domingo, junio 20, 2010

La guerra civil bis (5)

1946 es un muy mal año para Franco. No sólo el Partido Comunista, en el interior, se cae del guindo de que no puede hacer la guerra por su cuenta, con lo que disuelve la Junta Suprema de Unión Nacional para ingresar en la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas. Además, la antigua formación de Gil Robles, los monárquicos, los liberales y conservadores de la República, se unen en torno a Juan de Borbón y publican en París un manifiesto, que obliga al Caudillo a exiliar en Canarias al general Kindelán, notorio monárquico. No obstante, el jefe del Estado no está por la labor de mostrarse débil, y el 22 de febrero, contra la oponión internacional, fusila a Cristino García y un grupo de maquis.

Ante tamaña actitud, el 26 de febrero de aquel año el Consejo de Ministros francés decide cerrar la frontera pirenaica a partir del 1 de marzo. Esta decisión busca, claramente, que El Pardo rompa relaciones diplomáticas con Francia. Franco, de hecho, cerró la frontera un día antes de lo que la fecha prevista por los franceses, aunque no dio el paso diplomático esperado.

Es en esta situación en la que el gobierno de los Estados Unidos propone a las otras dos potencias aliadas occidentales la realización de una toma de posición pública conjunta. Dicha nota, la famosa Nota Tripartita, se publica el 5 de marzo de aquel año. Dentro de la nota, los tres firmantes afirman que «desean que unos dirigentes españoles patriotas y liberales consigan provocar la retirada pacífica de Franco, la abolición de Falange y el establecimiento de un gobierno provisional o encargado de la expedición de los asuntos corrientes, bajo cuya autoridad el pueblo español tuviera la posibilidad de determinar libremente el tipo de gobierno que desea y de elegir sus representantes». También dice la nota: «a despecho de las medidas represivas tomadas por el régimen actual contra los esfuerzos ordenados del pueblo español para expresar y dar forma a sus aspiraciones políticas, los tres gobiernos esperan que el pueblo español no conocerá de nuevo los horrores y las amargas experiencias de la guerra civil».

La Nota Tripartita fue redactada, probablemente, por funcionarios norteamericanos. Pero, probablemente, por sus venas corría sangre gallega, porque es un prodigio de ir hacia todas partes sin ir a ninguna en particular. Para el antifranquismo de a pie, no sus dirigentes, la nota tripartita fue la hueva en verso endecasílabo. La confirmación de que el mundo libre estaba contra Franco y dispuesto a actuar contra él retirándole los embajadores. Pero, en realidad, la Nota Tripartita tenía varias cargas de profundidad. Contenía, eso sí, el reconocimiento de la existencia de intentos «ordenados» de oposición al franquismo, en lo que probablemente era una alusión indirecta al «desorden» comunista, lo cual suponía un aval tácito para la oposición en el exilio. Asimismo, la Nota Tripartita compraba lo que podríamos denominar la «doctrina Prieto», según la cual se debía nombrar un gobierno de hombres buenos y democráticos que organizase unas elecciones libres. Sin embargo, el texto también tenía putadas.

La primera putada era el deseo compartido de las potencias de que la guerra civil no se repitiese. Por lo tanto, los países más poderosos del mundo libre decían, negro sobre blanco, que nadie iba a disparar una sola bala para echar a Franco; más aún, esa frase podía interpretarse como la afirmación, que con el tiempo se haría más cierta, de que, en la medida que Franco garantizase la paz o fuese un factor de paz, sería más fácil aceptarlo. La referencia a la eventual acción de españoles patriotas y liberales dejaba bien claro que, al revés de lo que ocurría para la República en el exilio, para los firmantes no todos los integrantes del Frente Popular eran invitados a formar parte del gazpacho antifranquista. Por último, la alusión a una salida pacífica de Franco dejaba claro, una vez más que las potencias no harían nada que implicase el uso de la violencia o de la fuerza.

Como digo, a no pocos exiliados de a pie la Nota Tripartita les pareció caída del cielo. Pero a los líderes republicanos les provocó un cabreo del 47. El gobierno Giral hubiera esperado una ruptura radical con el gobierno de Franco; algo parecido al bloqueo americano contra Castro, incluyendo, por supuesto, la pública admisión de la legitimidad del Ejecutivo republicano en el exilio (esto quiere decir, por lo tanto, que las aspiraciones del gobierno Giral van aún más allá de la actitud de la Casa Blanca hacia Castro, pues éste no ha dejado de ser reconocido como el jefe del Estado cubano).

Con la llegada a París el 12 de marzo de Martínez Barrio, la República estaba plenamente instalada en la capital francesa. En ese momento, Giral abordó la ampliación de su gobierno para incluir todas las fuerzas del exilio; movimiento con el que, en mi opinión, demostró que no se había enterado de nada. Se lo había dicho Rockefeller durante la reunión de la ONU. Se lo volvió a decir la Nota Tripartita en el alambicado lenguaje diplomático. Y se lo volvió a decir Prieto, líder para entonces de la facción más moderada del PSOE, quien se negaba a que los comunistas entrasen a formar parte del gobierno republicano en el exilio. Giral, sin embargo, impuso su criterio, con lo que en el gobierno exiliado entraron Santiago Carrillo, por el PCE, y Alfonso Rodríguez Castelao, por los galleguistas, junto con un conservador republicano, Rafael Sánchez Guerra, aunque este nombre permaneció en secreto porque estaba en el interior de España. Enrique de Francisco, del PSOE, entró como ministro de Economía, cubriendo la vacante dejada por Fernando de los Ríos, que dimitió como ministro de Estado por motivos de salud (en la cartera lo sustituyó Giral). Asimismo, Nicolau d'Olwer dimitió para ser nombrado embajador en México.

Giral había puesto todos los huevos en la cesta del gobierno republicano. Hasta Negrín, que seguía a su bola, publicó una nota renunciando a hacerle oposición a aquel gobierno. El 5 de abril, el gobierno polaco de concentración reconoce al gobierno republicano, y la monarquía rumana rompe relaciones con Franco. El 13 de abril les reconoce Yugoslavia, y el 27 es Bulgaria la que retira su embajador.

Como puede verse, los países que serán del bloque del Este, cada vez más en la órbita soviética, son el principal ariete internacional de la República. En la sesión del Consejo de Seguridad de la ONU, el representante polaco, el inasequible al desaliento Óscar Lange, saca a pasear la cuestión de la España de Franco. Fernando de los Ríos, observador oficioso, interviente para aseverar que tiene informes fidedignos según los cuales Franco tiene formado un ejército tan grande como el francés, y que lo está preparando para asentarlo en la frontera con Francia. Este paso es absolutamente necesario para los republicanos españoles porque, como dejan bien claros los debates que en el seno de la ONU se producirán en los próximos años, cada vez más la comunidad internacional exigirá, para poner pies en pared contra Franco, que éste sea una amenazada como lo fue Hitler; esto es, que sea susceptible de agredir a otros países. Es tristísimo constatar esto, porque equivale a decir que a la comunidad de países, la represión de los españoles, en realidad, no les importaba tanto. Lo cierto es que casi siempre es así.

A mi modo de ver, las exageraciones polacas y republicanas españolas, jaleadas por Radio Moscú a toda pastilla, jugaron en contra del crédito republicano. Permitieron a la Casa Blanca amorcillarse en tablas y decir que no daría un paso más mientras Polonia no demostrase, de forma fehaciente, sus afirmaciones sobre el pretendido tamaño del ejército español, sus investigaciones en materia atómica y de armas supersónicas; teorías estas dos últimas que para cualquiera que sepa algo de cómo estaba España en 1946 le moverán a la risa floja. Y es que Georges Bush no fue el primero al que se le ocurrió atacar a un dictador en la ONU afirmando que estaba desarrollando armas de destrucción masiva.

El 16 de abril, en la apertura de la 34 sesión del Consejo de Seguridad, Lange presentó la moción que impulsaba a los países a romper relaciones diplomáticas con Franco. Al día siguiente la defendió, defensa en la cual repitió la estrategia, llegando afirmar que en la localidad toledana de Ocaña, y bajo el máximo secreto, un tal doctor Bergmann von Segerstay estaba desarrollando una bomba atómica. Entre otras cosas, también acusó a Franco de ofrecer su ayuda a los japoneses en la preparación del ataque a Pearl Harbour. Como no fuera para preparar los bocadillos... ¡Tora, Tora, Tora, y de las JONS!

Francia, que como sabemos acababa de cerrar la cancela, y México apoyaron a tope la proposición polaca. Holanda, después, intervino para decir que todo aquello no eran más que conjeturas. El delegado americano, Stettinius, se ciñó a la Nota Tripartita como sus vestidos a las caderas de Uma Thurman, y aseveró que cualquier solución debería evitar una nueva guerra civil. Más claro, Alexander Cadogan, delegado británico, se negó a apoyar la propuesta polaca. Brasil también intervino para oponerse. Finalmente, la situación de bloqueo fue vencida por Australia, que tenía una posición equidistante, mediante el viejo truco de aprobar la formación de una comisión de estudio, que estuvo finalmente formada por Australia, Brasil, China, Francia y Polonia.

El gobierno Giral, en la elaboración de su memorando a la comisión de estudio, aprovechó la ocasión para soltar algo de lastre. En unas declaraciones por aquella época, por ejemplo, Giral dijo que si el pueblo español votase libremente la monarquía, ellos lo aceptarían; lo cual supone algún cambio respecto de la cerril posición anterior. No obstante, mantuvo algunas ideas y acusaciones un tanto febles. En el curso de sus dos comparecencias ante la Comisión, por ejemplo, dijo que desde febrero de 1946 existía en España un ejército alemán disfrazado, acusación que coincidía con la de los polacos, según los cuales 200.000 soldados alemanes del ejército de Vichy habían pasado a España y allí seguían, acantonados y armados. Asimismo, se hablaba de un misterioso envío de científicos alemanes a Madrid por orden de Martin Bormann, el 22 de mayo de 1945.


Y, con éstas, llegó el dictamen de la comisión.