miércoles, junio 23, 2010

El rey republicano

Hace muy pocos días hemos podido contemplar, en Estocolmo, una prueba más de que es posible gastarse un montón de pasta en vestirse como un adefesio. Tal cosa acaba por aparecer en las bodas de sangre real, todas ellas tocadas de cierta propensión al exhibicionismo estético que no pocas veces cae en el ridículo. En todo caso, de esta boda se han dicho muchas cosas. Se ha casado la heredera de un trono con su profe de gimnasia, y se ha destacado lo extraño de esta situación. Lo cierto es que las bodas plebeyas de príncipes y princesas ya no sorprenden, por haberse convertido en lo normal. Pero es que en el caso de la corona sueca, esta normalidad es tanto más lógica si tenemos en cuenta su génesis. La actual casa real sueca fue iniciada por un hombre que, siendo rey, odiaba a los reyes, como odió a un emperador. Ésta es, en notas sucintas, su historia; la historia de Jean Baptiste Bernadotte.

Nuestro Juan Bautista nació el 26 de enero de 1763, de una familia dedicada tradicionalmente a la sastrería. Su padre, Henri Bernadotte, murió teniendo su hijo 17 años, dejando la familia en una situación económica comprometida que acabó por decidir al joven a enrolarse en el ejército. Su primer destino fue Ajaccio, en Córcega , donde, por lógica, es más que probable que, durante sus paseos, se cruzase con algún miembro de la familia Bonaparte.

Con 21 años lo encontramos sirviendo, ya de sargento, en Grenoble, y conocido por todos los militares como Sergeant Bellejambe, o Sargento Piernabella, mote que alude a su éxito con las mujeres. Es tanto tal éxito que incluso el guapo sargento se liga a una grenoblina con un nombre tan sensual como Catalina L'Amour, y le hace una hija, Olimpia Bernadotte, que morirá siendo niña.

Estalla la Revolución Francesa. Por mor de la misma, el jefe de la guarnición, el coronel D'Ambert, a causa de su condición noble, es condenado a muerte. Bernadotte, quien durante toda su vida se caracterizará por ser fiel a sus ideas y planteamientos, le defiende. Luego, a la guerra; primero en Bélgica y luego, conforme avance el ejército francés, en Austria. Como siguiente campaña, Bernadotte es enviado a Italia, con 20.000 hombres, a auxiliar a un general llamado Napoleón Bonaparte. El encuentro entre ambos aflora una neta antipatía, lógica entre un militar como Bernadotte, de sólidas convicciones republicanas; y otro, como Napoleón, que, si bien no ha descubierto aún sus cartas, no se recata en esconder la elevada opinión que tiene de sí mismo y de su misión histórica.

Hagamos una breve pausa en la vida de Juan Bautista.

El 18 de septiembre de 1793, en Marsella, una jovencita espera a las puertas de las dependencias oficiales, adonde ha ido para terciar en favor de su padre y su hermano, que han sido detenidos por los comités revolucionarios. A pesar de sus porfías, no consigue gran cosa. Pero esa tarde-noche, un hombre entra en la sala donde ella está esperando y se fija en ella, Bernardine Desirée Clary. Ese hombre es José Bonaparte, el hermano de Napoleón que algún día será el despreciado rey de España. Si en aquel momento una voz en off le hubiese dicho a él que sería rey de Nápoles y de España, y a ella que sería reina de Suecia y de Noruega, es de suponer que se habrían descojonado de la risa.

José consigue la liberación de los Clary y, automáticamente, comienza a cortejar a las dos hermanas, Desirée y Julia, para terminar casándose con la segunda de ellas. Aunque, antes de esa boda, cuando aún José está pelando la pava con Desirée, su hermano Napoleón visitó Marsella y conoció a las hermanas. Opinó, según cuenta en sus memorias Desirée, que ésta era demasiado impulsiva para José, así pues le recomendó que se casase con Julia (y, como sabemos, el hermano le hizo caso). Por su parte, Napoleón decidió casarse con Desirée. Así pues, la que sería reina de Suecia y de Noruega bien pudo ser emperatriz de Francia.

Como he dicho, fue Napoleón quien decidió que aquella era su esposa perfecta. Pero con el mismo desparpajo que hizo esa decisión, la deshizo año y medio después, cuando conociese en París a Josefina de Beauharnais, quien sería su mujer. Desirée quedó absolutamente desolada e incluso le prometió a su ya ex novio guardarle las ausencias hasta la muerte, como era bastante normal en aquellas jovencitas románticas.

Desirée Clary y Jean Baptiste Bernadotte se conocerían en París, en una recepción de José Bonaparte, unos dos años después de que Napoleón la dejase marchándose, nunca mejor dicho, a la francesa. Se casaron el 17 de agosto de 1798. Pero los, y sobre todo las, amantes de las historias de amor, tienen muchos elementos para pensar que ambos estaban predestinados. En junio de 1789, un joven oficial Bernardotte seguía a su coronel D'Ambert y recaló en Marsella. Su coronel le dio un salvoconducto para que cierto civil de la calle Roma de dicha ciudad le diera alojamiento. El joven Jean Baptiste fue a la casa y le dio al dueño el papelito. Al casero no debió gustarle el porte de Piernabella, o quizá le pareció indigno de su casa hospedar a un puto sargento, motivo por el cual lo despachó con una disculpa.

Aquel hombre era monsieur Clary, y la casa de la calle Roma la vivienda de su familia y, por lo tanto, también la de la jovencita Desirée. Quienes nueve años después fueron marido y mujer no se conocieron aquel día por razón de lo cutre que fue el suegro.

Con su matrimonio, Bernadotte se convirtió asimismo en pariente de los Bonaparte. Pero Napoleón no le quería en París; seguía sin caerle bien. Lo mandó de comandante del ejército del Rhin. Pero el año siguiente, el gobierno republicano lo nombró ministro de la Guerra, por lo que regresó a París. Por aquel entonces nace el único hijo de la pareja y, por cierto, se produce un gesto de enorme ternura por parte de Desirée: le escribe una carta a Napoleón, entonces en Egipto, pidiéndole que sea el padrino del niño. Una forma muy femenina de decir: te he perdonado, hijoputa.

Juan Bautista dura en el proceloso lago de la alta política parisina exactamente seis semanas. Pasado ese tiempo, las envidias en la cúpula republicana comportan su cese. Merced a esta decisión, fomentada sobre todo por Barras, cuando llegue el 18 de Brumario y el golpe de Estado de Napoleón, Bernadotte no estará ahí para oponerle resistencia. En un encuentro posterior, el futuro rey de Suecia le dirá al futuro Emperador: «si yo hubiese sido ministro el 18 de Brumario, con seguridad os habría fusilado».

Esta afirmación es, más que probablemente, una exageración. En París mucha gente espera que Bernadotte salga de casa y se ponga al frente de milicias más o menos organizadas, que todo el mundo sabe están dispuestas a obedecerle. Pero no lo hace. Según todos los indicios, es José Bonaparte quien le come la oreja y acaba convenciéndole de que no se inmiscuya.

Ya en el poder, Napoleón hace todo lo posible por alejar a ese incómodo Bernadotte, que una vez se ha quedado en casa sin hacer nada, pero que lo mismo en cualquier momento decide hacer las cosas de otra manera. Incluso le ofrece la embajada en Estados Unidos, que éste no acepta. En 1804, cuando Napoleón decide su upgrading a la condición de emperador, consigue que Juan Bautista acepte la situación sin oponerse. Para recompensarle, lo nombra gobernador general de Hannover, gesto que, sin él saberlo, va a conseguir que al general, con el tiempo, le toque el gordo. En la famosa ceremonia de autocoronación de Napoleón como emperador, Jean Baptiste Bernadotte será quien porte el collar imperial.

Estamos en 1810. En Suecia, la dinastía reinante, los Vasa, se extingue. El último rey se ha vuelto loco y por eso le ha tenido que sustituir su tío, bastante decrépito, con el nombre de Carlos XIII. El Parlamento sueco busca un candidato para elegirlo rey. Y se fijan en el administrador de Hannover y algunas villas hanseáticas, de quien todo el mundo dice maravillas. Dicho y hecho: el 21 de agosto de 1810, el Parlamento elige rey a Jean Baptiste Bernadotte.

¿Se lo piensa mucho Juan Bautista? Es posible, porque es un republicano convencido. Probablemente, hay dos factores que pesan en su decisión positiva: por un lado, el hecho de que la monarquía sueca sea una monarquía constitucional, lo cual la hace más tragadera a ojos de un republicano. Por otro lado, lo mal, pero mal mal, que le sienta el ofrecimiento a Napoleón Bonaparte.

Bernadotte renuncia a la nacionalidad francesa y llega a Suecia el 20 de octubre de 1810. El pueblo les recibe con entusiasmo y eso place al futuro rey; pero no tanto a la futura reina. Pocos días después de llegar, Desirée está hasta las tetas de tanto frío, y decide volver a París. Será reina de Suecia por internet. De hecho, cuando los enemigos de Napoleón, entre los cuales se encontrará su marido, entren en París, cuatro años después, ella estará allí para contemplarlo.

El 5 de febrero de 1818, Carlos XIII muere y se produce la inmediata proclamación de Carl Johan, pues tal es el nombre que adopta Bernadotte. No es hasta junio de 1823 que se le reunirá la reina, que hasta entonces permanecerá en París.

El 8 de marzo de 1844, fallece Carl Johan, rey de Suecia y de Noruega. Al desnudarlo para prepararlo para los funerales, los sirvientes encontrarán un tatuaje en su brazo que nadie había visto antes. El tatuaje, probablemente un calentón de juventud, dice: «¡Abajo los reyes!»


Así pues, de alguna manera, Jean Baptiste Bernadotte, o Carl Johan de Suecia y de Noruega si lo preferís, fue un extraño caso de rey republicano. Con un inicio así, ¿quién se extraña de la existencia de un consorte profesor de gimnasia?