viernes, julio 02, 2010

La guerra civil bis (9)

Tras el gobierno Llopis, la República en el exilio entra en cierta contradicción, pues será Álvaro de Albornoz, la misma persona que en la lejana reunión parisina del 39 opinaba que ya no había gobierno republicano, quien presida tal cosa. Martínez Barrio intentó antes que Giral, Pi i Suñer o Aguirre formasen dicho gobierno. Pero los tres se negaron ante la imposibilidad de convocar a filas al PSOE, la UGT y la CNT. Finalmente, y a su pesar, Barrio tuvo que claudicar y encargar la formación de un gobierno formado exclusivamente por republicanos de la izquierda burguesa. Es éste el gobierno Albornoz, compuesto por:

  • Presidente y ministro de Asuntos Exteriores, Álvaro de Albornoz (IR).
  • Justicia y Hacienda: Fernando Valera (UR).
  • Ministro de Gobernación: Julio Just (IR).
  • Ministro de Defensa: general Hernández Sarabia (independiente).
  • Ministro de Emigración: Manuel Torres Campañá (UR).
  • Ministro de Instrucción Pública e Información: Salvador Quemades (IR).
  • Ministro de Economía: Eugenio Arauz (Partido Federal).

Lo primero que quiere hacer Albornoz es convocar a las Cortes. Así, consigue del presidente Barrio dicha convocatoria, que se gira el 17 de septiembre de 1947 previendo la reunión para el 23 de noviembre. Se contaba con la anuencia del gobierno francés, que incluso había prestado el castillo de Blois. Esta reunión, sin embargo, no se produjo tal y como estaba prevista, al acelerarse los acontecimientos en Naciones Unidas. Por su parte, por esos mismos tiempos Prieto tuvo una destacada actuación internacional, siendo recibido por altas autoridades tanto en París como en Londres. Su problema, sin embargo, era que las negociaciones con los monárquicos no avanzaban. Gil-Robles, siguiendo evidentemente las instrucciones de Juan de Borbón a juzgar por el tono de su nota de respuesta a la Ley de Sucesión, se negaba en redondo a aceptar ningún referendo sobre la forma de Estado, sino la aceptación de la monarquía por parte de los republicanos (que es, hemos de recordar una vez más, exactamente lo que acabaría pasando en el 75). En estas condiciones, un acuerdo total entre republicanos y monárquicos antifranquistas se hacía imposible, por mucho que porfiaban en ello tanto Reino Unido como, cada vez más, Francia.

El 6 de noviembre de 1947, en Lake Success, la comisión política de Naciones Unidas anuncia que el asunto de España se va a tratar de nuevo. Un tecnicismo procedimental, sin embargo, aplazó esta discusión hasta el 10. Pero estamos aún quince días antes de la fecha teóricamente prevista para la celebración de las Cortes republicanas; esto es lo que explica que fuesen aplazadas.

El día 11, la delegación polaca, que como vemos actuó en todo momento de punta de lanza del bloque de Este, presenta una propuesta de resolución que conmina a la Asamblea de la ONU a tomar en un mes como máximo una decisión sobre medidas a aplicar contra España en el marco del artículo 41 de la Carta de Naciones Unidas. Esto es, Polonia apuesta por el bloqueo económico a Franco. Argumentaba Óscar Lange que el famoso plazo razonable de la resolución adoptada el año anterior estaba más que vencido. Checoslovaquia, la URSS, Bielorrusia y Yugoslavia apoyaron la moción. Y, más allá, la gran inmensidad blanca: todo el resto de la Asamblea votó en contra, considerando inaplicable a la España de Franco el mentado artículo 41 pues, hay que recordarlo, su aplicación presupone que aquél sobre quien se aplica sea una amenaza para la paz internacional; y a finales de 1947 estaba ya bastante claro que Franco no pensaba atacar a nadie.

En la tarde, un grupo de países latinoamericanos prorrepublicanos (Cuba, Guatemala, México, Panamá, Uruguay, Venezuela y Chile) presentan otra moción también contra Franco, pero en términos mucho más etéreos. Para sorpresa general, tres países europeos (Bélgica, Holanda y Luxemburgo, o sea lo que se conocía como el Benelux) presentaron una propuesta que se limitaba a sorprenderse de que hubiera habido países que no retiraron los embajadores, a pesar de lo estatuido en la resolución entonces vigente.

La Comisión política, finalmente, salió de este impasse. Y no creeríais cómo lo hizo. Los más listos de entre vosotros tal vez hayais adivinado que lo hizo... creando una subcomisión.

Esta subcomisión comenzó a trabajar el mismo día siguiente, 12 de noviembre, con la participación de Cuba, Panamá, México, Guatemala, Uruguay, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Polonia, Yugoslavia e India. El punto que se encontró en común en sus discusiones fue pasarle la pelota al Consejo de Seguridad. Así pues, se aprobó una resolución que se reafirmaba en la resolución de 12 de diciembre de 1946 y otorgaba la confianza al Consejo de Seguridad para que «ejerza sus responsabilidades tan pronto como considere que la situación de España lo exija». Llevada la moción a la Comisión Política, Reino Unido se apresuró a declarar que la veía guay y que la votaría. Gromiko, por la URSS, anunció que también lo haría, aunque la consideraba floja. Esas dos tomas de palabra aprobaron la moción de facto. La votación fue un mero formalismo.

Finalmente, la Asamblea aprobó la moción. Pero si las aspiraciones republicanas se habían debilitado ya en la subcomisión y la comisión, en la Asamblea fue peor aún. Merced a los votos combinados de Estados Unidos, Argentina, Brasil, Canadá, Costa Rica, Australia, República Dominicana, El Salvador, Grecia, Honduras, Holanda, Nicaragua, Perú, Filipinas, Turquía y África del Sur, de la resolución se quitó el literal: «renueva la resolución adoptada en esta fecha [12 de diciembre de 1946] respecto a las relaciones de los Estados miembros y de las Naciones Unidas con España». Esto es: de una resolución ya bastante edulcorada se quitó incluso la referencia a la renovación de la recomendación de retirar los embajadores. Lo que empezó, por lo tanto, con Polonia pidiendo el bloqueo económico, terminó con Naciones Unidas admitiendo que cada uno haría con su embajador lo que le petase.

En los bajos fondos de la diplomacia internacional de la ONU, había un nuevo factor que jugaría a partir de entonces en contra de la causa antifranquista. A Franco, esto es bien sabido, nunca le gustaron los judíos. Acabó tolerándolos de forma oficiosa, pero, a pesar de las prisas que se dió por dejar de ser fascista, nunca abandonó esa cosa tan nazi de considerar a los judíos los padres de casi todo mal, y en su último mitin de la plaza de Oriente, tras los fusilamientos del 75, enfermo y achacoso, aún sacaría a pasear eso tan típico en él de la conjura judeomasónica que, con la pertinaz sequía, han quedado en el recuerdo como dos de sus mantras más habituales.

En 1947, un nuevo asunto estaba en ebullición en el ámbito internacional: el asunto palestino. Era ésta una pelea del mayor interés para los países árabes, hasta entonces más bien proclives a apoyar, de alguna manera, la causa del antifranquismo en la ONU. Sin embargo, ya en aquella Asamblea de 1947, durante las discusiones del asunto palestino, recibieron el apoyo de países como Argentina o El Salvador, en ese momento decididos apoyos del franquismo. Los argentinos, sobre todo, cuando llegó el momento de votar la resolución sobre España, se cobraron el favor. Es por esto que Afganistán, Egipto, Irak, Líbano, Pakistán y Arabia Saudita, naciones que en su mayoría se habían mostrado proclives a los postulados republicanos, cambiaron su voto en la votación de la resolución y se abstuvieron.

Pasada aquella Asamblea, hasta Albornoz, que como presidente del Gobierno estaba obligado a ser el eterno optimista, tuvo que reconocer que en los medios del exilio la depresión podía cortarse hasta con un cuchillito de ésos de mierda que te dan en los aviones.

Si, por lo menos, Albornoz fracasase para alimentar a Prieto, algo tendría que llevarse a la boca el antifranquismo. Pero es que esto tampoco ocurre. Los intentos del PSOE de aglutinar a todo el antifranquismo en una solidaridad española naufragan por incomparecencia de los republicanos que apoyan al gobierno en el exilio y por la práctica descomposición de la ANFD del interior. Para colmo, el republicanismo, digamos, oficial, sigue aún emperrado en no darse cuenta de que todos los apoyos que puede obtener llegan del mismo lado del mundo. En el congreso de Izquierda Republicana, Albornoz asevera que «España es un país a la vez occidental y oriental», chorrada histórico-antropológica donde las haya, y que «tenemos que afirmar nuestro papel de árbitro entre los dos bloques». El republicanismo en el exilio sigue sin poder renunciar al apoyo del bloque comunista, algo que le juega claramente en contra en según qué despachos. Y éstos son la IR del exterior. Los del interior son aún peores. La IR del interior de España declara a Reino Unido enemigo de España, y la responsabiliza de la pervivencia de Franco. Cosas de la vida: Esquerra Republicana de Cataluña contestaría a este manifiesto instando a Izquierda Republicana a residenciarse en la URSS. Por su parte, Prieto dirá: «España debe formar parte del bloque occidental europeo. La neutralidad que acaba de proponer el señor Albornoz es imposible».

El 10 de febrero de 1948, como consecuencia del resultado de la Asamblea de las Naciones Unidas, de la desunión de los republicanos bien evidenciada por Albornoz y Prieto y, no hay que olvidarlo, de la labor porculizante de la diplomacia franquista, cae el único baldón real que soportaban las espaldas de Franco: Francia abre sus fronteras. Los republicanos tratan de convencer al mundo de que ya se lo esperaban. Y ya se lo esperaban, sí; pero eso no reduce el jodimiento ni medio centímetro.

En mayo, el Consejo Europeo celebra reunión en La Haya. Su comisión política aprueba una resolución condenatoria del franquismo en términos que difícilmente pueden ser más etéreos. Para colmo, Reino Unido la entierra en la llamada comisión de coordinación, por lo que la asamblea ni siquiera la conoce. Eso sí, a dicho congreso han sido invitados Prieto y Gil-Robles (otro bofetón de Londres al gobierno teóricamente legítimo de la República en el exilio) y ha permitido al líder socialista pronunciar un discurso en el que proclama su equidistancia de lo que denomina los dos totalitarismos: franquismo y comunismo. Qué mala memoria la del viejo zorro socialista.

Pero a este circo le van a seguir creciendo los enanos. De hecho, hay un enano que está a punto de darles un disgusto jodidillo.


En el verano de 1948, la veleta de una casa de Estoril, que llevaba años queriendo mirar hacia el sur, da un giro inesperado de 180 grados, mandando a tomar por culo el sueño de una convergencia entre antifranquistas monárquicos y republicanos.