domingo, junio 27, 2010

La guerra civil bis (7)

Apenas 24 horas después de la apertura de la Asamblea en Flushing Meadows, comienzan las buenas noticias para la República. Trygve Lie, secretario general, cita la permanencia del régimen fascista en España en su primer informe a la Asamblea y, apenas unas horas después, Bélgica anuncia que pretende proponer que el asunto de coloque en el orden del día, entre otras cosas por la protección dada por la España de Franco a Leon Degrelle. Contra Franco se suceden las intervenciones de Noruega, Bielorrusia, Checoslovaquia, Francia y el propio Molotov, ministro soviético. El 1 de noviembre, se aprobaba sin votos en contra colocar el asunto en el orden del día de la Asamblea.

El 4 de noviembre, el delegado cubano, en connivencia con Fernando de los Ríos, presenta una moción iluminada por Prieto quien, en los últimos tiempos, ha madurado la idea de un referendo sobre el modo de Estado en España, bajo la vigilancia de los gobiernos latinoamericanos. Sin embargo, esta propuesta, además de recibir la oposición procedente de su inviabilidad, es también recibida con hostilidad por el gobierno Giral, que se considera el único gobierno democrático legítimo de España y, por lo tanto, no está dispuesto a admitir la propuesta de formar un gobierno de hombres buenos en España que sustituya al del exilio en la legalidad.

El 4 de diciembre, el Comité Político y de Seguridad de la Asamblea inicia la discusión del asunto español. Polonia abre el fuego con las acusaciones ya conocidas, y es totalmente apoyada por Venezuela. A continuación, el senador estadounidense Conally presenta una propuesta de resolución en la que se recomienda que la España de Franco sea excluida de todos los organismos internacionales. La moción dice también: «El pueblo español debe probar al mundo que tiene un gobierno cuya autoridad procede del consentimiento de los gobernados y que a fin de alcanzar este objetivo, el general Franco tiene que que entregar sus poderes a un gobierno provisional representativo del pueblo español que respete la libertad de palabra, de religión y de reunión y que convoque unas elecciones, a favor de las cuales el pueblo español, liberado de toda coacción y de toda intimidación, pueda expresar su voluntad».

Esta resolución, en suma, es un intento de sustantivar el principio de no intervención y dejar del lado del propio pueblo español, por así decirlo, la tarea de conseguir que Franco se vaya. Además, se caracteriza por cierto ninguneo al gobierno del exilio, por aceptar la doctrina Prieto de un gobierno interno formado por personalidades cuya función sería convocar las elecciones.

Más allá, Conally, durante la defensa de su moción, asevera con claridad que el objetivo de sustituir a Franco por un gobierno democrático no puede alcanzarse mediante una acción del exterior. En Flushing Meadows, pues, se disuelve, por primera vez, la esperanza, un tanto vana la verdad, de los republicanos en el sentido de que el mundo libre iba a mover un solo tanque para echar a Franco de España. Más allá, Conally expresa una idea que no es en modo alguno nueva: la ruptura de relaciones diplomáticas y el bloqueo económico, lejos de suponer un problema para Franco, lo supondrían para el pueblo español (décadas después, los defensores del castrismo dirán lo mismo del bloqueo americano a Cuba). Insinúa el senador norteamericano que Franco no es un problema para la seguridad internacional, y vuelve a sacar a pasear el concepto de la Nota Tripartita en el sentido de que todo cambio en España debe producirse sin guerra civil. Al día siguiente, sir Hartley Shawcross, delegado británico, suscribe hasta las comas de la argumentación de Washington, destacando, si cabe, con mayor fuerza aún el argumento de no intervención: si tan amante de la democracia es el pueblo español, llega a decir, acabará encontrando el camino para imponerla. Tanto una como otra potencia parecen dispuestas a esperar lo que haga falta para que eso ocurra. Y eso, exactamente eso, es lo que hicieron. Francia y la URSS, entre otros, intervienen a favor de la moción polaca. Ante la cerrazón de posiciones, la Comisión decide... crear una Subcomisión.

Esta subcomisión aprobará una resolución que sigue calificando el régimen de Franco de fascista y recomienda «que se impida al gobierno español franquista adherirse a las instituciones internacionales creadas por Naciones Unidas (...) hasta la formación de un gobierno aceptable en España». Asimismo, recomienda que, «si en un plazo razonable no queda establecido un gobierno que obtenga su autoridad de la voluntad de los gobernados (...) el Consejo de Seguridad estudie las medidas adecuadas a tomar para remediar esta situación» (párrafo éste que no puede ser más etéreo). Por último, recomienda «desde ahora a todos los miembros de las Naciones Unidas que retiren de Madrid los embajadores y ministros plenipotenciarios allí acreditados». La Asamblea adoptó finalmente esta resolución con el voto a favor de Australia, Bélgica, Bolivia, Brasil, Bielorrusia, Chile, China, Checoslovaquia, Dinamarca, Etiopía, Francia, Guatemala, Haití, Islandia, India, Irán, Liberia, Luxemburgo, México, Nueva Zelanda, Nicaragua, Noruega, Panamá, Paraguay, Filipinas, Polonia, Suecia, Ucrania, Reino Unido, EEUU, Uruguay, URSS, Venezuela y Yugoslavia. En contra votaron Argentina, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador y Perú. Se abstuvieron Afganistán, Canadá, Colombia, Cuba, Egipto, Grecia, Honduras, Líbano, Países Bajos, Arabia Saudita, Siria, Turquía y Sudáfrica.

Fue una victoria para la República. La posición inicial de Londres y Washington había sido matizada, y se había conseguido la abstención de los países árabes, a los que Franco había tentado insinuando la liberación del pueblo marroquí del Protectorado.

Pero, si la República ganó, ¿por qué empezaron a ir mal las cosas?

Hay una teoría, la más conspiranoica de todas. Según ella, los tentáculos de las cloacas del franquismo serían muy largos y contarían con elementos en el exilio para dar por culo. Sinceramente, no la creo. Franco tenía un enorme poder, pero en el interior de España. Fuera del país, viviendo donde vivían, la mayoría de los prebostes republicanos eran intocables y, al fin y a la postre, la estrategia del exilio era cosa de cuatro.

Otra teoría nos llevaría a considerar que los dos semi-perdedores de la Asamblea, Reino Unido y EEUU, que empezaban a ver ventajas en la pervivencia de Franco y, sobre todo, veían un montón de incertidumbres en la democratización del país, moviesen sus hilos. Esta tesis sí que es más creíble, aunque no sé si alguna vez se demostrará por completo.

Hay, en todo caso, una tercera hipótesis, tan humana como, por lo tanto, creíble: la simple y pura envidia. En paralelo a la pelea por el regreso de la democracia a España había una pelea de poder; una pelea en torno a quién la haría regresar y cómo y, consecuentemente, quién se pondría la medalla. No hay que olvidar, además, que esta pelea se producía entre tendencias ideológicas que se habían llevado literalmente a hostias en un pasado no muy lejano; y si se habían unido en el Frente Popular de las elecciones del 36 era porque, de alguna manera, todos pensaban estar aprovechándose de los otros, y todos pensaban que podrían deshacerse de compañeros incómodos cuando les conviniese.

Sea como sea, la alegría de la República dura 48 putas horas. El 15 de diciembre, la Asamblea vota la resolución que, en España, hizo a Franco sacar a las calles a miles de españoles que mostraban su inquebrantable adhesión con pancartas que decían cosas como «Si ellos tienen UNO, nosotros tenemos DOS». Pero el 17 de diciembre, estalla la bomba.