengan con qué defenderse. El senador demócrata por Nevada Pat McCarran propone que 100 millones se dirijan a España. La propuesta se aprueba, aunque mediando un tecnicismo para impedir que la pasta venga propiamente del Plan Marshall. Acheson expresa su oposición a la medida porque, dice, Franco no ha dado pasos democratizadores. El 3 de agosto, Truman se expresa en los mismos términos. El Senado, no obstante, envía el proyecto a la Cámara, la cual aprueba un crédito de 62,5 millones de dólares. Truman sigue oponiéndose... pero no hace uso del veto presidencial.

Los países latinoamericanos conservadores, notablemente la República Dominicana y Perú, inician una ofensiva para lograr que en la próxima Asamblea de la ONU se incluya la eliminación el acuerdo del 46. El Comité Político de la Liga Árabe, asimismo, vota la reinstauración de relaciones diplomáticas con España.

La quinta Asamblea General de la ONU comienza en Flushing Meadows el 19 de septiembre. El 21, se aprueba la inclusión de la cuestión española en el orden del día. Eso sí, la cuestión, cómo no, se remite primero a una Comisión ad hoc. En esos días, siete de los más afamados escritores franceses: André Gide, Louis Martin-Chauffier, Paul Rivet, Jean Cassou, Albert Camus, Claude Aveline y Jean Marie Domenach, firman un manifiesto a favor de la República española.

En la Comisión de la ONU, que comienza a trabajar el 27 de octubre, los latinoamericanos conservadores y Filipinas presentan una proposición que incluye la abrogación de la decisión del 46 y el permiso para que España pueda formar parte de las organizaciones internacionales de la ONU, como Unicef, la FAO... El 31 se vota y es aprobada con los votos afirmativos de: Afganistán, Argentina, Bélgica, Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, China, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, Egipto, El Salvador, Grecia, Haití, Honduras, Islandia, Persia, Irak, Líbano, Liberia, Países Bajos, Nicaragua, Pakistán, Panamá, Paraguay, Perñú, Filipinas, Arabia Saudita, Siria, Tailandia, Turquía, Unión Sudafricana, EEUU, Venezuela y Yemen. Votan en contra: Bielorrusia, Checoslovaquia, Guatemala, Israel, México, Polonia, Ucrania, URSS, Uruguay y Yugoslavia. Abstenciones: Australia, Birmania, Cuba, Dinamarca, Etiopía, Francia, India, Indonesia, Nueva Zelanda, Noruega, Suecia y Reino Unido.

Este voto, que se repitió en la Asamblea, fue calificado de ultraje por los republicanos. Prieto es el primero en reaccionar. El 3 de noviembre, desde San Juan de Luz, envía al PSOE una carta en la que reconoce su absoluto fracaso, se acusa de «haber inducido a nuestro partido a fiarse de poderosos gobiernos democráticos que no merecían esa confianza», y dimite. Llopis, secretario general del PSOE, envía una carta encabronada a la COMISCO en la que, entre otras cosas, ruge: «Ni un solo país de Europa dirigido por socialistas ha votado contra Franco».

Albornoz dimite el 30 de noviembre, aunque siguió en el puesto (claro que, ¿en qué puesto, exactamente?) hasta el 8 de julio de 1951. El 13 de agosto, Martínez Barrio encarga la formación de nuevo gobierno al político leonés Félix Gordón Ordax. Por mucho que lo intentó, Gordón no pudo formar un gobierno de partidos, sino de personas. Los partidos, para entonces, estaban o agotados, o cabreados, o ambas cosas. El gobierno Gordón es:

  • Presidencia y Hacienda: Félix Gordón Ordax.
  • Estado: Fernando Valera.
  • Justicia: Juan Puig y Ferreté.
  • Acción en el Interior y en el Exilio: Julio Just.
  • Información, Propaganda y Archivos: Eugenio Arauz.
  • Asuntos militares: general Emilio Herrera.
  • Ministros consejeros: José María de Semprún (Roma); José Antonio Balbontín (Londres); y Victoria Kent (Nueva York).

El 17 de noviembre de 1952, la España de Franco ingresa en la UNESCO. El 28 de agosto del año siguiente, el Vaticano firma un concordato con Franco. Un mes más tarde, el 26 de septiembre, Alberto Martín Artajo, ministro franquista de Asuntos Exteriores; y James Clement Dunn, embajador de EEUU en España, firman el primer pacto que acabará sellando el levantamiento de bases americanas en territorio español. Franco cobra pasta por eso. Pero cobra más. En enero de 1955, España recibe estatus de observador permanente en la ONU. José María de Areilza, embajador en Washington, sondea la opinión de la URSS sobre una entrada de España en la ONU. La respuesta de Moscú es que si los países occidentales le apoyan en algún que otro ingreso más, no pondrá problemas.

En la X Asamblea, celebrada en Nueva York, se celebra una primera transacción: la entrada de Austria, Portugal e Italia (candidatos occidentales) a cambio de Bulgaria, Hungría y Rumania (candidatos de la URSS). A Gromiko todavía se le ha quedado fuera Mongolia. Negocia el apoyo de los países latinoamericanos. Éstos piden un precio. Y el precio es Franco.

Gordón Ordax se multiplica. Envía decenas de cartas y telegramas a todos los países amigos. Incluso envía un mensaje desesperado a Molotov solicitando el veto de la URSS a la entrada de España. Inútil. Moscú y Washington ya han llegado a un acuerdo en la entrada de 16 países, entre ellos España. En la sesión del 14 de diciembre de 1955, España recibe 55 votos a favor de su ingreso, cero negativos y la abstención de Bélgica y de México.

Franco ha alcanzado, también esta vez, sus últimos objetivos en la guerra civil bis.



En este momento en que dejamos a la República española en el exilio bajo la batuta de Félix Gordón, quizá su último mohicano de primera fila, presta a vivir, a partir de ese momento, una existencia fantasmagórica que culminará en 1977 con una autodisolución que ya no le interesa a nadie; en este momento en que terminamos estas notas, digo, quizá sea momento de recapitular un poco y preguntarse por qué Franco ganó la guerra civil bis.



Pues bien: Franco ganó la guerra civil a secas, en buena parte, a causa de los errores de sus contendientes. Y en la guerra civil bis ocurrirá esto mismo.

La República en el exilio pecará de irredenta. Menos presionados que sus compañeros de interior, que viven con el aliento de la Brigada Social franquista en sus nucas, los exiliados españoles, con la sola excepción del prietismo y algunos anarquistas, permanecerán refractarios a la idea de que cualquier solución que eche a Franco es válida. No es lo mismo querer que se vaya Franco que querer que vuelva la República. El segundo de estos deseos introduce un pie forzado que no gusta en aquellas cancillerías que tienen que dar su nihil obstat al proyecto. La República, tal y como era en 1936, pudo regresar a España si, como esperaba Negrín, la segunda guerra mundial hubiese estallado antes de terminar la civil española. Una vez que eso no ocurrió, lo mejor habría sido olvidar la posibilidad. Sin embargo, los políticos republicanos hicieron exactamente lo contrario.

La República en el exilio pecó de desunida y, al mismo tiempo, no supo desunirse lo suficiente. A pesar de que los intentos de todos sus gobiernos es ser integradores y meter a todo el mundo en el saco, sus divisiones son evidentes casi desde el principio, y está el gran problema del comunismo. Muchos republicanos fueron reacios a echar al PCE del nido del cuco, lo cual les distanció de aliados naturales que querían hacer precisamente eso. Como consecuencia, los amigos de la República escuchaban historias diferentes según quién les hablase, y por eso Dean Acheson pudo acabar por decir que acabar con Franco plantearía el problema de su sustitución. Esta desunión republicana, además, dio alas al monarquismo español, que operó en todo este proceso como fuerte elemento distorsionador.

Porque, efectivamente, en este proceso hay tres grandes elementos distorsionadores.

El primero es Juan de Borbón, un tipo que juega a una cosa los años pares, y a otra los impares. Un hombre para el cual la reinstauración de la monarquía en España era, cuando menos en los años aquí relatados, sideralmente más importante que la reinstauración de las libertades. El monarquismo puso al antifranquismo caliente caliente y luego le echó un balde de agua helada, a cambio de un pacto etéreo que Franco administró durante veinte años. Al monarquismo español le faltó esa misma capacidad de sacrificio de la que careció el republicanismo. Ninguno de los dos estaba dispuesto a dar su brazo a torcer para que volviesen las libertades a España.

El segundo son los comunistas. Los comunistas distorsionaron la República durante la guerra civil y siguieron haciendo lo mismo durante la guerra bis. Hasta mediados de los cincuenta, cuando agotados ellos mismos y bajo el paraguas de una URSS que ya no está dispuesta a dejarse muchas plumas puteando a Franco, se caigan del guindo y desarrollen la teoría de la reconciliación nacional; hasta entonces, digo, el comunismo español trabajará, aún a su pesar, en contra de la normalización democrática de España casi con tanto denuedo como el propio Franco. Están pero no están. Colaboran pero no colaboran. Apoyan soluciones pacíficas pero mantienen el recurso a la violencia. Y dañan al republicanismo, que nunca logrará dejar de ser sospechoso ante quienes acabarán por preferir el franquismo.

El tercer gran elemento distorsionador es Franco. Franco es tenido por su exilio como un hombre sin recursos internacionales tras el final de la guerra mundial. No hay que reprochárselo; yo hubiera pensado lo mismo. Pero el franquismo es infravalorado por sus enemigos; sigue, en parte, siéndolo hoy, de hecho. Los comunistas que invaden España por los Pirineos en 1944 forman doce divisiones con 500 hombres, que vienen a ser dos compañías. Lo hacen así porque están convencidos de que, horas o días después de comenzar su acción, habrán formado las doce divisiones con los voluntarios que se les van a unir espontáneamente. Lo que encuentran es un país que les apedrea y ayuda todo lo que puede al ejército enviado a apiolárselos. España, por comodidad, por atavismo, por miedo, por lo que sea, está con Franco. Le sigue en su etapa fascista, y le sigue en la no-fascista.

Entre 1946 y 1955, Franco juega sus cartas y maneja los tiempos setenta mil veces mejor que cualquiera de sus contrincantes. Probablemente, desde muy pronto sabe que ni Londres ni Washington están por la labor de echarlo a patadas de España; ésa es su seguridad. La partida de la guerra civil bis es una partida de mus en la que Franco lleva la de perete, pero se las ha arreglado para ver la seña de su compañero, así pues envida con el solomillo que el otro, que además es mano, lleva. Por lo que se refiere a la República institucional y al tan bienintencionado como ambiciosamente torpe Prieto, cada descarte apenas consiguen ligar jugadas mediocres. Y, además, todo dios les ve las cartas. No se puede ganar al póker a una mesa de cabrones sin algún as en la manga. Para un as que tuvieron, el acuerdo con los monárquicos, se fue perdiendo el culo al yatecito de Franco, y si te he visto no me acuerdo.

¿Podrían haber sido las cosas de otra forma? Sinceramente, creo que no. Pero ésa es sólo mi opinión.